Actualidad

Articulos de Eduardo Galeano

31 de Julio de 2007

Incluyo articulos y notas del autor de la monumental obra Las Venas Abiertas de America Latina, Eduardo Galeano.

Apuntes del Más Allá
Por Eduardo Galeano *

Informaciones útiles. La tradición islámica prohíbe tomar vino en la Tierra, pero el Corán promete vino incesante en el Cielo. El Corán, que condena el adulterio en la Tierra, también promete bellas vírgenes y apuestos mancebos, disponibles en cantidad, para el goce eterno en el Jardín del Deleite que aguarda a los muertos virtuosos.
La tradición católica, amiga del vino en el Más Acá, no ofrece vino en el Más Allá, donde los elegidos de Dios serán sometidos a una dieta de leche y miel. Y según el dictamen del papa Juan Pablo II, en el Paraíso los hombres y las mujeres estarán juntos, pero “serán como hermanos”.
Por influencia de la vida ultraterrena o por otros motivos, hay 1300 millones de musulmanes y 1000 millones de católicos.
Pero quien mejor conoce el Cielo no es musulmán, ni católico. El telepredicador evangelista Billy Graham, cuyas luces orientan al presidente Bush en las tinieblas de este mundo, es el único ser humano que ha sido capaz de medir el reino de Dios. La Billy Graham Evangelistic Association, con sede en Minneapolis, ha revelado que el Paraíso mide mil quinientas millas cuadradas.
A fines del siglo veinte, una encuesta de Gallup indicó que ocho de cada diez estadounidenses creen que los ángeles existen. Un científico del American Institute of Physics (College Park, Md) aseguró que es imposible que más de diez ángeles puedan bailar al mismo tiempo en una cabeza de alfiler, y dos colegas del Departamento de Física Aplicada de la Universidad de Santiago de Compostela informaron que la temperatura del infierno es de 279 grados.
Mientras tanto, los servicios de telecomunicaciones de Israel dieron a conocer el número del fax de Dios (00972-25612222) y su sitio en Internet (www.kotelkam.com).
Agradezco el milagro. Mensajes escritos por diversas generaciones, a lo largo de muchos años, en los exvotos de lata pintada, en las iglesias de México:
El 15 de junio de 1790, un asesino se arrepintió ante la prodigiosa imagen del Señor de Plateros y así fue resucitado el hombre a quien él había dado muerte con una grande piedra. Y para testimonio del milagro, el resucitado trajo la piedra sobre su cabeza a este santuario, al día siguiente de cometido el crimen.
La Sra. Margarita Canales de Gutiérrez da gracias a la Virgen Ntra. Sra. de Guadalupe porque el 10 de enero de 1914 las tropas de Pancho Villa entraron en Ojinaga y violaron a su hermana y a ella no.
El Sr. Pablo Estrada, decepcionado por la muerte de su madre, apeló al suicidio, pegándose seis veces con un martillo, dándole gracias a la Virgen de San Juan por haberle quitado ese mal pensamiento.
Doy infinitas gracias al Santo Niño de Atocha por librarme de una pena de 40 años de prisión y sólo pagarla con 8 días. José Guadalupe de la Rueda, Penal de Barrientos.
Doy gracias al Santo Niño porque tengo tres hermanas y yo soy la más fea y me casé primero.
Infinitas gracias doy a la Virgencita de los Dolores porque antenoche mi mujer se juyó con mi compadre Anselmo y con eso él va a pagar todas las que me ha hecho.
Doi grasias al Dibino Rostro de Acapulco porque maté a mi marido i no me isieron nada. Rosa Perea.

El turismo de después. Entierros celestiales, precios terrenales. Por 12.500 dólares, tendrá usted su tumba en el Valle del Silencio: “Descanse en paz. En la luna”, ofrece la empresa norteamericana Celestis Inc., que ya tiene tres satélites funerarios en órbita. Los cohetes llevarán las cenizas de los clientes desde la base de Cabo Cañaveral. Por un precio adicional de 5600 dólares, la empresa Earthview brinda un video del lanzamiento y asegura el envío de un epitafio digital hacia una estrella que será bautizada con el nombre del finado.
Estos fueron los dos primeros epitafios enviados al cielo:
Qué vista tan magnífica.
Mi espíritu está libre para elevarse.

Lápidas. Epitafios escritos en tumbas de diversos cementerios, aquí en la Tierra:
Por querer estar mejor, estoy aquí.
Yo les dije que no me sentía bien.
Disculpen que no me levante.
Ni Dios podrá quitarme lo bailado.
Cometió el delito de ser bueno.
Esta ceniza regada fue boca besada.
Le siguen saliendo hojitas.
Saludó a los conocidos, abrazó a los amigos, besó a los queridos. Y se fue.
Ella no era de este mundo.

El Más Acá. Estimado señor Futuro,
De mi mayor consideración:
Le estoy escribiendo esta carta para pedirle un favor. Usted sabrá disculpar la molestia.
No, no tema, no es que quiera conocerlo. Ha de ser usted un señor muy solicitado, habrá tanta gente que querrá tener el gusto; pero yo no. Cuando alguna gitana me atrapa la mano, para leerme el porvenir, salgo corriendo a la disparada antes de que ella pueda cometer semejante crueldad.
Y sin embargo usted, misterioso señor, es la promesa que nuestros pasos persiguen queriendo sentido y destino. Y es este mundo, este mundo y no otro mundo, el lugar donde usted nos espera. A mí y a los muchos que no creemos en los dioses que nos prometen otras vidas en los lejanísimos hoteles del Más Allá.
Y ahí está el problema, señor Futuro. Nos estamos quedando sin mundo. Los violentos lo patean, como si fuera una pelota. Juegan con él los señores de la guerra, como si fuera una granada de mano, y los voraces lo exprimen, como si fuera un limón. A este paso, me temo, más temprano que tarde el mundo podría no ser más que una piedra muerta girando en el espacio, sin tierra, sin agua, sin aire y sin alma.
De eso se trata, señor Futuro. Yo le pido, nosotros le pedimos, que no se deje desalojar. Para estar, para ser, necesitamos que usted siga estando, que usted siga siendo. Que usted nos ayude a defender su casa, que es la casa del tiempo.
Háganos esa gauchada, por favor. A nosotros y a los otros: a los otros que vendrán después, si tenemos después.
Le saluda atentamente,
Un terrestre

La guerra en palabras
Por Eduardo Galeano

En el año mil novecientos noventa y nueve y siete meses, del Cielo vendrá un gran rey del terror. (Nostradamus, que quiso ser demasiado preciso en las fechas.)
Las torres que en el Cielo se creyeron / un día cayeron / en la humillación. (De la canción mexicana “Ay amor, qué malo eres”, que Emilio Tuero estrenó en 1951.)
Un crimen horrendo. Sus víctimas principales, como de costumbre, fueron los trabajadores. Un regalo para la derecha dura y patriotera. (Noam Chomsky.)
¡Yo los señalo con el dedo! Son los paganos, los aborteros, las feministas, los gays, las lesbianas y los de la Asociación por las Libertades Civiles... (Jerry Falwell, telepredicador evangelista, enumerando culpables.)
Lo vi rajado desde la barba hasta la parte inferior del vientre. Sus intestinos le colgaban por las piernas, se veía el corazón en movimiento... (Mahoma en el infierno, según Dante Alighieri, La Divina Comedia..
Millares de personas han creído distinguir, en el humo, una forma siniestra. Algo que se parece al rostro de Satán, con su barba, sus cuernos y una horrible expresión amenazante. (John Gibson, en Fox News, comentando una imagen de las torres incendiadas.)
Varias personas, señor Holmes, han visto en el páramo al demonio de Baskerville. No puede ser ninguno de los animales conocidos por la Ciencia. Todos concuerdan en que era una bestia corpulenta, fosforescente, siniestra y fantasmal. (Sir Arthur Conan Doyle, El sabueso de Baskerville).
La expansión del Islam ha sido una catástrofe. (Sir V. S. Naipaul, horas antes de recibir el Premio Nobel.)
Cruzada. (Nombre que los presidentes Bush y Berlusconi dieron a la nueva guerra, hasta que algún historiador les contó que, al cabo de ocho Cruzadas, los cristianos habían sido derrotados por los musulmanes).
Quien no está con nosotros, está con los terroristas... Dios no es neutral. (Presidente George W. Bush.)
América ha sido atacada por Alá Todopoderoso. (El mismo Dios, con nombre árabe, en boca de Osama Bin Laden.)
Por favor, señores, mantengan a Dios fuera de esta historia. (John Le Carré.)
Todos nuestros obreros están haciendo horas extras, pero no damos abasto. (Director de la fábrica china Mei Li Hua Flags, de Shanghai, que produce banderas de los Estados Unidos.)
No sería apropiado en un momento como éste. (Bill Gates, anunciando que Microsoft ha cambiado el eslogan “Prepárate a volar”, previsto para el nuevo programa Windows.)
Sería de mal gusto en un momento como éste. (Los productores de la nueva película de Schwartzenegger, Daño colateral, archivada antes del estreno.)
Los Estados Unidos tienen derecho a la venganza. (Jorge Castañeda, canciller de México.)
No en nombre de nuestro hijo. (Phyllis y Orlando Rodríguez, padres de una de los muertos en las torres.)
Los misiles son tan ciegos como los terroristas. (Una refugiada afgana, comentando las continuas burradas de los misiles inteligentes, que parecen estar en guerra contra la Cruz Roja.)
Los hambrientos afganos están juntando la chatarra de los misiles, para venderla a dos dólares el kilo. (Diario The News, Pakistán).
Los campesinos han vendido todo para irse. Están comiendo pasto y el grano que debían plantar el año que viene. Algunos intentan vender a sus hijas, niñas de seis años, de ocho años, por unos quince dólares. (RafaelRobillard, responsable en Afganistán de la Organización Internacional para las Migraciones.)
Ración diaria humanitaria. Comida regalada por el pueblo de los Estados Unidos de América. (Etiqueta de las bolsas arrojadas por los aviones, entre misil y misil.)
Me conmueven los niños afganos. Hemos iniciado una campaña de caridad. (Presidente George W. Bush.)
Nunca se miente tanto como antes de unas elecciones, durante una guerra y después de una cacería. (Conclusión a la que llegó, hace ciento treinta años, Otto von Bismarck, canciller de Alemania.)
Vale la pena. (Respuesta de la canciller Madeleine Albright, en mayo de 1996, al periodista que le preguntó si valía la pena la muerte de medio millón de niños por el bloqueo contra Irak.)
¿Qué es más importante para la historia del mundo? ¿El Talibán o el colapso del imperio soviético? (Zbigniew Brzezinski, que fue asesor de Seguridad de los Estados Unidos, explicando la ayuda militar secreta, desde 1979, a los extremistas islámicos en Afganistán.)
Como si fuera príncipe o cangrejo, la cultura de la violencia devora a su padre. (Comprobación de un especialista.)
No se podía permitir que un poder regional hostil tuviera de rehén buena parte del suministro mundial de petróleo. (Bush Padre, en su libro de memorias A World Transformed, confesando los verdaderos motivos por los cuales bombardeó a Irak en 1991.)
Los Estados Unidos y Europa Occidental necesitan petróleo. La producción propia sólo podría abastecerlos durante un plazo máximo de cinco y cuatro años, respectivamente. (Datos recientes de la Agencia Mundial de Energía.)
Afganistán ofrece la mejor ruta para la salida de las enormes reservas de petróleo del mar Caspio. (Lester Grau, analista militar.)
De cada diez armas que se venden en el mundo, cinco se fabrican en los Estados Unidos y dos en Gran Bretaña. (Instituto Sueco de Investigaciones de la Paz, Sipri.)
El gasto militar tiene, en los Estados Unidos, un alto poder multiplicador en la economía. (Oxford Economic Forecasting.)
Desde hace cinco siglos, las grandes potencias han dedicado a la guerra el 75 por ciento de su tiempo. (Jack Levy, profesor de Ciencias Políticas.)
En 1847, los ingleses se apoderaron de la ciudad santa de Kabul. En lugar del viejo emir aterrorizado colocaron a otro, de raza más sumisa, que ellos traían ya listo en su equipaje, con esclavas y alfombras. (Eça de Queirós.)
¿Guerra? ¿Qué guerra? Aquí, todos los días hay guerra. Yo ando siempre atrás de mi hijo, para sacarlo del tiroteo. De la guerra, yo sé todo. (Deise Nogueira, que vive en la favela de Maré, en Río de Janeiro, Brasil).
Máscaras antigases. Proteja a su familia. Descuentos a las empresas por ventas al por mayor. (Anuncio publicado en el New York Daily News.)
Ante el peligro del ántrax, el antibiótico Cipro ha elevado el valor de las acciones de la empresa Bayer de 21 a 35 en un mes. (Mediciones de Bloomberg.)
Puede afectar nuestros intereses comerciales y nuestra seguridad nacional. (Motivos por los cuales la Casa Blanca se negó a aceptar la inspección internacional de armas químicas y bacteriológicas, el 25 de julio de este año.)
Es obligatorio el uso de guantes. (Medida adoptada por las autoridades del Correo en numerosos países, en plena globalización del pánico.)
Nos hemos sacado los guantes. (Un alto funcionario de la CIA, aludiendo al permiso para matar en las llamadas “operaciones encubiertas”.)
Quien sacrifica la libertad en nombre de la seguridad no merece la libertad ni la seguridad. (Benjamin Franklin, más de dos siglos antes de las recientes leyes antiterroristas.)

Tomado del diario argentino Página/12 21/10/2001

Símbolos
Por Eduardo Galeano

NEGOCIO. “Esta guerra será larga”, ha anunciado el presidente del planeta. Mala noticia para los civiles que están muriendo y morirán, excelente noticia para los fabricantes de armas.
No importa que las guerras sean eficaces. Lo que importa es que sean lucrativas. Desde el 11 de setiembre, las acciones de General Dynamics, Lockheed, Northrop Grumman, Raytheon y otras empresas de la industria bélica han subido en línea recta en Wall Street. La bolsa las ama.
Como ya ocurrió durante los bombardeos de Irak y de Yugoslavia, la televisión rara vez muestra a las víctimas: está ocupada exhibiendo la pasarela de los nuevos modelos de armas. En la era del mercado, la guerra no es una tragedia, sino una feria internacional. Los fabricantes de armas necesitan guerras, como los fabricantes de abrigos necesitan inviernos.
HOLLYWOOD. La realidad imita al cine: todo estalla, los niños reciben misiles de la película Atlantis en la cajita feliz de McDonald’s, y es cada vez más difícil distinguir entre la sangre y el ketchup.
Ahora el Pentágono ha encargado a algunos guionistas de cine y expertos en efectos especiales que ayuden a adivinar los nuevos objetivos terroristas y que también imaginen la manera de defenderse. Según la revista Variety, uno de los que está en eso es el guionista de Duro de matar.
VESTUARIO. En una de sus imágenes más difundidas, el duro de matar Osama bin Laden lleva turbante pero tiene puesta una casaca de fajina del ejército de los Estados Unidos, y en la muñeca luce un reloj Timex, made in USA.
El también es made in USA, como los demás fundamentalistas islámicos que la CIA reclutó y armó, desde cuarenta países, contra el comunismo ateo en Afganistán. Cuando los Estados Unidos celebraron su victoria en aquella guerra, la presidenta de Pakistán, Benazir Bhutto, advirtió en vano a Bush Padre: “Ustedes han creado un monstruo, como el doctor Frankenstein”.
Y se ha comprobado, una vez más, que los cuervos arrancan los ojos de quien los cría. Pero el sponsor los sigue utilizando. Ahora, los fanáticos le sirven de coartada perfecta, para hacer la guerra contra quien quiera y como quiera y para consolidar su dominio universal. Y también para dar explicaciones indiscutibles. Durante el mes de setiembre, las empresas estadounidenses dejaron en la calle a doscientos mil trabajadores: “Llámenlos los números de Bin Laden”, sentenció la secretaria de Trabajo, Elaine Chao.
Un par de semanas antes de que se derrumbaran las torres, se estaba derrumbando la economía mundial, y la revista The Economist aconsejaba a sus lectores: “Consíganse un paracaídas”. Desde que pasó lo que pasó, quien no consiga un paracaídas puede encontrar, al menos, un culpable fabricado a medida.
PANICO. La humanidad entera está sintiendo los síntomas del ataque del ántrax, chuchos, dolor de cabeza, esa mancha en la piel que parece moretón... Todos tenemos miedo de abrir las cartas, y no porque contengan alguna impagable cuenta de impuestos o de luz, o la fatal noticia de que lamentamos comunicarle que hemos resuelto prescindir de sus servicios.
Los militares de Ucrania estaban de maniobras, cuando un misil SA-5 derribó un avión de pasajeros y mató a 78 personas. ¿Fue por error o porque los misiles inteligentes sabían que los aviones de pasajeros son armas enemigas? Los misiles inteligentes, ¿atacarán ahora las oficinas de correos?
ARMAS. Un portaaviones estadounidense, el “Nimitz”, estuvo por un día en aguas uruguayas. La visita me preocupó, porque en mi barrio hay un edificio que tiene todo el aspecto de una mezquita y con los misiles inteligentes nunca se sabe.
Afortunadamente, no pasó nada. O casi nada: unos cuantos políticos uruguayos fueron invitados a conocer el portaaviones, flotante ciudad de la muerte, y casi se matan. El avión que los llevaba aterrizó mal y quedó con un ala en el agua.
Gracias a la visita, nos enteramos de que este portaaviones ha costado 4500 millones de dólares. Según los cálculos de Unicef y de otros organismos de las Naciones Unidas, con tres portaaviones como el “Nimitz” se podría dar comida y remedios, durante un año, a todos los niños hambrientos y enfermos del mundo, que están muriendo a un ritmo de treinta y seis mil por día.
MANO DE OBRA. No sólo el terrorismo islámico tiene sus “durmientes”: también el terrorismo de Estado. Uno de los protagonistas del Plan Cóndor en los años de las dictaduras militares en América del Sur, el coronel uruguayo Manuel Cordero, ha declarado que la guerra sucia “es la única manera” de combatir al terrorismo y que son necesarios los secuestros, las torturas, los asesinatos y las desapariciones. El tiene experiencia, y ofrece su mano de obra.
El coronel dice que escuchó los discursos del presidente Bush, y que así será la tercera guerra mundial que está anunciando. Lamentablemente, escuchó bien.
ANTECEDENTES. Como el coronel, también el embajador tiene experiencia. John Negroponte, representante estadounidense en las Naciones Unidas, amenaza con llevar la guerra “a otros países”, y sabe de qué habla.
Hace unos años, él llevó la guerra a América Central. Negroponte fue el padrino del terrorismo de los contras en Nicaragua y de los paramilitares en Honduras. Reagan, el presidente de entonces, decía lo mismo que ahora dicen el presidente Bush y su enemigo Bin Laden: vale todo.
VICTIMAS. Esta nueva guerra, ¿se hace contra la dictadura talibán o contra el pueblo que la padece? ¿Cuántos civiles asesinarán los bombardeos?
Cuatro afganos, que trabajaban para las Naciones Unidas, fueron los primeros “daños colaterales” de los que se tuvo noticia. Todo un símbolo: ellos se dedicaban a desenterrar minas.
Afganistán es el país más minado del mundo. Bajo el suelo, hay diez millones de minas listas para matar o mutilar a quien las pise. Muchas fueron plantadas por los rusos, cuando la invasión, y muchas fueron plantadas, contra los rusos, por donación del gobierno de los Estados Unidos a los guerreros de Alá.
Afganistán nunca ha aceptado el acuerdo internacional que prohíbe las minas antipersonales. Los Estados Unidos, tampoco. Y ahora las caravanas de los fugitivos intentan escapar, a pie o en burro, de los misiles que llueven desde el cielo y de las minas que estallan desde la tierra.
DESGARROS. Rigoberta Menchú, hija del pueblo maya, que es un pueblo de tejedores, advierte que estamos “con la esperanza en un hilo”.
Y así es. En un hilo. En el manicomio global, entre un señor que se cree Mahoma y otro señor que se cree Buffalo Bill, entre el terrorismo de los atentados y el terrorismo de la guerra, la violencia nos está destejiendo.
El teatro del
Bien y del Mal

Por Eduardo Galeano

En la lucha del Bien contra el Mal, siempre es el pueblo quien pone los muertos.
Los terroristas han matado a trabajadores de cincuenta países, en Nueva York y en Washington, en nombre del Bien contra el Mal. Y en nombre del Bien contra el Mal, el presidente Bush jura venganza: “Vamos a eliminar el Mal de este mundo”, anuncia.
¿Eliminar el Mal? ¿Qué sería del Bien sin el Mal? No sólo los fanáticos religiosos necesitan enemigos para justificar su locura. También necesitan enemigos, para justificar su existencia, la industria de armamentos y el gigantesco aparato militar de los Estados Unidos. Buenos y malos, malos y buenos: los actores cambian de máscaras, los héroes pasan a ser monstruos y los monstruos héroes, según exigen los que escriben el drama.
Eso no tiene nada de nuevo. El científico alemán Werner von Braun fue malo cuando inventó los cohetes V-2, que Hitler descargó sobre Londres, pero se convirtió en bueno el día en que puso su talento al servicio de los Estados Unidos.
Stalin fue bueno durante la Segunda Guerra Mundial y malo después, cuando pasó a dirigir el Imperio del Mal. En los años de la guerra fría, escribió John Steinbeck: “Quizá todo el mundo necesita rusos. Apuesto a que también en Rusia necesitan rusos. Quizá ellos los llaman americanos”. Después, los rusos se abuenaron. Ahora, también Putin dice: “El Mal debe ser castigado”.
Saddam Hussein era bueno, y buenas eran las armas químicas que empleó contra los iraníes y los kurdos. Después, se amaló. Ya se llamaba Satán Hussein cuando los Estados Unidos, que venían de invadir Panamá, invadieron Irak porque Irak había invadido Kuwait. Bush Padre tuvo a su cargo esta guerra contra el Mal. Con el espíritu humanitario y compasivo que caracteriza a su familia, mató a más de cien mil iraquíes, civiles en su gran mayoría.
Satán Hussein sigue estando donde estaba, pero este enemigo número uno de la humanidad ha caído a la categoría de enemigo número dos. El flagelo del mundo se llama, ahora, Osama Bin Laden. La CIA le había enseñado todo lo sabe en materia de terrorismo: Bin Laden, amado y armado por el gobierno de los Estados Unidos, era uno de los principales “guerreros de la libertad” contra el comunismo en Afganistán. Bush Padre ocupaba la vicepresidencia cuando el presidente Reagan dijo que estos héroes eran “el equivalente moral de los Padres Fundadores de América”. Hollywood estaba de acuerdo con la Casa Blanca. En esos tiempos, se filmó Rambo 3: los afganos musulmanes eran los buenos. Ahora son malos malísimos, en tiempos de Bush Hijo, trece años después.

 

Henry Kissinger fue de los primeros en reaccionar ante la reciente tragedia. “Tan culpables como los terroristas son quienes les brindan apoyo, financiación e inspiración”, sentenció, con palabras que el presidente Bush repitió horas después.
Si eso es así, habría que empezar por bombardear a Kissinger. El resultaría culpable de muchos más crímenes que los cometidos por Bin Laden y por todos los terroristas que en el mundo son. Y en muchos más países: actuando al servicio de varios gobiernos norteamericanos, brindó “apoyo, financiación e inspiración” al terror de estado en Indonesia, Camboya, Chipre, Irán, Africa del Sur, Bangladesh y en los países sudamericanos que sufrieron la guerra sucia del Plan Cóndor.
El 11 de setiembre de 1973, exactamente 28 años antes de los fuegos de ahora, había ardido el palacio presidencial en Chile. Kissinger había anticipado el epitafio de Salvador Allende y de la democracia chilena, al comentar el resultado de las elecciones: “No tenemos por qué aceptar que un país se haga marxista por la irresponsabilidad de su pueblo”. El desprecio por la voluntad popular es una de las muchas coincidencias entre el terrorismo de estado y el terrorismo privado. Por poner un ejemplo, la ETA, que mata gente en nombre de la independencia del País Vasco, dice a través de uno de sus voceros: “Los derechos no tienen nada que ver con mayorías y minorías”.
Mucho se parecen entre sí el terrorismo artesanal y el de alto nivel tecnológico, el de los fundamentalistas religiosos y el de los fundamentalistas del mercado, el de los desesperados y el de los poderosos, el de los locos sueltos y el de los profesionales de uniforme. Todos comparten el mismo desprecio por la vida humana: los asesinos de los seis mil seiscientos ciudadanos triturados bajo los escombros de las torres gemelas, que se desplomaron como castillos de arena seca, y los asesinos de los doscientos mil guatemaltecos, en su mayoría indígenas, que han sido exterminados sin que jamás la tele ni los diarios del mundo les prestaran la menor atención. Ellos, los guatemaltecos, no fueron sacrificados por ningún fanático musulmán, sino por los militares terroristas que recibieron “apoyo, financiación e inspiración” de los sucesivos gobiernos de los Estados Unidos.
Todos los enamorados de la muerte coinciden también en su obsesión por reducir a términos militares las contradicciones sociales, culturales y nacionales. En nombre del Bien contra el Mal, en nombre de la Unica Verdad, todos resuelven todo matando primero y preguntando después. Y por ese camino terminan alimentando al enemigo que combaten. Fueron las atrocidades de Sendero Luminoso las que en gran medida incubaron al presidente Fujimori, que con considerable apoyo popular implantó un régimen de terror y vendió el Perú a precio de banana. Fueron las atrocidades de los Estados Unidos en Medio Oriente las que en gran medida incubaron la guerra santa del terrorismo de Alá.

 

Aunque ahora el líder de la Civilización esté exhortando a una nueva Cruzada, Alá es inocente de los crímenes que se cometen en su nombre. Al fin y al cabo, Dios no ordenó el holocausto nazi contra los fieles de Jehová y no fue Jehová quien dictó la matanza de Sabra y Chatila ni quien mandó expulsar a los palestinos de su tierra. ¿Acaso Jehová, Alá y Dios a secas no son tres nombres de una misma divinidad?
Una tragedia de equívocos: ya no se sabe quién es quién. El humo de las explosiones forma parte de una mucho más enorme cortina de humo que nos impide ver. De venganza en venganza, los terrorismos nos obligan a caminar a los tumbos. Veo una foto, publicada recientemente: en una pared de Nueva York, alguna mano escribió: “Ojo por ojo deja al mundo ciego”.
La espiral de la violencia engendra violencia y también confusión: dolor, miedo, intolerancia, odio, locura. En Porto Alegre, a comienzos de este año, el argelino Ahmed Ben Bella advirtió: “Este sistema, que ya enloqueció a las vacas, está enloqueciendo a la gente”. Y los locos, locos de odio, actúan igual que el poder que los genera.
Un niño de tres años, llamado Luca, comentó en estos días: “El mundo no sabe dónde está su casa”. El estaba mirando un mapa. Podía haber estado mirando un noticiero.

Algunas modestas proposiciones
Por Eduardo Galeano

El soldado Timothy McVeigh puso la bomba, mató a 168 en el estado de Oklahoma y ahora está en el infierno. El gobernador George W. Bush puso la firma, mató a 152 en el estado de Texas y ahora es rey del planeta. Bush suele decir: “Hazlo a mi manera o de ninguna manera”.
Y de eso se trata. El está ocupando a su manera el trono del mundo y, a su manera, hace y deshace, pero su categórico estilo, que tan exitoso había resultado antes de la coronación, choca ahora con cierta incomprensión universal. Da la impresión de que el mundo no lo entiende, y a veces parece que el buen hombre está reinando en soledad.
Aquí van algunas sugerencias, animadas por el constructivo propósito de colaborar en su gestión. Provienen de uno más entre sus seis mil millones de súbditos, desde un país más bien ignoto que no es miembro del G-7, ni del G-8, sino del G-181.
Mejor que Kioto180 contra 1: los acuerdos de Kioto fueron votados por unanimidad menos uno. El maestro Ronald Reagan había estudiado Ciencias Políticas en las películas del Far West. Ahora su alumno se bate, él solito, como en las películas, contra todos los demás.
Bien sabe el justiciero que todo este asunto de Kioto no es más que una conspiración. Se pretende sabotear la iniciativa privada y la libertad individual. Está en juego el derecho de los Estados Unidos a seguir desarrollando su modo de vida, que se funda en el amor a los miembros más queridos de la familia: los que duermen en el garaje. Y ellos no tienen más remedio que sufrir en silencio las calumnias. Los ecoterroristas, agitadores a sueldo del transporte público, andan diciendo que los autos echan veneno al aire y arruinan la atmósfera. Así se abusa impunemente de la paciencia de los ciudadanos de cuatro ruedas, que no pueden decir ni pío. Resulta escandaloso, pero es así: los coches no tienen todavía derecho de voto, aunque son más numerosos que toda la población norteamericana adulta.
Los enemigos del progreso miran la realidad con lentes negros y anuncian catástrofes: cielo intoxicado, clima enloquecido, planeta recalentado... A este paso, dicen, nadie se salvará. Ni siquiera nosotros, los uruguayos: a la larga, si se siguen derritiendo los hielos del polo, nos quedaremos sin agua potable y sin playas. Pero el nuestro es un país libre. Si nos quedamos sin agua para beber, tendremos la libertad de elegir entre la Coca-Cola, la Pepsi y otros refrescos. Y si nos quedamos sin playas, que son las culpables de la holgazanería nacional, nuestra maltrecha economía podrá remontar espectacularmente sus índices de productividad. ¿Y qué? ¿Nos van a asustar con eso?
¿Hasta cuándo seguirá el mundo soportando estas apocalípticas profecías? ¿No habrá llegado la hora de prohibir de una vez por todas, en todos los idiomas y en todos los países, la circulación de los informes científicos que andan sembrando la alarma en la opinión pública?
Cómo vender paraguas Otro tema espinoso: el paraguas antimisiles. El presidente Bush no está consiguiendo que se tome en serio la amenaza del terrorismo internacional. No se comprende la urgente necesidad de elevar al espacio un escudo que nos defienda de la agresión inminente desde las bases terroristas en las estrellas. El mundo libre está actuando como si no hubiera más misiles que los misiles de juguete que McDonald’s regala a los niños en su cajita feliz.
Me tomo la libertad de opinar, y perdón por la insolencia: el invento es bueno y muy necesario, yo diría que imprescindible, pero me parece que el vendedor se ha equivocado de clientes. El presidente Bush insiste en promover el paraguas entre los países que no sufren ninguna lluvia. Aunque suene a pedantería, me parece oportuno recordar la ley primera del mercado: entre la oferta y la demanda, la víbora debe morderse la cola. Esta sabia enseñanza fue legada a la humanidad por Marco Licinio Craso, que vivió entre los años 115 y 53 antes de Cristo. Don Marco Licinio fundó la primera empresa de bomberos en Roma. Tuvo mucho éxito. El provocaba los incendios y después cobraba por apagarlos.
Creo que rompe los ojos: la demanda está en Irak, que viene sufriendo bombardeos desde hace diez años. El presidente Bush ha sabido perpetuar una tradición familiar que su padre inició en 1991, descargando misilazos sobre Irak en misiones de rutina que no perdonan ni a las canchas de fútbol. Es Saddam Hussein quien necesita el escudo defensivo. Y si él se niega a comprar el invento, no habrá más remedio que bombardear a otros países, para diversificar el mercado.

La conquista de la luna

El “Acuerdo que regula las actividades de los estados en la luna y en otros cuerpos celestes” establece que “ni la superficie ni el subsuelo de la luna será propiedad de ningún estado, organización ni persona”. Los Estados Unidos no han firmado este tratado internacional. Y el US Space Command, que coordina sus fuerzas armadas de aire, mar y tierra, está proclamando oficialmente, y públicamente, la necesidad de “controlar el espacio” para poder “dominar” la tierra. Y ésos son los términos, palabra más, palabra menos, con que el presidente Bush explica su resurrección de la Guerra de las Estrellas, que había iniciado Ronald Reagan.
Esto ha multiplicado las dudas y la desconfianza. Los países aliados, reinos menores en torno del reino mayor, sospechan que el monarca del planeta quiere apoderarse de la luna y de los demás astros del cielo. Ya se lo imaginan clavando carteles que dicen “Private property” en todo el espacio sideral.
Quizás, quién sabe, ciertas dificultades de expresión no ayudan a la buena fortuna que merecen sus mensajes: el presidente Bush suele no decir lo que quiere decir y con frecuencia dice lo que no quiere. Humildemente sugiero que aclare sus intenciones. Que haga pública la verdad, mediante una declaración escrita por quien sepa y pueda, sin agregar dudas a las dudas: los Estados Unidos quieren la luna para que allí puedan reunirse los que aquí en la tierra ya no encuentran lugar. Me refiero a los organismos internacionales que velan por la felicidad de un mundo que les niega sitio. Parece una sopa de letras, pero se trata nada menos que del FMI, BM, OMC, OTAN, UE, G-7 y G-8. Lo han intentado en Seattle, Washington, Los Angeles, Filadelfia, Praga, Quebec, Gotemburgo y Génova, y la furia de los vándalos les ha hecho imposible la tertulia. En la luna no tendrán ruidos molestos y el US Space Command les asegurará una protección militar invulnerable ante las amenazas de las huestes de Atila.
Y ya me dejo de dar la lata. San George está muy atareado en su guerra solitaria contra el dragón de la envidia y no hay que robarle el tiempo.

Hablan las paredes
Por Eduardo Galeano

Según el diccionario de la Real Academia Española, las frases que manos anónimas escriben en las paredes de las ciudades se llaman grafitos y “son de carácter popular y ocasional, sin trascendencia”.
Alguna trascendencia les reconoció, en cambio, Rudolph Giuliani. En años recientes, cuando el alcalde emprendió su cruzada contra el hampa en Nueva York, condenó a los peligrosos autores de palabras y dibujitos, porque “ensuciando las paredes revelan una conducta protocriminal”. En cambio, se supone, revelan una irreprochable conducta las empresas que cubren las ciudades con anuncios de publicidad descaradamente mentirosos.
Las paredes, me parece, opinan otra cosa. Ellas no siempre se sienten violadas por las manos que las escriben o las dibujan. En muchos casos, están agradecidas. Gracias a esos mensajes, ellas hablan y se divierten. Bostezan de aburrimiento las ciudades intactas, que no han sido garabateadas por nadie en los poquitos espacios no usurpados por las ofertas comerciales.
Somos muchos los lectores al paso. Y diga lo que diga la respetable Academia, somos muchos los que cada día comprobamos que las anónimas inscripciones trascienden a sus autores. Alguien, quién sabe quién, desahoga su bronca personal, o trasmite alguna idea que le ha visitado la cabeza, o se saca las ganas de tomarse el pelo o tomar el pelo a los demás: a veces ese alguien está siendo mano de muchos. A veces ese alguien está oficiando de intérpretes de los sentires colectivos, aunque no lo sepa ni lo quiera.
Aquí va una breve recopilación, dividida por temas, de algunas frases que he leído últimamente en diversas ciudades: en las paredes, que vienen a ser algo así como las imprentas más democráticas de todas.
Tiempos modernosSi la cárcel está llena de inocentes, ¿dónde están los delincuentes?
Yo no vendo a mi madre. Ya la vendió mi padre.
Oculté tan bien lo que pensaba, que ya no lo recuerdo.
Tanta lluvia y tan poco arcoiris.
¿Y si hay guerra y no va nadie?
En mi hambre, mando yo.
PreguntasVivir solo ¿es tan imposible como vivir acompañado?
Los mudos ¿practican el sexo oral?
¿El amor muere o cambia de domicilio?
Un parto en la calle ¿es alumbrado público?
Si María era virgen, ¿Jesús era adoptado?
Cuando yo sea niño, ¿seré poeta?
De ellas sobre ellosHombre que no miente es mujer.
Una mujer sin hombre es como un pez sin bicicleta.
El 99 por ciento de los hombres da mala reputación al resto.
Prometen regalos y dan palos.
¿Qué hacen las mujeres antes de encontrar al hombre de sus sueños? Se casan y tienen hijos.
Detrás de toda mujer feliz, hay un machista abandonado.
Si Dios hizo a Adán a su imagen y semejanza, ¿quién nos defiende de Dios?
De ellos sobre ellasMujer que no rompe las bolas es hombre.
Cada día mueren dieciocho mil mujeres, y a la mía ni le duele la cabeza.
La mujer en casa y con la pata rota.
Linda como mujer de otro.
Si se callaran un momento, podría decirles cuánto las amo.
Cuando no te lo cobran, te lo hacen pagar.
Si las mujeres fueran necesarias, Dios tendría una.
La Tercera VíaHappy birthgay.
Iguales, pero diversos.
Somos así porque nos gusta, aunque no les guste.
Lo único contra natura es el voto de castidad.
No tengo miedo de mí.
Yo soy Adán, más Eva.
Si Dios me hizo así, Dios es gay.
TodosTe amo y no puedo parar.Morir¿Por qué tienen muros los cementerios, si los que están adentro no pueden salir y los que están afuera no quieren entrar?
Los muertos no nos dejan vivir, porque no los dejamos morir.
La muerte es un mal hereditario.
Hablaban tan bien de mí, que pensé que me había muerto.
La muerte siempre gana, pero te da una vida de ventaja.
No te preocupes tanto por la vida, porque no saldrás vivo de ella.
Todos los dioses fueron inmortales.
Lo único seguro es que quién sabe.
Zig y zagCon el tigre delante, no hay burro con reuma.
La calle Después lleva a la plaza Nunca.
Soñé que tenía insomnio.
Yo camino con ojos en los pies.
 

Humor negro
Por Eduardo Galeano

 
Chiste 1La nafta con plomo agregado fue un inventito norteamericano. Allá por los años veinte, se impuso en los Estados Unidos y en el mundo. Cuando el gobierno estadounidense la prohibió, en 1986, la gasolina con plomo estaba matando adultos a un ritmo de cinco mil por año, según la agencia oficial que se ocupa de la protección al ambiente. Además, según las numerosas fuentes citadas por el periodista Jamie Kitman en su investigación para la revista The Nation, el plomo había provocado daños al sistema nervioso y al nivel mental de muchos millones de niños, nadie sabe exactamente cuántos, durante sesenta años.
Charles Kettering y Alfred Sloan, directivos de la General Motors, fueron los principales promotores de este veneno. Ellos han pasado a la historia como benefactores de la medicina, porque fundaron un gran hospital.
Chiste 2Ya los griegos y los romanos sabían que el plomo era enemigo de la sangre, el suelo, el aire y el agua. Eso no tiene nada de nuevo. Sin embargo, algunos países siguen agregando plomo a la nafta. Y mi país, el Uruguay, pongamos por caso, llega más allá: castiga la buena conducta. La nafta sin plomo cuesta más cara. Quien contamina menos paga más. Chiste 3Una empresa norteamericana, Ethyl, y una empresa inglesa, Octel, venden afuera lo que está prohibido adentro. El aditivo de plomo para la gasolina se exporta a los países que pueden ser intoxicados impunemente: casi toda el Africa y algunos otros países del sur del mundo. Para ser un negocio en agonía, no está tan mal. El balance de 1999 reveló que Ethyl tuvo una ganancia bruta de 190 millones de dólares.
El problema de Jack el Destripador era que estaba mal asesorado. El pobre Jack no tenía agentes de relaciones públicas que maquillaran su imagen, ni expertos en publicidad que bendijeran sus actos. En cambio, la empresa Ethyl, nacida del matrimonio de General Motors y Standard Oil, dice en su propaganda que “el respeto por la gente” es el valor más importante que guía sus acciones y que hace lo que hace desarrollando “una cultura basada en la confianza mutua y el respeto mutuo”. Y la empresa Octel explica: “Octel continúa desempeñando un papel primordial en el proceso universal de eliminación de los combustibles con plomo, a través del suministro seguro y eficiente de plomo para combustibles, que seguirá brindan-
do a sus clientes mientras ellos lo requieran”. Una obra maestra: practicar el crimen es la mejor manera de colaborar en la lucha contra el crimen.
Chiste 4Según el último informe del Banco Mundial, el quince por ciento de la población del planeta devora la mitad de toda la energía que el planeta consume. Los automóviles tragan buena parte de esa mitad. En los países ricos, hay 580 vehículos por cada mil habitantes; en los países pobres, hay diez.
Los países ricos han prohibido la gasolina con plomo, pero sus habitantes de cuatro ruedas escupen otros venenos. De la vertiginosa motorización de las calles proviene buena parte de los gases que recalientan el planeta, enloquecen el clima y perforan el ozono. Los automóviles son cada vez más numerosos y cada vez más grandes. Quizá las 4 x 4, que todos los niños del mundo sueñan con tener, se llaman así porque consumen cuatro veces más combustible que los autos pequeños. Hágase nuestra voluntad, así en la tierra como en el cielo: salvo los bebés, todos tienen automóvil propio en el país que más energía traga y más veneno escupe. El país más glotón y derrochón contiene nada más que el 4 por ciento de la población mundial, emite nada menos que el 24 por ciento del dióxido de carbono que agrede la atmósfera y gasta dinerales en la publicidad que lo absuelve.
Una organización modestamente llamada Fuerza de Tareas de los Líderes Globales del Medio Ambiente del Mañana ha difundido un mapamundi ecológico, publicado con el mayor destaque en la revista Newsweek y en otros medios, junto con un texto explicativo. Los Líderes Globales demuestran que los países más ricos son los mejores amigos de la naturaleza, los más “eco-friendly”, y los principales culpables de las calamidades ecológicas del planeta son Bangladesh y Uganda.

Chiste 5

El dióxido de carbono ¿ataca la memoria? Habría que ver. En su campaña presidencial, George W. Bush había prometido que iba a limitar las emisiones de gases tóxicos. Olvidó su promesa apenas abrió la puerta de la Casa Blanca. Dijo no al acuerdo internacional de Kioto y confirmó así, una vez más, que los únicos discursos que merecen ser creídos son los discursos no pronunciados. Chiste 6El gobierno del planeta ¿es un gobierno o un oleoducto? Las empresas petroleras fueron las que más dinero aportaron a la campaña de Bush, que fue la más cara de la historia. El presidente había fundado la empresa petrolera Arbusto Oil, que luego se llamó Bush Exploration y que fue finalmente vendida a la Harken Oil & Gas. El vice, Dick Cheney, acumuló su fortuna personal desde la empresa petrolera Halliburton. A la cabeza de la Seguridad Nacional está Condoleezza Rice, que integró el directorio de la empresa petrolera Chevron entre 1991 y el año 2000. Don Evans, secretario de Comercio, fue presidente de la empresa petrolera Tom Brown Inc. y director de la empresa petrolera TMBR/Sharp Drilling. Kathleen Cooper, que se ocupa del comercio en la Secretaría de Asuntos Económicos, fue ejecutiva de la empresa petrolera Exxon. Thomas White, de la Secretaría de Defensa, fue vicepresidente de la empresa petrolera Enron Corporation.Chiste 7Podría llamarse Asociación para el Exterminio del Planeta y sus Alrededores. Pero no: se llama Centro Mundial para el Medio Ambiente.
Entre sus miembros figuran British Petroleum, Occidental Petroleum, Exxon, Texaco, International Paper, Weyerhaeuser, Novartis, Monsanto, BASF, Dow Chemical y Royal Dutch Shell. Todos estos amigos de la naturaleza y de la especie humana, que periódicamente se condecoran entre sí, anunciaron que la empresa Shell recibirá la Medalla de Oro del Medio Ambiente correspondiente al año 2001. Entre los muchos méritos de la empresa, cabe mencionar sus esfuerzos por arrasar el delta del Níger y por lograr que la dictadura de Nigeria enviara a la horca, en 1995, al escritor Ken Saro-Wiwa y a otra gente molesta que andaba protestando.
 

Tomado del diario La Jornada México 15/4/2001

 

Los derechos de los trabajadores, ¿un tema para los arqueólogos?

Eduardo Galeano

Más de 90 millones de clientes acuden, cada semana, a las tiendas Wal-Mart. Sus más de novecientos mil empleados tienen prohibida la afiliación a cualquier sindicato. Cuando a alguno se le ocurre la idea, pasa a ser un desempleado más. La exitosa empresa niega sin disimulo uno de los derechos humanos proclamados por la Organización de Naciones Unidas: la libertad de asociación. El fundador de Wal-Mart, Sam Walton, recibió en 1992 la medalla de la libertad, una de las más altas condecoraciones que otorga Estados Unidos.

Uno de cada cuatro adultos estadunidenses, y nueve de cada diez niños, engullen en McDonald's la comida plástica que los engorda. Los trabajadores de McDonald's son tan desechables como la comida que sirven: los pica la misma máquina. Tampoco ellos tienen el derecho de sindicalizarse. En Malasia, donde los sindicatos obreros todavía existen y actúan, las empresas Intel, Motorola, Texas Instruments y Hewlett Packard lograron evitar esa molestia. El gobierno de Malasia declaró "union free", libre de sindicatos, el sector electrónico. Tampoco tenían ninguna posibilidad de agremiarse las 190 obreras que murieron quemadas en Tailandia, en 1993, en el galpón trancado por fuera, donde fabricaban los muñecos de Sesame Street, Bart Simpson y los Muppets. Bush y Gore coincidieron, durante la campaña electoral del año pasado, en la necesidad de seguir imponiendo en el mundo el modelo estadunidense de relaciones laborales. "Nuestro estilo de trabajo", como ambos lo llamaron, es el que está marcando el paso de la globalización, que avanza con botas de siete leguas y entra hasta en los más remotos rincones del planeta. La tecnología, que ha abolido las distancias, permite ahora que un obrero de Nike en Indonesia deba trabajar 100 mil años para ganar lo que gana, en un año, un ejecutivo de Nike en Estados Unidos, y que un obrero de la IBM en Filipinas fabrique computadoras que él no puede comprar. Es la continuación de la época colonial, en una escala jamás conocida. Los pobres del mundo siguen cumpliendo su función tradicional: proporcionan brazos baratos y productos baratos, aunque ahora produzcan muñecos, zapatos deportivos, computadoras o instrumentos de alta tecnología, además de producir, como antes, caucho, arroz, café, azúcar y otras cosas malditas por el mercado mundial. Desde 1919, se han firmado 183 convenios internacionales que regulan las relaciones de trabajo en el mundo. Según la Organización Internacional del Trabajo, de esos 183 acuerdos Francia ratificó 115, Noruega 106, Alemania 76 y Estados Unidos... 14. El país que encabeza el proceso de globalización sólo obedece sus propias órdenes. Así garantiza suficiente impunidad a sus grandes corporaciones, lanzadas a la cacería de mano de obra barata y a la conquista de territorios que las industrias sucias pueden contaminar a su antojo. Paradójicamente, este país que no reconoce más ley que la ley del trabajo fuera de la ley es el que ahora dice que no habrá más remedio que incluir "cláusulas sociales" y de "protección ambiental" en los acuerdos de libre comercio. ¿Qué sería de la realidad sin la publicidad que la enmascara? Esas cláusulas son meros impuestos que el vicio paga a la virtud con cargo al rubro de relaciones públicas, pero la sola mención de los derechos obreros pone los pelos de punta a los más fervorosos abogados del salario de hambre, el horario de goma y el despido libre. Desde que Ernesto Zedillo dejó la presidencia de México pasó a integrar los directorios de la Union Pacific Corporation y del consorcio Procter & Gamble, que opera en 140 países. Además, encabeza una comisión de las Naciones Unidas y difunde sus pensamientos en la revista Forbes. En idioma tecnocratés, se indigna contra "la imposición de estándares laborales homogéneos en los nuevos acuerdos comerciales". Traducido, eso significa: arrojemos de una buena vez al tacho de la basura toda la legislación internacional que todavía protege a los trabajadores. El presidente jubilado cobra por predicar la esclavitud. Pero el principal director ejecutivo de General Electric lo dice más claro: "Para competir, hay que exprimir los limones". Los hechos son los hechos. Ante las denuncias y las protestas, las empresas se lavan las manos: yo no fui. En la industria posmoderna, el trabajo ya no está concentrado. Así es en todas partes, y no sólo en la actividad privada. Los contratistas fabrican las tres cuartas partes de los autos de Toyota. De cada cinco obreros de volkswagen en Brasil, sólo uno es empleado de la empresa. De los 81 obreros de Petrobrás muertos en accidentes de trabajo en los últimos tres años, 66 estaban al servicio de contratistas que no cumplen las normas de seguridad. A través de 300 empresas contratistas, China produce la mitad de todas las muñecas Barbie para las niñas en todo el mundo. En China sí hay sindicatos, pero obedecen a un estado que en nombre del socialismo se ocupa de la disciplina de la mano de obra: "Nosotros combatimos la agitación obrera y la inestabilidad social, para asegurar un clima favorable a los inversores", explicó recientemente Bo Xilai, secretario general del Partido Comunista en uno de los mayores puertos del país. El poder económico está más monopolizado que nunca, pero los países y las personas compiten en lo que pueden: a ver quién ofrece más a cambio de menos, a ver quién trabaja el doble a cambio de la mitad. A la vera del camino están quedando los restos de las conquistas arrancadas por dos siglos de luchas obreras en el mundo. Las plantas maquiladoras de México, Centroamérica y el Caribe, que por algo se llaman "sweat shops", talleres del sudor, crecen a un ritmo mucho más acelerado que la industria en su conjunto. Ocho de cada diez nuevos empleos en Argentina están "en negro", sin ninguna protección legal. Nueve de cada diez nuevos empleos en toda América Latina corresponden al "sector informal", un eufemismo para decir que los trabajadores están librados a la buena de Dios. La estabilidad laboral y los demás derechos de los trabajadores, ¿serán de aquí a poco un tema para arqueólogos? ¿No más que recuerdos de una especie extinguida?

En el mundo al revés, la libertad oprime: la libertad del dinero exige trabajadores presos de la cárcel del miedo, que es la más cárcel de todas las cárceles. El dios del mercado amenaza y castiga; y bien lo sabe cualquier trabajador, en cualquier lugar. El miedo al desempleo, que sirve a los empleadores para reducir sus costos de mano de obra y multiplicar la productividad, es, hoy por hoy, la fuente de angustia más universal. ¿Quién está a salvo del pánico de ser arrojado a las largas colas de los que buscan trabajo? ¿Quién no teme convertirse en un "obstáculo interno", para decirlo con las palabras del presidente de la Coca-Cola, que hace un año y medio explicó el despido de miles de trabajadores diciendo que "hemos eliminado los obstáculos internos"? Y en tren de preguntas, la última: ante la globalización del dinero, que divide al mundo en domadores y domados, ¿se podrá internacionalizar la lucha por la dignidad del trabajo? Menudo desafío.

 
DOS VISIONES
SOBRE EL ZAPATISMO

Encuentro zapatista con la nación
Por Alain TouraineExistía un riesgo real de disolución del movimiento zapatista una vez que cambió la política del gobierno. El eco encontrado por la marcha hacia México y, digámoslo de una vez, el compromiso personal del presidente Fox hacen poco probable tal desenlace. Los zapatistas se han ganado el respeto y la admiración de muchos, puesto que su movimiento es el más importante en el continente latinoamericano. Pero, sobre todo, este movimiento de defensa de los pueblos indígenas ha sabido transformarse al mismo tiempo en una vasta acción para ampliar la democracia en México y que va mucho más allá de reconocer los derechos de los indígenas y librarse de un falso mestizaje, que no ha conducido más que a privar a los indígenas de todo reconocimiento de su identidad cultural y de sus derechos materiales.
Por supuesto que los zapatistas trabajan para dar a todos los indígenas una expresión colectiva. Pero su papel puede y debe ser más amplio. En México, al menos la mitad de la población está fuera del juego, política, económica y culturalmente. Y los indígenas, que representan alrededor del 10 por ciento de la población, son una minoría entre estos excluidos y marginados.
¿Cómo puede México, tras la caída del PRI, crear un sistema político si la mitad de la población sigue estando fuera de él? Este es, en mi opinión, el sentido de la situación actual, y especialmente de la complementariedad de los objetivos del zapatismo y los del presidente.
Este busca ensanchar el sistema político y parece estar decidido a hacerlo sin una campaña populista. Por su parte, los zapatistas, que se suicidarían políticamente si ingresaran en un partido político, pueden transformarse en un movimiento, cuyo objetivo sería el de integrar a los excluidos en la vida nacional.
Esta doble iniciativa es tan original que encuentra reticencias y oposiciones. La del presidente Fox puede tropezar con importante políticos, con partidos –incluido el suyo– desorientados, y con el rechazo de la clase media hacia las categorías más desfavorecidas. Los zapatistas tienen como principal obstáculo superar el arcaísmo de una izquierda –por fortuna, principalmente extranjera– que trata de revivir la epopeya del Che, cuando no hay nada más alejado de las pasadas guerrillas que la política de Marcos, quien no distingue entre la amplificación de la democracia mexicana y la defensa de la población chiapaneca.
Las jornadas que vivimos desde el inicio de la caravana son decisivas. O esta marcha termina en la disolución del movimiento zapatista o, por el contrario, éste encuentra nuevos objetivos, muchos más amplios, directamente democráticos y que contarán con el apoyo de todos aquellos que quieren finalmente construir un verdadero sistema político en México.
Lo que sucede en estos momentos sobrepasa todas las previsiones. Nadie imaginaba que el movimiento zapatista encontraría tan rápidamente un apoyo popular de semejante amplitud y tampoco que el presidente Fox se comprometería de manera tan decidida en este asunto.
México tiene hoy una posibilidad que hasta ayer no tenía, la de transformar su vida política y, en primer lugar, su concepción de la nación y la democracia. Sólo será reconocido mundialmente como un gran país si logra este cambio. Los zapatistas han sido, son y serán uno de los agentes principales en el éxito de esta mutación. Y el pueblo mexicano, al recibirlos y acompañarlos, ha demostrado su capacidad de lograr decisivos progresos para el país.
 Una marcha universal
Por Eduardo GaleanoAño 1915, año 2001: Emiliano Zapata entra en la ciudad de México por segunda vez.
Esta segunda vez viene desde La Realidad, para cambiar la realidad: desde la Selva Lacandona llega para que se profundice el cambio de la realidad de todo México.
Desde que emergieron a la luz pública, los zapatistas de Chiapas están cambiando la realidad del país entero. Gracias a ellos, y a la energía creadora que han desencadenado, ya ni lo que era es como era.
Los que hablan del problema indígena tendrían que empezar a reconocer la solución indígena. Al fin y al cabo, la respuesta zapatista a cinco siglos de enmascaramiento, el desafío de estas máscaras que desenmascaran, está desplegando el espléndido arcoiris que México contiene y está devolviendo la esperanza a los condenados a espera perpetua. Los indígenas, está visto, sólo son un problema para quienes les niegan el derecho de ser lo que son y así niegan la pluralidad nacional y niegan el derecho de los mexicanos a ser plenamente mexicanos, sin las mutilaciones impuestas por la tradición racista, que enaniza el alma y corta las piernas.
Ante el mamarracho del proyecto de anexión y traición, ante el patético modelo de una Disneylandia de cuarta categoría, crece y crece este movimiento que sigue siendo local, con sus raíces hundidas en la tierra de la que brotó, pero que ya es, también, nacional. Puede cambiar, está cambiando, y en gran medida gracias al levantamiento indígena de Chiapas, este país que es de todos, pero pertenece a poquitos y expulsa a sus hijos. Porque está muy bien que el gobierno quiera amparar a los mexicanos que se van, y que mueren al ritmo de uno por día por bala o por sed; pero más importante que el derecho de irse es el derecho de quedarse.
¿Y por qué tiene que meter la nariz un extranjero, vamos a ver, en estos asuntos mexicanos, si ni siquiera tiene un pinche dólar invertido en el petróleo ni en nada? Pues ocurre que este movimiento local, que se volvió nacional, se ha saltado las fronteras hace rato. Democracia, justicia, dignidad: millones de personas, en todos los países, agradecemos a los zapatistas y a otros movimientos de los que mueven al mundo la resurrección de esas banderas en este mundo regido por la rentabilidad, la humillación y la obediencia. Hay cada vez menos democracia en los tiempos de la globalización obligatoria; nunca tantos hemos sido gobernados por tan pocos. Hay cada vez más injusticia en la distribución de los panes y los peces. Y la dignidad está cada vez más aplastada por la prepotencia del poder universal, hoy por hoy encarnado en ese huésped grosero que ha sido capaz de sentarse en la mesa de su anfitrión para ofrecerle el postre envenenado de un bombardeo a Bagdad.
Nada de lo que en Chiapas ocurre, nada de lo que ocurre en México nos es ajeno. En la patria de la solidaridad, no hay extranjeros. Somos millones los ciudadanos del mundo que ahí estamos sin estar estando.
La era de Frankenstein
Por Eduardo Galeano

En su novela Un mundo feliz, Aldous Huxley había profetizado la fabricación en serie de seres humanos. En tubos de laboratorio, los embriones se desarrollarían según su futura función en la escala social, desde los alfas, destinados al mando, hasta los epsilones, producidos para la servidumbre.
Setenta años después, la biogenética nos promete, como regalo del naciente milenio, una nueva raza humana. Cambiando el código genético de las generaciones venideras, la ciencia producirá seres inteligentes, bellos, sanos y quizás inmortales, según el precio que cada familia pueda pagar.
James Watson, Premio Nobel, descubridor de la estructura del ADN y jefe del Proyecto Genoma Humano, predica el despotismo científico. Watson se niega a aceptar ningún límite a la manipulación de las células humanas reproductivas: ningún límite a la investigación, ni al negocio. Sin pelos en la lengua, proclama: “Debemos mantenernos al margen de los reglamentos y las leyes”.
Gregory Pence, que dicta cátedra de Etica Médica en la Universidad de Alabama, reivindica el derecho de los padres a elegir los hijos que tendrán, “del mismo modo que los criadores hacen cruzas buscando al perro más adecuado para una familia”.
Y el economista Lester Thurow, del Massachusetts Institute of Technology, exitoso teórico del éxito, se pregunta quién podría negarse a programar un hijo con mayor coeficiente intelectual. “Si usted no lo hace –advierte–, sus vecinos lo harán, y entonces su hijo será el más estúpido del barrio.”
Si la suerte nos acompaña, los viveros del futuro generarán superniños parecidos a estos genios. El mejoramiento de la especie ya no requerirá los hornos de gas donde Alemania purificó la raza, ni la cirugía que Estados Unidos, Suecia y otros países aplicaron para evitar que se reprodujeran los productos humanos de mala calidad. El mundo fabricará personas genéticamente modificadas, como fabrica ya alimentos genéticamente modificados.
2001, odisea del espacio: ya estamos en el 2001 y ya comemos comida química, como había anunciado, hace más de treinta años, la película de Stanley Kubrick. Ahora, los gigantes de la industria química nos dan de comer. Cuestión de siglas: después del DDT y del PCB, que por fin fueron prohibidos cuando hacía años que se sabía que daban más cáncer que felicidad, ha llegado el turno de los GM, los alimentos genéticamente modificados. Desde Estados Unidos, Argentina y Canadá, los GM invaden el mundo entero, y todos somos conejillos de Indias de estos experimentos gastronómicos de los grandes laboratorios.
En realidad, ni siquiera sabemos qué comemos. Salvo contadas excepciones, las etiquetas de los envases no nos advierten que contienen ingredientes que han sufrido la manipulación de uno o varios genes. La empresa Monsanto, la principal proveedora, no incluye el dato en sus etiquetas de origen, ni siquiera en el caso de la leche proveniente de vacas tratadas con hormonas transgénicas de crecimiento. Esas hormonas artificiales favorecen el cáncer de próstata y de seno, según varias investigaciones publicadas en The Lancet, Science, The International Journal of Health Services y otras revistas científicas, pero la Food and Drug Administration de Estados Unidos autorizó la venta de la leche sin mención en las etiquetas, porque al fin y al cabo las hormonas apresuran el crecimiento y aumentan el rendimiento y, por lo tanto, también aumentan la rentabilidad. Lo primero es lo primero, y lo primero es la salud de la economía. De todos modos, cuando Monsanto está obligada a confesar lo que vende, como en el caso de los herbicidas, la cosa no cambia mucho. Hace un par de años, la empresa tuvo que pagar una multa por “setenta y cinco menciones inexactas” en los bidones del venenoso herbicida Roundup. Le hicieron precio. Pagó tres mil dólares por cada mentira.
Algunos países se defienden, o al menos intentan defenderse. En Europa, la importación de productos de la ingeniería genética está prohibida en algunos casos y en otros está sometida a control. Desde 1998, por ejemplo, la Unión Europea exige etiquetas claras para la soja genéticamente modificada, pero se hace muy difícil llevar a la práctica esta buena intención. El rastro se pierde en las múltiples combinaciones: según Greenpeace, la soja GM está presente en el sesenta por ciento de toda la comida procesada que se ofrece en los supermercados del mundo.
En las manifestaciones ecologistas, un gran pescado alza un cartel: No se metan con mis genes. Al lado, un tomate gigante exige lo mismo. En todo el mundo se multiplican las voces de protesta. La actitud europea es un resultado de la presión de la opinión pública. Cuando los granjeros franceses incendiaron los silos llenos de maíz transgénico, por el daño notorio que hacía al ecosistema, el agitador campesino José Bové se convirtió en un héroe nacional, un nuevo Asterix que alegó, en su defensa: “Nosotros, los granjeros y los consumidores, ¿cuándo fuimos consultados sobre esto? Nunca”.
El gobierno francés, que lo había metido preso, desautorizó los cultivos del maíz inventado por la biotecnología. Algún tiempo después, la empresa norteamericana Kraft Foods devolvió millones de tortillas de maíz transgénico, marca Taco Bell, abrumada por las quejas de los consumidores que habían sufrido reacciones alérgicas. Mientras tanto, la canciller Madeleine Albright decía y repetía en Europa, según es obligación prioritaria de la diplomacia norteamericana: “No hay ninguna prueba de que los alimentos genéticamente modificados sean perjudiciales para la salud ni para el ambiente”.
Los europeos tienen muy concretos motivos para desconfiar de las piruetas tecnocráticas en la mesa del comedor. Están escamados por su reciente experiencia con las vacas locas. Mientras comían pasto o alfalfa, durante miles de años, las vacas se habían comportado con una cordura ejemplar y habían aceptado, resignadas, su destino. Así fue, hasta que el loco sistema que nos rige decidió obligarlas al canibalismo. Las vacas comieron vacas, engordaron más, brindaron a la humanidad más carne y más leche, fueron felicitadas por sus dueños y aplaudidas por el mercado –y se volvieron locas de remate–. El asunto dio origen a muchos chistes, hasta que empezó a morir gente. Un muerto, diez, veinte, cien...
En 1996, el Ministerio británico de Agricultura había informado a la población que el pienso de sangre, sebo y gelatina de origen animal era un alimento seguro para el ganado e inofensivo para la salud humana.
 
El espejo
Por Eduardo Galeano

Los hermanos gemelos no necesitan espejo. Cada gemelo sirve de espejo a su hermano: cuando uno mira al otro, se ve.
Joseph Stiglitz fue vicepresidente del Banco Mundial hasta principios de este año. En abril, a modo de despedida, publicó en la revista The New Republic un artículo que retrata, sin piedad, a una organización todopoderosa: no el Banco Mundial, en cuyas cumbres estuvo sentado, sino el Fondo Monetario Internacional. Pero el retrato resultó, también, un involuntario autorretrato. Si Dios quiere y la Virgen, el vicepresidente del Fondo Monetario Internacional nos ofrecerá, cuando se jubile, la verdadera fotografía de frente y perfil del Banco Mundial, que resultará idéntica a la de su hermano gemelo. “Porque lo mismo es lo mismo y además es igual”, como bien dice un anónimo filósofo que deambula por los cafés de mi barrio; y porque la dictadura financiera universal se ejerce de a dos, pero los dos son uno, según el misterio del Santísimo Dúo.
El sol que vino del oeste
El retrato que traza Stiglitz parece obra de alguno de esos miles de artistas de la denuncia que han armado tremendo alboroto en Seattle, Washington y Praga. 
Los hermanos gemelos habían proyectado la reunión de Praga, prevista desde hace algunos años, como una celebración. El evangelio del mundo libre y el catecismo del mercado libre habían salvado a los países del este y el milagro bien valía una fiesta. 
¿Se arruinó la fiesta por culpa de los convidados de piedra, esos metelíos que tienen la mala costumbre de asomar la nariz donde nadie los llama? He aquí el milagro, según Stiglitz: “La rápida privatización urgida a Moscú por el FMI y el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos ha permitido que un reducido grupo de oligarcas se apoderara de los bienes públicos... Mientras el gobierno no tenía fondos para pagar las pensiones, esos oligarcas estaban enviando a sus cuentas en los bancos de Chipre y Suiza el dinero proveniente del desmantelamiento del Estado y de la venta de los preciosos recursos nacionales... Sólo el dos por ciento de la población vivía en la pobreza al final del triste período soviético, pero la “reforma” elevó la tasa de pobreza a casi el cincuenta por ciento, con más de la mitad de los niños rusos viviendo por debajo de sus necesidades mínimas”.
La computadora infiel
Un dibujo de Plantu, publicado en Le Monde, muestra a un taxista de ojos rasgados llevando a un pasajero. El pasajero es un experto del Fondo Monetario. El taxista pregunta:
–¿Usted viene al Asia con frecuencia?
–No. Pero te indicaré el camino. 
Stiglitz lo dice de otra manera: “Cuando el FMI decide ayudar a un país, despacha una ‘misión’ de economistas. Frecuentemente, estos economistas carecen de experiencia en el país; conocen mejor los hoteles de cinco estrellas que las aldeas del campo”. Y cuenta: “Escuché versiones sobre un infortunado incidente. Uno de estos equipos de expertos copió una extensa parte del informe sobre un país y lo pasó, tal cual estaba, al informe sobre otro país. Todo hubiera quedado así, a no ser porque el procesador de palabras no funcionó como debía y dejó el nombre del país original en algunos párrafos”. Y comenta: “Uuuy”.
Además de ejercer, hasta hace un ratito, la vicepresidencia del Banco Mundial, Stiglitz fue también jefe de sus economistas. Se ve que él ha sido más cuidadoso con las computadoras a la hora de procesar, para cada país, los proyectos fabricados en serie. 
Tal para cual
Egipto sufrió nada más que siete plagas, pero eso ocurrió mucho antes de la globalización. Las calamidades de ahora se programan y se aplican en escala universal.
Escribe Stiglitz: “Al FMI no le gusta que le hagan preguntas. En teoría, ayuda a las instituciones democráticas en los países donde opera. En la práctica, socava el proceso democrático al imponer sus políticas”. 
Y presiente las explosiones de protesta: “Dirán que el FMI es arrogante. Dirán que el FMI no escucha a los países en desarrollo a los que se supone que ayuda. Dirán que el FMI funciona en secreto y sin contabilidad democrática. Dirán que los ‘remedios’ del FMI a menudo empeoran las cosas... Y no les faltará razón”.
Exactamente lo mismo dirán del Banco Mundial y tampoco les faltará razón.
Pero el presidente del Banco Mundial, James Wolfensohn, es un incomprendido: “Resulta desmoralizador ver toda esta movilización por la justicia social, cuando nosotros la ponemos en práctica cada día. Nadie en el mundo está haciendo tanto por los pobres como nosotros”, dice. ¿Y cómo expresa el Banco Mundial ese amor por los pobres?
Como su hermano gemelo: multiplicándolos.

 

El sol que vino del oeste  

Eduardo Galeano
 

 


 

 

El espejo Los hermanos gemelos no necesitan espejo. Cada gemelo sirve de espejo a su hermano: cuando uno mira al otro, se ve. Joseph Stiglitz fue vicepresidente del Banco Mundial hasta principios de este año. En abril, a modo de despedida, publicó en la revista The New Republic un artículo que retrata, sin piedad, a una organización todopoderosa: no el Banco Mundial, en cuyas cumbres estuvo sentado, sino el Fondo Monetario Internacional. Pero el retrato resultó, también, un involuntario autorretrato. Si Dios quiere y la Virgen, el vicepresidente del Fondo Monetario Internacional nos ofrecerá, cuando se jubile, la verdadera fotografía de frente y perfil del Banco Mundial, que resultará idéntica a la de su hermano gemelo. ''Porque lo mismo es lo mismo, y además es igual", como bien dice un anónimo filósofo que deambula por los cafés de mi barrio; y porque la dictadura financiera universal se ejerce de a dos pero los dos son uno, según el misterio del Santísimo Dúo.  El sol que vino del oeste El retrato que traza Stiglitz parece obra de alguno de esos miles de artistas de la denuncia que han armado tremendo alboroto en Seattle, Washington y Praga. Los hermanos gemelos habían proyectado la reunión de Praga, prevista desde hace algunos años, como una celebración. El evangelio del mundo libre y el catecismo del mercado libre habían salvado a los países del Este, y el milagro bien valía una fiesta. ¿Se arruinó la fiesta por culpa de los convidados de piedra, esos metelíos que tienen la mala costumbre de asomar la nariz donde nadie los llama? He aquí el milagro, según Joseph Stiglitz: ''La rápida privatización urgida a Moscú por el Fondo Monetario Internacional y el Departamento del Tesoro de Estados Unidos ha permitido que un reducido grupo de oligarcas se apoderara de los bienes públicos... Mientras el gobierno no tenía fondos para pagar las pensiones, esos oligarcas estaban enviando a sus cuentas en los bancos de Chipre y Suiza el dinero proveniente del desmantelamiento del estado y de la venta de los preciosos recursos nacionales... Sólo dos por ciento de la población vivía en la pobreza al final del triste periodo soviético, pero la 'reforma' elevó la tasa de pobreza a casi el cincuenta por ciento, con más de la mitad de los niños rusos viviendo por debajo de sus necesidades mínimas".  La computadora infiel Un dibujo de Plantu, publicado en Le Monde, muestra a un taxista de ojos rasgados llevando a un pasajero. El pasajero es un experto del Fondo Monetario. El taxista pregunta: -¿Usted viene al Asia con frecuencia?
-No. Pero te indicaré el camino.
Stiglitz lo dice de otra manera: ''Cuando el FMI decide ayudar a un país, despacha una 'misión' de economistas. Frecuentemente, estos economistas carecen de experiencia en el país; conocen mejor los hoteles de cinco estrellas que las aldeas del campo". Y cuenta: ''Escuché versiones sobre un infortunado incidente. Uno de estos equipos de expertos copió una extensa parte del informe sobre un país y lo pasó, tal cual estaba, al informe sobre otro país. Todo hubiera quedado así, a no ser porque el procesador de palabras no funcionó como debía, y dejó el nombre del país original en algunos párrafos". Y comenta: ''Uuuy". Además de ejercer, hasta hace un ratito, la vicepresidencia del Banco Mundial, Stiglitz fue también jefe de sus economistas. Se ve que él ha sido más cuidadoso con las computadoras a la hora de procesar, para cada país, los proyectos fabricados en serie.  Tal para cual Egipto sufrió nada más que siete plagas, pero eso ocurrió mucho antes de la globalización. Las calamidades de ahora se programan y se aplican en escala universal. Escribe Stiglitz: ''Al FMI no le gusta que le hagan preguntas. En teoría, ayuda a las instituciones democráticas en los países donde opera. En la práctica, socava el proceso democrático al imponer sus políticas". Y presiente las explosiones de protesta: ''Dirán que el FMI es arrogante. Dirán que el FMI no escucha a los países en desarrollo a los que se supone que ayuda. Dirán que el FMI funciona en secreto y sin contabilidad democrática. Dirán que los 'remedios' del FMI a menudo empeoran las cosas... Y no les faltará razón". Exactamente lo mismo dirán del Banco Mundial, y tampoco les faltará razón. Pero el presidente del Banco Mundial, James Wolfensohn, es un incomprendido: ''Resulta desmoralizador ver toda esta movilización por la justicia social, cuando nosotros la ponemos en práctica cada día. Nadie en el mundo está haciendo tanto por los pobres como nosotros", dice. ¿Y cómo expresa el Banco Mundial ese amor por los pobres? Como su hermano gemelo: multiplicándolos.

Tomado de
La Insignia y publicado en el diario La jornada, el 7 de octubre de 2000.

 

Progresos
Por Eduardo Galeano

 

La modernización Levi Freisztav lee, escribe, pinta y talla maderas, hasta la caída de la tarde. Más, no. Ya los ojos sienten el paso y el peso de los años; y él prefiere guardar los ojos para mirar las montañas.
Con la mirada clavada allá, en los altos picos donde se enredan los jirones del crepúsculo, Levi evoca los tiempos idos. Ya hace casi medio siglo que se vino a la Patagonia, desde Buenos Aires, por casualidad o curiosidad, y aquí se quedó para siempre: caminando estas tierras y estos aires, Levi descubrió que sus padres se habían equivocado de mapa cuando le dieron nacimiento.
Apenas llegó al sur, este sur que iba a ser su lugar en el mundo, Levi consiguió trabajo en un proyecto de hidroponía. Un doctor del lugar había leído, en alguna revista, que los norteamericanos estaban plantando lechugas en el agua, y el doctor decidió poner en práctica esa novedad. Levi cavaba, clavaba, sudaba, montando día tras día una complicada estructura de tubos acanalados, hierros y cristales. Si lo hacen en Estados Unidos por algo será, decía el doctor, es una fija, no puede fallar; esa gente está a la vanguardia de la civilización y de todo, llevamos varios siglos de atraso; la tecnología es la llave de la riqueza.
En aquellos tiempos, Levi era todavía un bicho urbano, un hombre del adoquín o del asfalto, de esos que creen que los tomates nacen del plato y se quedan bizcos cuando ven un pollo que camina. Pero un día, contemplando las inmensidades de la Patagonia, la vasta verdería de estos valles vacíos, se le ocurrió preguntar:
–Oiga, doctor. ¿Valdrá la pena? ¿Valdrá la pena, con tanta tierra que hay?
Perdió el trabajo.
Visitas Había corrido la sangre, sangre de los inocentes y sangre de los valientes y Sicilia parecía por fin libre de mafiosos.
Entonces, llegaron los extraterrestes. En la ciudad de Palermo, que está en la punta de esa isla que la bota de Italia patea, un vecino llamado Salvatore denunció a la policía que un extraterrestre le había robado la motoneta. Otro vecino, Sergio, publicó una carta, en un diario local, revelando que había sido secuestrado por unos enanos con antenitas.
Mientras tanto, otro vecino, Aldo, se preparaba para viajar al espacio sideral. Tenía listo el equipaje, no más que un par de zapatillas y una camiseta, ayunaba para no pesar y se había afeitado todo el cuerpo, hasta las cejas, para que la astronave pudiera aspirarlo sin que los pelos molestaran la fuerza magnética. Había un planeta, decía Aldo, donde las máquinas hacían todo y la gente era feliz.
El desobediente Wagner Adoum andaba en su automóvil con la vista siempre clavada al frente, sin echar jamás ni una sola ojeada a los carteles que daban órdenes al borde de las calles de Quito y de las carreteras del país. Los amigos le decían que eres un suicida y un peligro público, que ya basta de provocar zafarranchos y estampidas, tienes que respetar los carteles, hazlo por tu vida y por la vida de los demás.
Pero él se defendía. No lo hago por distraído, decía:
–Yo nunca maté a nadie. Y si tengo los años que tengo y sigo vivo, es porque nunca hice el menor caso a los carteles.
Gracias a eso, decía, él no había bebido un océano de coca-colas, ni había comido una montaña de hamburguesas, ni se había cavado un cráter en la panza tragando millones de aspirinas y había evitado que las tarjetas de crédito lo hundieran hasta los pelos en el pantano de las deudas. Y así se había salvado de morir por ahogo, indigestión, hemorragia o asfixia.
El funcionario Horacio Tubio había alzado casa en el valle de El Bolsón, pero la casa no tenía luz eléctrica. El había venido desde California, cargando sus modernos chirimbolos: la computadora, el fax, el televisor y el lavarropas se negaban a funcionar con luz de velas.
Horacio acudió a la oficina correspondiente. Lo atendió un ingeniero. El ingeniero consultó unos enigmáticos mapas y respondió que ya el servicio estaba funcionando en esa zona.
–Sí, funciona –reconoció Horacio–. Funciona en el bosque y solamente en el bosque. Los árboles me dijeron que están agradecidos, pero ellos no necesitan luz eléctrica.
El ingeniero se indignó:
–¿Sabe cuál es su problema? La arrogancia –sentenció–. Con esa arrogancia, usted no va a conseguir nunca nada.
Horacio se retiró, cerró la puerta. Y enseguida golpeó, toc-toc:
–¡Adelante! –mandó el ingeniero.
Toc-toc, seguían los golpecitos.
El ingeniero se levantó y abrió: Horacio estaba allí, de rodillas humillando la cabeza:
–Usted, ingenierio, que ha tenido la suerte de poder estudiar...
–Levantese, levantese.
Arrodillado, Horacio gemía:
–Usted que tiene un título, ingeniero...
Horacio miraba al suelo; el ingeniero miraba al techo:
–Levantese, por favor.
–Comprenda mi situación, ingeniero, yo quisiera aprender a leer, pero no tengo luz...
—Le ruego que se levante –suplicaba el ingeniero.
–... y sin luz, ¿cómo voy a aprender a leer? –insistía Horacio, las rodillas clavadas al piso–. Usted comprenda...
Al día siguiente, la luz eléctrica llegó a su casa.
El cielo y el infierno Los bisontes de Altamira siguen huyendo; la Gioconda sigue ofreciendo su sonrisa sobradora; no se han muerto los fusilados que Goya pintó ni se han marchitado los girasoles de Van Gogh. Cuando dan inmortalidad a lo que pintan, aunque sea no más que una terrestre y mortal inmortalidad, los artistas desafían la ley divina: Dios sospecha, con toda razón, que estos señores quieren hacerle la competencia y eso a El no le gusta ni un poquito.
El Tola Invernizzi, que es del oficio, sabe que los pintores no van al Cielo. Pero tiene esperanzas. Fuentes bien informadas le contaron que allá en las alturas han cambiado, en estos últimos días, las leyes de inmigración y que ahora están otorgando facilidades. Ya San Pedro no alza la mano para impedirte el paso:
–Usted no ha sido tan bueno como dice.
En cambio, el portero de Dios te palmea la espalda:
–Usted no ha sido tan malo como cree.
Dice el Tola que le dijeron que la nueva política celestial se explica porque el Paraíso se ha quedado casi vacío. Algunas almas, las más santas, ya no podían soportar las comodidades del aire acondicionado sabiendo que hay otras almas condenadas a achicharrarse en el fuego y, por solidaridad, han renunciado al reino de la salvación y se han arrojado a los abismos. El eterno aburrimiento ha empujado a otras almas, no tan santas, a pedir el retiro, hartas como estaban de pasarse la eternidad escuchando siempre a los mismos angelitos tocando siempre el mismo concierto para arpa sola y siempre sobre la misma nube. Y otras almas, muchas, han sucumbido a la publicidad, que desde el infierno promete calor tropical, carne a las brazas, trago gratis, amor libre y otras perdiciones.



Viajes
Por Eduardo Galeano

 


El toreroRafael Gallo, señor de los ruedos, había cumplido gran faena en la plaza de toros de Albacete y había recibido, en trofeo, las orejas y el rabo.
Mientras se desnudaba de su traje de luces, el diestro decidió:
–Ahora mismo nos volvemos a Sevilla.
El ayudante le explicó que no se podía, que ya era muy tarde:
–Y lo lejos que está Sevilla...
Rafael se irguió. Como si estuviera en plena lidia, y su ayudante fuera toro, mandó:
–¡Quietooooooo!
Hecho un relámpago de furia, puso las cosas en su sitio:
–¿Qué has dicho tú, qué has dicho? Sevilla está donde debe estar. Lo que está lejos es esto.
Los inmigrantesUna piedra,
un trébol de cuatro hojas,
una flor que ya no tenía olor ni color,
un zapato solo,
un mechón de pelo,
una vieja llave que había perdido su puerta,
una pipa que había perdido su boca,
el nombre de alguien bordado en un 
pañuelo,
el retrato de alguien en marco de óvalo,
una cobija que había sido compartida
y otras cosas y cositas venían envueltas, entre ropas muy gastadas y lavadas, en las valijas de los peregrinos. No era mucho lo que cabía en cada valija, pero en cada valija cabía un mundo. Chueca, destartalada, atada con cordones o mal cerrada por herrajes herrumbrosos, cada valija era como eran todas, pero cada una era igual a ninguna.
Los hombres y las mujeres llegados desde lejos se dejaban llevar, como sus valijas, de fila en fila, y se amontonaban, como sus valijas, esperando. Venían de remotas aldeas perdidas en el mapa de Europa, fugitivos de la miseria y de otros horrores, y al cabo de la larga travesía habían desembarcado en la isla Ellis. Estaban a un paso de la Estatua de la Libertad, que había llegado poco antes que ellos al puerto de Nueva York.
En la isla, funcionaba el colador. Los porteros de la Tierra Prometida interrogaban y clasificaban a los inmigrantes, les escuchaban el corazón y los pulmones, les estudiaban los párpados, las bocas y los dedos de los pies, los pesaban y les medían la presión, la fiebre, la estatura y la inteligencia.
Los exámenes de inteligencia eran un desastre. Muchos de los recién llegados no sabían escribir y no atinaban más que a balbucear palabras incomprensibles, en lenguas desconocidas. Para definir su coeficiencia intelectual, las mujeres debían contestar, entre otras preguntas, cómo se barría una escalera: ¿Se barría hacia arriba, hacia abajo o hacia los costados? Una muchacha polaca respondió:
–Yo no he venido a este país para barrer escaleras.
El pianoVino desde Europa. Metido en un inmenso cajón, viajó en barco, en tren y despuésen hombros. Fue cargado a pulso, Bolivia adentro: cuarenta peones se abrieron paso a través de las serranías, inventando puentes, escaleras y caminos, con aquella mole encima. Cinco meses llevó el atroz subibaja por barrancos y quebradas, hasta que por fin el piano Steinway llegó, sin un rasguño, a la ciudad de Tarija.
Por entonces, Tarija estaba habitada por catorce mil novecientos cincuenta mandados y cincuenta mandones. En las cumbres, la única dama que no tenía piano era doña Beatriz Arce de Baldiviezo. Un tío preocupado había enviado este regalito, desde París, para que recuperara su color natural y pudiera respirar tranquila la sobrina que vivía roja de envidia y suspirando noche y día. Y no era un piano cualquiera. Aquel Steinway de gran cola lucía, dentro de la tapa, los sellos de los premios que le habían otorgado todos los imperios y reinos de Europa, y sonaba tan gloriosamente que se alzaba solito desde el piso.
Pasaron los años y las gentes, el tiempo y la historia. Tarija creció y todo cambió. Y un día, doña María Nidi Baldiviezo, que había recibido el piano en herencia, salió del consultorio médico sabiendo que estaba enferma de cáncer. De la fortuna familiar ya sólo quedaban el piano y la nostalgia y doña María no tenía otra cosa que vender para pagarse el viaje y el tratamiento en Houston.
Recibió la primera oferta desde Japón. Ella se negó. La segunda propuesta vino desde los Estados Unidos, y ella no la aceptó. El tercer comprador llamó desde Alemania, y ella no hizo caso. Y lo mismo ocurrió con los interesados que acudieron desde Buenos Aires, La Paz y Santa Cruz. La vendedora decía no a los precios altos, a los precios bajos y a los del medio también.
Entonces, doña María reunió a los musiqueros, los teatreros, los imagineros y demás eros de Tarija y les propuso, desde su lecho de enferma:
–Dénme lo que tengan, y se quedan con el Steinway.
Ellos vaciaron los bolsillos, unos pocos billetes arrugados y sucios, y ella dijo:
–Trato hecho.
Doña María se quedó sin viaje y sin tratamiento, pero así se cumplió la voluntad del piano. Aunque el piano había nacido en tierras lejanas, bautizado por las manos de Franz Liszt, era en Tarija donde había encontrado querencia, y queriendo querer quería quedarse allí. Y allí, donde poco después doña María murió, él continúa prestando sus invalorables servicios en las veladas culturales, en las efemérides patrias y en todos los actos cívicos de la localidad.
El destinoAlbert Londres había viajado a través del mundo y de las gentes y había escrito veinte libros. Había escuchado y contado historias de locos y desterrados, atletas y malandrines, guerreros y damas de la noche. Había escrito sobre los hervideros de furia de los Balcanes y de Argelia y sobre la trata de negros en Dakar y la trata de blancas en Buenos Aires. Había compartido las aventuras y las desventuras de los soldados en las trincheras de la Primera Guerra Mundial, los revolucionarios en las barricadas de Rusia y China, los pescadores de perlas en el golfo de Adén y los presos condenados a infierno perpetuo en la cárcel de Cayena.
Albert había escrito mucho y había andado mucho, hasta más allá del horizonte, cuando una noche encontró lo que buscaba sin saber qué buscaba. Los dioses tuvieron la gentileza o cometieron la crueldad de revelarle lo que él había estado esperando, sin saber qué esperaba, durante todos sus años de vida peregrina. Ocurrió en China, y Albert se puso a escribir un libro que ocupó, desde entonces, todas las horas de su vigilia y de su sueño. Escribió sin parar, sin comer ni dormir, para eso había nacido, ése era el primero y el último y el único libro entre todos sus libros: escribió en la tierra y en la mar, empezó a escribir encerrado en su habitación de un hotel de Shanghai y después siguió escribiendo encerrado en su camarote de un barco llamado “Georges Philppar”. Durante todos los días y las noches de la navegación, escribió y escribió, hasta que al llegar a las aguas del mar Rojo el barco se incendió y él no tuvo másremedio que salir a cubierta y a los empujones fue metido en el bote salvavidas.
Ya el bote se estaba alejando del naufragio, cuando Albert se golpeó la frente, gritó ¡mi libro! y se echó al agua. Nadando, llegó. Trepó como pudo al barco en llamas y se metió en el fuego, donde su libro ardía.
Y nunca más se supo de ninguno de los dos.



La monarquía universal
Por Eduardo Galeano
Ya se desmoronó la cortina de hierro, como si fuera de puré, y las dictaduras militares son una pesadilla que muchos países han dejado atrás. ¿Vivimos, pues, en un mundo democrático? ¿Inaugura este siglo XXI la era de la democracia sin fronteras? ¿Un luminoso panorama, con algunas pocas nubes negras que confirman la claridad del cielo?
Los discursos prestan poca atención a los diccionarios. Según los diccionarios de todas las lenguas, la palabra democracia significa “gobierno del pueblo”. Y la realidad del mundo de nuestro tiempo se parece, más bien, a una poderocracia: una poderocracia globalizada. 
Día tras día, en cada país se van recortando más y más los angostos márgenes de maniobra de los políticos locales, que por regla general prometen lo que no harán y que muy rara vez tienen la honestidad y el coraje de anunciar lo que harán. Se llama realismo al ejercicio del gobierno como deber de obediencia: el pueblo asiste a las decisiones que toman, en su nombre, los gobiernos gobernados por las instituciones que nos gobiernan a todos, en escala universal, sin necesidad de elecciones.
La democracia es un error estadístico, solía decir don Jorge Luis Borges, porque en la democracia decide la mayoría y la mayoría está formada por imbéciles. Para evitar ese error, el mundo de hoy otorga el poder de decisión a los poquitos, muy poquitos, que lo han comprado.
El FMI y el Banco Mundial

En la época del esplendor democrático de Atenas, una persona de cada diez tenía derechos ciudadanos. Las otras nueve, nada. Veinticinco siglos después, es evidente que a los griegos se les iba la mano con la generosidad.
Ciento ochenta y dos países integran el Fondo Monetario Internacional. De ellos, 177 ni pinchan ni cortan. El Fondo Monetario, que dicta órdenes al mundo entero y en todas partes decide el destino humano y la frecuencia de vuelo de las moscas y la altura de las olas, está en manos de los cinco países que tienen el cuarenta por ciento de los votos: Estados Unidos, Japón, Alemania, Francia y Gran Bretaña. Los votos dependen de los aportes de capital: el que más tiene, más puede. Veintitrés países africanos suman, entre todos, el 1 por ciento; los Estados Unidos disponen del 17 por ciento. La igualdad de derechos, traducida a los hechos.
El Banco Mundial, hermano gemelo del FMI, es más democrático. No son cinco los que deciden, sino siete. Ciento ochenta países integran el Banco
Mundial. De ellos, 173 aceptan lo que mandan los siete países dueños del 45 por ciento de las acciones del Banco: Estados Unidos, Alemania, 
Japón, Gran Bretaña, Francia, Italia y Canadá.
Los Estados Unidos tienen, además, poder de veto.

Las Naciones UnidasEl poder de veto significa, en buen romance, todo el poder. La Organización de las Naciones Unidas es algo así como la gran familia que nos reúne a todos. En la ONU, los Estados Unidos comparten el poder de veto con Gran Bretaña, Francia, Rusia y China: los cinco mayores fabricantes de armas, que a Dios gracias velan por la paz mundial. Estas son las cinco potencias que toman las decisiones, cuando las papas queman, en la más alta institución internacional. Los demás países tienen la posibilidad de formular recomendaciones, que eso no se le niega a nadie. La Organización Mundial del Comercio

Hay derechos que se otorgan para no ser usados. En la Organización Mundial del Comercio, todos los países pueden votar en igualdad decondiciones; pero jamás se vota. “El voto por mayoría es posible, pero no ha sido nunca utilizado en la OMC y era muy raro en el GATT, el organismo que la precedió”, informa su página oficial en Internet. Las resoluciones de la Organización Mundial del Comercio se toman por consenso y a puertas cerradas, que si no recuerdo mal era el sistema utilizado por las cúpulas del poder estalinista, para evitar el escándalo de la disidencia, antes de la victoria de la democracia en el mundo.
Así, la OMC ejecuta en secreto, impunemente, el sacrificio de centenares de millones de pequeños agricultores de todo el planeta, en los altares de la libertad de comercio. No tan en secreto ni tan impunemente, sin embargo: hasta hace poco, nadie sabía muy bien qué era eso de la OMC, pero las cosas han cambiado desde que cincuenta mil desobedientes tomaron las calles de la ciudad de Seattle, a fines del año pasado, y desnudaron ante la opinión pública a uno de los reyes de la monarquía universal. 
Los manifestantes de Seattle fueron llamados forajidos, locos, despistados, prehistóricos y enemigos del progreso por los grandes medios de comunicación.
Por algo será.

 

Noticias del mundo al revés Por Eduardo Galeano

 

El cumpleañosLlamé a un amigo que vive en Austin, Texas. Era el día de su cumpleaños, pero la voz no sonaba muy bien. Esa mañana había recibido algunas cartas que le deseaban un feliz aniversario y de paso le recordaban, amablemente, su destino final. Le ofrecían un funeral prepago, ataúd, velorio, embalsamamiento, entierro, cremación, a pagar en cuotas, a precios increíbles, una atención de primera, para que usted no se convierta en un problema para sus hijos. 
En estos últimos años, las grandes corporaciones han invadido el ramo fúnebre, que antes estaba a cargo de pequeñas empresas familiares. Pero las cosas no marchan bien. La competencia es dura, y la demanda está estancada o disminuye. Este negocio exige, como todos los negocios, un mercado en expansión y en Estados Unidos la gente muere poco. 
Según Thomas Lynch, director de una empresita de servicios fúnebres que heredó de sus abuelos, la tradicional publicidad por correspondencia ya no es útil para los negocios en gran escala: las corporaciones no tendrán más remedio que invertir un dineral en una nueva campaña publicitaria destinada a que cada ciudadano acepte morir dos veces. 
En tu día, mamáEn mi casa, en Montevideo, recibí un folleto de ofertas para el Día de la Madre.
Ahí estaba todo lo mejor de lo mejor que uno puede regalar a la abnegada autora de sus días: Noches tranquilas, muy tranquilas, prometía el folleto, que a precios razonables vendía alarmas de control remoto, sirenas antivándalos, llaves electrónicas, barreras contra todo riesgo, sensores infrarrojos con lente triple y sensores magnéticos para puertas y portones.
La felicidadYa se sabe que el dinero no produce la felicidad, pero también se sabe que produce algo tan parecido que la diferencia es asunto de especialistas. 
Sin embargo, la peste de la tristeza está haciendo estragos en los países más ricos. Las estadísticas de la Organización Mundial de la Salud informan que la depresión nerviosa es, ahora, diez veces más frecuente que hace cincuenta años en Estados Unidos y en Europa Occidental.
Las estadísticas revelan los vertiginosos cambios ocurridos, en el último medio siglo, en los prósperos países que todos quieren imitar. Ansiedad de comprar y ser comprado, angustia de perder y ser desechado: en los centros del privilegio, la gente dura más, gana más y tiene más, pero se deprime más, enloquece más, se emborracha más, se droga más, se suicida más y mata más. 

Pedagogía de la violencia

Según el general Marshall, sólo dos de cada diez soldados de su ejército utilizaban los fusiles durante la Segunda Guerra Mundial. Los otros ocho tenían el arma de adorno. Años después, en la guerra de Vietnam, la realidad era muy otra: nueve de cada diez soldados de las tropas invasoras hacían fuego, y tiraban a matar.
La diferencia estaba en la educación que habían recibido. El teniente coronel David Grossman, especialista en pedagogía militar, sostiene que el hombre no está naturalmente inclinado a la violencia. Contra lo que se supone, no es nada fácil enseñar a matar al prójimo. La educación para la violencia exige un intenso y prolongado adiestramiento, destinado a brutalizar a los soldados y a desmantelar sistemáticamente su sensibilidad humana. Según Grossman, esa enseñanza comienza, en los cuarteles, a los–dieciocho años de edad, pero fuera de los cuarteles empieza a los dieciocho meses: la televisión dicta esos cursos a domicilio. 
–Fue como en la tele–. declaró el niño de seis años que asesinó a una compañerita de su edad, en Michigan, en el invierno de este año. 
La libertad de comercioLas noticias de rutina no tienen difusión. En marzo de este año, sesenta haitianos se lanzaron hacia las costas de Estados Unidos, en un destartalado barquito, con la ilusión de ser recibidos como si fueran balseros cubanos. Nunca llegaron. Los sesenta murieron ahogados en el mar Caribe.
Estos fugitivos de la miseria habían sido, todos, cultivadores de arroz.
Mucha gente vivía de eso, en Haití, hasta que el Fondo Monetario Internacional contribuyó al desarrollo de este pobrísimo país, el país más pobre del hemisferio occidental, prohibiendo los subsidios a la producción nacional de arroz.
Así, Haití pasó de país productor a país importador, los agricultores del arroz haitiano se convirtieron en mendigos o balseros y Haití pasó a ser, créase o no, uno de los cuatro mercados más importantes del arroz norteamericano en el mundo. El Fondo Monetario Internacional nunca ha prohibido, que se sepa, los enormes subsidios a la producción de arroz en Estados Unidos.

Bichos
Por Eduardo Galeano

 

El caballoTarde tras tarde, Paulo Freire se colaba en el cine del barrio de Casa Forte, en Recife, y, sin pestañear, veía y volvía a ver las películas de Tom Mix. Las hazañas del cowboy de sombrero aludo, que rescataba a las damas indefensas de manos de los malvados, le resultaban bastante entretenidas, pero lo que a Paulo de veras le gustaba era el vuelo de su caballo. De tanto mirarlo y admirarlo, se hizo amigo; y el caballo de Tom Mix lo acompañó, desde entonces, toda la vida. Aquel caballo del color de la luz galopaba en su memoria y en sus sueños, sin cansarse nunca, mientras Paulo andaba por los caminos del mundo.
Paulo pasó años, añares, buscando esas películas de su infancia:
–¿Tom qué?
Nadie tenía la menor idea.
Hasta que por fin, a los setenta y cuatro años de su edad, encontró las películas en algún lugar de Nueva York. Y volvió a verlas. Fue algo de no creer: el caballo luminoso, su amigo de siempre, no se parecía nada, ni un poquito se parecía, al caballo de Tom Mix.
Paulo sufrió esta revelación a fines de 1995. Se sintió estafado. Cabizbajo, murmuraba:
–No tiene importancia.
Pero tenía.
En esas navidades, Nita, su mujer, le regaló una pelota. Paulo había recibido treinta y seis doctorados honoris causa de las universidades de muchos países, pero nunca en la vida nadie le había regalado una pelota de fútbol.
La pelota brillaba y volaba por los aires, casi tanto como el caballo perdido.
El león y la hienaLos poetas y los artistas del pincel y del cincel aman desde siempre al león, que vibra en los himnos, flamea en las banderas y custodia castillos y ciudades, pero a nadie se le ha ocurrido nunca cantar a la hiena, ni inmortalizarla en la tela o el bronce. El león da nombre a santos y papas y emperadores y reyes y plebeyos, pero no hay noticia de que ninguna persona se haya llamado o se llame Hiena.
Según los estudiosos de la vida de los bichos, el león es un mamífero carnívoro de la familia de los félidos. El macho se dedica a rugir. Las hembras se ocupan de conseguir la comida, un menú de cebras o venados, mientras el macho espera. Cuando la comida llega, el macho se sirve primero. De lo que sobra, comen las hembras. Y al final, si algo queda todavía en el plato, comen los cachorros. Si no queda nada, se joden.
La hiena, mamífero carnívoro de la familia de los hiénidos, tiene otras costumbres. Es el caballero quien trae la comida, y él come último, después de que se han servido los niños y las damas.
Para elogiar, decimos: Es un león. Y para insultar: Es una hiena. ¿De que se ríe la hiena? ¿Se ríe de nosotros?
AdivinanzasPiaban los niños y los pollitos alrededor de doña María de las Mercedes Marín, que cloqueaba mientras caminaba arrojando granos de maíz a sus muchas gallinas. En eso estaban, aquel día como todos los días, cuando unautomóvil emergió, resplandeciente, de una nube de polvo en el camino que venía de Santo Domingo.
Sin saludar, sin presentarse, un señor de traje y corbata y maletín preguntó a doña María de las Mercedes:
–Si yo le digo, exactamente, cuántas gallinas tiene, ¿usted me da una?
Ella no dijo nada.
El señor encendió su computadora Pentium III a 600 Mhz, activó el GSP, el sistema Yahoo de fotos satelitales y el contador de pixels y, enseguida informó:
–¿Usted tiene ciento treinta y dos gallinas –y atrapó una y la apretó entre los brazos.
Doña María de las Mercedes preguntó:
–Si yo le digo en qué trabaja usted, ¿me devuelve la gallina? 
El señor sonrió:
–Por supuesto.
Pero la sonrisa se le borró de los labios cuando ella adivinó, sin la menor vacilación, que él era un experto de alguna organización internacional.
–¿Có-cómo lo supo? –tartamudeó, mientras dejaba la gallina en el suelo.
Y ella le explicó que era muy fácil. El había venido sin que nadie lo llamara, se había metido en su gallinero sin pedir permiso, le había dicho algo que ella ya sabía y había cobrado por eso.

La serpiente

Ardían las brasas; chorreaban los chorizos sus jugos prodigiosos; de las carnes doradas se desprendían aromas de perdición. Frente a su casona de piedra, en la sierra de Minas, monte adentro, don Venancio ofrecía un asado a sus amigos de la ciudad.
Ya estaban por empezar, cuando el hijo menor, muy chiquilín todavía, anunció:
–Hay una víbora en la casa.
Y alzando un palo, pidió:
–¿La mato yo?
Fue autorizado.
Después, don Venancio entró y comprobó: un trabajo bien hecho. En la cabeza, aplastada por los golpes, se adivinaba todavía el dibujo de la cruz amarilla. Era una crucera, de las más grandes. Dos metros, quizá tres.
Don Venancio felicitó al hijo, sirvió el asado y se sentó a comer. El banquete fue celebrado largamente, con varios bises y mucho vino.
Al final, don Venancio brindó por el matador, anunció que iba a darle el cuero de la serpiente, su trofeo, y los invitó a todos:
–Vengan a verla. Era enorme, la hija de puta.
Cuando entraron en la casa, la serpiente no estaba.
Don Venancio masculló la bronca, entre dientes, y dijo que hay que joderse, nomás:
–El compañero se la llevó para la cueva.
Y dijo que siempre es así. Sea serpiente o serpienta, macho o hembra, el muerto siempre tiene quien lo venga a buscar.
Todos volvieron a la mesa, al vino y la charla y los chistes. Todos volvieron, menos uno. A Pinio Ungerfeld le costó salir. Pinio se quedó en esa casa, un rato largo: mudo, sordo a la algarabía de sus amigos, ciego de nada que no fuera esa gran mancha de sangre negra sobre el suelo.
Los patos¿Por qué los patos vuelan en V? El primero que levanta vuelo abre camino al segundo, que despeja el aire al tercero, y la energía del tercero alza al cuarto, que ayuda al quinto, y el impulso del quinto empuja al sexto, y así, prestándose fuerza en el vuelo compartido, van los muchos patos subiendo y navegando, juntos, en el alto cielo.
Cuando se cansa el pato que hace punta, baja a la cola de la bandada y deja su lugar a otro pato. Todos se van turnando, atrás y adelante, y ninguno se cree superpato por volar adelante, ni subpato por marchar atrás.
Y cuando algún pato, exhausto, se queda en el camino, dos patos se salen del grupo y lo acompañan y esperan, hasta que se recupera o cae.
Juan Díaz Bordenave no es patólogo, pero en su larga vida ha visto mucho vuelo. El sigue creyendo, contra toda evidencia, que los patos unidos jamás serán vencidos.
Manos arriba
Por Eduardo Galeano 
Uno. Hace poco, mi casa fue asaltada. Los ladrones se dejaron una sierra (en el mango se lee: Facilitando su trabajo) y un reguero de cosas que tuvieron que abandonar en la estampida. Entre las cosas que pudieron llevarse, estaba una computadora que yo acababa de comprar y que iba a ser la primera de mi vida. Mi progreso tecnológico ha sido interrumpido por la delincuencia. 
Yo bien sé que el episodio carece de importancia, y que al fin y al cabo forma parte de la rutina de la vida en el mundo de hoy, pero el hecho es que no he tenido más remedio que agregar rejas a las rejas y que ahora mi casa parece, como todas, una jaula. Como a todos, una nueva dosis de veneno me ha sido inoculada: el veneno del miedo, el veneno de la desconfianza.

Dos. Es una antigua leyenda china. A la hora de irse a trabajar, un leñador descubre que le falta el hacha. Observa a su vecino: tiene el aspecto típico de un ladrón de hachas, la mirada y los gestos y la manera de hablar de un ladrón de hachas. Pero el leñador encuentra su herramienta, que estaba caída por ahí. Y cuando vuelve a observar a su vecino, comprueba que no se parece para nada a un ladrón de hachas, ni en la mirada, ni en los gestos, ni en la manera de hablar.

Tres. El filósofo británico Samuel Johnson decía, a mediados del siglo 18: “La seguridad, dé lo que dé, da lo mejor”. Dos siglos después, decía el filósofo italiano Benito Mussolini: “En la historia de la humanidad, el policía ha precedido siempre al profesor”. Y ahora grandes carteles nos advierten, en los supermercados: “Sonría: por su seguridad, lo estamos filmando y grabando”. 

Cuatro. Bien lo saben los políticos y los demagogos de uniforme: la inseguridad es el pánico de nuestro tiempo. Y las estadísticas confirman que el mundo está transpirando violencia por todos los poros.
Colombia es el país más violento del mundo. Los asesinatos de todo un año en Noruega equivalen a un fin de semana en Cali o Medellín. Se supone que la violencia colombiana es obra del narcotráfico y de la guerra entre militares, paramilitares y guerrilleros. Pero la organización Justicia y Paz atribuye la mayoría de los crímenes, siete de cada diez, a “la violencia estructural de la sociedad colombiana”. Colombia es uno de los países más injustos del mundo: ochenta por ciento de pobres, siete por ciento de ricos; de cada cien adultos, 22 están desempleados y 55 trabajan a la buena de Dios, en eso que los expertos llaman mercado informal.

Cinco. En Brasil, se roba un auto cada minuto y medio. Durante las horas más peligrosas, que son las horas de la noche, los conductores de vehículos en Río de Janeiro están autorizados a saltarse los semáforos en rojo. Y no sólo se roban autos. Gran éxito está teniendo un escultor de alegorías de carnaval, que está fabricando guardias virtuales para las empresas de seguridad: son maniquíes de uniforme policial, hechos de fibra de vidrio, con microcámaras en lugar de ojos. Otros guardias, de carne y hueso, disparan y matan y preguntan después. Muchas de sus víctimas son niños de la calle. 
Brasil es, como Colombia, un país violento y un país injusto: el más injusto del mundo, el que más injustamente distribuye los panes y los peces. Veintiún millones de niños viven, sobreviven, en la miseria. 
Hélio Luz, que hasta hace poco fue jefe de policía en Río, recordó recientemente, en una entrevista, que la policía brasileña no nació para proteger a los ciudadanos: fue creada, en 1808, para controlar a los esclavos.
Los esclavos eran negros; y negros son, hoy día, la mayoría de sus víctimas.

Seis. Los policías y los políticos latinoamericanos acuden, en peregrinación, a Nueva York. Allí, aprenden la fórmula mágica contra la delincuencia. La tolerancia cero se aplica hacia abajo, como la represión cero se aplica hacia arriba. Esta criminalización de la pobreza castiga al delincuente antes de que viole la ley. Hasta los graffiti merecen castigo, porque delatan “una conducta protocriminal”. 
La delincuencia ha disminuido, en Nueva York y en todo el territorio estadounidense. Pero no como resultado de la política de intolerancia: la mano dura sólo ha servido para multiplicar los horrores policiales contra los negros en el reino del alcalde Giuliani. Como bien dice el juez argentino Luis Niño, la tasa de criminalidad ha caído, en Estados Unidos, en la misma medida en que ha subido la tasa de ocupación: hay menos delito porque hay pleno empleo.
El milagro del pleno empleo, o de algo que en todo caso se le parece bastante, ha sido posible en este país que tiene al mundo entero trabajando para él. Pero la inseguridad es un buen negocio, y las cárceles privadas necesitan presos, como los pulmones necesitan aire. Más vale prevenir que curar: cuantos menos delitos se cometen, más presos hay. En los últimos quince años, por poner un ejemplo, se ha multiplicado por tres la cantidad de menores de edad encerrados en cárceles de adultos, “para que los chicos se conviertan en adultos productivos”, como explica James Gondles, vocero de las empresas privadas que se ocupan de encerrar gente en el país que tiene la mayor cantidad de presos en el mundo.

Tiempos
Por Eduardo Galeano

 

La ultratumbaSegún dicen los que saben, los enterradores confundieron los muertos. Palada va, palada viene, han metido a Nenona Santamaría en la tumba de Froilán Rotundo, y Froilán Rotundo ha ido a parar a la tumba de Nenona Santamaría.
La virtuosa mujer, que yace bajo la lápida del canalla, no recibe flores ni visitas. El, hombre de infame memoria en todo el golfo de Maracaibo, tan malo que la gente hacía cola para odiarlo, tiene un jardín encima, y nunca le faltan dolientes con quienes conversar.
A Socorrito, la hija de Nenona, le suena rara la voz de la mamá, un vozarrón de matón borracho, pero ha de ser la muerte, piensa, que la ha dejado ronca. Sentada en el suelo, junto al mármol tapado por la florería, Socorrito cuenta tristuras y recibe consejos.
Le gusta la ropa ajena:
–Róbala.
El padre está gagá:
–Echalo.
El pueblo la aburre:
–Quémalo.
El bebé no la deja dormir:
–Martíllalo.
La vecina miente:
–Mátala.
El marido huele a perfume de otra:
–Destrípalo.
Ella se siente fea:
–Suicídate.
La estrella fugazAlgunas noches, en los cafés, la competencia venía feroz:
–A mí, allá en la infancia, me meó un león –decía uno, sin alzar la voz, como negando importancia a su tragedia.
–A mí, me gustaba caminar por las paredes. En casa, no me dejaban -confesaba otro, como si su prohibida proeza fuera cosa de nada.
Y otro:
–Yo, de muchacho, escribía poemas de amor. Los perdí en un tren. ¿Y quién los encontró? Neruda.
Y cabeceando sonreía, como si fuera incapaz de rencor contra quien le había robado sus llaves del Olimpo. Pero don Arnaldo, de profesión odontólogo, no se dejaba intimidar. Acodado en el mostrador, soltaba un nombre:
–Libertad Lamarque.
Esperaba el impacto, y después:
–¿Les suena?
Y entonces evocaba su encuentro con la Novia de América.
Don Arnaldo no mentía. Una madrugada, allá por los años treinta, la actriz y cantante argentina Libertad Lamarque venía sufriendo duro castigo en un hotel de Santiago de Chile. El marido le estaba gritando puta, no por lo que era sino por lo que podía llegar a ser, mientras le volaba bofetadas, como tenía costumbre, porque más vale prevenir que curar. En plena biaba, Libertad gritó:
–¡Basta! ¡Vos lo quisiste! –y se arrojó en picada desde la ventana del cuarto piso. Rebotó en un toldo, y aplastó al odontólogo, que venía de visitar a la mamá y justo en ese momento pasaba por la vereda. Libertad quedó intacta, y también intacto quedó su pijama de seda roja bordado de dragones chinos, pero el infortunado don Arnaldo fue conducido, en ambulancia, al hospital.
Cuando se le recompuso el hueserío, y le quitaron sus vendajes de momia, don Arnaldo empezó a contar la historia que después siguió contando, hasta el fin de sus días, en los cafés y en todo lugar donde hubiera alguna oreja: desde el cielo, desde la alta nube donde moran las diosas del cine y del tango, aquella estrella fugaz se había dejado caer sobre la tierra, y entre millones de hombres lo había elegido a él, sí, a él, y entre sus brazos se había desplomado, por no morirse sola.

Maleficios

Según Sara Hermann, cualquier avión puede venirse abajo si contiene un equipo deportivo completo, aunque sea de ajedrez. También constituye grave amenaza la exaltación patriótica en cualquiera de sus formas, desde la ostentación de escarapelas o banderitas hasta la entonación de himnos.
Eric Nepomuceno tiene la convicción de que ningún avión puede sostenerse en el aire si contiene más de tres monjas o más de seis niños con orejas del ratón Mickey.
Sara y Eric saben que nadie muere en la víspera, salvo el pavo de Navidad, y que cada persona tiene su día marcado para morir, a ras de tierra o en los altos aires. Pero cuando suben a un avión, sudan la gota gorda pensando: Yo no sé si ha llegado mi día. Pero, ¿y si ha llegado el día del piloto?
La alfalfaCuando el tiempo está enemigo, cielos negros, días de hielo y tormentas, la alfalfa recién nacida se queda quieta y espera. Los tímidos brotecitos se echan a dormir, y en la dormición sobreviven, mientras dura el mal tiempo, por mucho tiempo que el mal tiempo dure.
Cuando por fin llegan los soles, y azulea el cielo y se entibia el suelo, la alfalfa despierta. Y entonces, recién entonces, crece: tanto crece, que uno la mira y la ve crecer. Y pronto los campos de alfalfa alzan una mar bajo el cielo, una mar de verdería: la alfalfa ondula, en oleajes verdes, empujada por un viento que no viene del aire, sino de sus propias ganas de vivir, y que quizá sube desde el fondo de la tierra encantada.
La marEn una terraza de la ribera, echado al sol, Rafael Alberti estaba mirando la mar, tocándola con los ojos, respirándola: el vuelo sin ningún apuro de las gaviotas y los veleros, la espuma luminosa, el viento azul. Y de pronto se estremeció, como si fuera la primera vez, y sintió el asombro de estar, de seguir estando. Se volvió hacia Marcos Ana, que callaba a sulado y, apretándole el brazo, dijo, como si nunca lo hubiera sabido, como si recién lo descubriera:
–Qué corta es la vida.
Unos días después, Alberti murió, de cara a la mar, en esta bahía de Cádiz donde noventa y seis años antes había nacido.
El sistema
Por Eduardo Galeano 

 

1/El poderEn 1998, en el crepúsculo del siglo y de su propia vida, Julius Nyerere conversó con la plana mayor del Banco Mundial en Washington. Este campeón de la unidad africana había gobernado Tanzania durante veinte años, desde la independencia hasta 1985, y había aplicado una política basada en la agricultura comunitaria, la propiedad social y la autodeterminación.
–¿Por qué ha fracasado usted? -.le preguntaron los expertos del Banco Mundial.
Nyerere respondió:
–El Imperio Británico nos dejó un país con un 85 por ciento de analfabetos, dos ingenieros y doce médicos. Cuando dejé el gobierno, teníamos un nueve por ciento de analfabetos y miles de ingenieros y de médicos. Yo dejé el gobierno hace trece años. Entonces, nuestro ingreso per cápita era el doble que ahora; y ahora tenemos un tercio menos de niños en las escuelas y la salud pública y los servicios sociales están en la ruina. En estos trece años, Tanzania ha hecho todo lo que el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional exigieron que se hiciera. 
Y Julius Nyerere devolvió la pregunta a los expertos del Banco Mundial:
–¿Por qué han fracasado ustedes?
2/Los modelosArtes de magia de la era cibernética: Bill Gates, que hasta hace un rato nada tenía y, por lo tanto, nadie era, se ha convertido, en un parpadeo, en el número uno del género humano.
También sus clones ofrecen un ejemplo a imitar para los niños y jóvenes del mundo, aunque sea el Tercer Mundo. En el Uruguay, el modelo es el joven empresario Fernando Espuelas, creador y propietario de StarNet, que brilla en la zona latinoamericana de los cielos de Internet. 
Los medios locales han difundido, con orgullo patrio, la biografía de este hombre que prueba que también los uruguayos podemos ser exitosos. Fernando tenía, desde chiquito, pasta de triunfador. Comenzó su carrera a los seis años de edad, alquilando sus juguetes a los niños del barrio, con tarifas por hora o por día. A los diez años, ya había fundado una empresa de seguros y un banco: aseguraba útiles escolares contra robos y accidentes y prestaba dinero, a interés, a sus compañeritos de clase.
3/La mano duraGeorge Bush, hijo de aquel Bush que invadió Panamá y casi borró a Irak del mapa, es el favorito en la carrera por la presidencia del planeta. 
Aunque sus discursos hablan de compasión, el prestigio del junior proviene de su mano dura. Siendo gobernador de Texas, capital mundial de la pena de muerte, Bush envió al muere, sin pestañear, a cien personas. Más de uno podrá creer, quién sabe, que ahí está la solución para el problema de la superpoblación carcelaria. En Estados Unidos, que viene a ser algo así como la cárcel más grande del mundo, hay medio millón de prisioneros más que en China, que tiene una población cuatro veces mayor.
Desde siempre, y también ahora, el candidato republicano se opone a cualquier control en la venta de armas. Bush es el más fervoroso aliado de Charlton Heston, que abandonó Hollywood para cumplir el papel principal en la National Riffle Association, donde defiende el derecho de comprar armas como si fueran aspirinas. La delincuencia acecha y obliga a disparar primero y preguntar después.
Las armas de fuego matan trece niños norteamericanos cada día. La edad de los asesinos, y de sus víctimas, va disminuyendo. Tenían seis años los protagonistas del caso reciente de mayor resonancia. Al paso que vamos, pronto los bebés disputarán a tiros el chupete.

4/La guerra

En vísperas de la guerra contra Yugoslavia, el Departamento de Estado de Estados Unidos informó que medio millón de albaneses habían sido asesinados por los serbios en Kosovo, lo que resultaba intolerable para la conciencia humanitaria del mundo. La guerra era inevitable.
Ya habían comenzado los bombardeos, cuando el secretario de Defensa, William Cohen, declaró que los albaneses asesinados eran “unos cien mil”.
Cuando la guerra terminó, un comunicado oficial de la OTAN redujo la cifra a diez mil.
Según altas fuentes militares, citadas por la prensa norteamericana en tiempos más recientes, las víctimas albanesas “sumarían alrededor de siete mil”.
5/Los mediosAlbert Einstein fue elegido el hombre del siglo por poderosos medios de comunicación de varios países.
Las elegías cantadas en su honor olvidaron mencionar un detalle: este genio de la ciencia era socialista, y tenía una pésima opinión del sistema capitalista. El olvido había sido proféticamente explicado por el propio Einstein, en un artículo que publicó, en mayo de 1949, en el primer número de la revista Monthly Review: “En las condiciones actuales, los capitalistas privados inevitablemente controlan, directa o indirectamente, las principales fuentes de información (prensa, radio, educación). Es, por lo tanto, extremadamente difícil, y en la mayoría de los casos imposible, que el ciudadano llegue a conclusiones objetivas y pueda hacer un uso inteligente de sus derechos políticos.”

Aves
Por Eduardo Galeano

 

Las plumas

Andan emplumados los indios que sobreviven a orillas del río Paraguay.
El plumaje adorna y tiene poderes.
Las plumas verdes del loro dan señorío al cuerpo, que gustoso las luce en los tobillos y en las muñecas, y también dan vida a las hojas de los árboles.
Si no fuera por las plumas rosadas de un ave llamada espátula, la tuna no daría frutos.
Las plumas negras del pato son buenas contra el mal humor.
Las plumas blancas de las cigüeñas ahuyentan las plagas.
El guacamayo ofrece plumas rojas, para llamar a la lluvia, y plumas amarillas, para atraer las buenas noticias.
Las plumas grises del avestruz dan brío al canto humano, que se eleva agradeciendo la luz de cada día.
El sietecolores
Dante D’Ottone andaba por el parque Rodó, haciendo nada, dejándose ir entre los árboles, cuando vio a una mujer agachada ante un enorme telescopio que apuntaba al lago.
–Me va a disculpar, señora, pero yo soy muy curioso.
La mujer sacó el ojo del lente, y lo invitó:
–Mire, mire.
Y Dante adivinó un sietecolores, un pajarito de esos que jamás se ven en Montevideo, aleteando sobre el lago.
Ella manipuló el tubo, lo alargó:
–Así se ve mejor.
Y contó que había querido comprar unos prismáticos por lo mucho que le gustaba espiar a los pájaros libres, pero el dinero no daba. En la feria de Tristán Narvaja, el mercado de las pulgas, había encontrado ese telescopio, arrumbado entre otros trastos viejos, y por unos pocos pesos se lo había quedado.
El sietecolores, arcoiris con alas, revoloteaba al tuntún sobre los camalotes, y el telescopio lo perseguía. Daban ganas de pedir que no se fuera nunca esa alegría del aire.
Las palomas
Sylvia Murninkas estaba patinando por la costa de Montevideo, una serena tarde de luces, cielo sin nubes, aire sin viento, cuando escuchó ruidos de guerra. Se asomó al hotel Rambla y retrocedió espantada.
El combate aéreo ocurría en la planta baja. La planta baja del hotel, en plena remodelación, estaba en escombros, y sobre la basura de cascotes yde astillas de vidrios y maderas, había una alfombra de blancas plumas ensangrentadas. Las dos últimas guerreras se estaban matando a picotazos: se lanzaban en ráfaga, se trenzaban en el aire, se estrellaban contra los ventanales y bañadas en sangre volvían al ataque.
Sylvia no conocía estas costumbres de las palomas.
El lorito
Houdini se escapaba siempre. El primer día, levantó la puerta de la jaula, con su pico poderoso, y salió. El segundo día, alzó el piso por abajo. El tercer día, hizo un agujero en la malla de alambre.
Se escapaba, pero no llegaba lejos. Algo caminaba, a los tumbos, y se caía.
Sus secuestradores le habían cortado un ala, cuando lo cazaron en la selva. Kitty Hischier lo encontró en el mercado de Puerto Vallarta. Le dio lástima, lo compró para liberarlo. Como Houdini no podía arreglarse solo, y mutilado como estaba se lo comía cualquiera, ella decidió llevarlo, enjaulado, en su camioneta. Tenía la intención de pasarlo, clandestino, por la frontera. Houdini iba a ser uno más entre los miles y miles de mexicanos indocumentados en los Estados Unidos.
Al cuarto día, Houdini intentó la fuga por el techo, pero ya no le daban las fuerzas. El no hablaba, ni comía. Kitty le ofrecía palabras, en español y en inglés, y le ofrecía lechuguita, semillas de girasol y uvas; pero Houdini seguía callado, y arrojaba los alimentos fuera de la jaula.
Mudo, inmóvil, murió. En huelga de lengua, en huelga de hambre.
Las garzas
–El lago Titicaca. ¿Conoce usted?
–Conozco.
–Antes, el lago Titicaca estaba aquí.
–¿Dónde?
–Aquí, pues.
Y paseó el brazo por el inmenso secarral.
Estábamos en el desierto del Tamarugal, un paisaje de cascajos calcinados que se extendía de horizonte a horizonte, atravesado muy de vez en cuando por alguna lagartija; pero yo no era quién para contradecir a un lugareño.
Me picó la curiosidad científica. El hombre tuvo la amabilidad de explicarme cómo había sido que el lago se había mudado tan lejos:
–Cuándo fue, no sé, yo no era nacido. Se lo llevaron las garzas.
En un largo y crudo invierno, el lago se había congelado. Se había hecho hielo de pronto, sin aviso, y las garzas habían quedado atrapadas por las patas. Al cabo de muchos días y muchas noches de batir alas con todas sus fuerzas, las garzas prisioneras habían conseguido, por fin, alzar vuelo, pero con lago y todo. Se llevaron el lago helado y con él anduvieron por los cielos. Cuando el lago se derritió, cayó. Y quedó donde ahora está.
Yo miraba las nubes. Supongo que no tenía cara de convencido, porque el hombre preguntó, con cierto fastidio:
–Y si hay platos voladores, dígame usted, ¿por qué no iba a haber lagos voladores? ¿Eh?
Me dio la espalda y se fue.
La gallina
–Declare el acusado su versión de los hechos –mandó el juez.
El escribiente, las manos en el teclado, transcribió los dichos de Agustín Sosa, residente en la ciudad de Melo, mayor de edad, de estado civil soltero, de profesión desocupado. El acusado no negó su responsabilidad en el delito que se le imputaba. Sí, él había estrangulado una gallina que no era de su propiedad.
–Si no mataba esa gallina, me moría de hambre –alegó.
Y concluyó: –Fue en defensa propia.
El gallo
Hacia arriba lamía, y hacia abajo escupía. Era, dicen que era, juez, o recaudador de tributos, o enviado del rey, aquel adulón de los dueños de todo, que humillaba a los dueños de nada. Se llamaba Gallo, de apellido, y pisando pueblo decía:
–Donde este gallo canta, los demás callan.
Durante años callaron los callados, hasta que un buen día asaltaron el palacete donde se ejercía el abuso, atraparon al abusón, le arrancaron las ropas y desnudo lo corrieron, a pedradas, por las calles.
Ocurrió, dicen que ocurrió, en la ciudad andaluza de Morón de la Frontera. Ocurrió, dicen que ocurrió, hace cinco siglos. Pero cualquiera que visite la ciudad puede ver a ese gallo desplumado corriendo todavía, y todavía la advertencia se escucha en toda España: que te cuides, tú, mareado por el poder o el poderito, que te vas a quedar como el gallo de Morón, sin plumas y cacareando, en la mejor ocasión.

Voces
Por Eduardo Galeano

Para la Cátedra de Lingüística

 A la ventura se marcharon tres hermanos, por tres caminos, y tres años después regresaron a su casa, en el sur de Veracruz.
El padre les preguntó qué habían aprendido en esos andares.
El hijo mayor contestó:
–Yo conocí las artes de sastrería.
El padre asintió.
El del medio informó:
–Yo me hice maestro en carpintería.
El padre aprobó.
El hijo menor contó:
–Yo aprendí el idioma de los pájaros.
Y el padre se enojó. El más muchacho, su hijo del alma, le venía con embustes. Entonces, un pájaro cantó, desde la rama más alta, sobre el tejado. Varias veces el pájaro cantó lo mismo, un canto que parecía anunciar alguna cosa, y el padre exigió al hijo menor:
–Si no eres un mentiroso, dime lo que dijo.
El hijo se negó, pero el padre insistió.
–No te gustará saberlo –advirtió el hijo.
Y cuando, por fin, tradujo el canto, el padre palideció y lo echó de la casa.
Los mendigosPara triunfar en la vida, los mendigos estudian.
Espiando la tele, en bares y vidrieras, los mendigos reciben lecciones de los maestros del oficio. En la pantalla chica, ellos asisten a las clases impartidas por los presidentes latinoamericanos, que pasan el sombrero en las conferencias internacionales, y que practican el arte de implorar en sus periódicas peregrinaciones a Washington.
Así, los mendigos aprenden que la verdad no es eficaz. Un buen profesional no pide para el vino: extiende la mano suplicando una caridad para llevar a la anciana madre al hospital, o para pagar el cajón del hijito que acaba de morir, mientras con la otra mano exhibe la receta médica o el certificado de defunción.
Los mendigos también aprenden que algo hay que ofrecer, a cambio de la limosna. Ellos tienen la calle por patria, carecen de territorio: no hay suelos, ni subsuelos, ni empresas públicas, que puedan entregar. Pero pueden prometer un lugar en el Cielo: no me obligue a robar, Dios también pidió, lo dice la Biblia, Dios se lo pague, Dios lo tenga en la Gloria. Cada vez que la caridad ocurre, la cárcel pierde un preso y el Paraíso gana un habitante.
La actrizHace más de medio siglo, la Comedia Nacional llevó Bodas de sangre a los campos de Salto. Desde otros campos, lejanos campos de Andalucía, venía esta tragedia de García Lorca. Era una historia de familias enemigas, una boda rota, una novia robada, dos hombres queriendo esa mujer: en tierras de secano, corría la sangre más fuerte que el agua, y peleando a cuchillo, acuchillados, caían los dos. La madre de uno de los muertos decía a su vecina:
–¿Te quieres callar? No quiero llantos en esta casa. Tus lágrimas son lágrimas de los ojos, nada más.
Margarita Xirgu era, en escena, esa madre dolida y altiva. Cuando se apagaron los aplausos, un peón de estancia se le acercó. Sombrero en mano, la cabeza gacha, le dijo:
–La acompaño al sentimiento. Yo también perdí un hijo.
Las páginasIván Kmaid había querido que los querientes se quisieran una vez más, o tres, o cinco, porque impar es la dicha; y en noche impar nos juntamos sus amigos, para evocarlo, bajo los árboles del parque Rodó.
Esa noche, Hugo Burel leyó algunas páginas en memoria de Iván, algo así como un conjuro contra su muerte. Y a la tarde siguiente, cuando quiso guardar esas palabras, descubrió que las había perdido.
Hugo se lanzó a recorrer, uno por uno, todos los lugares donde había estado. Ni rastros. Pero de pronto recordó que en la noche, al regreso de aquella ceremonia, se había cruzado con una manifestación de cooperativistas, y que había parado el auto al pie del Obelisco. ¿Se habrían volado las hojas por la ventanilla abierta?
Estaba la calle todavía alfombrada por los volantes que la manifestación iba arrojando a su paso. Hurgando bajo esa manta de papeles, Hugo encontró sus páginas. Estaban dispersas, una por acá, otra por allá, salvadas de la lluvia y del viento.
Encontró todas, menos una. Faltaba la última. Siguió revolviendo al volanterío desparramado sobre la calle, y le llamó la atención un muñequito de papel. Lo levantó, reconoció su letra. Alguien había recortado aquella última página, y el manuscrito había quedado convertido en muñequito: brazos, piernas, una boca grande, abierta de risa.
Sí, alguien había recortado esa hoja. ¿Alguien? Hugo apretó el muñequito contra su pecho, meneó la cabeza, y sonrió mirando más allá de las nubes.
El libro

Reina Reyes quería que Felisberto Hernández pudiera dedicarse a escribir sus cuentos prodigiosos y a tocar el piano. La literatura le daba pocos lectores y plata ninguna, y la música no era, que digamos, un gran negocio: Felisberto viajaba por el interior uruguayo y el litoral argentino, ofreciendo conciertos, y terminaba siempre escapándose del hotel por la ventana.
Reina se ganaba bien la vida. Mientras vivió con ella, Felisberto no escuchó nunca hablar de dinero.
El primer día de cada mes, Reina le regalaba un libro, de alguno de los narradores o poetas que a él le gustaban. Dentro del libro, estaba la libertad que lo salvaba del infierno de las oficinas, o de cualquier otro tormento laboral de esos que roban las horas y gastan la vida.
Cada pocas páginas, bien planchadito, había un billete.

La vitamina

Al despertar, Sandra Cisneros recibe su vitamina. Cada mañana, su VitaBert está esperándola en la pantalla de la computadora. Bert Snyder envía una palabra por día, desde su casa de Nueva York hasta la casa de Sandra en San Antonio. Cada día, una palabra diferente. Estas vitaminas se toman de a una.
Es un alimento de primera necesidad:
–Y hoy, ¿qué será de mí? –se pregunta Sandra, que sufre síndrome de abstinencia cada vez que Bert sale de viaje y suspende el suministro.
Una fórmula misteriosa: ella no sabe por qué, y quizá Bert tampoco sabe, pero cada Vita-Bert es la palabra que ella está necesitando, precisamente el día que llega, para vivir, escribir y demás vicios.
Las Vita-Bert son palabras amorosas o desafiantes, ayudonas o rezongonas o insultantes, o son simplemente palabras, palabras porque sí, como tightrope o swing o perhaps. Sandra repite la palabra de cada día a su papagayo, Agustín Loro, con la esperanza de que él la aprenda de memoria, pero Agustín Loro sólo habla español.
La palabraEstás encerrado, supongamos, penando tus penares, tus penas de verdad, penas del dolor y del horror, y también las otras, tus penas tontas y tantas: estás condenado, supongamos, a pena perpetua, prisionero de la tristeza en celda solitaria, incomunicado y sin visita. Y de pronto, supongamos, aparece una pulga, inesperada, que se pone a practicar piruetas de circo en la palma de tu mano. Una pulga: una palabra. Una palabrita, que llega sin aviso, y juega.
Robert Hass cuenta la historia de un amigo. El sólo tenía cenizas en el pecho, y una noche decidió que ya no daba más. Subió al puente de San Francisco y trepó por los fierros, para arrojarse a las aguas de la bahía. Y ya iba a tirarse, cuando una palabra apareció, traída por los aires marinos o por quién sabe quién. Era la palabra seafood, que a primera vista nada tiene de raro ni de cómico, pero al amigo de Robert Hass esa palabra le sonó ridícula, y él se detuvo a pensar en lo ridícula que era. En eso estuvo, mientras pasaban los segundos, los minutos. Cuando se quiso acordar, ya había perdido las ganas de suicidarse, y se volvió a la casa. La casa estaba vacía, nadie lo esperaba, pero él estaba vivo.
Pienso en las palabras que podrían salvarme, llegado el caso. A mí, o a otros. Podrían salvar muchas vidas, me parece, se me ocurre, si llegaran a tiempo, palabras como cacofónico, paralelepípedo, chinchulín, pluscuamperfecto, pusilánime...

¿Humaniqué?
Por Eduardo Galeano

 

Humanitario. Adjetivo que confirma la mala opinión que sobre el género humano tienen los demás habitantes de este planeta.

Esta no es la definición del diccionario. No todavía, pero pronto lo será, al paso que vamos.
Ahora se invocan razones humanitarias para liberar al general Pinochet, aunque su salud resulta envidiable comparada con el estado en que él dejó a sus miles de muertos y torturados. No menos humanitarias, la verdad sea dicha, habían sido las razones que lo habían llevado a Londres, en 1998; el general viajó para comprar armas y cobrar comisiones.
Rueda el mundo, gira el reloj. El mundo demuestra lo humano que es destinando, cada minuto, un millón de dólares a gastos militares. Las guerras se llaman misiones humanitarias, desde que el presidente Clinton las bautizara así.
Rambo es el Erasmo de este nuevo humanismo. Según han contado los corresponsales de guerra, los soldados rusos, que redujeron a cenizas la ciudad de Grozny, tuvieron a Rambo por modelo. Y mientras llovían los bombazos, el general Valeri Manilov, jefe del estado mayor, exigía la rendición de los chechenos aclarando que no se trataba de un ultimátum:
–Este es un acto humanitario –declaró.
A Vladimir Putin no lo quería nadie cuando el zar Boris le cedió su trono. Según las encuestas, lo apoyaba el uno por ciento de la población. Meses después, cuando ya la bandera rusa flamea sobre lo que era Grozny, Putin es el político más popular de Rusia. Hasta su cara de ofidio ha resultado una virtud: éste es el hombre implacable y helado que Rusia necesita.
No hay mejor campaña electoral que una guerra exitosa. Chechenia ha sido salvada del peligro checheno. Putin le ha aplicado el mismo tratamiento humanitario que la OTAN había aplicado poco antes a Yugoslavia. La terapia viene de la guerra de Vietnam. En 1968, un oficial norteamericano había declarado a la Associated Press: “Hay que destruir la aldea de Ben Tre, para salvarla”. Pero en la guerra de Vietnam fueron muchos los invasores que murieron, y muchas fueron las víctimas que la televisión mostró. Desde aquel entonces, las grandes potencias, que comparten el derecho de matar con impunidad, han hecho enormes progresos en el arte de matar a distancia, sin riesgo de morir, y la tecnología, puesta al servicio de la hipocresía, permite que los verdugos no vean a sus víctimas, y la opinión pública tampoco. Las fulminantes operaciones militares que arrasaron barrios enteros de Panamá, Bagdad y Belgrado, y que en Grozny no han dejado piedra sobre piedra, se han traducido en espectaculares ascensos de popularidad para Bush, Clinton, Blair y Putin.
“Cada arma que se dispara es un robo que se comete contra los que tienen hambre y no reciben alimentos, y contra los que tienen frío y no reciben ropa.” Aunque fue pronunciada el 16 de abril de 1953, cuando las guerras todavía se llamaban simplemente guerras, la frase tiene mucha actualidad en el mundo de hoy y, sin ir más lejos, en América latina, donde se han duplicado los gastos militares en la década pasada. El autor de estas palabras sabía muy bien de qué estaba hablando. Dwight Eisenhower no era, que digamos, un agitador pacifista, sino un guerrero profesional que estaba ocupando la presidencia de Estados Unidos.
¿Misiones humanitarias o sacrificios humanos? Para que el orden cósmico continuara funcionando, los aztecas ofrecían corazones humanos a los dioses. Para que el orden terrestre continúe funcionando, el mundo de nuestros días ofrece sacrificios humanos a los fabricantes de armas y a los señores de la guerra. Jehová, el dios de los hebreos, que después fuedios de los cristianos y los musulmanes, amenazaba a quienes no lo obedecían con azotes y plagas y sequías y hambres y derrumbamientos (Levítico, 26), y sin pestañear ejecutaba sus castigos. Pero el Antiguo Testamento queda a la altura de un poroto, comparado con los truenos de la ira del Nuevo Orden Mundial. Y jamás a Jehová se le ocurrió decir que fueran humanitarias sus maldiciones y sus venganzas. El era más bien despiadado, pero no era un farsante.
Quizá las guerras son humanitarias en el sentido de que matan cada vez más humanos sin uniforme. Un artículo del New York Times (de R. W. Aple, 21 de diciembre de 1989) exaltó la invasión de Panamá como un exitoso “ritual de iniciación” del presidente Bush, que así demostraba “su voluntad de derramar sangre”. En las ceremonias de cacería de nuestro tiempo, el guerrero es el cazador y el civil, la presa. A lo largo del siglo veinte, que ha sido, y por lejos, el más carnicero de la historia, hubo un quince por ciento de muertos civiles en la Primera Guerra Mundial. La proporción pegó tremendo salto, hasta el sesenta y cinco por ciento, en la Segunda Guerra Mundial. Y después ha seguido subiendo, en las guerras del medio siglo siguiente, hasta llegar a las espeluznantes estadísticas actuales: nueve de cada diez víctimas son civiles y, en su mayoría, niños.
Muchos de esos niños mueren después que las guerras han terminado. Ellos estallan al contacto con las minas antipersonales sembradas en los campos –que Estados Unidos continúa fabricando y vendiendo, a pesar de la prohibición internacional– o pagan las consecuencias de las guerras ocurridas. En Irak, por ejemplo, la mortalidad infantil se ha triplicado en los años posteriores a la guerra, a causa del bloqueo económico: “Vale la pena”, declaró, en 1996, la canciller Madeleine Albright. En Yugoslavia, niños y adultos civiles están sufriendo, ya pasada la guerra, las radiaciones cancerígenas de las tierras contaminadas por las bombas revestidas de uranio empobrecido, un mortífero producto de descarte de la energía nuclear. Según el Landau Center, un instituto de investigaciones que hizo un informe para el gobierno italiano, cada misil Tomahawk puede generar mil seiscientos enfermos de cáncer. La OTAN había negado el uso del uranio. Después, reconoció que se había utilizado contra los tanques serbios. En total, el diluvio de bombas destruyó trece tanques.
Estados Unidos, cuyo territorio no ha sido nunca bombardeado por nadie, han bombardeado a diecinueve países a lo largo de la segunda mitad del siglo veinte: China, Corea, Guatemala, Indonesia, Cuba, Congo, Laos, Vietnam, Camboya, Líbano, Granada, Libia, Nicaragua, Panamá, Irak, Bosnia, Sudán, Afganistán y Yugoslavia. En setiembre de 1999, el presidente Clinton explicó:
–Lamentablemente, no podemos responder a todas las crisis humanitarias que se producen en el mundo.
Menos mal.

 

La herencia militar Por Eduardo Galeano
 El presidente del Uruguay, Julio María Sanguinetti, tiene quien le escriba. Mientras concluye su segundo período presidencial, le siguen lloviendo cartas desde el mundo entero. ¿Dónde está --le preguntan-- el nieto o nieta del poeta argentino Juan Gelman?
Ese bebé había sido secuestrado por los militares en los años setenta, cuando las dictaduras sudamericanas borraron las fronteras y pusieron en práctica el mercado común del horror. Hubo uruguayos desaparecidos en el Uruguay y también en la Argentina, Chile y Paraguay; y hay pruebas de que la nuera argentina de Gelman, apresada en Buenos Aires, desapareció en Montevideo, después de dar nacimiento a un niño o niña que se perdió, como ella, en la neblina de la guerra sucia.
  A fines del año pasado, la prensa uruguaya informó que el presidente Sanguinetti había dado, por fin, una respuesta práctica a tanta demanda universal, y había encomendado la investigación del caso a la justicia militar. Pero no se estaba anunciando un estreno: esta obra de teatro ya había sido representada, años atrás. En 1987, durante su presidencia anterior, Sanguinetti también había encargado a la justicia militar la investigación sobre ciento cuarenta uruguayos desaparecidos.
  Ahora, en sus respuestas públicas al diluvio de la solidaridad internacional, el presidente dice y repite que averiguar lo que pasó "sería un milagro". Y no le falta razón. ¿Cómo se va a resolver un crimen, si lo investigan quienes lo cometieron? Semejante milagro no ha ocurrido jamás, ni en la historia de la criminología, ni en la historia de la literatura policial.
  La dictadura militar uruguaya se había especializado en el arte de la tortura. Sus verdugos no sólo copiaron algunos métodos de mortificación que venían de la Santa Inquisición, sino que además supieron aplicar la tecnología moderna. El Uruguay llegó a ser, en esos años setenta, el país con la mayor cantidad de torturados en proporción a la población, el campeón mundial de la tortura: serás atormentado hasta que traiciones o mueras, serás culpable aunque no sepas por qué. Como un reconocimiento a esta especialidad nacional, el presidente civil puso en manos de un torturador militar, en 1987, la investigación sobre los desaparecidos, los muertos sin cadáveres: el coronel José Sambucetti tuvo a su cargo la tarea, el milagro no ocurrió, nada se supo.
  El periodista Samuel Blixen reveló por entonces, en el semanario Brecha, que Sambucetti había dirigido personalmente numerosas sesiones de torturas diarias en el Batallón de Infantería Nº 2. Una de sus víctimas, Sonia Mosquera, contó que este experto en la flagelación de mujeres atadas había ordenado, a cara descubierta:
  --A ésta no se le cayó ni una lágrima. Que vuelva a la máquina.
  Años después, el presidente Sanguinetti acaba de anticipar públicamente la caída del telón en el reestreno de esta obra titulada  "Investígate a ti mismo", que ha vuelto a escena representada por el elenco de uniforme:
--No ha desaparecido ningún niño en territorio uruguayo-- aseguró el presidente, sin tomarse el trabajo de explicar de dónde ha sacado esa certeza.
  Mientras tanto, el teniente general Fernán Amado, que ofreció hace tres meses un almuerzo de desagravio a los oficiales violadores de los derechos humanos, se está jubilando de su empleo de comandante en jefe del ejército. Y al irse, pronuncia la frase que concluye el último acto de la representación. Hablando de los desaparecidos, dice el actor:
  --El ejército no dispone de ninguna información sobre el tema.
  La omertá, ley del silencio, no sólo rige para la mafia siciliana.
  En los años ochenta, con la resurrección de la democracia en América del Sur, llegaron las leyes de impunidad, para que también desapareciera la memoria de los desaparecidos. Pero ocurre que la desaparición de personas y el secuestro de niños son delitos continuados, para la jurisprudencia internacional y para la conciencia humana de los humanos que todavía tienen conciencia: no hay ley que pueda obligar al silencio de los crímenes que se siguen cometiendo, cada día, mientras los desaparecidos no aparezcan, ni se devuelvan los niños usurpados.
  En el Uruguay, el presidente Sanguinetti lleva ya muchos años trabajando para que esto siga así. Y lleva ya muchos años demostrando que no se había equivocado Georges Clemenceau, el político francés, cuando advirtió, hace más de un siglo:
  --La justicia militar se parece a la justicia, tanto como la música militar se parece a la música.
 

 

CONTRAVOCES
Por Eduardo Galeano

 
La enfermedadEn alguna parada, un enjambre de chiquilines invadió el ómnibus. Venían de la escuela, y no paraban de hablar y de reír. Hablaban todos a la vez, a los gritos, empujándose, zarandeándose, y se reían de nada y de todo. Un señor increpó a Andrés Bralich, que era uno de los más estrepitosos:--¿Qué tenés, vos? ¿La enfermedad de la risa?A simple vista se podía comprobar que todos los demás pasajeros habían sido, ya, sometidos a tratamiento médico, y estaban completamente curados.Sombríos, graves, esos rostros del Museo de Cera atravesaban la ciudad de Montevideo, de casa al trabajo, del trabajo a casa, a salvo de cualquiera de las locuras que en el mundo acechan.El generalHace cien años, ocurrió en Colombia la guerra de los mil días. La guerra no dejó prisioneros, para que al gallo amarrado no le creciera la espuela.En una de las batallas, en los alrededores del río Magdalena, el general José María Ferreira avanzó al revés. Cuando empezó la balacera, el general dio orden de echar cuerpo a tierra y orientó a la tropa para lanzar el contraataque. Buscando posición de tiro, los soldados culebreaban a través de los altos pastizales. El general también iba pegado al suelo, apoyándose en los codos, pero mientras sus hombres se movían en dirección al enemigo, él reptaba en marcha atrás, hacia el otro lado. Ellos iban al norte, y él al sur.Puede haber sido una falla en el sentido de la orientación, o una hábil maniobra para cubrir la retaguardia, o quizá no fue más que una prueba de sabiduría militar, porque bien se sabe que soldado que huye sirve para otra guerra.El hecho es que el general, después de mucho retroceder, llegó al pie de la ceiba. La ceiba era el único árbol digno de respeto que se alzaba en aquella nada. El general encontró refugio detrás del tronco gigantesco, y allí se quedó, inmóvil, de espaldas a los estampidos, cuidándose de la tentación de asomarse y mirar. El no quería repetir la triste experiencia de su hermano, el finado coronel Joaquín Ferreira, que había perdido la cabeza cuando la sacó por la claraboya de una iglesia para ver cómo marchaba el combate.Pasaron los minutos, las horas, los siglos. El general seguía acurrucado, al amparo de un hueco del tronco de la ceiba. Entonces escuchó que estaban cambiando los vientos de la guerra: ahora soplaban hacia él, cada vez más cercanos, los truenos de los tiros y los alaridos, que antes sonaban en la lejanía. El general ya veía las balas, mortales avispas que pasaban zumbando a sus costados. Se persignó. Un sudor de hielo le recorría el cuerpo, sacudido por violentos espasmos que él no entendía ni podía evitar.El general Ferreira hundió la cara entre las manos, y trató de poner en orden el torbellino de sus pensamientos. Y razonó:--Si la sangre huele a mierda, estoy herido.La justiciaDesde las perdidas comunidades de El Gran Tunal, Pedro Jasso Bravo y el Chaparro marcharon a la ciudad de México. Pedro iba más a pie que montado, montaba de a ratos nomás, por no atormentar la cansada espalda del Chaparro: ya estaban, los dos, pasaditos de años, y era largo el viaje. Pero así, poco a poco, caminando los días, llegaron, por fin, a la gran plaza del Zócalo.Y se plantaron a las puertas del Palacio Nacional, donde vive el poder. Y allí se quedaron, esperando audiencia. Venían a exigir justicia. Allá en el Gran Tunal, la justicia está más lejos que la luna, porque la luna, al menos, se ve. Los indios de las comunidades, oficialmente extintos, no figuran ni en las estadísticas. Han sido acorralados en tierras de pedrerío y polvareda, que les dan de comer un menú fijo de piedra y polvo.El presidente de la nación se negó a recibirlos, pero no hubo manera de echarlos: los delegados de El Gran Tunal volvían a la plaza, cada vez que los sacaban. Ni modo: ni a palos, ni por las buenas. El Chaparro ponía cara de burro y Pedro ponía cara de no te gastes, que ya llevamos cinco siglos en esto.Terminó el año 1997, empezó el '98: a los ochenta y siete años de su edad, Pedro tuvo que aceptar la primera inyección de su vida, casi muerto de tanto respirar veneno; pero siguió acampado, como si nada, mientras el Chaparro hacía oídos sordos a las calumnias de la prensa, que lo llamaba "medio de transporte".Los dos residieron frente al Palacio Nacional durante un año, dos meses y quince días. Por fin, emprendieron el regreso. El poder seguía sordo, pero algo habían conseguido: no era todo, ni era mucho, pero algo era. Habían conseguido que el hijo de Pedro, Margarito, saliera de la cárcel, y que marcharan presos, aunque más no fuera por un rato, algunos vampiros de indios. Y habían conseguido que, aunque más no fuera por un rato, los huachichiles se salieran de la categoría de fantasmas.Y se volvieron los dos. Apenas llegaron a El Gran Tunal, el Chaparro murió. Quizá le habían arruinado los pulmones los sucios aires de la ciudad más contaminada del mundo; o quizá se dejó morir, humillado, porque en el viaje comprobó que el poder era un señor más burro que él. En todo caso, de esto sí que no cabe duda: el Chaparro ha pasado a ser el único asno que comparte una nube, allá en el alto cielo, con el caballo blanco de Emiliano Zapata.La canción y el silencioRen Weschler recogió su testimonio. En 1975, Breyten Breytenbach era el único preso blanco entre los muchos negros condenados a muerte en la cárcel de Pretoria.Al fin de cada noche, uno de los condenados marchaba al patíbulo. Antes de que el piso se abriera bajo sus pies, el elegido cantaba. Cada amanecer, una canción diferente despertaba a Breyten. Aislado en su celda, él escuchaba la voz del que iba a morir, y también escuchaba a los que escuchaban: escuchaba el silencio de los demás presos, que esperaban su día en la fila de la horca. Ese silencio sonaba más fuerte que la voz.Breyten sobrevivió. Sobrevivió para contarlo, y para seguir escuchándolo.El herejeHace cuatro siglos y medio, Miguel Servet fue quemado vivo, con leña verde, en Ginebra. Calvino lo mandó a la hoguera, porque Servet creía que nadie debía ser bautizado antes de llegar a la edad adulta, tenía sus dudas sobre el misterio de la Santísima Trinidad y era tan cabezadura que insistía en enseñar, en sus clases de medicina, que la sangre pasa por el corazón, pero se purifica en los pulmones.Sus herejías lo habían condenado a una vida gitana. Antes de que lo atraparan, había cambiado muchas veces de país, de casa, de oficio y de nombre.

Servet ardió, muy lentamente, junto a los libros que había escrito. En la portada de uno de sus libros, un grabado mostraba a Sansón cargando, a la espalda, una muy pesada puerta. Debajo, se leía: Llevo mi libertad conmigo.

 

Entrevista a Eduardo Galeano

 

 


 

 

 

Su biografía dice a vuelo de pájaro que nació en Montevideo hace 59 años y que fue jefe de redacción del semanario "Marcha" y director del diario "Epoca" en su país, y de la revista "Crisis" en Buenos Aires. Pero eso, con ser mucho, ya que cada uno de estos medios representaron la posibilidad de gritar verdades y denunciar miserias en ambas márgenes del Río de la Plata, no dice todo lo que significa para las letras y la conciencia latinoamericana el nombre de Eduardo Galeano. Sus escritos -"Las venas abiertas de América Latina", "Memorias del fuego", "El libro de los abrazos", "Las palabras andantes", entre otros- dejaron una huella profunda en la formación moral y ética de varias generaciones que le agradecen su fina ironía y su implacable denuncia de injusticia universal. De allí que no sorprenda el éxito que otra vez ha logrado con su último libro "Patas arriba. La escuela del mundo al revés", donde, como siempre, y "a pesar de los pesares" como el mismo Galeano dice, vuelve a convocar a la utopía.

-Hay una defininición de su último libro "Patas arriba" que señala que es un "manual de tropelías con ráfagas de esperanza". ¿Para usted ha sido una catársis de despedida a un fin de siglo turbulento? ¿Algo que era necesario enumerar y compartir?  -Es una tentativa de retrato del mundo de fin de siglo que continua en los noticieros de cada día. Contiene horror y esperanza, una tentativa de ayudar a rebelar este mundo tal cual es, tal cual está. Está patas arriba y tratamos de ver si podemos enderezarlo. -¿Con humor? -Con humor y con amor. No es un libro fatalista, que dice esta es la realidad, este es el destino: suicidémonos todos. De ninguna manera, es un libro que propone encarar la realidad como es, sin disfraces, sin máscaras, pero con la intención de ayudar a cambiarla. La experiencia histórica del siglo veinte nos enseña a desconfiar de los grandes acontecimientos espectaculares, y probablemente los cambios que valen la pena son cambios que se agregan a otros en una incesante suma de pequeñas contribuciones al cambio. Por eso creo -o es a lo que aspiro- que un libro puede ser una de esas pequeñas contribuciones, con el arma del humor, porque es la mejor manera de poner sobre la superficie estos temas deprimentes. Humor, ironía y un lenguaje que no sea aburrido, alternando los textos largos con otros más pequeños. Esto es lo que he intentado, en un contrapunto incesante en el que cuento con la ayuda de José Guadalupe Posadas. -¿Cómo es eso? -Se trata de un grabador mexicano de alto talento que murió en 1913 y con cuyo fantasma me comuniqué. Le dije: Don José, que tal si trabajamos juntos. Y el fantasma me dijo, pues ándale... -¿Pensó el libro para las nuevas generaciones que no leyeron "Las venas abiertas de América Latina"? -Puede ser. En realidad, no lo pensé para un público determinado, simplemente sentí que era necesario intentar una suerte de retrato del mundo al revés. Fue escrito a mediados del 98 y reafirmo que continua en los noticieros y telediarios, porque los acontecimientos posteriores no han hecho más que confirmarlo. Ahí está el escándalo mundial que se ha producido con la detención de Pinochet. Es una prueba de que el mundo está patas arriba, porque un señor que mató a 3.000 personas, a la hora en que la justicia se acuerda de que la justicia existe y actúa para por lo menos someterlo a proceso y quizás condenarlo, tendría que ser una noticia normal, cotidiana, o algo que merecería un par de líneas en los diarios. Si alguien mata 3.000 personas, por supuesto que tiene que ser juzgado y condenado. ¿Por qué si no con qué criterio se va a mandar a la cárcel a un navajero de suburbio? Este te podría contestar suelto de cuerpo: pero si yo sólo maté a uno o a dos, y este mató a miles y todavía lo aplaude el mundo, y el Papa le asegura un lugar en el paraíso. -Y lo bendijo... -Así es. A él y a su familia. Desde ese día pienso que no quiero ir al paraíso, en parte por lo aburrido que debe ser y por otro lado para no encontrarme con gente así. Pero además está todo ese tema del que tanto hablaban, como era "el milagro chileno". Hasta hace muy poquitos años, había que ver aquellos editoriales del "New York Times", laudatorios del milagro que había permitido que Chile dejara de ser una República bananera. O sea, un abierto elogio al crimen, al baño de sangre, al asesinato de la democracia. El mundo celebró a Pinochet. Era un héroe de Occidente.  -Releyendo sus textos de los años 60-70 y este último libro, se nota una línea de coherencia ideológica. ¿Cuál es la receta que le ha permitido permanecer bastante inmune a la debacle que ha afectado al campo de las ideas y a los principios de muchos de sus colegas? -Es verdad que ha habido una especie de arrepentimiento universal. No de todos pero sí de mucha gente. En algunos casos, ha sido por oportunismo, pero en otros ha sido un cambio honesto y respetable, gente que ha dejado de creer en lo que creía y se ha mudado de ideas, como quien se cambia de domicilio. Yo sigo siendo leal a las ideas en las que creo y a los amigos que quiero. Son las dos cosas que me ayudan a vivir y a sobrevivir. Esas ideas, provienen a la vez, de la razón y el corazón. Son ideas sentipensantes, no son ideas que pertenecen solamente al dominio de la razón. Están muy vinculadas con lo que se siente en las entrañas, provienen de esas voces misteriosas que la razón a veces no es capaz de entender, pero que es capaz de organizar. La razón te ayuda pero si fuera solo por ella, estaríamos fritos. -¿De allí surge la coherencia? -Eso explica una coherencia que corresponde a una tentativa de vivir senti-pensantemente. Son ideas que vienen también de la emoción. Yo siento que tengo la misma capacidad de asombro e indignación que cuando empecé a escribir hace ya unos cuantos años. Ha habido sí un cambio de lenguaje, intento decir más con menos, hay una intención de síntesis más rigurosa que antes, pero en lo esencial hay una continuidad de la que no me arrepiento. Si eso es ser prehistórico, como se dice por ahí, pues lo soy. Pero estoy convencido de que no es así, es una manera de confirmar que la realidad cambia, la vida cambia, y uno también, pero se puede seguir siendo leal a ciertos principios básicos. Yo sigo creyendo en la identidad entre la ética y la estética, entre la justicia y la belleza. -¿Cómo se expresa el llamado "discurso único" en el campo de la literatura? -Ahora hay una moda de alabanza del mercado que se expresa en todos los campos. Es una suerte de "nueva fe" en el dinero...y aclaro que no tengo nada contra el dinero. Comparto lo que decía un amigo mío, de que "el dinero no hace la felicidad, pero logra algo tan parecido que la diferencia es un asunto de especialistas". El problema es cuando el dinero se convierte en el eje del universo, o cuando los derechos del dinero pasan a ser más importantes que los derechos de las personas. Eso es precisamente el neoliberalismo. Y este tiene sus expresiones literarias. Es curioso: desde el punto de vista de los medios, del desarrollo de la tecnología de la información y la comunicación, nunca tuvimos tantas oportunidades de estar informados. Sin embargo, este es un mundo peligrosamente parecido al de los mudos y los sordos, porque hay una tendencia al mensaje único. Esto viene de la concentración del poder que se da en la economía pero también en la cultura. Por ejemplo, el periodismo independiente era más posible hace 30 años que ahora en que es una aventura loca que por suerte sigue teniendo gente que se anima a seguir intentándolo. -¿Asusta el disenso?  -Cada vez es más difícil el discurso disidente. Paradógicamente, en un sistema que se ha impuesto en nombre del rescate a la democracia, con todo el elogio de la disidencia contra lo que era la burocracia y el autoritarismo en los países de Europa del Este, se aplasta la disidencia. Allí está el ejemplo de lo que pasó con Peter Handke, el escritor austríaco-alemán, cuando la reciente guerra contra Yugoslavia. Tuvo la osadía de discrepar y fue condenado monstruosamente. Esto corresponde a lo que podríamos llamar una "macdonaldización" del pensamiento. La metáfora creo que funciona porque la universalización de McDonald's en el mundo del fin de siglo implica una violación de los derechos humanos doble: una violación cultural porque se niega el derecho de autodeterminación de la cocina, que es una de las expresiones de la diversidad cultural del mundo. O sea, se incita a que todos comamos comida de plástico, o basura. La boca es una de las puertas del alma y evidentemente que la cocina es un signo cultural de diversidad. Y además McDonald's comete un atentado sindical, porque prohibe que sus empleados se agremien, queriendo dar por tierra así con dos siglos de luchas obreras y conquistas. Esto en nombre de la democracia, el doble arco de McDonald's ocupa ahora el centro del altar que antes estaba reservado a la cruz .  -¿En su libro también hace hincapié en el tema de la impunidad y la describe como "hija de la mala memoria". ¿Cree que hay distintas clases de impunidad o se trata de que todos somos un poco impunes? -Creo que hay una suerte de reino de la impunidad que se alimenta de la ignorancia de la opinión pública. Nunca la opinión pública estuvo tan informada y a la vez tan manipulada. Entonces no se formulan las preguntas más obvias: ¿en las guerras quién vende las armas?. Cuando aparecen datos como esta monstruosidad que está ocurriendo en Timor Oriental, ¿quién fue el doctor Frankestein de este monstruo?. Las potencias occidentales anuncian que suspenden la venta de armamento a Indonesia y el mundo llora de la emoción. ¡Qué buenos que son, que corazón tan generoso tienen! Cuando eso equivale a una confesión: nosotros hemos alimentado este crimen, somos los que damos armas y asesoría para que aparezcan estos grupos paramilitares que arrasan países, los que elevamos al poder a la dictadura de Suharto que asesinó -según cálculos conservadores- a medio millón de personas. Por eso, la manipulación otorga impunidad a los dueños del mundo que son los que custodian la paz y al mismo tiempo hacen el negocio de la guerra. Las cinco potencias que tienen derecho de veto en las Naciones Unidas son las principales proveedoras de armas para que sigan las guerras. -Otro tema que le preocupa es la industria del miedo. ¿En nombre de la seguridad ciudadana es válido terminar viviendo en verdaderos bunkers? -Ahora vengo de Italia, donde el tema de la seguridad es el de primera página de los diarios. La histeria de la seguridad. Hay una especie de pánico colectivo por el auge del delito y el crimen, que hasta cierto punto tiene una relación con la realidad, pero no da para justificar esta suerte de desplazamiento universal del valor justicia por el valor seguridad. Para mi asombro, uno de los dirigentes políticos italianos más prominentes lo dijo con todas las letras: la seguridad es más importante que la justicia. Eso ocurre porque se ha desprestigiado la justicia en la misma medida que esta ideología neoliberal se ha impuesto como la única forma posible de sentir y de pensar. Lo que era injusticia hace 30 años, ahora no lo es. Es el justo castigo que la ineficiencia merece. El mundo no es injusto: castiga a los ineficientes. Y si hay delito, es porque hay una proporción de la población que debe ser enjaulada o exterminada. Lo que nos retrotrae a los tiempos de Cesare Lombrozzo y el derecho penal más reaccionario. Y lo peor es que esos increíbles puntos de vista los veo hoy en boca de algunos que eran antes mis amigos. Hay unas piruetas de circo tan asombrosas en el campo del pensamiento que a mí me dejan bizco y boquiabierto. -Lo paradógico es que no se relaciones el auge de la violencia con la situación que provocan los actuales planes económicos...  -Tal cual. Es evidente que hay un auge del delito, pero es más cierto que la primera causa es la de la injusticia, el reparto escandalosamente injusto de los panes y de los peces. A esto hay que sumarle los ejemplos de la sociedad de consumo que ejerce su dictadura a través de las pantallas de los televisores dando órdenes a los muchachos, diciéndoles: si no tiene un zapato de marca, o tal auto, eres una porquería que no merece existir. Esas órdenes, obviamente, son invitaciones al delito para una franja abultada de la población europea y para una inmensa proporción de la población latinoamericana. Por otra parte, también aparece la impunidad, que se ejercita constantemente desde el poder. Ahora leí el informe que elaboró el Congreso de los Estados Unidos en octubre del año pasado, sobre el lavado que el City Bank hizo de los cien millones de narcodólares de Raúl Salinas, que pasaron además por cinco países. Nada menos que el City Bank, y el informe es del Congreso norteamericano, no del partido del Trabajo de Albania. Cien millones de dólares lavados por un banco que proporcionó a su cliente cuentas e identidades falsas y empresas fantasmas. Lo asesoraron para delinquir, en un país que se confiesa impotente para condenar a los responsables de la operación. Así estamos. El primer banco del mundo queda impune, pero van presos los negros pobres que venden droga en la calle. ¿ Por qué la droga es motivo de condenación al infierno a los negros pobres, y es en cambio trampolín al cielo para los banqueros prósperos?  -Otra de sus grandes obsesiones es el tema de los automóviles. ¿Cómo es eso de que el auto maneja al conductor? -Esto corresponde a un mundo donde los fines han sido usurpados por los medios, donde somos instrumentos de nuestro sistema. Y esto vale tanto para Europa como para cualquier sitio. El automóvil te maneja, la computadora te programa, el supermercado te compra y la televisión TV. Somos instrumentos de nuestros instrumentos. Este sistema global de poder está creando unas sociedades babilónicas inmensas donde está prohibido respirar y caminar. Se ha llegado a un extremo tal de violación de los derechos humanos que eso dos derechos básicos no se pueden ejercer en las grandes ciudades. Son lugares donde practicarlos es una hazaña. Yo soy el único ser humano que atravesó Los Angeles y Ciudad de México, caminando. Modestamente creo que merecería una estatua, y en lugar de eso, mis amigos me recomendaron que vaya a un psicoanalista. -Más que nunca en los últimos años, Estados Unidos controla el mundo política, económica y militarmente. ¿Sigue creyendo que es posible mantenerse al margen de este dominio o es escéptico sobre tal posibilidad? -Creo que hay que ubicarse frente a un sistema de valores que se ha universalizado y que afortunadamente tiene respondones. Dentro de los propios Estados Unidos hay una conciencia crítica desarrolladísima que me permite saber que esta es una lucha universal contra la imposición global de los valores de la cultura de la violencia y del consumo. Cuando ocurre la guerra de Yugoslavia, esta siniestra operación en que los bombardeadores no han corrido nunca el menor riesgo, el mundo se dividió entre los que arrojan las bombas y los que las reciben, y obviamente quienes tuvieron la total impunidad fueron los primeros, en nombre de los derechos humanos y aplaudidos por buena parte del pensamiento progre del planeta. Entonces me pregunto: ¿qué derecho moral tienen los que hablan contra la limpieza étnica? ¿Alemania e Italia, contra la limpieza étnica? ¿Están escandalizados? ¿Pero no se acuerdan lo que ocurrió hace quince minutos en su historia nacional? ¿Los Estados Unidos, que hicieron la limpieza étnica de los indios y los negros, van a ser ahora los guardianes morales del planeta? Simultáneamente se produce la matanza de Colorado, ese colegio donde dos chicos enloquecidos acribillaron a balazos a doce estudiantes y un profesor. En el discurso mientras los enterraban, el vicepresidente Al Gore dice: este es el resultado de la cultura de la violencia. Es verdad, pero no anuncia que van a dejar de fabricarla. Estados Unidos produce y vende casi la mitad de los armamentos que se consumen en las guerras del mundo. Violencia es también el océano de sangre que se derrama por las pantallas, chicas y grandes, del cine, de las computadoras, del televisor. -¿Dónde está la luz al final del túnel? -Hay muchas fuentes de esperanza. Si la esperanza no tuviera agua de beber se moriría de sed. Afortunadamente hay una enorme cantidad de gente, como los zapatistas, los sin tierra brasileños, las Madres de Plaza de Mayo, y muchos otros, que se niegan a aceptar como único destino universal posible la cultura de la violencia y del consumo. Gente que está haciendo cosas por la afirmación de los derechos humanos reales, que no es sólo el derecho de comer -todavía negado a una gran franja de la población mundial-, sino también el de trabajar para vivir, en vez de estar condenados a vivir para trabajar. El derecho a tener una cultura propia, una memoria propia. El derecho de respirar y caminar. Hay una inmensa cantidad de movimientos que en todas partes luchan contra la aniquilación del planeta y el deterioro de la calidad de vida. Hace un siglo la diferencia entre los que tenían y los que necesitaban era de uno a siete, ahora es de uno a setenta. Ese mundo que es cada vez más desigual, también es más igualador. Desigual en las oportunidades que ofrece e igualador en las costumbres que impone. Un mundo que te condena a morir de hambre o aburrimiento. Nosotros no lo aceptamos como destino, no es el único mundo posible. La realidad es un desafío, nace de nuevo cada mañana. ¿Quién iba a decir el 1º de enero del 94, que iban a surgir de las entrañas de la tierra los zapatistas? No lo previó nadie, y saltó el conejo de la galera. Eso quiere decir que todavía hay vida, ganas de no someterse mansamente.

Carlos Aznárez 

 

NOTICIAS DEL FIN DEL MILENIO
Por Eduardo Galeano
* Se anuncia que pronto tendremos dedos biónicos para acariciar la luna, sin fecha todavía: y ya se sabe que dentro de quince años la cadena Hilton inaugurará su primer gran hotel sideral.* Ya resplandecen, en las naves espaciales, los avisos luminosos de Pizza Hut. Aquí, en la tierra, Picasso es el nombre del próximo modelo de automóviles Citroën. Y El grito, el cuadro de Edvard Munch, ese alarido de un artista atormentado por lo que se veía venir, ha sido reciclado por la publicidad para un relanzamiento de los automóviles Pontiac. En Berlín, acaba de cumplir su primer añito de vida un exitoso shopping center llamado Salvador Allende, de ocho mil metros cuadrados, en una calle que se llama Pablo Neruda.* Los robots no sólo desplazan a la mano de obra humana en las fábricas, sino también están dejando sin trabajo al puño de obra en los rings de boxeo. Ya se celebran combates de robots en Las Vegas, en diversas categorías que van desde los pesos livianos (11 kilos) hasta los superpesados (221 kilos). Para alegría del respetable público, los boxeadores cibernéticos se destripan a golpes, con sus brazos mecánicos armados de hachas y sierras.* Parece una parábola de toda la historia de la humanidad, pero no es más que un experimento científico reciente. Dentro de una caja, se coloca un ratón y ante el ratón se alza un muro virtual. El animalito, intimidado por esa pared que no existe, da vueltas siempre en el mismo sitio.* Los laboratorios Monsanto han logrado que los vegetales, genéticamente modificados, nos brinden comida de plástico. La empresa DuPont ensaya cultivos de poliester en sus campos de maíz.* Cincuenta mil manifestantes hacen la vida imposible a los dueños del comercio mundial, reunidos en Seattle. Allí, Bill Clinton, presidente del planeta, pronuncia un discurso: amenaza con sancionar a los países que no respeten los derechos de los trabajadores. McDonald's, el restorán preferido de Clinton, opera en todo el mundo, y en todo el mundo prohíbe que sus empleados se afilien a ningún sindicato.* Fast food: una nueva cadena japonesa de restoranes está compitiendo exitosamente con McDonald's. Los clientes no pagan por plato, sino por tiempo. Cuando más rápido comen, menos pagan. El minuto cuesta treinta centavos de dólar. Sólo en Tokio, ya funcionan ciento ochenta de estas gasolineras humanas.* Fast life: espectacular auge de ventas de la droga Ritalín, en los Estados Unidos. El Ritalín actúa sobre el cerebro de los niños muy nerviosos y consigue que se estén quietecitos ante el televisor. Otro laboratorio está ensayando el Prozac infantil, con gusto a menta.* Libertad de expresión: Disney devora a ABC, Timer Warner traga a CNN, Viacom se come a CBS con cuchillo y tenedor. Hace quince años, cincuenta empresas controlaban la comunicación en los Estados Unidos. Ahora, son ocho. Un monopolio compartido, que practica el monopolio en escala planetaria.* Tarzán, de los estudios Disney, es el mayor éxito del cine infantil al fin del milenio. La historia ocurre, como se sabe, en la selva africana. En la película no aparece ningún negro.* La primera guerra del Golfo, que dejó montañas de cadáveres en Irak, se vende en video, rubro acción, título Tormenta en el desierto, como se venden Robocop o Terminator.* Comparando los datos de diversos organismos internacionales (PNUD, Unicef, FAO, OMS, International Institute for Strategic Studies) se llega a la conclusión de que el dinero que el mundo destina a gastos militares durante once días alcanzaría para alimentar y curar a todos los niños hambrientos y enfermos del planeta, y sobrarían 354 días para el noble oficio de matar.* La organización Veterinarios sin Fronteras compara una gallina con un avión de guerra. La gallina cuesta cinco dólares y el avión siete millones: la gallina desarrolla una velocidad punta de un kilómetro por día y el avión duplica la velocidad del sonido: la gallina pone un huevo por día y el avión pone catorce bombas por viaje, que pueden matar a más de mil personas.* Según las Naciones Unidas (PNUD), las tres personas más ricas del mundo poseen un patrimonio superior a la suma de los productos de 48 países.* Al fin del milenio, la población mundial llega a los seis mil millones. La tierra produce alimentos de sobra para dar de comer a todas las bocas, pero hay mil trescientos millones de hambrientos. "Pobres habrá siempre, Jesús lo dijo", explica el teólogo argentino Carlos Menem.* Globalización. Salario de un obrero de la General Motors en los Estados Unidos: 19 dólares por hora. Salario de un obrero de la General Motors en México, al otro lado de la frontera: 1,50 por hora.* Libertad de comercio. Según la revista The Economist, el valor real de las materias primas que venden los países pobres es hoy seis veces menor que hace ochenta años. Mucho antes, había escrito Jean-Jacques Rousseau: "En las relaciones entre el fuerte y el débil, la libertad oprime".* Los países riquísimos anuncian que perdonarán las deudas incobrables de los países pobrísimos, siempre y cuando intensifiquen sus políticas de ajuste, o sea: que reduzcan todavía más los salarios, ya tan enanos que da para sentir envidia de los tiempos en que la esclavitud se llamaba esclavitud.* Los despilfarros de la sociedad de consumo, los delirios tecnológicos y las pirotecnias militares están enloqueciendo el clima del mundo. Pero se llaman catástrofes naturales las inundaciones, huracanes, nevadas, incendios y sequías que, según el Worldwatch Institute, están expulsando de sus hogares, cada año, a trescientos millones de personas.* La revista The Ecologist difunde, en noviembre de 1999, una estimación de las víctimas de los ensayos nucleares en la industria de armamentos. Según el cálculo de la especialista Rosalle Bertell, las explosiones nucleares han matado, enfermado o deformado, directa o indirectamente, nada menos que a mil doscientos millones de personas, a lo largo de medio siglo.* El Pentágono anuncia una buena noticia para la ecología. A partir del año 2003 usará balas que no contaminarán el ambiente. El plomo será reemplazado por el tungsteno.* Tres organizaciones internacionales --World Conservation Monitoring Centre, WWF International y New Economics Foundation-- afirman que el mundo ha perdido, en los últimos treinta años, casi un tercio de su riqueza natural. Es el peor exterminio de la naturaleza desde la época de los dinosaurios. Dice Woody Allen, mi ideólogo preferido: "El futuro me preocupa, porque es el lugar donde pienso pasar el resto de mi vida".

LAS ELECCIONES URUGUAYAS

TEORÍA DE LA VACA
Por Eduardo Galeano
 
  El miedo al socialismo sirve para socializar el miedo. El frente de izquierdas acaba de perder la segunda vuelta de las elecciones en el Uruguay. Fue derrotado por el miedo. A la hora de la verdad, el miedo impidió que se moviera hacia la izquierda la mano de los votantes indecisos que decidieron la elección. Pero a pesar del miedo, y contra el miedo, esta fuerza alternativa ha pasado, en cinco años, del 30 al 44 por ciento de los votos. No está nada mal, al fin y al cabo: era el Club Progreso contra los dos grandes a la vez, Nacional y Peñarol jugando juntos. Y bien se puede decir que el espectacular crecimiento de la izquierda implica un cambio radical en un país que parecía condenado a nostalgia perpetua, por siempre petrificado en la repetición y en la resignación. Una amplia base social, formada sobre todo por los jóvenes y por los muy jóvenes, está haciendo posible el entusiasmo, esa linda palabrita que significa, según su raíz griega, "tener a los dioses adentro". El panorama está dejando de ser un panorama, como quería Peloduro, el entrañable humorista uruguayo que no vivió para verlo.En alegría, el frente ganó por goleada. Hasta los perros y los caballos andaban embanderados, por las calles, el domingo de la elección. En votos, el frente perdió: la derecha embarró la cancha, jugó sucio, desató una campaña del miedo destinada a demonizar a la izquierda y a desconfiar de lo nuevo, que más vale mal conocido. La izquierda apostó por el juego defensivo: y una vez más se comprobó que en la política, como en el fútbol, como en la vida, el juego defensivo, que renuncia a la audacia en función del resultado, no resulta.La publicidad, ya se sabe, obra milagros. Tocados por su varita mágica, los venenos se convierten en alimentos, y como tales se venden. A la inversa, la publicidad también es capaz de convertir en venenos a los alimentos, para que nadie los compre. El bombardeo de la propaganda se propuso asustar, chillidos de espanto ante la brujería alborotada, y hasta cierto punto lo logró: lo logró para postergar, al menos por cinco años más, lo que ya parecía inevitable.El impuesto a la renta, pongamos por caso, que se aplica en casi todo el mundo, resultó ser una invención marxista para despojar a los trabajadores y a los jubilados de lo poco o nada que tienen. En la realidad, no más que el tres por ciento de los jubilados iba a pagar el tal impuesto: en la publicidad, lo iba a pagar la gran mayoría, dos de cada tres y en el país entero se difundió el rumor de que hordas de tupamaros y comunistas iban a recorrer casa por casa, destripando colchones en busca del dinero escondido.Y otras alarmas resonaron, cuando ya parecía que la mayoría del electorado se había hartado de desayunar promesas y almorzar mentiras. El Uruguay no iba a pagar su deuda externa, los norteamericanos se iban a enojar y nos iban a castigar con el bloqueo y el hambre, como en Cuba, y habría golpe de Estado, y volverían los tiempos de la violencia y de la dictadura militar. Y la fuga de capitales: no iba a quedar, en el país, ni un solo peso partido por la mitad. Fuga de qué capitales, nunca se aclaró. ¿Los capitales productivos? Los uruguayos tenemos menos trabajo que el barbero de Fidel, y aquí sólo prospera la industria del discurso político, la exportación de trabajadores a los países extranjeros, las lavanderías de dinero sucio y los fastuosos shopping centers, donde se entona el himno patrio las muy raras veces en que se vende algún producto nacional.Los dos grandes partidos tradicionales se unieron contra el enemigo común, el Partido Colorado y el Partido Blanco en una fuerza única que podría llamarse Partido Coloranco, y juraron que harán mañana todo lo que no hacen hoy, ni han hecho ayer, ocupados como han estado, y siguen estando, en el ordeñamiento de la vaca, desde los lejanos tiempos en que Dios creó el cielo, la tierra y el Uruguay.La vaca pública en manos privadas: por decisión de un plebiscito popular, las empresas públicas siguen perteneciendo al Estado, pero la gran pregunta es: ¿a quién pertenece el Estado? El monopolio político de la vaca, que ha reducido los derechos ciudadanos a favores del poder, acaba de sufrir, en estas elecciones, la más grave amenaza de toda su historia. Entonces se puso en evidencia un fenómeno muy interesante para los hombres de ciencia: el síndrome de la pérdida de la vaca, que no había sido estudiado por don Segismundo Freud ni por sus numerosos seguidores. Así se denomina el conjunto de síntomas que revela el trauma sufrido por los dueños de la vaca, que la siguen ordeñando hasta la última gota de su leche, ante el inminente peligro de liberación de este mamífero rumiante.El síndrome de la pérdida de la vaca se manifiesta a través de una crisis de pánico. El pánico empieza atacando a los dueños del cuadrúpedo, pero rápidamente se proyecta sobre la colectividad. Los expertos publicitarios actúan como agentes de contagio de esta peste del miedo, que se propaga, la prueba está, con la rapidez necesaria para decidir una elección. La historia universal enseña que los dueños de la vaca tienen la habilidad y la costumbre de trasladar a los demás todo, menos la vaca: sobre la sociedad entera descargan sus deudas, sus bancarrotas, sus crisis, y también sus pánicos.El Partido Coloranco, que llama Acuerdo Programático a su derecho de seguir ordeñando a cuatro manos al extenuado animal, puso el grito en el cielo: si la izquierda ganaba, el Uruguay iba a quedar en manos de unos forajidos que roban a los pobres, violan a las ancianas huérfanas y revuelven el brasero con el piecito del bebé. Hubo gente que lo oyó, lo creyó y decidió.La vaca tendrá que pasarse, todavía, otros cinco años atada.


EL POETA QUE BUSCA Y ESPERA

Por Eduardo Galeano

  En mayo de 1999, un poeta derribó a un general. Desde hace algunos miles de años, como se sabe, son los generales quienes normalmente derriban a los poetas. Esta inversión de la regla, que se ha dado pocas veces o nunca, ocurrió en la Argentina, cuando el poeta Juan Gelman logró que el general Eduardo Cabanillas fuera destituido de la alta jefatura que ocupaba en el Ejército. El poeta demostró que el general mentía: Cabanillas lo negaba, pero había sido uno de los jefes de un campo de concentración, en Buenos Aires, en los años de la dictadura militar.

En ese centro de tortura y exterminio, que funcionaba en un taller de automotores llamado Orletti, habían estado presos el hijo y la nuera del poeta. El cadáver del hijo, Marcelo, apareció años después, metido en un tonel con cemento. De la nuera, que estaba embarazada, nunca más se supo. En Orletti, trabajaban juntos oficiales argentinos, uruguayos y chilenos. Eran los tiempos del mercado común del horror: no había fronteras para el ejercicio de la tortura, el asesinato, la desaparición de las víctimas, la violación de mujeres y el robo de bebés. Mientras el general Cabanillas caía en Buenos Aires, Juan Gelman dejaba, en Montevideo, una carta dirigida al presidente uruguayo Julio María Sanguinetti: le pedía ayuda para encontrar a su nieto, o nieta, nacido o nacida en el Hospital Militar del Uruguay. Acompañados por algunos militantes de los derechos humanos, Juan y su mujer, Mara La Madrid, habían llevado adelante una investigación digna de las mejores novelas policiales inglesas. Había pruebas de que la nuera y su hijo o hija recién nacido habían desaparecido en la margen uruguaya del río de la Plata. Según las costumbres de esos años, era muy probable que la nuera, María Claudia García Irureta Goyena, hubiera sido asesinada después de parir, pero era también muy probable que su bebé hubiera sido entregado, quién sabe a quién, como botín de guerra. A principios de junio de 1999, el presidente prometió ocuparse personalmente del caso. Pasaron los meses, y nada. Cuando el poeta pidió, públicamente, una contestación, se desató una tormenta universal de solidaridad. Llovieron sobre Montevideo dos mil pedidos de respuesta, individuales o colectivos, firmados por escritores, artistas y científicos de veinte países. El presidente uruguayo ya no podía seguir callado. Su respuesta puede resumirse en la palabra Archívese. El presidente dijo que la averiguación solicitada requería "un milagro", como si Juan Gelman hubiera acudido a la Virgen de Lourdes en vez de acudir, como acudió, al presidente de una república democrática, donde los militares deben obediencia al poder civil. La verdad y la justicia ¿son un milagro en la democracia? ¿No tendrían que ser, más bien, una costumbre? Ya el año anterior, el ministro de Cultura, sí, de Cultura, había regresado muy contento desde París, según declaró a la prensa, porque había logrado que la expresión verdad y justicia fuera suprimida de una resolución oficial de la Unesco. En el Uruguay rige una ley, confirmada por plebiscito, que impide castigar los crímenes de la dictadura (que el presidente, en su respuesta a Gelman, insiste en llamar "régimen de facto"), pero esa misma ley mandaba investigar tales crímenes, cosa que jamás se hizo. En lugar de exigirles que digan lo que saben, como sería su obligación legal, la autoridad rinde homenaje a los autores de esas hazañas contra la condición humana. Pocos días antes de que el presidente enviara, por fin, una respuesta que nada responde, el comandante en jefe del Ejército uruguayo ofreció un almuerzo de desagravio a los militares violadores de todos los derechos. Allí estaban los matarifes uruguayos de Orletti: el coronel Jorge Silveira, actual brazo derecho del comandante en jefe, los coroneles José Nino Gavazzo y Manuel Cordero y otros oficiales, jubilados o en actividad, que ya llevan veinte años creyendo que hay tintorerías capaces de limpiarles el uniforme para siempre manchado. Por fatalidad profesional, los poetas crean símbolos y generan metáforas, aunque no lo quieran ni lo sepan. La búsqueda de Juan Gelman, que persigue el rastro de su nieto, o nieta, perdido o perdida en la niebla del terror militar y de la amnesia civil, simboliza muchas preguntas de mucha gente malherida por las dictaduras, y por la bochornosa herencia de las dictaduras, en los países latinoamericanos. Y el silencio del presidente uruguayo, que calla cuando calla y cuando habla también, es la metáfora que mejor define la impotencia de un sistema político que ya no tiene nada que decir y que no tiene para ofrecer nada más que la mentira y el miedo. En los años de las dictaduras militares que asolaron el sur, Juan Gelman publicó un poema sobre Fernando Pessoa. El imaginaba que el gran poeta portugués escribía cartas al Uruguay, desde Lisboa: qué están haciendo del sur/ decía/ de mi Uruguay/ decía. Y Juan también imaginaba que mañana van a llegar las cartas del portugués y barrerán la tristeza/ mañana va a llegar el barco del portugués al puerto de Montevideo/ siempre supo que entraba a ese puerto y se volvía más hermoso. Ahora es Juan, el gran poeta argentino, quien escribe cartas al Uruguay. Pero éstas no son cartas imaginarias. Como todos los que buscan a sus perdidos, él sigue esperando respuesta.
Una contradicción llamada Uruguay
Por Eduardo Galeano
 
Los uruguayos tenemos cierta tendencia a creer que nuestro país existe, pero el mundo no se entera. Los grandes medios de comunicación, los que tienen influencia universal, jamás mencionan a esta nación chiquita y perdida al sur del mapa.Por excepción, hace unos meses, la prensa británica se ocupó de nosotros, en vísperas de la visita del príncipe Carlos. Entonces, el prestigioso diario The Times informó a sus lectores que la ley uruguaya autoriza al marido traicionado a cortar la nariz de la esposa infiel y a castrar al amante. The Times atribuyó a nuestra vida conyugal esas malas costumbres de las tropas coloniales británicas: se agradece la gentileza, pero la verdad es que tan bajo no hemos caído. Este país bárbaro, que abolió los castigos corporales en las escuelas ciento veinte años antes que Gran Bretaña, no es lo que parece ser cuando se lo mira desde arriba y desde lejos. Si los periodistas se bajaran del avión, podrían llevarse algunas sorpresas.Los uruguayos somos poquitos, nada más que tres millones. Cabemos, todos, en un solo barrio de cualquiera de las grandes ciudades del mundo. Tres millones de anarquistas conservadores: no nos gusta que nadie nos mande, y nos cuesta cambiar. Cuando nos decidimos a cambiar, la cosa va en serio. Ahora soplan, en el país, buenos vientos de cambio. Ya va siendo hora de que nos dejemos de ser testigos de nuestras desgracias. El Uruguay lleva mucho tiempo estacionado en su propia decadencia, desde las épocas en que supimos estar a la vanguardia de todo. Los protagonistas se habían vuelto espectadores. Tres millones de ideólogos políticos, y la política práctica en manos de los politiqueros que han convertido los derechos ciudadanos en favores del poder: tres millones de directores técnicos de fútbol y el fútbol uruguayo viviendo de la nostalgia; tres millones de críticos de cine, y el cine nacional no ha pasado de ser una esperanza. El país que es vive en perpetua contradicción con el país que fue. La jornada de trabajo de ocho horas se impuso por ley, en el Uruguay, un año antes que en Estados Unidos y cuatro años antes que en Francia; pero hoy día encontrar trabajo es un milagro, y más milagro es llenar la olla trabajando nada más que ocho horas: sólo Jesús podría, si fuera uruguayo y si fuera todavía capaz de multiplicar los panes y los peces.El Uruguay tuvo ley de divorcio setenta años antes que España, y voto femenino catorce años antes que Francia; pero la realidad sigue tratando a las mujeres peor que los tangos, lo que ya es decir, y las mujeres brillan por su ausencia en el poder político, escasas islas femeninas en un mar de machos.Este sistema, cansado y estéril, no sólo traiciona su propia memoria: además, sobrevive en contradicción perpetua con la realidad. El país depende de las ventas al exterior de carnes, cueros, lanas y arroz, pero el campo está en manos de pocos. Esos pocos, que predican las virtudes de la familia cristiana pero echan a los peones que se casan, acaparan todo. Mientras tanto, quien quiere tierra para trabajar recibe un portazo en las narices; y quien alguna tierrita consigue, depende de créditos que los bancos otorgan siempre al que tiene y jamás al que necesita. Hartos de recibir un peso por cada producto que vale diez, los pequeños productores rurales terminan buscando mejor suerte en Montevideo. A la capital del país, centro del poder burocrático y de todos los poderes, acuden los desesperados, esperando el trabajo que niegan las fábricas cubiertas de telarañas. Muchos terminan recogiendo basura y muchos siguen viaje desde el puerto o el aeropuerto.En materia de contradicciones entre el poder y la realidad, ganamos los campeonatos mundiales que el fútbol nos niega. En el mapa, rodeado por sus grandes vecinos, el Uruguay parece enano. No tanto. Tenemos cinco veces más tierra que Holanda y cinco veces menos habitantes. Tenemos más tierra cultivable que el Japón, y una población cuarenta veces menor. Sin embargo, son muchos los uruguayos que emigran, porque aquí no encuentran su lugar bajo el sol. Una población escasa y envejecida: pocos niños nacen, en las calles se ven más sillas de ruedas que cochecitos de bebés. Cuando esos pocos niños crecen, el país los expulsa. Exportamos jóvenes. Hay uruguayos hasta en Alaska y Hawaii. Hace veintitantos años, la dictadura militar arrojó a mucha gente al exilio. En plena democracia, la economía condena al destierro a mucha gente más. La economía está manejada por los banqueros, que practican el socialismo socializando sus fraudulentas bancarrotas y practican el capitalismo ofreciendo un país de servicios. Para entrar por la puerta de servicio al mercado mundial, nos reducen a un santuario financiero con secreto bancario, cuatro vacas atrás y vista al mar. En esa economía, la gente sobra, por poca que sea.Modestia aparte, todo hay que decirlo, también por buenos motivos mereceríamos figurar en la guía Guinness. Durante la dictadura militar, no hubo en el Uruguay ni un solo intelectual importante ni científico relevante ni artista representativo, ni uno solo, dispuesto a aplaudir a los mandones. Y en los tiempos que corren, ya en democracia, el Uruguay fue el único país en el mundo que derrotó las privatizaciones en consulta popular: en el plebiscito de fines del '92, el 72 por ciento de los uruguayos decidió que los servicios públicos esenciales seguirán siendo públicos. La noticia no mereció ni una línea en la prensa mundial, aunque era una insólita prueba de sentido común. La experiencia de otros países latinoamericanos nos enseña que las privatizaciones pueden engordar las cuentas privadas de algunos políticos, pero duplican la deuda externa, como ocurrió en la Argentina, Brasil, Chile y México en los últimos diez años; y las privatizaciones humillan, a precio de banana, la soberanía.El habitual silencio de los grandes medios de comunicación evitó cualquier mínima posibilidad de que el plebiscito contagiara su ejemplo fuera de fronteras. Pero, fronteras adentro, aquel acto colectivo de afirmación nacional a contraviento, aquel sacrilegio contra la dictadura universal del dinero, anunció que estaba viva la energía de dignidad, que el terror militar había querido aniquilar.Valgan estas líneas, si de algo valen, como un fundamento de voto por el Encuentro Progresista. Ojalá las urnas confirmen, en estas elecciones, la vocación respondona del paradójico país donde yo nací y volvería a nacer.

Espejos blancos 

para caras negras

Por Eduardo Galeano

 

1. La heroica virtud
Al vertiginoso ritmo de la industria del fin de siglo, el Vaticano está produciendo santos. En los últimos veinte años, el papa Juan Pablo II beatificó a más de novecientos virtuosos y canonizó a casi trescientos.
A la cabeza de la lista de espera, favorito entre los candidatos a la santidad, figura el esclavo negro Pierre Toussaint. Se asegura que el Papa no demorará en colocarle la aureola, “por mérito de su heroica virtud”.
Pierre Toussaint se llamaba igual que Toussaint Louverture, su contemporáneo, que también fue negro, esclavo y haitiano. Pero ésta es una imagen invertida en el espejo: mientras Toussaint Louverture encabezaba la guerra por la libertad de los esclavos de Haití, contra el ejército de Napoleón Bonaparte, el bueno de Pierre Toussaint practicaba la abnegación de la servidumbre. Lamiendo hasta el fin de sus días los pies de su propietaria blanca, él ejerció “la heroica virtud” de la sumisión: para ejemplo de todos los negros del mundo, nació esclavo y esclavo murió, en olor de santidad, feliz de haber hecho el bien sin mirar a quién. Además de la obediencia perpetua y de los numerosos sacrificios que hizo por el bienestar de su ama, se le atribuyen otros milagros.
2. El santo de la escoba
San Martín de Porres fue el primer cristiano de piel oscura admitido en el blanquísimo santoral de la Iglesia Católica. Murió en la ciudad de Lima, hace tres siglos y medio, con una piedra por almohada y una calavera al lado. Había sido donado al convento de los frailes dominicos. Por ser hijo de negra esclava, nunca llegó a sacerdote, pero se destacó en las tareas de limpieza. Abrazando con amor la escoba, barría todo; después, afeitaba a los curas y atendía a los enfermos; y pasaba las noches arrodillado en oración.
Aunque estaba especializado en el sector servicios, San Martín de Porres también sabía hacer milagros, y tantos hacía que el obispo tuvo que prohibírselos. En sus raros momentos libres, aprovechaba para azotarse la espalda, y mientras se arrancaba sangre se gritaba a sí mismo: “¡Perro vil!”. Pasó toda la vida pidiendo perdón por su sangre impura. La santidad lo recompensó en la muerte.
3. La piel mala
A principios del siglo dieciséis, en los primeros años de la conquista europea, el racismo se impuso en las islas del mar Caribe. Coartada y salvoconducto de la aventura colonial, el desprecio racista se realizaba plenamente cuando se convertía en el autodesprecio de los despreciados. Muchos indígenas se revelaron y muchos se suicidaron, por negarse al trabajo esclavo, ahorcándose o bebiendo veneno; pero otros se resignaron a otra forma de suicidio, el suicidio del alma, y aceptaron en mirarse a sí mismos con los ojos del amo. Para convertirse en blancas damas de Castilla, algunas mujeres indias y negras se untaban el cuerpo entero con un ungüento hecho de raíces de un arbusto llamado guao. La pasta de guao quemaba la piel y la limpiaba, según se decía, del color malo. Un sacrificio en vano: al cabo de los alaridos de dolor y de las llagas y las ampollas, las indias y las negras seguían siendo indias y negras.
Siglos después, en nuestros días, la industria de los cosméticos ofrece mejores productos. En la ciudad de Freetown, en la costa occidental del Africa, un periodista explica: “Aclarándose la piel, las mujeres tienen mejores posibilidades de pescar un marido rico”. Freetown es la capital de Sierra Leona; según los datos oficiales, del Sierra Leone Pharmaceutical Board, el país importa legalmente veintiséis variedades de cremas blanqueadoras. Otras ciento cincuenta entran de contrabando.
4. El pelo malo
La revista norteamericana Ebony, de lujosa impresión y amplia circulación, se propone celebrar los triunfos de la raza negra en los negocios, la política, la carrera militar, los espectáculos, la moda y los deportes. Según palabras de su fundador, Ebony “quiere promover los símbolos del éxito en la comunidad negra de los Estados Unidos, con el lema: Yo también puedo triunfar”.
La revista publica pocas fotos de hombres. En cambio, hay numerosas fotografías de mujeres: leyendo la edición de abril de este año, conté 182. De esas 182 mujeres negras, sólo doce tenían rizos africanos y 170 lucían pelo lacio. La derrota del pelo crespo –”el pelo malo”, como tantas veces he escuchado decir– era obra de la peluquería o milagro de las pócimas. Los productos alisadores del pelo ocupaban la mayor parte del espacio de publicidad en esa edición.
Había avisos a toda página de cremas o líquidos ofrecidos por Optimum Care, Soft and Beautiful, Dark and Lovely, Alternatives, Frizz Free, TCB Health-Sense, New Age Beauty, Isoplus, CPR Motions y Raveen.
Me impresionó advertir que uno de los remedios contra el cabello africano se llama, precisamente, African Pride (Orgullo Africano) y, según promete, “plancha y suaviza como ninguno”.
5. Una herencia pesada
“Parece negro” o “parece indio, son insultos frecuentes en América latina; y “parece blanco” es un frecuente homenaje. La mezcla con sangre negra o india “atrasa la raza”; la mezcla con sangre blanca “mejora la especie”. La llamada democracia racial se reduce, en los hechos, a una pirámide social: la cúspide es blanca, o se cree blanca; y la base tiene color oscuro.
Desde la revolución en adelante, Cuba es el país latinoamericano que más ha hecho contra el racismo. Hasta sus enemigos lo reconocen; y a veces lo reconocen lamentándolo. Han quedado definitivamente atrás los tiempos en que los negros no podían bañarse en las playas privadas (“porque tiñen el agua”).
Pero todavía los negros cubanos abundan en las cárceles y brillan por su ausencia en las telenovelas, como no sea para representar papeles de esclavos o criados. Una encuesta, publicada en diciembre del ‘98 por la revista colombiana América negra, revela que los prejuicios racistas sobreviven en la sociedad cubana, a pesar de estos cuarenta años de cambio y progreso, y los prejuicios sobreviven sobre todo entre sus propias víctimas: en Santa Clara, tres de cada diez negros jóvenes consideran que los negros son menos inteligentes que los blancos; y en La Habana, cuatro de cada diez negros de todas las edades creen que ellos son intelectualmente inferiores. “Los negros han sido siempre poco dados al estudio”, dice un negro.
Tres siglos y medio de esclavitud son una herencia pesada y porfiada. 
 

CELEBRACIONES

Por Eduardo Galeano

 

Feliz cumpleaños/1 

En 1989, París festejó, con una gran exposición internacional, el primer siglo de la Revolución Francesa. 
Argentina envió una variada muestra de productos del país. Entre otras cosas, mandó una familia de indios de la Tierra del Fuego. Eran once indios onas, ejemplares raros, una especie en extinción: los últimos onas estaban siendo aniquilados, en esos años, a tiros de Winchester. 
De los once onas enviados, dos murieron en el viaje. Los sobrevivientes fueron exhibidos en una jaula de hierro. Antropófagos sudamericanos, advertía un cartel. Durante una semana, no les dieron nada de comer. Entonces, cuando ya los indios estaban aullando de hambre, les arrojaron algunos pedazos de carne cruda. El público, que había pagado entrada, se agolpaba en torno de la jaula. Nadie quería perderse aquel espectáculo impresionante. 
Así fueron celebrados los primeros cien años de la Declaración de los Derechos del Hombre. 
Feliz cumpleaños/2  Portugal celebró, con bombos y platillos, los quinientos años del desembarco de Bartolomé Días en las costas del sur de Africa. Fue una fiesta de la nostalgia imperial: el osado navegante había llegado al Cabo de Buena Esperanza en 1487, en una época de alta gloria, cuando Dios había regalado a Portugal la mitad del mundo. 
Una copia exacta del antiguo navío se hizo a la mar, poblada de actores vestidos al modo de los tiempos, sedas y terciopelos, finas espadas, sombreros de mucho plumaje, y puso proa al Africa. En la playa sudafricana, estaba previsto, habría una multitud de negros, saltando de alegría y de gratitud ante el navío que había venido, cinco siglos antes, para hacerles el favor de descubrirlos. 
Pero esa playa era, en 1987, exclusiva para blancos. Los negros tenían prohibida la entrada, por esas cosas del apartheid. 
Una multitud de blancos, pintados de negro, recibió a los portugueses con una cerrada ovación. 
El progreso  De la noche a la mañana, ocurrió: unos palos con tres ojos brotaron en las esquinas de la calle principal. Nunca se había visto nada semejante en el pueblo de Quaraí, ni en toda esa región de la frontera. 
De a caballo, venidos de lejos, acudían los curiosos. Ataban los caballos en las afueras, por no molestar el tránsito, y se sentaban a contemplar la novedad. Mate en mano, el termo bajo el brazo, esperaban la noche, porque en la noche las luces eran más luces, y daba gusto quedarse y mirar, como quien mira las estrellas naciendo en el cielo. Las luces se encendían y se apagaban, luz roja, amarilla, verde, siempre al mismo ritmo; pero aquellos hombres de campo, indiferentes al paso de los automóviles y de la gente, no se aburrían del espectáculo. 
–El de aquella esquina es más lindo –aconsejaba uno. 
–Este de aquí demora más –opinaba otro. 
Que se sepa, ninguno preguntó para qué servían esos ojos mágicos, que parpadeaban sin cansarse nunca. 
Los orígenes  Dios y el Diablo nos están convidando: 
–Vengan a ver cómo hicimos el mundo. 
Está cayendo la tarde, desde las cumbres de nieve que se alzan por encima de las nubes, y todas las edades de la Creación están a la vista. 
Cordillera arriba, las montañas lloran hilos de humedad que se deslizan sobre la piedra negra; y la piedra, mojada, se ilumina y revela sus colores escondidos. La memoria de la piedra ofrece los colores del paso de los tiempos, pintados por Dios con helada maestría. 
Cordillera abajo, humean las ciénagas. La humareda viene de los abismos donde el Diablo fuma. En esas profundidades de la selva, el mundo muere en un parpadeo y en un parpadeo se pudre y renace. 
El eclipse  Cuando la luna se come al sol, los indios kayapó disparan flechas de fuego hacia el cielo, para devolverle al sol la luz perdida. Los barí suenan tambores, para que el sol regrese. Los aymarás lloran, y a gritos suplican al sol que no los abandone. 
A fines del ‘94, hubo pánico en Potosí. Cayó la noche en plena mañana y quedó el cielo súbitamente negro y con estrellas. En aquel mundo helado de muerte, mundo del fin del tiempo, lloraron los indios, aullaron los perros, se escondieron los pájaros y se marchitaron las flores. 
Helena estaba allí. Cuando el eclipse acabó y todos celebraron el fin del mundo, ella sintió que algo le faltaba en la oreja. Un arete, un solcito de plata, se le había caído. Ella buscó al pequeño sol por los suelos, durante largo rato, aunque sabía que no iba a encontrarlo jamás. 
Los escultores  El cerro Piltriquitrón tiene la cabeza en las nubes. Hasta hace poco, la cabeza era bosque quemado; ahora, es bosque tallado. 
Unos cuantos artistas escultores, venidos de aquí y de allá, subieron hasta esa cumbre, donde yacían las lencas, altos árboles arrasados por el incendio feroz, y se pusieron a trabajar los troncos que el fuego había volteado o mutilado. Los árboles, ¿estaban muertos, o se hacían los muertos? Durante una semana, día tras día, los escultores hicieron su tarea; y por gracia y magia de sus manos, los cadáveres se han echado a andar. 
La función comienza cuando usted llega. El cementerio se ha convertido en teatro. Un tronco gigantesco es ahora un arlequín, despatarrado, con un solo sombrero y dos cabezas: el arlequín da la bienvenida al respetable público, que entra y pasea, de árbol en árbol, a lo largo de los cuerpos de madera que brotan de las ruinas y bailando vuelan. 
La voz  No son más de mil los indios ishir que sobreviven en el Chaco. 
Wylky, legalmente llamado Gregorio Arce, habla por todos en las ceremonias sagradas. Hace años, una peste mató a su gente más querida. Entonces, él se hundió en el bosque, y allí cantó y cantó, y siguió cantando cuando la sangre le brotó de la boca. Con la garganta rota, mucho después, emergió de la fronda. 
Es casi nada la voz que le queda, un susurro quebrado, pero Wylky es un señor de la palabra. Está hecho de silencio, y de pocas palabras secretas y luminosas, el sendero que conduce a la casa de los dioses. 
 
PALABRAS EN EL INFIERNO
Por Eduardo Galeano
 
 
1/ La palabra y el crimen
En 1955, la American Psychiatric Association publicó un informe sobre la patología criminal. ¿Cuál es, según los expertos, el rasgo más típico de los delincuentes habituales? La inclinación a la mentira. Así, queriendo retratar al hampón característico, los psiquiatras norteamericanos dibujaron el perfecto identikit de los hombres más poderosos del mundo.
En otro informe, publicado medio siglo antes, la misma asociación de psiquiatras había diagnosticado que los delincuentes habituales mostraban “una crónica incapacidad para aprender de la experiencia”. Ahora, a la vista está: los ladrones de gallinas y los navajeros de suburbios aprenden de la exitosa experiencia de los reyes del dinero, de la política y de la guerra. Allá arriba, en las cumbres, “la inclinación a la mentira” es tradición milenaria y costumbre cotidiana. Y desde la cúspide social se irradia esta lección universal: Quien no miente, está frito.

2/ La palabra y la guerra
Por paradoja del progreso tecnológico, cada día estamos más informados y más manipulados. Después de las dos guerras contra Irak, que continúa sufriendo bombazos, fue el turno de Yugoslavia: otro manijazo a la máquina que vende armas y miente pretextos. Para descargar su diluvio de misiles sobre Yugoslavia, el despotismo militar inventó una “misión humanitaria”. El sensible corazón de las potencias occidentales no podía soportar “la limpieza étnica” de Milosevic contra los albaneses de Kosovo. Entre otros instrumentos, la misión humanitaria utilizó helicópteros llamados Apaches y misiles llamados Tomahawk. Apaches, Tomahawk: dos palabras que algo tienen que ver con otra limpieza étnica, ocurrida precisamente en el país que arrasó a sus indígenas antes de ocuparse de redimir al mundo.
Ante la indiferencia o el aplauso de casi toda la opinión pública internacional, Estados Unidos y sus aliados acaban de celebrar, en los Balcanes, un auto de fe que arrojó a las llamas la Carta de las Naciones Unidas, la Carta de Fundación de la OTAN, la Convención de Viena y los Acuerdos de Helsinki. Las grandes potencias de Occidente habían mentido firmando con la mano, lo que después han borrado con el codo.
El escritor norteamericano John Reed escribió, en 1917: “Las guerras crucifican la verdad”.

3/ La palabra y los banqueros
Aquel John Reed, el escritor, había sido amigo de Pancho Villa. Ochenta años después, otro John Reed es director ejecutivo del Citibank, y el Citibank es amigo de Raúl Salinas, el voraz hermano de quien fuera, hasta hace un rato, presidente de México.
–Tenemos una misión de Gargantúa –dice John Reed, el de ahora–. Aspiramos a tener mil millones de clientes. Mil millones de amigos.
Por esas cosas de la amistad, el Citibank evaporó cien millones de dólares de Raúl Salinas, que provenían del tráfico de drogas. En nuestros días, la desaparición de personas es una especialidad militar, y los banqueros se ocupan de la desaparición del dinero. En su edición del 14 de diciembre del ‘98, la revista Time publicó las conclusiones del Congreso de Estados Unidos, que investigó este asunto: el Citibank organizó el viaje de los cien millones de narcodólares a través de cinco países, y ayudó a don Raúl a inventar empresas fantasmas y nombres de fantasía, hasta que se borró la pista.
Según la revista Time, resulta improbable que los directivos del Citibank puedan ser procesados, porque el banco alega que “ignoraba que su cliente pudiera estar envuelto en actividades criminales”. El Citibank también afirma que “este error no autoriza a desconocer nuestros esfuerzos en la lucha contra el lavado del dinero de origen ilícito”. Este apóstol de la honestidad ocupa el tercer lugar entre los bancos privados más poderosos del mundo. O sea: el Citibank es uno de los selectos miembros del gobierno planetario, que decide todo, hasta la frecuencia de las lluvias, en los países deudores.

4/ La palabra y la publicidad
Hoy por hoy, la publicidad tiene a su cargo el diccionario del lenguaje universal. Si ella, la publicidad, fuera Pinocho, su nariz daría varias vueltas al mundo.
“Busque la verdad”: la verdad está en la cerveza Heineken. “Usted debe apreciar la autenticidad en todas sus formas”: la autenticidad humea en los cigarrillos Winston. Los zapatos deportivos Converse son “solidarios” y la nueva cámara de Canon se llama “Rebelde”: “Para que usted muestre de qué es capaz”. En el nuevo universo de la computación, la empresa Oracle proclama la revolución: “La revolución está en nuestro destino”. Microsoft invita al heroísmo: “Podemos ser héroes”. Apple propone la libertad: “Piense diferente”. Comiendo hamburguesas Burger King, usted puede manifestar su inconformismo: “A veces hay que romper las reglas”. Contra la inhibición, Kodak, que “fotografía sin límites”. La respuesta está en las tarjetas de crédito Diner’s: “La respuesta correcta en cualquier idioma”. Las tarjetas Visa afirman la personalidad: “Yo puedo”. Los automóviles Rover permiten que “usted exprese su potencia” y la empresa Ford quisiera que “la vida estuviera tan bien hecha” como su último modelo. No hay mejor amiga de la naturaleza que la empresa petrolera Shell: “Nuestra prioridad es la protección del medio ambiente”. Los perfumes Givenchy brindan “eternidad”; los perfumes Dior, “evasión”; los pañuelos Hermès, “sueños y leyendas”. ¿Quién no sabe que “la chispa de la vida” enciende a quien bebe Coca-Cola? Si quiere usted saber, fotocopias Xerox, “para compartir el conocimiento”. Contra la duda, los antisudorales Gillette: “Para estar seguro de ti mismo”.

5/ La palabra y la historia
En 1532, el conquistador Pizarro metió preso al Inca Atahualpa, en Cajamarca. Pizarro le prometió la libertad, si el Inca llenaba de oro una gran habitación. El oro llegó, desde los cuatro caminos del imperio, y cubrió la habitación hasta el techo. Pizarro mandó matar al prisionero.
Desde antes, desde que las primeras carabelas aparecieron en el horizonte, hasta nuestros días, la historia de las Américas es una historia de la traición a la palabra: promesas rotas, pactos negados, documentos firmados y olvidados, engaños, emboscadas. “Te doy mi palabra”, se sigue diciendo, pero pocos son los que dan, con la palabra, algo más que nada.
¿No habrá que aprender, como en tantas otras cosas, de los perdedores? Los primeros habitantes de las Américas, derrotados por la pólvora, por los virus y las bacterias y también por la mentira, compartían la certeza de que la palabra es sagrada, y muchos de los sobrevivientes lo creen todavía:
Dicen que nosotros no tenemos grandes monumentos –dice un indígena mapuche, al sur de Chile–. Para nosotros, la palabra sigue siendo el gran monumento. En lengua guaraní, ñe’e significa “alma”, y también significa “palabra”:
–La palabra vale –dice un indígena avá-guaraní, en el Paraguay– porque es nuestra alma. No necesitamos ponerla en un papel, para que nos crean.
Las culturas americanas más americanas de todas fueron descalificadas, desde el pique, como ignorancias. En su mayoría, no tenían escritura. La Ilíada y La Odisea, las obras fundadoras de eso que llaman cultura occidental, también habían sido creadas por una sociedad sin escritura, y sus palabras vuelan cada día mejor. Oral o escrita, la palabra puede ser instrumento del poder o puente de encuentro. La descalificación tenía, y sigue teniendo, otro motivo mucho más realista: estamos entrenados para escuchar y para repetir las voces del éxito.
Por hablar de las voces del éxito, vale la pena mencionar la importancia que la palabra, una sola palabra, ha tenido durante el reciente proceso contra los militares que ejecutaron la matanza contra la comunidad indígena de Xamán, en Guatemala. La carnicería ocurrió en 1995, ya en el período que llaman democrático, y había una montaña de pruebas que condenaban a los asesinos; pero el asunto quedó en agua de borrajas. La secretaria que transcribió el auto de procesamiento había cometido un error de ortografía en la calificación penal: “Ejecusión extrajudicial”, escribió. Los abogados del ejército sostuvieron que ese delito, escrito así, ejecusión, no existe. El fiscal protestó: fue amenazado de muerte y marchó al exilio.

PREGUNTAS
Por Eduardo Galeano

 

 

La invasión
José Miguel Corchado tiene el cuerpo lleno de preguntas. Hace años que ha perdido la cuenta de la cantidad de preguntas que tiene, alfileres que lo lastiman y no le dan tregua, pero recuerda la tarde en que la primera pregunta ocurrió.
Fue en la ciudad de Sevilla, quizá con sol y con aroma de azahares: una tarde como cualquier otra, al cabo de una jornada de trabajo como cualquier otra. El iba caminando hacia su casa, a través del gentío, solo de una soledad como cualquier otra, cuando la primera pregunta apareció. Quiso espantarla, pero se le metió adentro. Y no lo dejó dormir en toda la noche.
Al día siguiente, José Miguel se sentó en una silla y anunció:
–Yo de aquí no me levanto, hasta que no me entere de quién soy.
Llevaba tres meses buscando, allí sentado, cuando lo llevaron al manicomio.

Los colores

En algún lugar del tiempo, más allá del tiempo, el mundo era gris. Gracias a los indios ishir, que robaron los colores a los dioses, ahora el mundo resplandece; y los colores del mundo arden en los ojos que los miran.
Ticio Escobar acompañó a un equipo de la televisión española, que vino al Chaco para filmar escenas de la vida cotidiana de los ishir. Una niña indígena perseguía al director del equipo, silenciosa sombra pegada a su cuerpo, y lo miraba fijo a la cara, de muy cerca, como queriendo meterse en sus raros ojos azules.
El director recurrió a los buenos oficios de Ticio, que conocía a la niña, y la muy curiosa le contestó:
–Yo quiero saber de qué color mira usted las cosas.
–Del mismo que tú –sonrió el director.
–¿Y cómo sabe usted de qué color veo yo las cosas?

La ciudad
Nunca habían visto una ciudad. Viajaron a Madrid desde su aldea remota. Dalía y Felipe, indios tojolabales, se dejaron llevar, sin preguntar nada, siempre acompañados por madrileños cordiales que con ellos comían y paseaban.
Al cabo de algunos días, ya estaban bizcos por el vértigo de los automóviles y la marea humana, tanto autío y gentío, y se les había torcido el pescuezo de tanto mirar los altos edificios.
Entonces a la hora del regreso, Dalía y Felipe quisieron saber:
–¿Y cómo hacen ustedes para vivir unos encima de otros? ¿Y dónde siembran el maíz y los frijoles?

Para las cátedras de Medicina
Cuando Osvaldo Soriano vivía en la Boca, conoció al médico más prestigioso del barrio. El doctor no tenía secretaria, y creo que ni teléfono tenía. El consultorio, sin música funcional ni reproducciones de Gauguin en las paredes, consistía de una mesa, dos sillas y un camastro destartalado. Allí él recibía, vestido de entrecasa, a sus pacientes, y los dejaba hablar. A los pacientes que no conocía, empezaba por preguntarles:
–Y usted, ¿qué enfermedad quiere tener?

La nieve
Aquella noche, toda la nieve de todos los inviernos del mundo cayó sobre el barrio. Liliana Villagra llevaba un buen rato queriendo dormir: queriendo y no pudiendo, por culpa de esas moscas que a veces zumban en el alma, y no hay manera de espantarlas.
Dándose vueltas en la cama, peleando con la almohada, Liliana escuchó las tres campanadas del reloj. Entonces, decidió que necesitaba aire. Abrió la ventana, de par en par, y llenó sus pulmones de buen frío.
El barrio de Pigalle era siempre bullanguero, resonante de juergas y de peleas, alborotado por el ir y venir de las putas y de los travestis, pero aquella noche se había convertido en un desierto, blanco y mudo.
Y una canción subió, desde la nieve. Una voz de pajarito estaba entonando, allá abajo, alguna antigua melodía.
Empinada en la ventana, Liliana descubrió una mujer que estaba esperando, recostada contra la pared, y esperando cantaba, mientras la nieve caía sobre la calle Houdon y caía sobre su abrigo de piel, quizá comprado en el mercado de las pulgas.
–¿No quiere entrar? –ofreció Liliana.
La mujer agradeció, pero dijo que estaba trabajando.
–Linda canción –dijo Liliana.
–Yo canto para no dormirme –dijo la mujer.

Sobre las inversiones inmobiliarias
–Yo no vendo entradas al Cielo –decía don Alfredo Betancor. Y ponía, ofendido, los puntos sobre las íes:
–El cielo no es un cine.
El Cielo era la recompensa reservada a los cristianos obedientes de la ley divina, practicantes de la virtud y de las buenas costumbres. Los pecadores tenían el ingreso prohibido, y no alcanzaba todo el oro del mundo para pagar la llave: en ese asunto de la entrada al más allá, don Alfredo no pinchaba ni cortaba.
Pero, y ¿después? ¿Adónde iban a parar las almas elegidas del Señor? En el pueblo de Cardona, don Alfredo vendía parcelas de Cielo. Y el precio dependía de la ubicación: elija usted a quién quiere de vecino por toda la eternidad. ¿Dónde quiere pasar la vida eterna? ¿Cerca de quién, lejos de quién?
–Tengo el lote que usted necesita –revelaba don Alfredo– y por un precio que parece chiste. ¿Que anda sin plata? Pero no, no se preocupe, eso no importa, ya me irá pagando como pueda.
Muchos compraban. Al contado, muy pocos: casi todos pagaban en módicas cuotas mensuales, y no había quejas, porque todos comprendían que ése no podía ser un servicio gratuito. Don Alfredo no se podía dar el lujo de trabajar en ninguna otra cosa, pendiente como estaba de las llamadas de Dios. Y en aquellos días, tiempos de guerra mundial, Dios andaba muy atareado, con tanto desastre que atender y tanto dolor que consolar.
–El cura dice que yo miento –se enfurecía don Alfredo–. Y yo pregunto: ¿hablaría Dios con un mentiroso? ¿Eh? Yo pregunto.
Don Alfredo murió rico. Desde entonces, es vecino de Carlitos Gardel.

Las estrellas
Y ellas, ¿nos espían? Esos fulgores de la noche, ¿son ojos que noche a noche nos miran?
¿O son bocas? ¿Bocas abiertas por el asombro, que tiemblan de miedo? Los astrónomos no se atreven a decirlo, pero las más recientes investigaciones han probado que las estrellas están cada vez más atónitas y tembleques. Van del estupor al pánico: ellas no consiguen entender cómo sigue dando vueltas, todavía vivo, este mundo nuestro, tan fervorosamente dedicado a su propia aniquilación, donde no hay duda más rentable que el crimen ni nada más exitoso que la estupidez. Y se estremecen de susto, porque han visto que ya andamos invadiendo otros astros del cielo.

SATANASES

Por Eduardo Galeano

 

 

 

Los diarios publicaron la noticia: un aciago día del año 1982, el Demonio visitó, en forma de ama de casa, las habitaciones del Vaticano. Para conjurar al Demonio, metido en el cuerpo de una mujer que aullaba arrastrándose por los suelos, el papa Juan Pablo II pronunció los viejos exorcismos de su colega Urbano VIII. Esas fórmulas, martillo y azote del Diablo, venían de una época exitosa. Había sido el papa Urbano VIII quien había arrancado, de la cabeza de Galileo Galilei, la diabólica idea de que el mundo giraba alrededor del sol.
Cuando el Demonio apareció, en forma de becaria, en el Salón Oval de la Casa Blanca, el presidente Bill Clinton no recurrió al anticuado método católico. En cambio, para espantar a Satanás, Clinton ensayó unos bombardeos sobre Sudán y Afganistán, y después arrojó un huracán de misiles desde el cielo de Irak. De inmediato, las encuestas de opinión pública revelaron que el Diablo se batía en retirada: ocho de cada diez norteamericanos apoyaron ese ritual de las armas, y de paso confirmaron que Dios estaba, como siempre, de su lado.
Hombre prevenido vale por dos: aunque Clinton ahuyentó al Maligno y pudo seguir siendo presidente del planeta, sus conjuros no han cesado. Irak, tierra besada por la boca llameante de Satán, donde acechan las serpientes y las armas químicas y biológicas, sigue recibiendo periódicos ataques aéreos. Y también continúa sufriendo el incesante cerco económico de castigo, que le impide vender y comprar. El bloqueo económico había comenzado, hace una década, cuando otro presidente, George Bush, había lanzado su propia Cruzada contra estos infieles del Islam.
La modernización
Después de su combate cuerpo a cuerpo contra el Demonio, el papa Juan Pablo II no quedó muy convencido de la eficacia diablicida de los conjuros tradicionales. Y a principios de este año, el Vaticano dio a conocer un nuevo Manual del Exorcista, que incluye una guía práctica, actualizada, para identificar a los endemoniados. Entre las características inconfundibles de los poseídos por Satán no figura el uniforme de general del ejército chileno. El identikit del Vaticano tampoco menciona la hernia de disco, ni la inmunidad diplomática.
El presidente Clinton, por su parte, también ha modernizado el método norteamericano de lucha contra el Mal. Aunque los generales del Pentágono siempre arden de ganas de invadir a alguien, la Casa Blanca prefiere bombardear de lejos. Así se mata sin riesgo de morir. Al cabo del castigo de tres días y tres noches contra los maleficios de Irak, el año pasado, el contraalmirante Cutler Dawson hizo el balance y reconoció que mejor, imposible. “No hay ni un solo rasguño en ninguno de nuestros aparatos”, comprobó.
La diablada
Más vale así. La tarea será larga, en este mundo ancho y ajeno. Allá por el año 1569, el demonólogo Johann Wier había contado a los diablos que estaban trabajando en la tierra, a tiempo completo, por la perdición de las almas. Este especialista registró 7.409.127 diablos, divididos en setenta y nueve legiones. Desde aquel censo, mucha agua ha pasado bajo los puentes del infierno. Ahora, ¿cuántos suman? Difícil saberlo. Los demonios continúan siendo demonios, amigos de la noche, temerosos de la sal y del ajo, pero sus artes de teatro dificultan el conteo.
Sin embargo, y calculando muy por lo bajito, no resultaría exagerado estimar que por lo menos ocho de cada diez miembros del género humano merecen estar bajo sospecha. Un criterio estadístico elemental empezaría por sumar a los gentíos que no son blancos: sus pieles de colores demoníacos, que van desde el negro carbón hasta el amarillo azufre, delatan una inclinación natural al crimen. Entre ellos, es imprescindible tener en cuenta a los mil trescientos millones de miembros de la secta de Mahoma. Desde hace mil cuatrocientos años, estos engañeros usan turbantespara ocultar sus cuernos, y túnicas que tapan sus colas de dragón y sus alas de murciélago. Pero ya el Dante había condenado a Mahoma a pena de taladro perpetuo, en uno de los círculos del infierno de La Divina Comedia; y dos siglos después, Martin Lutero había advertido que las hordas musulmanas, que amenazaban a la Cristiandad, no estaban formadas por seres de carne y hueso, sino que eran “un gran ejército de diablos”.
A la portación de piel, habría que agregar la portación de ideas: ¿cuántos suman los enemigos del orden? También ellos son hábiles en el oficio de la transfiguración. Hoy por hoy, el color rojo fuego se usa poco en el mundo, pero los subversivos disponen de todo el arcoiris para reciclarse, y bien saben usar máscaras y disfraces y otros ardides aprendidos de sus viejos amigos, los cómicos de la legua.
La misión divina
Y la lista no termina allí. Habría que sumar otras multitudes. Tantos son los demonios y los endemoniados, que pareciera vacío el infierno.
No es cosa de generalizar, sin embargo. Entre los musulmanes, por ejemplo, también hay santos, como esos jeques y reyes del desierto que brindan a Occidente petróleo barato y son los mejores compradores de armas. Ellos aman tanto la democracia, que jamás la usan, para que no se gaste.
También supo ser santo, hasta hace pocos años, Saddam Hussein, que al fin y al cabo es un dictador laico, y sigue teniendo un primer ministro cristiano. Durante los años de la guerra entre Irak e Irán, él fue un modelo de virtudes. Pero después, Saddam se puso al servicio de Satán, y del infierno recibe sus vitaminas.
El príncipe de las tinieblas, glotón devorador de cuerpos y almas, no descansa los domingos: y tampoco descansan sus funcionarios. Contra Irak, toda dureza es poca; y toda distracción puede resultar fatal. ¿El Pentágono necesita dos mil millones de dólares más? Clinton le otorga doce mil millones. Cuando las guerras van bien, la economía va mejor. Los Estados Unidos, que tienen el mayor presupuesto militar del planeta y fabrican la mitad de las armas que el mundo produce, viven una radiante prosperidad que el mundo entero envidia.
Lesley Stahl entrevistó a la canciller Madeleine Albright, el 12 de mayo de 1996, en el programa televisivo “Sesenta minutos”. Hablando de las sanciones económicas contra Irak, que estrangulan al país, el periodista preguntó:
–Se dice que medio millón de niños iraquíes han muerto como consecuencia de las sanciones. ¿Usted cree que vale la pena?
–Nosotros creemos que vale la pena –respondió la señora Albright.
Tres años después, todo indica que el exorcismo va para largo. “Es más difícil matar a un fantasma que a una realidad”, había comprobado, hace ya unos cuantos años, la novelista Virginia Woolf.
EL VIAJEPor Eduardo Galeano

 

 

Oriol Valls, que se ocupa de los recién nacidos en un hospital de Barcelona, dice que el primer gesto humano es el abrazo. Después de salir al mundo, al principio de sus días, los bebés manotean, como buscando a alguien.
Otros médicos, que se ocupan de los ya vividos, dicen que los viejos, al fin de sus días, mueren queriendo alzar los brazos.Y así es la cosa, por muchas vueltas que le demos al asunto, y por muchas palabras que le pongamos. A eso, así de simple, se reduce todo: entre dos aleteos, sin más explicación, transcurre el viaje.La encrucijadaEn el otoño del '93, el periodista Juan Bedoian entrevistó a un médico de guardia, en un hospital público de Río de Janeiro.El hospital, ubicado en el barrio más copetudo de la ciudad, atendía a mil pacientes por día, muchos de ellos pobres pobrísimos.El médico contó:--La semana pasada, tuve que elegir entre dos bebés. Aquí hay un solo respirador artificial. Los bebés llegaron al mismo tiempo, ya moribundos, y yo tuve que decidir quién iba a vivir y quién iba a morir.Salvando a uno, mataba al otro. Matando a uno, salvaba al otro.Yo no soy quién, pensó el médico: que decida Dios. Pero él bien sabía que la vida y la muerte dependían, en ese momento, de aquel único respirador. Aquella única máquina, y Dios tenía poco o nada que ver con el asunto.Los bebés estaban en las últimas. No había tiempo para pensar, no había más remedio: de todos modos, hiciera lo que hiciera, el médico iba a cometer un crimen. Si no hacía nada, cometía dos.El médico cerró los ojos, y decidió: un bebé fue condenado a morir, y el otro fue condenado a vivir.El bautismoEl agua más fría del cielo bombardeó Buenos Aires aquella tarde de invierno de 1906.A las cinco en punto, en pleno diluvio, lluviazón, helazón, nació un niño en la calle Castro. El padre arrancó al niño de los brazos de la madre, se lo llevó a la azotea y lo alzó, desnudito, ante la lluvia feroz. Y a la luz de los relámpagos lo ofreció a la lluvia, gritando a pleno pulmón, voz de trueno entre los truenos. --¡Hijo mío, que las aguas del cielo te bendigan!El recién nacido se pescó tremenda pulmonía. Pasó cuatro meses de mal en peor. Y cuando ya lo daban por muerto, se salvó.También se salvó de llamarse descanso dominical. El padre, un anarquista pobre y poeta, siempre perseguido por la policía y por los acreedores, quiso llamarlo así en homenaje a esa reciente conquista obrera, pero el Registro Civil no le aceptó el nombre. Entonces se reunieron los amigos, anarquistas pobres y poetas, siempre perseguidos por la policía y por los acreedores, y discutieron el asunto. Y fueron ellos quienes decidieron que se llamaría Cátulo. Cátulo Castillo, el niño que unos cuantos años después fue capaz de inventar "La última curda" y otros tangos de esos que son para escuchar de pie, sombrero en mano. El porvenir Mientras peinaba la muñeca, Rita anunció: --Cuando yo sea grande, voy a ser música.Horacio Tubio, que estaba leyendo el diario, levantó la vista por encima de los lentes: --Qué buena noticia --dijo, y quiso saber qué instrumento iba a tocar. --La flauta --dijo ella.Horacio se comprometió a ir a su primer concierto: --Allí, en primera fila, estaré yo, para aplaudirte.Rita lo miró, acostó la muñeca, se encaramó al sillón y se puso a sumar con los dedos. Sumó y sumó, de dedo en dedo: después, meneó la cabeza y, muy severamente, dijo: --Mirá, tío. A mí me parece que no vas a poder ir, porque vas a estar un poquitito muertito. La tizaA contracorazón, sin alegría, cumplía la tiza su trabajo de cada día en una escuela de Praga.Sufría la tiza, gemía. Chillando hacía lo que debía: la maestra la obligaba a dibujar, en el pizarrón, palabras despedazadas en sílabas, acribilladas de acentos, y números ordenados como soldaditos en fila.Mientras los niños crecían, la tiza encogía. Poquito cuerpo le quedaba, cuando la maestra la tiró al cesto de la basura.La tiza despertó, un rato después, en el fondo del bolsillo de uno de los alumnos.Ese niño se sentó, en plena calle, y dibujó sobre el asfalto. Con aquel último resto de tiza, el niño dibujó el viento. Y la tiza, feliz, ni se dio cuenta de que se desvanecía para siempre. Las reglasChema jugaba con la pelota, la pelota jugaba con Chema, la pelota era un mundo de colores y el mundo volaba, libre y loco, flotaba en el aire, rebotaba donde quería, picaba para aquí, saltaba para allá, de brinco en brinco: llegó la madre y mandó a parar.Maya López atrapó la pelota y la guardó bajo llave, dijo que Chema era un peligro para los muebles, para la casa, para el barrio y para la Ciudad de México y lo obligó a ponerse los zapatos, a sentarse como es debido y a hacer las tareas para la escuela.--Las reglas son las reglas --dijo.Chema alzó la cabeza:--Yo también tengo mis reglas --dijo. Y dijo que, en su opinión, una buena madre debía obedecer las reglas de su hijo: que me dejes jugar todo lo que quiera, que me dejes andar descalzo, que no me mandes a la escuela ni a nada parecido, que no me obligues a dormir temprano y que cada día nos mudemos de casa.Y mirando el techo, como quien no quiere la cosa, agregó: --Y que seas mi novia. La revelaciónCuando Ricardo Marchini cumplió diez años de edad, sintió que la hora de la verdad había llegado. --Vamos, Leo --dijo--. Tenemos que hablar.Y se marcharon, calle arriba, los dos. Anduvieron un buen rato por el barrio Saavedra, dando vueltas, en silencio. Leonardo se detenía mucho, como tenía costumbre, y después apuraba el paso para alcanzar a Ricardo, que caminaba con las manos en los bolsillos y el ceño fruncido.Al llegar a la plaza, Ricardo se sentó. Tragó saliva. Apretó la cara de Leonardo entre las manos y, mirándolo a los ojos, largó el chorro. --Mirá Leo perdoná que te lo diga pero vos no sos hijo de papá y mamá es mejor que lo sepas Leo que a vos te recogieron de la calle.Suspiró hondo: --Tenía que decírtelo, Leo.Leonardo había sido encontrado, cuando era muy chiquito, dentro de una bolsa negra de la basura, pero Ricardo prefirió ahorrarle esos detalles.Entonces, regresaron a casa. Ricardo iba silbando, Leonardo meneaba el rabo, saludando a los amigos: los vecinos lo querían, porque él era marrón y blanco, como el Platense, el club de fútbol del barrio, que casi nunca ganaba.
Las venas abiertas de América Latina

 
« ... Hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez ... »
(Proclama insurreccional de la Junta Tuitiva en la ciudad de La Paz, 16 de julio de 1809)
  INTRODUCCION:
CIENTO VEINTE MILLONES DE NIÑOS EN EL CENTRO DE LA TORMENTA
La división internacional del trabajo consiste en que unos países se especializan en ganar y otros en perder. Nuestra comarca del mundo, que hoy llamamos América Latina, fue precoz: se especializó en perder desde los remotos tiempos en que los europeos del Renacimiento se abalanzaron a través del mar y le hundieron los dientes en la garganta. Pasaron los siglos y América Latina perfeccionó sus funciones. Este ya no es el reino de las maravillas donde la realidad derrotaba a la fábula y la imaginación era humillada por los trofeos de la conquista, los yacimientos de oro y las montañas de plata. Pero la región sigue trabajando de sirvienta. Continúa existiendo al servicio de las necesidades ajenas, como fuente y reserva del petróleo y el hierro, el cobre y la carne, las frutas y el café, las materias primas y los alimentos con destino a los países ricos que ganan. consumiéndolos, mucho más de lo que América Latina gana produciéndolos. Son mucho más altos los impuestos que cobran los compradores que los precios que reciben los vendedores; y al fin y al cabo, como declaró en julio de 1968 Covey T. Oliver, coordinador de la Alianza para el Progreso, «hablar de precios justos en la actualidad es un concepto medieval. Estamos en plena época de la libre comercialización ... » Cuanta más libertad se otorga a los negocios, más cárceles se hace necesario construir para quienes padecen los negocios. Nuestros sistemas de inquisidores y verdugos no sólo funcionan para el mercado externo dominante; proporcionan también caudalosos manantiales de ganancias que fluyen de los empréstitos y las inversiones extranjeras en los mercados internos dominados. «Se ha oído hablar de concesiones hechas por América Latina al capital extranjero, pero no de concesiones hechas por los Estados Unidos al capital de otros países...» Es que nosotros no damos concesiones», advertía, allá por 1913, el presidente norteamericano Woodrow Wilson. Él estaba seguro: «Un país -decía- es poseído y dominado por el capital que en él se haya invertido». Y tenía razón. Por el camino hasta perdimos el derecho de llamarnos americanos, aunque los haitianos y los cubanos ya habían asomado a la historia, como pueblos nuevos, un siglo antes de que los peregrinos del Mayflower se establecieran en las costas de Plymouth. Ahora América es, para el mundo, nada más que los Estados Unidos: nosotros habitamos, a lo sumo, una sub América, una América de segunda clase, de nebulosa identificación.
   Es América Latina, la región de las venas abiertas. Desde el descubrimiento hasta nuestros días, todo se ha trasmutado siempre en capital europeo o, más tarde, norteamericano, y como tal se ha acumulado y se acumula en los lejanos centros de poder. Todo: la tierra, sus frutos y sus profundidades ricas en minerales, los hombres y su capacidad de trabajo y de consumo, los recursos naturales y los recursos humanos. El modo de producción y la estructura de clases de cada lugar han sido sucesivamente determinados, desde fuera, por su incorporación al engranaje universal del capitalismo. A cada cual se le ha asignado una función, siempre en beneficio del desarrollo de la metrópoli extranjera de turno, y se ha hecho infinita la cadena de las dependencias sucesivas, que tiene mucho más de dos eslabones, y que por cierto también comprende, dentro de América Latina, la opresión de los países pequeños por sus vecinos mayores y, fronteras adentro de cada país, la explotación que las grandes ciudades y los puertos ejercen sobre sus fuentes internas de víveres y mano de obra. (Hace cuatro siglos, ya habían nacido dieciséis de las veinte ciudades latinoamericanas más pobladas de la actualidad.)
     Para quienes conciben la historia como una competencia, el atraso y la miseria de América Latina no son otra cosa que el resultado de su fracaso. Perdimos; otros ganaron. Pero ocurre que quienes ganaron, ganaron gracias a que nosotros perdimos: la historia del subdesarrollo de América Latina integra, como se ha dicho, la historia del desarrollo del capitalismo mundial. Nuestra derrota estuvo siempre implícita en la victoria ajena; nuestra riqueza ha generado siempre nuestra pobreza para alimentar la prosperidad de otros: los imperios y sus caporales nativos. En la alquimia colonial y neocolonial, el oro se transfigura en chatarra, y los alimentos se convierten en veneno. Potosí, Zacatecas y Ouro Preto cayeron en picada desde la cumbre de los esplendores de los metales preciosos al profundo agujero de los socavones vacíos, y la ruina fue el destino de la pampa chilena del salitre y de la selva amazónica del caucho; el nordeste azucarero de Brasil, los bosques argentinos del quebracho o ciertos pueblos petroleros del lago de Maracaibo tienen dolorosas razones para creer en la mortalidad de las fortunas que la naturaleza otorga y el imperialismo usurpa. La lluvia que irriga a los centros del poder imperialista aboga los vastos suburbios del sistema. Del mismo modo, y simétricamente, el bienestar de nuestras clases dominantes - dominantes hacia dentro, dominadas desde fuera- es la maldición de nuestras multitudes condenadas a una vida de bestias de carga.
   La brecha se extiende. Hacia mediados del siglo anterior, el nivel de vida de los países ricos del mundo excedía en un cincuenta por ciento el nivel de los países pobres. El desarrollo desarrolla la desigualdad: Richard Nixon anunció, en abril de 1969, en su discurso ante la OEA, que a fines del siglo veinte el ingreso per capita en Estados Unidos será quince veces más alto que el ingreso en América Latina. La fuerza del conjunto del sistema imperialista descansa en la necesaria desigualdad de las partes que lo forman, Y esa desigualdad asume magnitudes cada vez más dramáticas. Los países opresores se hacen cada vez más ricos en términos absolutos, pero mucho más en términos relativos, por el dinamismo de la disparidad creciente. El capitalismo central puede darse el lujo de crear y creer sus propios mitos de opulencia, pero los mitos no se comen, y bien lo saben los países pobres que constituyen el vasto capitalismo periférico. El ingreso promedio de un ciudadano norteamericano es siete veces mayor que el de un latinoamericano y aumenta a un ritmo diez veces más intenso. Y los promedios engañan, por los insondables abismos que se abren, al sur del río Bravo, entre los muchos pobres v los pocos ricos de la región. En la cúspide, en efecto, seis millones de latinoamericanos acaparan, según las Naciones Unidas, el mismo ingreso que ciento cuarenta millones de personas ubicadas en la base de la pirámide social. Hay sesenta millones de campesinos cuya fortuna asciende a veinticinco centavos de dólar por día; en el otro extremo los proxenetas de la desdicha se dan el lujo de acumular cinco mil millones de dólares en sus cuentas privadas de Suiza o Estados Unidos, y derrochan en la ostentación y el lujo estéril - ofensa y desafío- y en las inversiones improductivas, que constituyen nada menos que la mitad de la inversión total, los capitales que América Latina podría destinar a la reposición, ampliación y creación de fuentes de producción y de trabajo. Incorporadas desde siempre a la constelación del poder imperialista, nuestras clases dominantes no tienen el menor interés en averiguar si el Patriotismo podría resultar más rentable que la traición o si la mendicidad es la única forma posible de la Política internacional. Se hipoteca la soberanía porque «no hay otro camino»; las coartadas de la oligarquía confunden interesadamente la impotencia de una clase social con el presunto vacío de destino de cada nación.
    Josué de Castro declara: «Yo, que he recibido un premio internacional de la paz, pienso que, infelizmente, no hay otra solución que la violencia para América Latina». Ciento veinte millones de niños se agitan en el centro de esta tormenta. La población de América Latina crece como ninguna otra; en medio siglo se triplicó con creces. Cada minuto muere un niño de enfermedad o de hambre, pero en el año 2000 habrá seiscientos cincuenta millones de latinoamericanos, y la mitad tendrá menos de quince años de edad: una bomba de tiempo. Entre los doscientos ochenta millones de latinoamericanos hay, a fines de 1970, cincuenta millones de desocupados o subocupados y cerca de cien millones de analfabetos; la mitad de los latinoamericanos vive apiñada en viviendas insalubres. Los tres mayores mercados de América Latina -Argentina, Brasil y México- no alcanzan a igualar, sumados, la capacidad de consumo de Francia o de Alemania occidental, aunque la población reunida de nuestros tres grandes excede largamente a la de cualquier país europeo. América Latina produce hoy día, en relación con la población, menos alimentos que antes de la última guerra mundial, y sus exportaciones per capita han disminuido tres veces, a precios constantes, desde la víspera de la crisis de 1929. El sistema es muy racional desde el punto de vista de sus dueños extranjeros y de nuestra burguesía de comisionistas, que ha vendido el alma al Diablo a un precio que hubiera avergonzado a Fausto. Pero el sistema es tan irracional para todos los demás que cuanto más se desarrolla más agudiza sus desequilibrios y sus tensiones, sus contradicciones ardientes. Hasta la industrialización, dependiente y tardía, que cómodamente coexiste con el latifundio y las estructuras de la desigualdad, contribuye a sembrar la desocupación en vez de ayudar a resolverla; se extiende la pobreza y se concentra la riqueza en esta región que cuenta con inmensas legiones de brazos caídos que se multiplican sin descanso. Nuevas fábricas se instalan en los polos privilegiados de desarrollo -Sao Paulo, Buenos Aires, la ciudad de México- pero menos mano de obra se necesita cada vez. El sistema no ha previsto esta pequeña molestia: lo que sobra es gente. Y la gente se reproduce. Se hace el amor con entusiasmo y sin precauciones. Cada vez queda más gente a la vera del camino, sin trabajo en el campo, donde el latifundio reina con sus gigantescos eriales, y sin trabajo en la ciudad, donde reinan las máquinas: el sistema vomita hombres. Las misiones norteamericanas esterilizan masivamente mujeres y siembran píldoras, diafragmas, espirales, preservativos y almanaques marcados, pero cosechan niños; porfiadamente, los niños latinoamericanos continúan naciendo, reivindicando su derecho natural a obtener un sitio bajo el sol en estas tierras espléndidas que podrían brindar a todos lo que a casi todos niegan.
    A principios de noviembre de 1968, Richard Nixon comprobó en voz alta que la Alianza para el Progreso había cumplido siete años de vida y, sin embargo, se habían agravado la desnutrición y la escasez de alimentos en América Latina. Pocos meses antes, en abril, George W. Ball escribía en Life: «Por lo menos durante las próximas décadas, el descontento de las naciones más pobres no significará una amenaza de destrucción del mundo. Por vergonzoso que sea, el mundo ha vivido, durante generaciones, dos tercios pobre y un tercio rico. Por injusto que sea, es limitado el poder de los países pobres». Ball había encabezado la delegación de los Estados Unidos a la Primera Conferencia de Comercio y Desarrollo en Ginebra, y había votado contra nueve de los doce principios generales aprobados por la conferencia con el fin de aliviar las desventajas de los países subdesarrollados en el comercio internacional. Son secretas las matanzas de la miseria en América Latina; cada año estallan, silenciosamente, sin estrépito alguno, tres bombas de Hiroshima sobre estos pueblos que tienen la costumbre de sufrir con los dientes apretados. Esta violencia sistemática, no aparente pero real, va en aumento: sus crímenes no se difunden en la crónica roja, sino en las estadísticas de la FAO. Ball dice que la impunidad es todavía posible, porque los pobres no pueden desencadenar la guerra mundial, pero el Imperio se preocupa: incapaz de multiplicar los panes, hace lo posible por suprimir a los comensales. «Combata la pobreza, ¡mate a un mendigo!», garabateó un maestro del humor negro sobre un muro de la ciudad de La Paz. ¿Qué se proponen los herederos de Malthus sino matar a todos los próximos mendigos antes de que nazcan? Robert McNamara, el presidente del Banco Mundial que había sido presidente de la Ford y Secretario de Defensa, afirma que la explosión demográfica constituye el mayor obstáculo para el progreso de América Latina y anuncia que el Banco Mundial otorgará prioridad, en sus préstamos, a los países que apliquen planes para el control de la natalidad. McNamara comprueba con lástima que los cerebros de los pobres piensan un veinticinco por ciento menos, y los tecnócratas del Banco Mundial (que ya nacieron) hacen zumbar las computadoras y generan complicadísimos trabalenguas sobre las ventajas de no nacer: «Si un país en desarrollo que tiene una renta media per capita de 150 a 200 dólares anuales logra reducir su fertilidad en un 50 por ciento en un período de 25 años, al cabo de 30 años su renta per capita será superior por lo menos en un 40 por ciento al nivel que hubiera alcanzado de lo contrario, y dos veces más elevada al cabo de 60 años», asegura uno de los documentos del organismo. Se ha hecho célebre la frase de Lyndon Johnson: «Cinco dólares invertidos contra el crecimiento de la población son más eficaces que den dólares invertidos en el crecimiento económico». Dwight Eisenhower pronosticó que si los habitantes de la tierra seguían multiplicándose al mismo ritmo no sólo se agudizaría el peligro de la revolución, sino que además se produciría «una degradación del nivel de vida de todos los pueblos, el nuestro inclusive».
    Los Estados Unidos no sufren, fronteras adentro, el problema de la explosión de la natalidad, pero se preocupan como nadie por difundir e imponer, en los cuatro puntos cardinales, la planificación familiar. No sólo el gobierno; también Rockefeller y la Fundación Ford padecen pesadillas con millones de niños que avanzan, como langostas, desde los horizontes del Tercer Mundo. Platón y Aristóteles se habían ocupado del tema antes que Malthus y McNamara; sin embargo, en nuestros tiempos, toda esta ofensiva universal cumple una función bien definida: se propone justificar la muy desigual distribución de la renta entre los países y entre las clases sociales, convencer a los pobres de que la pobreza es el resultado de los hijos que no se evitan y poner un dique al avance de la furia de las masas en movimiento y rebelión. Los dispositivos intrauterinos compiten con las bombas y la metralla, en el sudeste asiático, en el esfuerzo por detener el crecimiento de la población de Vietnam. En América Latina resulta más higiénico y eficaz matar a los guerrilleros en los úteros que en las sierras o en las calles. Diversas misiones norteamericanas han esterilizado a millares de mujeres en la Amazonía, pese a que ésta es la zona habitable más desierta del planeta. En la mayor parte de los países latinoamericanos, la gente no sobra: falta. Brasil tiene 38 veces menos habitantes por kilómetro cuadrado que Bélgica; Paraguay, 49 veces menos que Inglaterra; Perú, 32 veces menos que Japón. Haití y El Salvador, hormigueros humanos de América Latina, tienen una densidad de población menor que la de Italia. Los pretextos invocados ofenden la inteligencia; las intenciones reales encienden la indignación. Al fin y al cabo, no menos de la mitad de los territorios de Bolivia, Brasil, Chile, Ecuador, Paraguay y Venezuela está habitada por nadie. Ninguna población latinoamericana crece menos que la del Uruguay, país de viejos, y sin embargo ninguna otra nación ha sido tan castigada, en los años recientes, por una crisis que parece arrastrarla al último círculo de los infiernos. Uruguay está vacío y sus praderas fértiles podrían dar de comer a una población infinitamente mayor que la que hoy padece, sobre su suelo, tantas penurias.
    Hace más de un siglo, un canciller de Guatemala había sentenciado proféticamente: «Sería curioso que del seno mismo de los Estados Unidos, de donde nos viene el mal, naciese también el remedio». Muerta y enterrada la Alianza para el Progreso, el Imperio propone ahora, con más pánico que generosidad, resolver los problemas de América Latina eliminando de antemano a los latinoamericanos. En Washington tienen ya motivos para sospechar que los pueblos pobres no prefieren ser pobres. Pero no se puede querer el fin sin querer los medios: quienes niegan la liberación de América Latina, niegan también nuestro único renacimiento posible, y de paso absuelven a las estructuras en vigencia. Los jóvenes se multiplican, se levantan, escuchan: ¿qué les ofrece la voz del sistema? El sistema habla un lenguaje surrealista: propone evitar los nacimientos en estas tierras vacías; opina que faltan capitales en países donde los capitales sobran pero se desperdician; denomina ayuda a la ortopedia deformante de los empréstitos y al drenaje de riquezas que las inversiones extranjeras provocan; convoca a los latifundistas a realizar la reforma agraria y a la oligarquía a poner en práctica la justicia social. La lucha de clases no existe -se decreta- más que por culpa de los agentes foráneos que la encienden, pero en cambio existen las clases sociales, y a la opresión de unas por otras se la denomina el estilo occidental de vida. Las expediciones criminales de los marines tienen por objeto restablecer el orden y la paz social, y las dictaduras adictas a Washington fundan en las cárceles el estado de derecho y prohiben las huelgas y aniquilan los sindicatos para proteger la libertad de trabajo.
    ¿Tenemos todo prohibido, salvo cruzarnos de brazos? La pobreza no está escrita en los astros; el subdesarrollo no es el fruto de un oscuro designio de Dios. Corren años de revolución, tiempos de redención. Las clases dominantes ponen las barbas en remojo, y a la vez anuncian el infierno para todos. En cierto modo, la derecha tiene razón cuando se identifica a sí misma con la tranquilidad y el orden, es el orden, en efecto, de la cotidiana humillación de las mayorías, pero orden al fin: la tranquilidad de que la injusticia siga siendo injusta y el hambre hambrienta. Si el futuro se transforma en una caja de sorpresas, el conservador grita, con toda razón: «Me han traicionado». Y los ideólogos de la impotencia, los esclavos que se miran a sí mismos con los ojos del amo, no demoran en hacer escuchar sus clamores. El águila de bronce del Maine, derribada el día de la victoria de la revolución cubana, yace ahora abandonada, con las alas rotas, bajo un portal del barrio viejo de La Habana. Desde Cuba en adelante, también otros países han iniciado por distintas vías y con distintos medios la experiencia del cambio: la perpetuación del actual orden de cosas es la perpetuación del crimen.
    Los fantasmas de todas las revoluciones estranguladas o traicionadas a lo largo de la torturada historia latinoamericana se asoman en las nuevas experiencias, así como los tiempos presentes habían sido presentidos y engendrados por las contradicciones del pasado. La historia es un profeta con la mirada vuelta hacia atrás: por lo que fue, y contra lo que fue, anuncia lo que será. Por eso en este libro, que quiere ofrecer una historia del saqueo y a la vez contar cómo funcionan los mecanismos actuales del despojo, aparecen los conquistadores en las carabelas y, cerca, los tecnócratas en los jets, Hernán Cortés y los infantes de marina, los corregidores del reino y las misiones del Fondo Monetario Internacional, los dividendos de los traficantes de esclavos y las ganancias de la General Motors. También los héroes derrotados y las revoluciones de nuestros días, las infamias y las esperanzas muertas y resurrectas: los sacrificios fecundos. Cuando Alexander von Humboldt investigó las costumbres de los antiguos habitantes indígenas de la meseta de Bogotá, supo que los indios llamaban quihica a las víctimas de las ceremonias rituales. Quihica significaba puerta: la muerte de cada elegido abría un nuevo ciclo de ciento ochenta y cinco lunas.

Las venas abiertas de América Latina


PRIMERA PARTE
LA POBREZA DEL HOMBRE COMO RESULTADO DE LA RIQUEZA DE LA TIERRA FIEBRE DEL ORO, FIEBRE DE LA PLATA

EL SIGNO DE LA CRUZ EN LAS EMPUÑADURAS DE LAS ESPADAS
 Cuando Cristóbal Colón se lanzó a atravesar los grandes espacios vacíos al oeste de la Ecúmene, había aceptado el desafío de las leyendas. Tempestades terribles jugarían con sus naves, como si fueran cáscaras de nuez, y las arrojarían a las bocas de los monstruos; la gran serpiente de los mares tenebrosos, hambrienta de carne humana, estaría al acecho. Sólo faltaban mil años para que los fuegos purificadores del juicio final arrasaran el mundo, según creían los hombres del siglo xv, y el mundo era entonces el mar Mediterráneo con sus costas de ambigua proyección hacia el Africa y Oriente. Los navegantes portugueses aseguraban que el viento del oeste traía cadáveres extraños y a veces arrastraba leños curiosamente tallados, pero nadie sospechaba que el mundo sería, Pronto, asombrosamente multiplicado.
   América no sólo carecía de nombre. Los noruegos no sabían que la habían descubierto hacía largo tiempo, y el propio Colón murió, después de sus viajes, todavía convencido de que había llegado al Asia por la espalda. En 1492, cuando la bota española se clavó por primera vez en las arenas de las Bahamas, el Almirante creyó que estas islas eran una avanzada del Japón. Colón llevaba consigo un ejemplar del libro de Marco Polo, cubierto de anotaciones en los márgenes de las páginas. Los habitantes de Cipango, decía Marco Polo, «poseen oro en enorme abundancia y las minas donde lo encuentran no se agotan jamás... También hay en esta isla perlas del más puro oriente en gran cantidad. Son rosadas, redondas y de gran tamaño y sobrepasan en valor a las perlas blancas». La riqueza de Cipango había llegado a oídos del Gran Khan Kublai, había despertado en su pecho el deseo de conquistarla: él había fracasado. De las fulgurantes páginas de Marco Polo se echaban al vuelo todos los bienes de la creación; había casi trece mil islas en el mar de la India con montañas de oro y perlas, y doce clases de especias en cantidades inmensas, además de la pimienta blanca y negra.
   La pimienta, el jengibre, el clavo de olor, la nuez moscada y la canela eran tan codiciados como la sal para conservar la carne en invierno sin que se pudriera ni perdiera sabor. Los Reyes Católicos de España decidieron financiar la aventura del acceso directo a las fuentes, para liberarse de la onerosa cadena de intermediarios y revendedores que acaparaban el comercio de las especias y las plantas tropicales, las muselinas y las armas blancas que provenían de las misteriosas regiones del oriente. El afán de metales preciosos, medio de pago para el tráfico comercial, impulsó también la travesía de los mares malditos. Europa entera necesitaba plata; ya casi estaban exhaustos los filones de Bohemia, Sajonia y el Tirol.
    España vivía el tiempo de la reconquista. 1492 no fue sólo el año del descubrimiento de América, el nuevo mundo nacido de aquella equivocación de consecuencias grandiosas. Fue también el año de la recuperación de Granada. Fernando de Aragón e Isabel de Castilla, que habían superado con su matrimonio el desgarramiento de sus dominios, abatieron a comienzos de 1492 el último reducto de la religión musulmana en suelo español. Había costado casi ocho siglos recobrar lo que se había perdido en siete años 1, y la guerra de reconquista había agotado el tesoro real. Pero ésta era una guerra santa, la guerra cristiana contra el Islam, y no es casual, además, que en ese mismo año 1492 ciento cincuenta mil judíos declarados fueran expulsados del país. España adquiría realidad como nación alzando espadas cuyas empuñaduras dibujaban el signo de la cruz. La reina Isabel se hizo madrina de la Santa Inquisición. La hazaña del descubrimiento de América no podría explicarse sin la tradición militar de guerra de cruzadas que imperaba en la Castilla medieval, y la Iglesia no se hizo rogar para dar carácter sagrado a la conquista de las tierras incógnitas del otro lado del mar. El Papa Alejandro VI, que era valenciano, convirtió a la reina Isabel en dueña y señora del Nuevo Mundo. La expansión del reino de Castilla ampliaba el reino de Dios sobre la tierra.
    Tres años después del descubrimiento, Cristóbal Colón dirigió en persona la campaña militar contra los indígenas de la Dominicana. Un puñado de caballeros, doscientos infantes y unos cuantos perros especialmente adiestrados para el ataque diezmaron a los indios. Más de quinientos, enviados a España, fueron vendidos como esclavos en Sevilla y murieron miserablemente2. Pero algunos teólogos protestaron y la esclavización de los indios fue formalmente prohibida al nacer el siglo XVI. En realidad, no fue prohibida sino bendita: antes de cada entrada militar, los capitanes de conquista debían leer a los indios, ante escribano público, un extenso y retórico Requerimiento que los exhortaba a convertirse a la santa fe católica: «Si no lo hiciéreis, o en ello dilación maliciosamente pusiéreis, certifícoos que con la ayuda de Dios yo entraré poderosamente contra vosotros y vos haré guerra por todas las partes y manera que yo pudiere, y os sujetaré al yugo y obediencia de la Iglesia y de Su Majestad y tomaré vuestras mujeres y hijos y los haré esclavos, y como tales los venderé, y dispondré de ellos como Su Majestad mandare, y os tomaré vuestros bienes y os haré todos los males y daños que pudiere ... » 3.
    América era el vasto imperio del Diablo, de redención imposible o dudosa, pero la fanática misión contra la herejía de los nativos se confundía con la fiebre que desataba, en las huestes de la conquista, el brillo de los tesoros del Nuevo Mundo. Bernal Díaz del Castillo, fiel compañero de Hernán Cortés en la conquista de México, escribe que han llegado a América «por servir a Dios y a Su Majestad y también por haber riquezas».
    Colón quedó deslumbrado, cuando alcanzó el atolón de San Salvador, por la colorida transparencia del Caribe, el paisaje verde, la dulzura y la limpieza del aire, los pájaros espléndidos y los mancebos «de buena estatura, gente muy hermosa» y «harto mansa» que allí habitaba. Regaló a los indígenas «unos bonetes colorados y unas cuentas de vidrio que se ponían al pescuezo, y otras cosas muchas de poco valor con que hubieron mucho placer y quedaron tanto nuestros que era maravilla». Les mostró las espadas. Ellos no las conocían, las tomaban por el filo, se cortaban. Mientras tanto, cuenta el Almirante en su diario de navegación, «yo estaba atento y trabajaba de saber si había oro, y vide que algunos dellos traían un pedazuelo colgando en un agujero que tenían a la nariz, y por señas pude entender que yendo al Sur o volviendo la isla por el Sur, que estaba allí un Rey que tenía grandes vasos dello, y tenía muy mucho». Porque «del oro se hace tesoro, y con él quien lo tiene hace cuanto quiere en el mundo y llega a que echa las ánimas al Paraíso». En su tercer viaje Colón seguía creyendo que andaba por el mar de la China cuando entró en las costas de Venezuela; ello no le impidió informar que desde allí se extendía una tierra infinita que subía hacia el Paraíso Terrenal. También Américo Vespucio, explorador del litoral de Brasil mientras nacía el siglo XVI, relataría a Lorenzo de Médicis: «Los árboles son de tanta belleza y tanta blandura que nos sentíamos estar en el Paraíso Terrenal ... » 4. Con despecho escribía Colón a los reyes, desde Jamaica, en 1503: «Cuando yo descubrí las Indias, dije que eran el mayor señorío rico que hay en el mundo. Yo dije del oro, perlas, piedras preciosas, especierías ... ».
    Una sola bolsa de pimienta valía, en el medioevo, más que la vida de un hombre, pero el oro y la plata eran las llaves que el Renacimiento empleaba para abrir las puertas del paraíso en el cielo y las puertas del mercantilismo capitalista en la tierra. La epopeya de los españoles y los portugueses en América combinó la propagación de la fe cristiana con la usurpación y el saqueo de las riquezas nativas. El poder europeo se extendía para abrazar el mundo. Las tierras vírgenes, densas de selvas y de peligros, encendían la codicia de los capitanes, los hidalgos caballeros y los soldados en harapos lanzados a la conquista de los espectaculares botines de guerra: creían en la gloria, «el sol de los muertos», y en la audacia. «A los osados ayuda fortuna», decía Cortés. El propio Cortés había hipotecado todos sus bienes personales para equipar la expedición a México. Salvo contadas excepciones como fue el caso de Colón o Magallanes, las aventuras no eran costeadas por el Estado, sino por los conquistadores mismos, o por los mercaderes y banqueros que los financiaban 5.
    Nació el mito de Eldorado, el monarca bañado en oro que los indígenas inventaron para alejar a los intrusos: desde Gonzalo Pizarro hasta Walter Raleigh, muchos lo persiguieron en vano por las selvas y las aguas del Amazonas y el Orinoco. El espejismo del «cerro que manaba plata» se hizo realidad en 1545, con el descubrimiento de Potosí, pero antes habían muerto, vencidos por el hambre y por la enfermedad o atravesados a flechazos por los indígenas, muchos de los expedicionarios que intentaron, infructuosamente, dar alcance al manantial de la plata remontando el río Paraná.
    Había, sí, oro y plata en grandes cantidades, acumulados en la meseta de México y en el altiplano andino. Hernán Cortés reveló para España, en 1519, la fabulosa magnitud del tesoro azteca de Moctezuma, y quince años después llegó a Sevilla el gigantesco rescate, un aposento lleno de oro y dos de plata, que Francisco Pizarro hizo pagar al inca Atahualpa antes de estrangularlo. Años antes, con el oro arrancado de las Antillas había pagado la Corona los servicios de los marinos que habían acompañado a Colón en su primer viaje 6. Finalmente, la población de las islas del Caribe dejó de pagar tributos, porque desapareció: los indígenas fueron completamente exterminados en los lavaderos de oro, en la terrible tarea de revolver las arenas auríferas con el cuerpo a medias sumergido en el agua, o roturando los campos hasta más allá de la extenuación, con la espalda doblada sobre los pesados instrumentos de labranza traídos desde España. Muchos indígenas de la Dominicana se anticipaban al destino impuesto por sus nuevos opresores blancos: mataban a sus hijos y se suicidaban en masa. El cronista oficial Fernández de Oviedo interpretaba así, a mediados del siglo XVI, el holocausto de los antillanos: «Muchos dellos, por su pasatiempo, se mataron con ponzoña por no trabajar, y otros se ahorcaron por sus manos propias»7.
 RETORNABAN LOS DIOSES CON LAS ARMAS SECRETAS A su paso por Tenerife, durante su primer viaje, había presenciado Colón una formidable erupción volcánica. Fue como un presagio de todo lo que vendría después en las inmensas tierras nuevas que iban a interrumpir la ruta occidental hacia el Asia. América estaba allí, adivinada desde sus costas infinitas; la conquista se extendió, en oleadas, como una marea furiosa. Los adelantados sucedían a los almirantes y las tripulaciones se convertían en huestes invasoras. Las bulas del Papa habían hecho apostólica concesión del Africa a la corona de Portugal, y a la corona de Castilla habían otorgado las tierras «desconocidas como las hasta aquí descubiertas por vuestros enviados y las que se han de descubrir en lo futuro ... »: América había sido donada a la reina Isabel. En 1508, una nueva bula concedió a la corona española, a perpetuidad, todos los diezmos recaudados en América: el codiciado patronato universal sobre la Iglesia del Nuevo Mundo incluía el derecho de presentación real de todos los beneficios eclesiásticos 8.
    El Tratado de Tordesillas, suscrito en 1494, permitió a Portugal ocupar territorios americanos más allá de la línea divisoria trazada por el Papa, y en 1530 Martim Alfonso de Sousa fundó las primeras poblaciones portuguesas en Brasil, expulsando a los franceses. Ya para entonces los españoles, atravesando selvas infernales y desiertos infinitos, habían avanzado mucho en el proceso de la exploración y la conquista. En 1513, el Pacífico resplandecía ante los ojos de Vasco Núñez de Balboa; en el otoño de 1522, retornaban a España los sobrevivientes de la expedición de Fernando de Magallanes que habían unido por vez primera ambos océanos y habían verificado que el mundo era redondo al darle la vuelta completa; tres años antes habían partido de la isla de Cuba, en dirección a México, las diez naves de Hernán Cortés, y en 1523 Pedro de Alvarado se lanzó a la conquista de Centroamérica; Francisco Pizarro entró triunfante en el Cuzco, en 1533, apoderándose del corazón del imperio de los incas; en 1540, Pedro de Valdivia atravesaba el desierto de Atacama y fundaba Santiago de Chile. Los conquistadores penetraban el Chaco y revelaban el Nuevo Mundo desde el Perú hasta las bocas del río más caudaloso del planeta.
    Había de todo entre los indígenas de América: astrónomos y caníbales, ingenieros y salvajes de la Edad de Piedra. Pero ninguna de las culturas nativas conocía el hierro ni el arado, ni el vidrio ni la pólvora, ni empleaba la rueda. La civilización que se abatió sobre estas tierras desde el otro lado del mar vivía la explosión creadora del Renacimiento: América aparecía como una invención más, incorporada junto con la pólvora, la imprenta, el papel y la brújula al bullente nacimiento de la Edad Moderna. El desnivel de desarrollo de ambos mundos explica en gran medida la relativa facilidad con que sucumbieron las civilizaciones nativas. Hernán Cortés desembarcó en Veracruz acompañado por no más de cien marineros y 508 soldados; traía 16 caballos, 32 ballestas, diez cañones de bronce y algunos arcabuces, mosquetes y pistolones. Y sin embargo, la capital de los aztecas, Tenochtitlán, era por entonces cinco veces mayor que Madrid y duplicaba la población de Sevilla, la mayor de las ciudades españolas. Francisco Pizarro entró en Cajamarca con 180 soldados y 37 caballos. Los indígenas fueron, al principio, derrotados por el asombro. El emperador Moctezuma recibió, en su palacio, las primeras noticias: un cerro grande andaba moviéndose por el mar. Otros mensajeros llegaron después: « ... mucho espanto le causó el oír cómo estalla el cañón, cómo retumba su estrépito, y cómo se desmaya uno; se le aturden a uno los oídos. Y cuando cae el tiro, una como bola de piedra sale de sus entrañas: va lloviendo fuego...». Los extranjeros traían «venados» que los soportaban «tan alto como los techos». Por todas partes venían envueltos sus cuerpos, «solamente aparecen sus caras. Son blancas, son como si fueran de cal. Tienen el cabello amarillo, aunque algunos lo tienen negro. Larga su barba es ... » 9. Moctezuma creyó que era el dios Quetzalcóatl quien volvía. Ocho presagios habían anunciado, poco antes, su retorno. Los cazadores le habían traído un ave que tenía en la cabeza una diadema redonda con la forma de un espejo, donde se reflejaba el cielo con el sol hacia el poniente. En ese espejo Moctezuma vio marchar sobre México los escuadrones de los guerreros. El dios Quetzalcóatl había venido por el este y por el este se había ido: era blanco y barbudo. También blanco y barbudo era Huiracocha, el dios bisexual de los incas. Y el oriente era la cuna de los antepasados heroicos de los mayas 10. Los dioses vengativos que ahora regresaban para saldar cuentas con sus pueblos traían armaduras y cotas de malla, lustrosos caparazones que devolvían los dardos y las piedras; sus armas despedían rayos mortíferos y oscurecían la atmósfera con humos irrespirables. Los conquistadores practicaban también, con habilidad política, la técnica de la traición y la intriga. Supieron explotar, por ejemplo, el rencor de los pueblos sometidos al dominio imperial de los aztecas y las divisiones que desgarraban el poder de los incas. Los tlaxcaltecas fueron aliados de Cortés, y Pizarro usó en su provecho la guerra entre los herederos del imperio incaico, Huáscar y Atahualpa, los hermanos enemigos. Los conquistadores ganaron cómplices entre las castas dominantes intermedias, sacerdotes, funcionarios, militares, una vez abatidas, por el crimen, las jefaturas indígenas más altas. Pero además usaron otras armas o, si se prefiere, otros factores trabajaron objetivamente por la victoria de los invasores. Los caballos y las bacterias, por ejemplo.
    Los caballos habían sido, como los camellos, originarios de América 11, pero se habían extinguido en estas tierras. Introducidos en Europa por los jinetes árabes, habían prestado en el Viejo Mundo una inmensa utilidad militar y económica. Cuando reaparecieron en América a través de la conquista, contribuyeron a dar fuerzas mágicas a los invasores ante los ojos atónitos de los indígenas. Según una versión, cuando el inca Atahualpa vio llegar a los primeros soldados españoles, montados en briosos caballos ornamentados con cascabeles y penachos, que corrían desencadenando truenos y polvaredas con sus cascos veloces, se cayó de espaldas 12. El cacique Tecum, al frente de los herederos de los mayas, descabezó con su lanza el caballo de Pedro de Alvarado, convencido de que formaba parte del conquistador: Alvarado se levantó y lo mató13. Contados caballos, cubiertos con arreos de guerra, dispersaban las masas indígenas y sembraban el terror y la muerte. «Los curas y misioneros esparcieron ante la fantasía vernácula», durante el proceso colonizador, «que los caballos eran de origen sagrado, ya que Santiago, el Patrón de España, montaba en un potro blanco, que había ganado valiosas batallas contra los moros y judíos, con ayuda de la Divina Providencia» 14. Las bacterias y los virus fueron los aliados más eficaces. Los europeos traían consigo, como plagas bíblicas, la viruela y el tétanos, varias enfermedades pulmonares, intestinales y venéreas, el tracoma, el tifus, la lepra, la fiebre amarilla, las caries que pudrían las bocas. La viruela fue la primera en aparecer. ¿No sería un castigo sobrenatural aquella epidemia desconocida y repugnante que encendía la fiebre y descomponía las carnes? «Ya se fueron a meter en Tlaxcala. Entonces se difundió la epidemia: tos, granos ardientes, que queman», dice un testimonio indígena, y otro: «A muchos dio la muerte la pegajosa, apelmazada, dura enfermedad de granos 15. Los indios morían como moscas; sus organismos no oponían defensas ante las enfermedades nuevas. Y los que sobrevivían quedaban debilitados e inútiles. El antropólogo brasileño Darcy Ribeiro estima16 que más de la mitad de la población aborigen de América, Australia y las islas oceánicas murió contaminada luego del primer contacto con los hombres blancos.
 «COMO UNOS PUERCOS HAMBRIENTOS ANSÍAN EL ORO» A tiros de arcabuz, golpes de espada y soplos de peste, avanzaban los implacables y escasos conquistadores de América. Lo cuentan las voces de los vencidos. Después de la matanza de Cholula, Moctezuma envía nuevos emisarios al encuentro de Hernán Cortés, quien avanza rumbo al valle de México. Los enviados regalan a los españoles collares de oro y banderas de plumas de quetzal. Los españoles «estaban deleitándose. Como si fueran monos levantaban el oro, como que se sentaban en ademán de gusto, como que se les renovaba y se les iluminaba el corazón. Como que cierto es que eso anhelan con gran sed. Se les ensancha el cuerpo por eso, tienen hambre furiosa de eso. Como unos puercos hambrientos ansían el oro», dice el texto náhuatl preservado en el Códice Florentino. Más adelante, cuando Cortés llega a Tenochtitlán, la espléndida capital azteca, los españoles entran en la casa del tesoro, «y luego hicieron una gran bola de oro, y dieron fuego, encendieron, prendieron llama a todo lo que restaba, por valioso que fuera: con lo cual todo ardió. Y en cuanto al oro, los españoles lo redujeron a barras ... ».
    Hubo guerra, y finalmente Cortés, que había perdido Tenochtitlán, la reconquistó en 1521. «Y ya no teníamos escudos, ya no teníamos macanas, y nada teníamos que comer, ya nada comimos». La ciudad, devastada, incendiada y cubierta de cadáveres, cayó. «Y toda la noche llovió sobre nosotros». La horca y el tormento no fueron suficientes: los tesoros arrebatados no colmaban nunca las exigencias de la imaginación, y durante largos años excavaron los españoles el fondo del lago de México en busca del oro y los objetos preciosos presuntamente escondidos por los indios.
    Pedro de Alvarado y sus hombres se abatieron sobre Guatemala y «eran tantos los indios que mataron, que se hizo un río de sangre, que viene a ser el Olimtepeque», y también «el día se volvió colorado por la mucha sangre que hubo aquel día». Antes de la batalla decisiva, «y vístose los indios atormentados, les dijeron a los españoles que no les atormentaran más, que allí les tenían mucho oro, plata, diamantes y esmeraldas que les tenían los capitanes Nehaib Ixquín, Nehaib hecho águila y león. Y luego se dieron a los españoles y se quedaron con ellos ... » 17 . Antes de que Francisco Pizarro degollara al inca Atahualpa, le arrancó un rescate en «andas de oro y plata que pesaban más de veinte mil marcos de plata, fina, un millón y trescientos veintiséis mil escudos de oro finísimo ... ». Después se lanzó sobre el Cuzco. Sus soldados creían que estaban entrando en la Ciudad de los Césares, tan deslumbrante era la capital del imperio incaico, pero no demoraron en salir del estupor y se pusieron a saquear el Templo del Sol: «Forcejeando, luchando entre ellos, cada cual procurando llevarse del tesoro la parte del león, los soldados, con cota de malla, pisoteaban joyas e imágenes, golpeaban los utensilios de oro o les daban martillazos para reducirlos a un formato más fácil y manuable... Arrojaban al crisol, para convertir el metal en barras, todo el tesoro del templo: las placas que habían cubierto los muros, los asombrosos árboles forjados, pájaros y otros objetos del jardín»18.
Hoy día, en el Zócalo, la inmensa plaza desnuda del centro de la capital de México, la catedral católica se alza sobre las ruinas del templo más importante de Tenochtitlán, y el palacio de gobierno está emplazado sobre la residencia de Cuauhtémoc, el jefe azteca ahorcado por Cortés. Tenochtitlán fue arrasada. El Cuzco corrió, en el Perú, suerte semejante, pero los conquistadores no pudieron abatir del todo sus muros gigantescos y hoy puede verse, al pie de los edificios coloniales, el testimonio de piedra de la colosal arquitectura incaica.
 ESPLENDORES DEL POTOSÍ: EL CICLO DE LA PLATA Dicen que hasta las herraduras de los caballos eran de plata en la época del auge de la ciudad de Potosí 19. De plata eran los altares de las iglesias y las alas de los querubines en las procesiones: en 1658, para la celebración del Corpus Christi, las calles de la ciudad fueron desempedradas, desde la matriz hasta la iglesia de Recoletos, y totalmente cubiertas con barras de plata. En Potosí la plata levantó templos y palacios, monasterios y garitos, ofreció motivo a la tragedia y a la fiesta, derramó la sangre y el vino, encendió la codicia y desató el despilfarro y la aventura. La espada y la cruz marchaban juntas en la conquista y en el despojo colonial. Para arrancar la plata de América, se dieron cita en Potosí los capitanes y los ascetas, los caballeros de lidia y los apóstoles, los soldados y los frailes. Convertidas en piñas y lingotes, las vísceras del cerro rico alimentaron sustancialmente el desarrollo de Europa. «Vale un Perú» fue el elogio máximo a las personas o a las cosas desde que Pizarro se hizo dueño del Cuzco, pero a partir del descubrimiento del cerro, Don Quijote de la Mancha habla con otras palabras: «Vale un Potosí», advierte a Sancho. Vena yugular del Virreinato, manantial de la plata de América, Potosí contaba con 120 000 habitantes según el censo de 1573. Sólo veintiocho años habían transcurrido desde que la ciudad brotara entre los páramos andinos y ya tenía, como por arte de magia, la misma población que Londres y más habitantes que Sevilla, Madrid, Roma o París. Hacia 1650, un nuevo censo adjudicaba a Potosí 160.000 habitantes. Era una de las ciudades más grandes y más ricas del mundo, diez veces más habitada que Boston, en tiempos en que Nueva York ni siquiera había empezado a llamarse así.
    La historia de Potosí no había nacido con los españoles. Tiempo antes de la conquista, el inca Huayna Cápac había oído hablar a sus vasallos del Sumaj Orcko, el cerro hermoso, y por fin pudo verlo cuando se hizo llevar, enfermo, a las termas de Tarapaya. Desde las chozas pajizas del pueblo de Cantumarca, los ojos del inca contemplaron por primera vez aquel cono perfecto que se alzaba, orgulloso, por entre las altas cumbres de las serranías. Quedó estupefacto. Las infinitas tonalidades rojizas, la forma esbelta y el tamaño gigantesco del cerro siguieron siendo motivo de admiración y asombro en los tiempos siguientes. Pero el inca había sospechado que en sus entrañas debía albergar piedras preciosas y ricos metales, y había querido sumar nuevos adornos al Templo del Sol en el Cuzco. El oro y la plata que los incas arrancaban de las minas de Colque Porco y Andacaba no salían de los límites del reino: no servían para comerciar sino para adorar a los dioses. No bien los mineros indígenas clavaron sus pedernales en los filones de plata del cerro hermoso, una voz cavernosa los derribó. Era una voz fuerte como el trueno, que salía de las profundidades de aquellas breñas y decía, en quechua: «No es para ustedes; Dios reserva estas riquezas para los que vienen de más allá». Los indios huyeron despavoridos y el inca abandonó el cerro. Antes, le cambió el nombre. El cerro pasó a llamarse Potojsi, que significa: «Truena, revienta, hace explosión».
    «Los que vienen de más allá» no demoraron mucho en aparecer. Los capitanes de la conquista se abrían paso. Huayna Cápac ya había muerto cuando llegaron. En 1545, el indio Huallpa corría tras las huellas de una llama fugitiva y se vio obligado a pasar la noche en el cerro. Para no morirse de frío, hizo fuego. La fogata alumbró una hebra blanca y brillante. Era plata pura. Se desencadenó la avalancha española.
   Fluyó la riqueza. El emperador Carlos V dio prontas señales de gratitud otorgando a Potosí el título de Villa Imperial y un escudo con esta inscripción: «Soy el rico Potosí, del mundo soy el tesoro, soy el rey de los montes y envidia soy de los reyes». Apenas once años después del hallazgo de Huallpa, ya la recién nacida Villa Imperial celebraba la coronación de Felipe II con festejos que duraron veinticuatro días y costaron ocho millones de pesos fuertes. Llovían los buscadores de tesoros sobre el inhóspito paraje. El cerro, a casi cinco mil metros de altura, era el más poderoso de los imanes, pero a sus pies la vida resultaba dura, inclemente: se pagaba el frío como si fuera un impuesto y en un abrir y cerrar de ojos una sociedad rica y desordenada brotó, en Potosí, junto con la plata. Auge y turbulencia del metal: Potosí paso a ser «el nervio principal del reino», según lo definiera el virrey Hurtado de Mendoza. A comienzos del siglo xvII, ya la ciudad contaba con treinta y seis iglesias espléndidamente ornamentadas, otras tantas casas de juego y catorce escuelas de baile. Los salones, los teatros y los tablados para las fiestas lucían riquísimos tapices, cortinajes, blasones y obras de orfebrería; de los balcones de las casas colgaban damascos coloridos y lamas de oro y plata. Las sedas y los tejidos venían de Granada, Flandes y Calabria; los sombreros de París y Londres; los diamantes de Ceylán; las piedras preciosas de la India; las perlas de Panamá; las medias de Nápoles; los cristales de Venecia; las alfombras de Persia; los perfumes de Arabia, y la porcelana de China. Las damas brillaban de pedrería, diamantes y rubíes y perlas, y los caballeros ostentaban finísimos paños bordados de Holanda. A la lidia de toros seguían los juegos de sortija y nunca faltaban los duelos al es- tilo medieval, lances del amor y del orgullo, con cascos de hierro empedrados de esmeraldas y de vistosos plumajes, sillas y estribos de filigrana de oro, espadas de Toledo y potros chilenos enjaezados a todo lujo.
    En 1579, se quejaba el oidor Matienzo: «Nunca faltan -decía- novedades, desvergüenzas y atrevimientos». Por entonces ya había en Potosí ochocientos tahúres profesionales y ciento veinte prostitutas célebres, a cuyos resplandecientes salones concurrían los mineros ricos. En 1608, Potosí festejaba las fiestas del Santísimo Sacramento con seis días de comedias y seis noches de máscaras, ocho días de toros y tres de saraos, dos de torneos y otras fiestas.
ESPAÑA TENÍA LA VACA, PERO OTROS TOMABAN LA LECHE Entre 1545 y 1558 se descubrieron las fértiles minas de plata de Potosí, en la actual Bolivia, y las de Zacatecas y Guanajuato en México; el proceso de amalgama con mercurio, que hizo posible la explotación de plata de ley más baja, empezó a aplicarse en ese mismo período. El «rush» de la plata eclipsó rápidamente a la minería de oro. A mediados del siglo xvII la plata abarcaba más del 99 por ciento de las exportaciones minerales de la América hispánica 20.
   América era, por entonces, una vasta bocamina centrada, sobre todo, en Potosí. Algunos escritores bolivianos, inflamados de excesivo entusiasmo, afirman que en tres siglos España recibió suficiente metal de Potosí como para tender un puente de plata desde la cumbre del cerro hasta la puerta del palacio real al otro lado del océano. La imagen es, sin duda, obra de fantasía, pero de cualquier manera alude a una realidad que, en efecto, parece inventada: el flujo de la plata alcanzó dimensiones gigantescas. La cuantiosa exportación clandestina de plata americana, que se evadía de contrabando rumbo a las Filipinas, a la China y a la propia España, no figura en los cálculos de Earl J. Hamilton 21, quien a partir de los datos obtenidos en la Casa de Contratación ofrece, de todos modos, en su conocida obra sobre el tema, cifras asombrosas. Entre 1503 y 1660, llegaron al puerto de Sevilla 185 mil kilos de oro y 16 millones de kilos de plata. La plata transportada a España en poco más de un siglo y medio, excedía tres veces el total de las reservas europeas. Y estas cifras, cortas, no incluyen el contrabando.
    Los metales arrebatados a los nuevos dominios coloniales estimularon el desarrollo económico europeo y hasta puede decirse que lo hicieron posible. Ni siquiera los efectos de la conquista de los tesoros persas que Alejandro Magno volcó sobre el mundo helénico podrían compararse con la magnitud de esta formidable contribución de América al progreso ajeno. No al de España, por cierto, aunque a España pertenecían las fuentes de plata americana. Como se decía en el siglo xvII, «España es como la boca que recibe los alimentos, los mastica, los tritura, para enviarlos enseguida a los demás órganos, y no retiene de ellos por su parte, más que un gusto fugitivo o las partículas que por casualidad se agarran a sus dientes» 22. Los españoles tenían la vaca, pero eran otros quienes bebían la leche. Los acreedores del reino, en su mayoría extranjeros, vaciaban sistemáticamente las arcas de la Casa de Contratación de Sevilla, destinadas a guardar bajo tres llaves, y en tres manos distintas, los tesoros de América.
   La Corona estaba hipotecada. Cedía por adelantado casi todos los cargamentos de plata a los banqueros alemanes, genoveses, flamencos y españoles23. También los impuestos recaudados dentro de España corrían, en eran medida, esta suerte: en 1543, un 65 por ciento del total de las rentas reales se destinaba al pago de las anualidades de los títulos de deuda. Sólo en mínima medida la plata americana se incorporaba a la economía española; aunque quedara formalmente registrada en Sevilla, iba a parar a manos de los Függer, poderosos banqueros que habían adelantado al Papa los fondos necesarios para terminar la catedral de San Pedro, y de otros grandes prestamistas de la época, al estilo de los WeIser, los Shetz o los Grimaldi. La plata se destinaba también al pago de exportaciones de mercaderías no españolas con destino al Nuevo Mundo.
    Aquel imperio rico tenía una metrópoli pobre, aunque en ella la ilusión de la prosperidad levantara burbujas cada vez más hinchadas: la Corona abría por todas partes frentes de guerra mientras la aristocracia se consagraba al despilfarro y se multiplicaban, en suelo español, los curas y los guerreros, los nobles y los mendigos, al mismo ritmo frenético en que crecían los precios de las cosas y las tasas de interés del dinero. La industria moría al nacer en aquel reino de los vastos latifundios estériles, y la enferma economía española no podía resistir el brusco impacto del alza de la demanda de alimentos y mercancías que era la inevitable consecuencia de la expansión colonial. El gran aumento de los gastos públicos y la asfixiante presión de las necesidades de consumo en las posesiones de ultramar agudizaban el déficit comercial y desataban, al galope, la inflación. Colbert escribía: «Cuanto más comercio con los españoles tiene un estado, más plata tiene». Había una aguda lucha europea por la conquista del mercado español que implicaba el mercado y la plata de América. Un memorial francés de fines del siglo xvII nos permite saber que España sólo dominaba, por entonces, el cinco por ciento del comercio con «sus» posesiones coloniales de más allá del océano, pese al espejismo jurídico del monopolio: cerca de una tercera parte del total estaba en manos de holandeses y flamencos, una cuarta parte pertenecía a los franceses, los genoveses controlaban más del veinte por ciento, los ingleses el diez y los alemanes algo menos24. América era un negocio europeo.
    Carlos V, heredero de los Césares en el Sacro Imperio por elección comprada, sólo había pasado en España dieciséis de los cuarenta años de su reinado. Aquel monarca de mentón prominente y mirada de idiota, que había ascendido al trono sin conocer una sola palabra del idioma castellano, gobernaba rodeado por un séquito de flamencos rapaces a los que extendía salvoconductos para sacar de España mulas y caballos cargados de oro y joyas y a los que también recompensaba otorgándoles obispados y arzobispados, títulos burocráticos y hasta la primera licencia para conducir esclavos negros a las colonias americanas. Lanzado a la persecución del demonio por toda Europa, Carlos V extenuaba el tesoro de América en sus guerras religiosas. La dinastía de los Habsburgo no se agotó con su muerte; España habría de padecer el reinado de los Austria durante casi dos siglos. El gran adalid de la Contrarreforma fue su hijo Felipe II. Desde su gigantesco palacio-monasterio del Escorial, en las faldas del Guadarrama, Felipe II puso en funcionamiento, a escala universal, la terrible maquinaria de la Inquisición, y abatió sus ejércitos sobre los centros de la herejía. El calvinismo había hecho presa de Holanda, Inglaterra y Francia, y los turcos encarnaban el peligro del retorno de la religión de Alá. El salvacionismo costaba caro: los pocos objetos de oro y plata, maravillas del arte americano, que no llegaban ya fundidos desde México Y el Perú, eran rápidamente arrancados de la Casa de Contratación de Sevilla y arrojados a las bocas de los hornos.
    Ardían también los herejes o los sospechosos de herejía, achicharrados por las llamas purificadoras de la Inquisición; Torquemada incendiaba los libros Y el rabo del diablo asomaba por todos los rincones: la guerra contra el protestantismo era además la guerra contra el capitalismo ascendente en Europa. «La perpetuación de la cruzada -dice Elliott en su obra ya citada- entrañaba la perpetuación de la arcaica organización social de una nación de cruzados». Los metales de América, delirio y ruina de España, proporcionaban medios para pelear contra las nacientes fuerzas de la economía moderna. Ya Carlos V había aplastado a la burguesía castellana en la guerra de los comuneros, que se había convertido en una revolución social contra la nobleza, sus propiedades y sus privilegios. El levantamiento fue derrotado a partir de la traición de la ciudad de Burgos, que sería la capital del general Francisco Franco cuatro siglos más tarde; extinguidos los últimos fuegos rebeldes, Carlos V regresó a España acompañado de cuatro mil soldados alemanes. Simultáneamente, fue también ahogada en sangre la muy radical insurrección de los tejedores, hilanderos y artesanos que habían tomado el poder en la ciudad de Valencia y lo habían extendido por toda la comarca.
    La defensa de la fe católica resultaba una máscara para la lucha contra la historia. La expulsión de los judíos -españoles de religión judía- había privado a España, en tiempos de los Reyes Católicos, de muchos artesanos hábiles y de capitales imprescindibles. Se considera no tan importante la expulsión de los árabes -españoles, en realidad, de religión musulmana- aunque en 1609 nada menos que 275 mil fueron arriados a la frontera y ello tuvo desastrosos efectos sobre la economía valenciana, y los fértiles campos del sur del Ebro, en Aragón, quedaron arruinados. Anteriormente, Felipe II había echado, por motivos religiosos, a millares de artesanos flamencos convictos o sospechosos de protestantismo: Inglaterra los acogió en su suelo, y allí dieron un importante impulso a las manufacturas británicas.
    Como se ve, las distancias enormes y las comunica- dones difíciles no eran los principales obstáculos que se oponían al progreso industrial de España. Los capitalistas españoles se convertían en rentistas, a través de la compra de los títulos de deuda de la Corona, y no invertían sus capitales en el desarrollo industrial. El excedente económico deriva hacia cauces improductivos: los viejos ricos señores de horca y cuchillo, dueños de la tierra y de los títulos de nobleza, levantaban palacios y acumulaban joyas; los nuevos ricos, especuladores y mercaderes, compraban tierras y títulos de nobleza. Ni unos ni otros pagaban prácticamente impuestos, ni podían ser encarcelados por deudas. Quien se dedicara a una actividad industrial perdía automáticamente su carta de hidalguía25.
    Sucesivos tratados comerciales, firmados a partir de las derrotas militares de los españoles en Europa, otorgaron concesiones que estimularon el tráfico marítimo entre el puerto de Cádiz, que desplazó a Sevilla, y los puertos franceses, ingleses, holandeses y hanseáticos. Cada año entre ochocientas y mil naves descargaban en España los productos industrializados por otros. Se llevaban la plata de América y la lana española, que marchaba rumbo a los telares extranjeros de donde sería devuelta ya tejida por la industria europea en expansión. Los monopolistas de Cádiz se limitaban a remarcar los productos industria- les extranjeros que expedían al Nuevo Mundo: si las manufacturas españolas no podían siquiera atender al mercado interno, ¿cómo iban a satisfacer las necesidades de las colonias?
    Los encajes de Lille y Arraz, las telas holandesas, los tapices de Bruselas y los brocados de Florencia, los cristales de Venecia, las armas de Milán y los vinos y lienzos de Francia26 inundaban el mercado español, a expensas de la producción local, para satisfacer el ansia de ostentación y las exigencias de consumo de los ricos parásitos cada vez más numerosos y poderosos en un país cada vez más pobre. La industria moría en el huevo, y los Habsburgo hicieron todo lo posible por acelerar su extinción. A mediados del siglo XVI se había llegado al colmo de autorizar la importación de tejidos extranjeros al mismo tiempo que se prohibía toda exportación de paños castellanos que no fueran a América27. Por el contrario, como ha hecho notar Ramos, muy distintas eran las orienta- ciones de Enrique VIII o Isabel I en Inglaterra, cuando prohibían en esta ascendente nación la salida del oro y de la plata, monopolizaban las letras de cambio, impedían la extracción de la lana y arrojaban de los puertos británicos a los mercaderes de la Liga Hanseática del Mar del Norte. Mientras tanto, las repúblicas italianas protegían su comercio exterior y su industria mediante aranceles, privilegios y prohibiciones rigurosas: los artífices no podían expatriarse bajo pena de muerte.
    La ruina lo abarcaba todo. De los 16 mil telares que quedaban en Sevilla en 1558, a la muerte de Carlos V, sólo restaban cuatrocientos cuando murió Felipe 11, cuarenta años después. Los siete millones de ovejas de la ganadería andaluza se redujeron a dos millones. Cervantes retrató en Don Quijote de la Mancha -novela de gran circulación en América- la sociedad de su época. Un decreto de mediados del siglo XVI hacía imposible la importación de libros extranjeros e impedía a los estudiantes cursar estudios fuera de España; los estudiantes de Salamanca se redujeron a la mitad en pocas décadas; había nueve mil conventos y el clero se multiplicaba casi tan intensamente como la nobleza de capa y espada; 160 mil extranjeros acaparaban el comercio exterior y los derroches de la aristocracia condenaban a España a la impotencia económica. Hada 1630, poco más de un centenar y medio de duques, marqueses, condes y vizcondes recogían cinco millones de ducados de renta anual, que alimentaban copiosamente el brillo de sus títulos rimbombantes. El duque de Medinaceli tenía setecientos criados y eran trescientos los sirvientes del gran duque de Osuna, quien, para burlarse del zar de Rusia, los vestía con tapados de pieles28. El siglo XVII fue la época del pícaro, el hambre y las epidemias. Era infinita la cantidad de mendigos españoles, pero ello no impedía que también los mendigos extranjeros afluyeran desde todos los rincones de Europa. Hacia 1700 España contaba ya con 625 mil hidalgos, señores de la guerra, aunque el país se vaciaba: su población se había reducido a la mitad en algo más de dos siglos, y era equivalente a la de Inglaterra, que en el mismo período la había duplicado. 1700 señala el fin del régimen de los Habsburgo. La bancarrota era total. Desocupación crónica, grandes latifundios baldíos, moneda caótica, industria arruinada, guerras perdidas y tesoros vacíos, la autoridad central desconocida en las provincias: la España que afrontó Felipe V estaba «poco menos difunta que su amo muerto»29.
    Los Borbones dieron a la nación una apariencia más moderna, pero a fines del siglo XVIII el clero español tenía nada menos que doscientos mil miembros y el resto de la población improductiva no detenía su aplastante desarrollo, a expensas del subdesarrollo del país. Por entonces, había aún en España más de diez mil pueblos y ciudades sujetos a la jurisdicción señorial de la nobleza y, por lo tanto, fuera del control directo del rey. Los latifundios y la institución del mayorazgo seguían intactos. Continuaban en pie el oscurantismo y el fatalismo. No había sido superada la época de Felipe IV: en sus tiempos, una junta de teólogos se reunió para examinar el proyecto de construcción de un canal entre el Manzanares y el Tajo y terminó declarando que si Dios hubiese querido que los ríos fuesen navegables, Él mismo los hubiera hecho así.
 LA DISTRIBUCIÓN DE FUNCIONES ENTRE EL CABALLO Y EL JINETE En el primer tomo de El capital, escribió Karl Marx: «El descubrimiento de los yacimientos de oro y plata de América, la cruzada de exterminio, esclavización y sepultamiento en las minas de la población aborigen, el comienzo de la conquista y el saqueo de las Indias Orientales, la conversión del continente africano en cazadero de esclavos negros: son todos hechos que señalan los albores de la era de producción capitalista. Estos procesos idílicos representan otros tantos factores fundamentales en el movimiento de la acumulación originaria».
    El saqueo, interno y externo, fue el medio más importante para la acumulación primitiva de capitales que, desde la Edad Media, hizo posible la aparición de una nueva etapa histórica en la evolución económica mundial. A medida que se extendía la economía monetaria, el intercambio desigual iba abarcando cada vez más capas sociales y más regiones del planeta. Ernest Mandel ha sumado el valor del oro y la Plata arrancados de América hasta 1660, el botín extraído de Indonesia por la Compañía Holandesa de las Indias Orientales desde 1650 hasta 1780, las ganancias del capital francés en la trata de esclavos durante el siglo XVIII, las entradas obtenidas por el trabajo esclavo en las Antillas británicas y el saqueo inglés de la India durante medio siglo: el resultado supera el valor de todo el capital invertido en todas las industrias europeas hacia 1800 30. Mandel hace notar que esta gigantesca masa de capitales creó un ambiente favorable a las inversiones en Europa, estimuló el «espíritu de empresa» y financió directamente el establecimiento de manufacturas que dieron un gran impulso a la revolución industrial. Pero, al mismo tiempo, la formidable concentración internacional de la riqueza en beneficio de Europa impidió, en las regiones saqueadas, el salto a la acumulación de capital industrial. «La doble tragedia de los países en desarrollo consiste en que no sólo fueron víctimas de ese proceso de concentración internacional, sino que posteriormente han debido tratar de compensar su atraso industrial, es decir, realizar la acumulación originaria de capital industrial, en un mundo que está inundado con los artículos manufacturados por una industria ya madura, la occidental»31.
    Las colonias americanas habían sido descubiertas, conquistadas y colonizadas dentro del proceso de la expansión del capital comercial. Europa tendía sus brazos para alcanzar al mundo entero. Ni España ni Portugal recibieron los beneficios del arrollador avance del mercantilismo capitalista, aunque fueron sus colonias las que, en medida sustancial, proporcionaron el oro y la plata que nutrieron esa expansión. Como hemos visto, si bien los metales preciosos de América alumbraron la engañosa fortuna de una nobleza española que vivía su Edad Media tardíamente y a contramano de la historia, simultáneamente sellaron la ruina de España en los siglos por venir. Fueron otras las comarcas de Europa que pudieron incubar el capitalismo moderno valiéndose, en gran parte, de la expropiación de los pueblos primitivos de América. A la rapiña de los tesoros acumulados sucedió la explotación sistemática, en los socavones y en los yacimientos, del trabajo forzado de los indígenas y de los negros esclavos arrancados de Africa por los traficantes.
    Europa necesitaba oro y plata. Los medios de pago de circulación se multiplicaban sin cesar y era preciso alimentar los movimientos del capitalismo a la hora del parto: los burgueses se apoderaban de las ciudades y fundaban bancos, producían e intercambiaban mercancías, conquistaban mercados nuevos. Oro, plata, azúcar: la economía colonial, más abastecedora que consumidora, se estructuró en función de las necesidades del mercado europeo, y a su servicio. El valor de las exportaciones latinoamericanas de metales preciosos fue, durante prolongados períodos del siglo XVI, cuatro veces mayor que el valor de las importaciones, compuestas sobre todo por esclavos, sal, vino y aceite, armas, paños y artículos de lujo. Los recursos fluían para que los acumularan las naciones europeas emergentes. Esta era la misión fundamental que habían traído los pioneros, aunque además aplicaran el Evangelio, casi tan frecuentemente como el látigo, a los indios agonizantes. La estructura económica de las colonias ibéricas nació subordinada al mercado externo y, en consecuencia, centralizada en tomo del sector exportador, que concentraba la renta y el poder.
    A lo largo del Proceso, desde la etapa de los metales al posterior suministro de alimentos, cada región se identificó con lo que produjo, y produjo lo que de ella se esperaba en Europa: cada producto, cargado en las bodegas de los galeones que surcaban el océano, se convirtió en una vocación y en un destino. La división internacional del trabajo, tal como fue surgiendo junto con el capitalismo, se parecía más bien a la distribución de funciones entre un jinete y un caballo, como dice Paul Baran32. Los mercados del mundo colonial crecieron como meros apéndices del mercado interno del capitalismo que irrumpía.
    Celso Furtado advierte33 que los señores feudales europeos obtenían un excedente económico de la población por ellos dominada, y lo utilizaban, de una u otra forma, en sus mismas regiones, en tanto que el objetivo principal de los españoles que recibieron del rey minas, tierras e indígenas en América, consistía en sustraer un excedente para transferirlo a Europa. Esta observación contribuye a aclarar el fin último que tuvo, desde su implantación, la economía colonial americana; aunque formalmente mostrara algunos rasgos feudales, actuaba al servido del capitalismo naciente en otras comarcas. Al fin y al cabo, tampoco en nuestro tiempo la existencia de los centros ricos del capitalismo puede explicarse sin la existencia de las periferias pobres y sometidas: unos y otras integran el mismo sistema.
    Pero no todo el excedente se evadía hacia Europa. La economía colonial estaba regida por los mercaderes, los dueños de las minas y los grandes propietarios de tierras, quienes se repartían el usufructo de la mano de obra indígena y negra bajo la mirada celosa y omnipotente de la Corona y su principal asociada, la Iglesia. El poder estaba concentrado en pocas manos, que enviaban a Europa metales y alimentos, y de Europa recibían los artículos suntuarios a cuyo disfrute consagraban sus fortunas crecientes. No tenían, las clases dominantes, el menor interés en diversificar las economías internas ni en elevar los niveles técnicos Y culturales de la población: era otra su función dentro del engranaje internacional para el que actuaban, y la inmensa miseria popular, tan lucrativa desde el punto de vista de los intereses reinantes, impedía el desarrollo de un mercado interno de consumo.
    Una economista francesa34 sostiene que la peor herencia colonial de América Latina, que explica su considerable atraso actual, es la falta de capitales. Sin embargo, toda la información histórica muestra que la economía colonial produjo, en el pasado, una enorme riqueza a las clases asociadas, dentro de la región, al sistema colonialista de dominio. La cuantiosa mano de obra disponible, que era gratuita o prácticamente gratuita, y la gran demanda europea por los productos americanos, hicieron posible, dice Sergio Bagú35 «una precoz y cuantiosa acumulación de capitales en las colonias ibéricas. El núcleo de beneficiarios, lejos de irse ampliando, fue reduciéndose en proporción a la masa de población, como se desprende del hecho cierto de que el número de europeos y criollos desocupados aumentara sin cesar». El capital que restaba en América, una vez deducida la parte del león que se volcaba al proceso de acumulación primitiva del capitalismo europeo, no generaba, en estas tierras, un proceso análogo al de Europa, para echar las bases del desarrollo industrial, sino que se desviaba a la construcción de grandes palacios y templos ostentosos, a la compra de joyas y ropas y muebles de lujo, al mantenimiento de servidumbres numerosas y al despilfarro de las fiestas. En buena medida, también, ese excedente quedaba inmovilizado en la compra de nuevas tierras o continuaba girando en las actividades especulativas y comerciales.
    En el ocaso de la era colonial, encontrará Humboldt en México «una enorme masa de capitales amontonados en manos de los propietarios de minas, o en las de negociantes que se han retirado del comercio». No menos de la mitad de la propiedad raíz y del capital total de México pertenecía, según su testimonio, a la Iglesia, que además controlaba buena parte de las tierras restantes mediante hipotecas36. Los mineros mexicanos invertían sus excedentes en la compra de latifundios, y en los empréstitos en hipoteca, al igual que los grandes exportadores de Veracruz y Acapulco; la jerarquía clerical extendía sus bienes en la misma dirección. Las residencias capaces de convertir al plebeyo en príncipe y los templos despampanantes nacían como los hongos después de la lluvia.
    En el Perú, a mediados del siglo XVII, grandes capitales procedentes de los encomenderos, mineros, inquisidores y funcionarios de la administración imperial se volcaban al comercio. Las fortunas nacidas en Venezuela del cultivo del cacao, iniciado a fines del siglo XVI, látigo en mano, a costa de legiones de esclavos negros, se invertían «en nuevas plantaciones y otros cultivos comerciales, así como en minas, bienes raíces urbanos, esclavos y hatos de ganado»37.
 RUINAS DE POTOSÍ: EL CICLO DE LA PLATA Analizando la naturaleza de las relaciones «metrópoli-satélite» a lo largo de la historia de América Latina como una cadena de subordinaciones sucesivas, André Gunder Frank ha destacado, en una de sus obras38, que las regiones hoy día más signadas por el subdesarrollo y la pobreza son aquellas que en el pasado han tenido lazos más estrechos con la metrópoli y han disfrutado de períodos de auge. Son las regiones que fueron las mayores productoras de bienes exportados hacia Europa o, posteriormente, hacia Estados Unidos, y las fuentes más caudalosas de capital: regiones abandonadas por la metrópoli cuando por una u otra razón los negocios decayeron. Potosí brinda el ejemplo más claro de esta caída hacia el vacío.
    Las minas de plata de Guanajuato y Zacatecas, en México, vivieron su auge posteriormente. En los siglos XVI y XVII, el cerro rico de Potosí fue el centro de la vida colonial americana: a su alrededor giraban, de un modo u otro, la economía chilena, que le proporcionaba trigo, carne seca, pieles y vinos; la ganadería y las artesanías de Córdoba y Tucumán, que la abastecían de animales de tracción y de tejidos; las minas de mercurio de Huancavélica y la región de Arica por donde se embarcaba la plata para Lima, principal centro administrativo de la época. El siglo XVIII señala el principio del fin para la economía de la plata que tuvo su centro en Potosí; sin embargo, en la época de la independencia, todavía la población del territorio que hoy comprende Bolivia era superior a la que habitaba lo que hoy es la Argentina. Siglo y medio después, la población boliviana es casi seis veces menor que la población argentina.
    Aquella sociedad potosina, enferma de ostentación y despilfarro, sólo dejó a Bolivia la vaga memoria de sus esplendores, las ruinas de sus iglesias y palacios, y ocho millones de cadáveres de indios. Cualquiera de los diamantes incrustados en el escudo de un caballero rico valía más, al fin y al cabo, que lo que un indio podía ganar en toda su vida de mitayo, pero el caballero se fugó con los diamantes. Bolivia, hoy uno de los países más pobres del mundo, podría jactarse -si ello no resultara patéticamente inútil- de haber nutrido la riqueza de los países más ricos. En nuestros días, Potosí es una pobre ciudad de la pobre Bolivia: «La ciudad que más ha dado al mundo y la que menos tiene», como me dijo una vieja señora potosina, envuelta en un kilométrico chal de lana de alpaca, cuando conversamos ante el patio andaluz de su casa de dos siglos. Esta ciudad condenada a la nostalgia, atormentada por la miseria y el frío, es todavía una herida abierta del sistema colonial en América: una acusación. El mundo tendría que empezar por pedirle disculpas.
    Se vive de los escombros. En 1640, el padre Alvaro Alonso-Barba publicó en Madrid, en la imprenta del reino, su excelente tratado sobre el arte de los metales. El estaño, escribió Barba, «es veneno»39. Mencionó cerros donde «hay mucho estaño, aunque lo conocen pocos, y por no hallarle la plata que todos buscan, le echan por ahí». En Potosí se explota ahora el estaño que los españoles arrojaron a un lado como basura. Se venden las paredes de las casas viejas como estaño de buena ley. Desde las bocas de los cinco mil socavones que los españoles abrieron en el cerro rico se ha chorreado la riqueza a lo largo de los siglos. El cerro ha ido cambiando de color a medida que los tiros de dinamita lo han ido vaciando y le han bajado el nivel de la cumbre. Los montones de roca, acumulados en torno de los infinitos agujeros, tienen todos los colores: son rosados, lilas, púrpuras, ocres, grises, dorados, pardos. Una colcha de retazos. Los llamperos rompen la roca y las palliris indígenas, de mano sabia para pesar y separar, picotean, como pajaritos, los restos minerales en busca de estaño. En los viejos socavones que no están inundados los mineros entran todavía, la lámpara de carburo en una mano, encogidos los cuerpos, para arrancar lo que se pueda. Plata no hay. Ni un relumbrón; los españoles barrían las vetas hasta con escobillas. Los pallacos cavan a pico y pala pequeños túneles para extraer veneros de los despojos. «El cerro es rico todavía -me decía sin asombro un desocupado que arañaba la tierra con las manos- Dios ha de ser, figúrese: el mineral crece como si fuera planta, igual». Frente al cerro rico de Potosí, se alza el testigo de la devastación. Es un monte llamado Huakajchi, que en quechua significa: «Cerro que ha llorado». De sus laderas brotan muchos manantiales de agua pura, los «ojos de agua» que dan de beber a los mineros.
    En sus épocas de auge, al promediar el siglo XVII, la ciudad había congregado a muchos pintores y artesanos españoles o criollos o imagineros indígenas que imprimieron su sello al arte colonial americano. Melchor Pérez de Holguín, el Greco de América, dejó una vasta obra religiosa que a la vez delata el talento de su creador y el aliento pagano de estas tierras: se hace difícil olvidar, por ejemplo, a la espléndida Virgen María que, con los brazos abiertos, da de mamar con un pecho al niño Jesús y con el otro a San José. Los orfebres, los cinceladores de platería, los maestros del repujado y los ebanistas, artífices del metal, la madera fina, el yeso y los marfiles nobles, nutrieron las numerosas iglesias y monasterios de Potosí con tallas y altares de infinitas filigranas, relumbrantes de plata, y púlpitos y retablos valiosísimos. Los frentes barrocos de los templos, trabajados en piedra, han resistido el embate de los siglos, pero no ha ocurrido lo mismo con los cuadros, en muchos casos mortalmente mordidos por la humedad, ni con las figuras y objetos de poco peso. Los turistas y los párrocos han vaciado las iglesias de cuanta cosa han podido llevarse: desde los cálices y las campanas hasta las tallas de San Francisco y Cristo en haya o fresno.
    Estas iglesias desvalijadas, cerradas ya en su mayoría, se están viniendo abajo, aplastadas por los años. Es una lástima, porque constituyen todavía, aunque hayan sido saqueadas, formidables tesoros en pie de un arte colonial que funde y enciende todos los estilos, valioso en el genio y en la herejía: el «signo escalonado» de Tiahuanacu en lugar de la cruz y la cruz junto al sagrado sol y la sagrada luna, las vírgenes y los santos con pelo natural, las uvas y las espigas enroscadas en las columnas, hasta los capiteles, junto con la kantuta, la flor imperial de los incas; las sirenas, Baco y la fiesta de la vida alternando con el ascetismo románico, los rostros morenos de algunas divinidades y las cariátides de rasgos indígenas. Hay iglesias que han sido reacondicionadas para prestar, ya vacías de fieles, otros servicios. La iglesia de San Ambrosio se ha convertido en el cine Omiste; en febrero de 1970, sobre los bajorrelieves barrocos del frente se anunciaba el próximo estreno: «El mundo está loco, loco, loco». El templo de la Compañía de Jesús se convirtió también en cine, después en depósito de mercaderías de la empresa Grace y por último en almacén de víveres para la caridad pública. Pero otras pocas iglesias están aún, mal que bien, en actividad: hace por lo menos siglo y medio que los vecinos de Potosí queman cirios a falta de dinero. La de San Francisco, por ejemplo. Dicen que la cruz de esta iglesia crece algunos centímetros por año, y que también crece la barba del Señor de la Vera Cruz, un imponente Cristo de plata y seda que apareció en Potosí, traído por nadie, hace cuatro siglos. Los curas no niegan que cada determinado tiempo lo afeitan, y le atribuyen, hasta por escrito, todos los milagros: conjuraciones sucesivas de sequías y pestes, guerras en defensa de la ciudad acosada.
   Sin embargo, nada pudo el Señor de la Vera Cruz contra la decadencia de Potosí. La extenuación de la plata había sido interpretada como un castigo divino por las atrocidades y los pecados de los mineros. Atrás quedaron las misas espectaculares; como los banquetes y las corridas de toros, los bailes y los fuegos de artificio, el culto religioso a todo lujo había sido también, al fin y al cabo, un subproducto del trabajo esclavo de los indios. Los mineros hacían, en la época del esplendor, fabulosas donaciones para las iglesias y los monasterios, y celebraban suntuosos oficios fúnebres. Llaves de plata pura para las puertas del cielo: el mercader Alvaro Bejarano había ordenado, en su testamento de 1559, que acompañaran su cadáver «todos los curas y sacerdotes de Potosí». El curanderismo y la brujería se mezclaban con la religión autorizada, en el delirio de los fervores y los pánicos de la sociedad colonial. La extremaunción con. campanilla y palio podía, como la comunión, curar al agonizante, aunque resultaba mucho más eficaz un jugoso testamento para la construcción de un templo o de un altar de plata. Se combatía la fiebre con los evangelios: las oraciones en algunos conventos refrescaban el cuerpo; en otros, daban calor. « El Credo era fresco como el tamarindo o el nitro dulce y la Salve era cálida como el azahar o el cabello de choclo ... »40.
    En la calle Chuquisaca puede uno admirar el frontis, roído por los siglos, de los condes de Carma y Cayara, pero el palacio es ahora el consultorio de un cirujano-dentista; la heráldica del maestre de campo don Antonio López de Quiroga, en la calle Lanza, adorna ahora una escuelita; el escudo del marqués de Otavi, con sus leones rampantes, luce en el pórtico del Banco Nacional. «En qué lugares vivirán ahora. Lejos se han debido ir ... ». La anciana potosina, atada a su ciudad, me cuenta que primero se fueron los ricos, y después también se fueron los pobres: Potosí tiene ahora tres veces menos habitantes que hace cuatro siglos. Contemplo el cerro desde una azotea de la calle Uyuni, una muy angosta y viboreante callejuela colonial, donde las casas tienen grandes balcones de madera tan pegados de vereda a vereda que pueden los vecinos besarse o golpearse sin necesidad de bajar a la calle. Sobreviven aquí, como en toda la ciudad, los viejos candiles de luz mortecina bajo los cuales, al decir de Jaime Molins, «se solventaron querellas de amor y se escurrieron, como duendes, embozados caballeros, damas elegantes y tahúres». La ciudad tiene ahora luz eléctrica, pero no se nota mucho. En las plazas oscuras, a la luz de los viejos faroles, funcionan las tómbolas por las noches: vi rifar un pedazo de torta en medio de un gentío.
    Junto con Potosí, cayó Sucre. Esta ciudad del valle, de clima agradable, que antes se había llamado Charcas, La Plata y Chuquisaca sucesivamente, disfrutó buena parte de la riqueza que manaba de las venas del cerro rico de Potosí. Gonzalo Pizarro, hermano de Francisco, había instalado allí su corte, fastuosa como la del rey que quiso ser y no pudo; iglesias y caserones, parques y quintas de recreo brotaban continuamente junto con los juristas, los místicos y los retóricos poetas que fueron dando a la ciudad, de siglo en siglo, su sello. «Silencio, es Sucre. Silencio no más, pues. Pero antes ... ». Antes, ésta fue la capital cultural de dos virreinatos, la sede del principal arzobispado de América y del más poderoso tribunal de justicia de la colonia, la ciudad más ostentosa y culta de América del Sur. Doña Cecilia Contreras de Torres y doña María de las Mercedes Torralba de Gramajo, señoras de Ubina y Colquechaca, daban banquetes de Camacho: competían en el derroche de las fabulosas rentas que producían sus minas de Potosí, y cuando las opíparas fiestas concluían arrojaban por los balcones la vajilla de plata y hasta los enseres de oro, para que los recogiesen los transeúntes afortunados.
    Sucre cuenta todavía con una Torre Eiffel y con sus propios Arcos de Triunfo, y dicen que con las joyas de su virgen se podría pagar toda la gigantesca deuda externa de Bolivia. Pero las famosas campanas de las iglesias que en 1809 cantaron con júbilo a la emancipación de América, hoy ofrecen un tañido fúnebre. La ronca campana de San Francisco, que tantas veces anunciara sublevaciones y motines, hoy dobla por la mortal inmovilidad de Sucre. Poco importa que siga siendo la capital legal de Bolivia, y que en Sucre resida todavía la Suprema Corte de justicia. Por las calles pasean innumerables leguleyos, enclenques y de piel amarilla, sobrevivientes testimonios de la decadencia: doctores de aquellos que usaban quevedos, con cinta negra y todo. Desde los grandes palacios vacíos, los ilustres patriarcas de Sucre envían a sus sirvientes a vender empanadas a las ventanillas del ferrocarril. Hubo quien supo comprar, en otras horas afortunadas, hasta un título de príncipe.
    En Potosí y en Sucre sólo quedaron vivos los fantasmas de la riqueza muerta. En Huanchaca, otra tragedia boliviana, los capitales anglochilenos agotaron, durante el siglo pasado, vetas de plata de más de dos metros de ancho, con una altísima ley; ahora sólo restan las ruinas humeantes de polvo. Huanchaca continúa en los mapas, como si todavía existiera, identificada como un centro minero todavía vivo, con su pico y su pala cruzados. ¿Tuvieron mejor suerte las minas mexicanas de Guanajuato y Zacatecas? Con base en los datos que proporciona Alexander von Humboldt, se ha estimado en unos cinco mil millones de dólares actuales la magnitud del excedente económico evadido de México entre 1760 y 1809, apenas medio siglo, a través de las exportaciones de plata y oro41. Por entonces no había minas más importantes en América. El gran sabio alemán comparó la mina de Valenciana, en Guanajuato, con la Himmels Furst de Sajonia, que era la más rica de Europa: la Valenciana producía 36 veces más plata, al filo del siglo, y dejaba a sus accionistas ganancias 33 veces más altas. El conde Santiago de la Laguna vibraba de emoción al describir, en 1732, el distrito minero de Zacatecas y «los preciosos tesoros que ocultan sus profundos senos», en los cerros «todos honrados con más de cuatro mil bocas, para mejor servir con el fruto de sus entrañas a ambas Majestades», Dios y el Rey, y «para que todos acudan a beber y participar de lo grande, de lo rico, de lo docto, de lo urbano y de lo noble», porque era «fuente de sabiduría, policía, armas y nobleza ... »42. El cura Marmolejo describía más tarde a la ciudad de Guanajuato, atravesada por los puentes, con jardines que tanto se parecían a los de Semíramis en Babilonia y los templos deslumbrantes, el teatro, la plaza de toros, los palenques de gallos y las torres y las cúpulas alzadas contra las verdes laderas de las montañas. Pero éste era «el país de la desigualdad» y Humboldt pudo escribir sobre México: «Acaso en ninguna parte la desigualdad es más espantosa... la arquitectura de los edificios públicos y privados, la finura del ajuar de las mujeres, el aire de la sociedad; todo anuncia un extremo de esmero que se contrapone extraordinariamente a la desnudez, ignorancia y rusticidad del populacho». Los socavones engullían hombres y mulas en las lomas de las cordilleras; los indios, «que vivían sólo para salir del día», padecían hambre endémica y las pestes los mataban como moscas. En un solo año, 1784, una oleada de enfermedades provocadas por la falta de alimentos que resultó de una helada arrasadora, había segado más de ocho mil vidas en Guanajuato.
    Los capitales no se acumulaban, sino que se derrochaban. Se practicaba el viejo dicho: «Padre mercader, hijo caballero, nieto pordiosero». En una representación dirigida al gobierno, en 1843, Lucas Alamán formuló una sombría advertencia, mientras insistía en la necesidad de defender la industria nacional mediante un sistema de prohibiciones y fuertes gravámenes contra la competencia extranjera: «Preciso es recurrir al fomento de la industria, como única fuente de una prosperidad universal -decía-. De nada serviría a Puebla la riqueza de Zacatecas, si no fuese por el consumo que proporciona a sus manufacturas, y si éstas decayesen otra vez como antes ha sucedido, se arruinaría ese departamento ahora floreciente, sin que pudiese salvarlo de la miseria la riqueza de aquellas minas». La profecía resultó certera. En nuestros días, Zacatecas y Guanajuato ni siquiera son las ciudades más importantes de sus propias comarcas. Ambas languidecen rodeadas de los esqueletos de los campamentos de la prosperidad minera. Zacatecas, alta y árida, vive de la agricultura y exporta mano de obra hacia otros estados; son bajísimas las leyes actuales de sus minerales de oro y plata, en relación con los buenos tiempos pasados. De las cincuenta minas que el distrito de Guanajuato tenía en explotación, apenas quedan, ahora, dos. No crece la población de la hermosa ciudad, pero afluyen los turistas a contemplar el esplendor exuberante de los viejos tiempos, a pasear por las callejuelas de nombres románticos, ricas de leyendas, y a horrorizarse con las cien momias que las sales de la tierra han conservado intactas. La mitad de las familias del estado de Guanajuato, con un promedio de más de cinco miembros, viven actualmente en chozas de una sola habitación.


EL DERRAMAMIENTO DE LA SANGRE Y DE LAS LÁGRIMAS: Y SIN EMBARGO, EL PAPA HABÍA RESUELTO QUE LOS INDIOS TENÍAN ALMA

En 1581, Felipe II había afirmado, ante la audiencia de Guadalajara, que ya un tercio de los indígenas de América había sido aniquilado, y que los que aún vivían se veían obligados a pagar tributos por los muertos. El monarca dijo, además, que los indios eran comprados y vendidos. Que dormían a la intemperie. Que las madres mataban a sus hijos para salvarlos del tormento en las minas 43. Pero la hipocresía de la Corona tenía menos límites que el Imperio: la Corona recibía una quinta parte del valor de los metales que arrancaban sus súbditos en toda la extensión del Nuevo Mundo hispánico, además de otros impuestos, y otro tanto ocurría, en el siglo XVIII, con la Corona portuguesa en tierras de Brasil. La plata y el oro de América penetraron como un ácido corrosivo, al decir de Engels, por todos los poros de la sociedad feudal moribunda en Europa, y al servicio del naciente mercantilismo capitalista los empresarios mineros convirtieron a los indígenas y a los esclavos negros en un numerosísimo «proletariado externo» de la economía europea. La esclavitud grecorromana resucitaba en los hechos, en un mundo distinto; al infortunio de los indígenas de los imperios aniquilados en la América hispánica hay que sumar el terrible destino de los negros arrebatados a las aldeas africanas para trabajar en Brasil y en las Antillas. La economía colonial latinoamericana dispuso de la mayor concentración de fuerza de trabajo hasta entonces conocida, para hacer posible la mayor concentración de riqueza de que jamás haya dispuesto civilización alguna en la historia mundial.
    Aquella violenta marea de codicia, horror y bravura no se abatió sobre estas comarcas sino al precio del genocidio nativo: las investigaciones recientes mejor fundadas atribuyen al México precolombino una población que oscila entre los veinticinco y treinta millones, y se estima que había una cantidad semejante de indios en la región andina; América Central y las Antillas contaban entre diez y trece millones de habitantes. Los indios de las Américas sumaban no menos de setenta millones, y quizás más, cuando los conquistadores extranjeros aparecieron en el horizonte; un siglo y medio después se habían reducido, en total, a sólo tres millones y medio 44. Según el marqués de Barinas, entre Lima y Paita, donde habían vivido más de dos millones de indios, no quedaban más que cuatro mil familias indígenas en 1685. El arzobispo Liñán y Cisneros negaba el aniquilamiento de los indios: «Es que se ocultan -decía- para no pagar tributos, abusando de la libertad de que gozan y que no tenían en la época de los incas» 45.
    Manaba sin cesar el metal de las vetas americanas, y de la corte española llegaban, también sin cesar, ordenanzas que otorgaban una protección de papel y una dignidad de tinta a los indígenas, cuyo trabajo extenuante sustentaba al reino. La ficción de la legalidad amparaba al indio; la explotación de la realidad lo desangraba. De la esclavitud a la encomienda de servicios, y de ésta a la encomienda de tributos y al régimen de salarios, las variantes en la condición jurídica de la mano de obra indígena no alteraron más que superficialmente su situación real. La Corona consideraba tan necesaria la explotación inhumana de la fuerza de trabajo aborigen, que en 1601 Felipe III dictó reglas prohibiendo el trabajo forzoso en las minas y, simultáneamente, envió otras instrucciones secretas ordenando continuarlo «en caso de que aquella medida hiciese flaquear la producción» 46. Del mismo modo, entre 1616 y 1619 el visitador y gobernador Juan de Solórzano hizo una investigación sobre las condiciones de trabajo en las minas de mercurio de Huancavélica: «.. el veneno penetraba en la pura médula, debilitando los miembros todos y provocando un temblor constante, muriendo los obreros, por lo general, en el espacio de cuatro años», informó al Consejo de Indias y al monarca. Pero en 1631 Felipe IV ordenó que se continuara allí con el mismo sistema, y su sucesor, Carlos II, renovó tiempo después el decreto. Estas minas de mercurio eran directamente explotadas por la Corona, a diferencia de las minas de plata, que estaban en manos de empresarios privados.
    En tres centurias, el cerro rico de Potosí quemó, según Josiah Conder, ocho millones de vidas. Los indios eran arrancados de las comunidades agrícolas y arriados, junto con sus mujeres y sus hijos, rumbo al cerro. De cada diez que marchaban hacia los altos páramos helados, siete no regresaban jamás. Luis Capoche, que era dueño de minas y de ingenios, escribió que «estaban los caminos cubiertos que parecía que se mudaba el reino». En las comunidades, los indígenas habían visto «volver muchas mujeres afligidas sin sus maridos y muchos hijos huérfanos sin sus padres» y sabían que en la mina esperaban «mil muertes y desastres». Los españoles batían cientos de millas a la redonda en busca de mano de obra. Muchos de los indios morían por el camino, antes de llegar a Potosí. Pero eran las terribles condiciones de trabajo en la mina las que más gente mataban. El dominico fray Domingo de Santo Tomás denunciaba al Consejo de Indias, en 1550, a poco de nacida la mina, que Potosí era una «boca del infierno» que anualmente tragaba indios por millares y millares y que los rapaces mineros trataban a los naturales «como a animales sin dueño». Y fray Rodrigo de Loaysa diría después: «Estos pobres indios son como las sardinas en el mar. Así como los otros peces persiguen a las sardinas para hacer presa en ellas y devorarlas, así todos en estas tierras persiguen a los miserables indios ... » 47. Los caciques de las comunidades tenían la obligación de remplazar a los mitayos que iban muriendo, con nuevos hombres de dieciocho a cincuenta años de edad. El corral de repartimiento, donde se adjudicaban los indios a los dueños de las minas y los ingenios, una gigantesca cancha de paredes de piedra, sirve ahora para que los obreros jueguen al fútbol; la cárcel de los mitayos, un informe montón de ruinas, puede ser todavía contemplada a la entrada de Potosí.
    En la Recopilación de Leyes de Indias no faltan decretos de aquella época estableciendo la igualdad de derechos de los indios y los españoles para explotar las minas y prohibiendo expresamente que se lesionaran los derechos de los nativos. La historia formal -letra muerta que en nuestros tiempos recoge la letra muerta de los tiempos pasados- no tendría de qué quejarse, pero mientras se debatía en legajos infinitos la legislación del trabajo indígena y estallaba en tinta el talento de los juristas españoles, en América la ley «se acataba pero no se cumplía». En los hechos, «el pobre del indio es una moneda -al decir de Luis Capoche- con la cual se halla todo lo que es menester, como con oro y plata, y muy mejor». Numerosos individuos reivindicaban ante los tribunales su condición de mestizos para que no los mandaran a los socavones, ni los vendieran y revendieran en el mercado.
    A fines del siglo XVIII, Concolorcorvo, por cuyas venas corría sangre indígena, renegaba así de los suyos: «No negamos que las minas consumen número considerable de indios, pero esto no procede del trabajo que tienen en las minas de plata y azogue, sino del libertinaje en que viven». El testimonio de Capoche, que tenía muchos indios a su servicio, resulta ilustrativo en este sentido. Las glaciales temperaturas de la intemperie alternaban con los calores infernales en lo hondo del cerro. Los indios entraban en las profundidades, «y ordinariamente los sacan muertos y otros quebradas las cabezas y piernas, y en los ingenios cada día se hieren». Los mitayos hacían saltar el mineral a punta de barreta y luego lo subían cargándolo a la espalda, por escalas, a la luz de una vela. Fuera del socavón, movían los largos ejes de madera en los ingenios o fundían la Plata a fuego, después de molerla y lavarla.
    La «mita» era una máquina de triturar indios. El empleo del mercurio para la extracción de la plata por amalgama envenenaba tanto o más que los gases tóxicos en el vientre de la tierra. Hacía caer el cabello y los dientes y provocaba temblores indominables. Los «azogados» se arrastraban pidiendo limosna por las calles. Seis mil quinientas fogatas ardían en la noche sobre las laderas del cerro rico, y en ellas se trabajaba la plata valiéndose del viento que enviaba el «glorioso san Agustino» desde el cielo. A causa del humo de los hornos no había pastos ni sembradíos en un radio de seis leguas alrededor de Potosí, y las emanaciones no eran menos implacables con los cuerpos de los hombres.
    No faltaban las justificaciones ideológicas. La sangría del Nuevo Mundo se convertía en un acto de caridad o una razón de fe. Junto con la culpa nació todo un sistema de coartadas para las conciencias culpables. Se transformaba a los indios en bestias de carga, porque resistían un peso mayor que el que soportaba el débil lomo de la llama, y de paso se comprobaba que, en efecto, los indios eran bestias de carga. Un virrey de México consideraba que no había mejor remedio que el trabajo en las minas para curar la «maldad natural» de los indígenas. Juan Ginés de Sepúlveda, el humanista, sostenía que los indios merecían el trato que recibían porque sus pecados e idolatrías constituían una ofensa contra Dios. El conde de Buffon afirmaba que no se registraba en los indios, animales frígidos y débiles, «ninguna actividad del alma». El abate De Paw inventaba una América donde los indios degenerados alternaban con perros que no sabían ladrar, vacas incomestibles y camellos impotentes. La América de Voltaire, habitada por indios perezosos y estúpidos, tenía cerdos con el ombligo a la espalda y leones calvos y cobardes. Bacon, De Maistre, Montesquieu, Hume y Bodin se negaron a reconocer como semejantes a los «hombres degradados» del Nuevo Mundo. Hegel habló de la impotencia física y espiritual de América y dijo que los indígenas habían perecido al soplo de Europa 48.
    En el siglo XVII, el padre Gregorio García sostenía que los indios eran de ascendencia judía, porque al igual que los judíos «son perezosos, no creen en los milagros de jesucristo y no están agradecidos a los españoles por todo el bien que les han hecho». Al menos, no negaba este sacerdote que los indios descendieran de Adán y Eva: eran numerosos los teólogos y pensadores que no habían quedado convencidos por la Bula del Papa Paulo III, emitida en 1537, que había declarado a los indios «verdaderos hombres». El padre Bartolomé de Las Casas agitaba la corte española con sus denuncias contra la crueldad de los conquistadores de América: en 1557, un miembro del real consejo le respondió que los indios estaban demasiado bajos en la escala de la humanidad para ser capaces de recibir la fe 49. Las Casas dedicó su fervorosa vida a la defensa de los indios frente a los desmanes de los mineros y los encomenderos. Decía que los indios preferían ir al infierno para no encontrarse con los cristianos.
    A los conquistadores y colonizadores se les «encomendaban» indígenas para que los catequizaran. Pero como los indios debían al «encomendero» servicios personales y tributos económicos, no era mucho el tiempo que quedaba para introducirlos en el cristiano sendero de la salvación. En recompensa a sus servicios, Hernán Cortés había recibido veintitrés mil vasallos; se repartían los indios al mismo tiempo que se otorgaban las tierras mediante mercedes reales o se las obtenía por el despojo directo. Desde 1536 los indios eran otorgados en encomienda, junto con su descendencia, por el término de dos vidas: la del encomendero y su heredero inmediato; desde 1629 el régimen se fue extendiendo, en la práctica. Se vendían las tierras con los indios adentro 50. En el siglo XVIII, los indios, los sobrevivientes, aseguraban la vida cómoda de muchas generaciones por venir. Como los dioses vencidos persistían en sus memorias, no faltaban coartadas santas para el usufructo de su mano de obra por parte de los vencedores: los indios eran paganos, no merecían otra vida. ¿Tiempos pasados? Cuatrocientos veinte años después de la Bula del Papa Paulo III, en septiembre de 1957, la Corte Suprema de justicia del Paraguay emitió una circular comunicando a todos los jueces del país que «los indios son tan seres humanos como los otros habitantes de la república ... » Y el Centro de Estudios Antropológicos de la Universidad Católica de Asunción realizó posteriormente una encuesta reveladora en la capital y en el interior: de cada diez paraguayos, ocho creen que «los indios son como animales». En Caaguazú, en el Alto Paraná y en el Chaco, los indios son cazados como fieras, vendidos a precios baratos y explotados en régimen de virtual esclavitud. Sin embargo, casi todos los paraguayos tienen sangre indígena, y el Paraguay no se cansa de componer canciones, poemas y discursos en homenaje al «alma guaraní».

LA NOSTALGIA PELEADORA DE TÚPAC AMARU

Cuando los españoles irrumpieron en América, estaba en su apogeo el imperio teocrático de los incas, que extendía su poder sobre lo que hoy llamamos Perú, Bolivia y Ecuador, abarcaba parte de Colombia y de Chile y llegaba hasta el norte argentino y la selva brasileña; la confederación de los aztecas había conquistado un alto nivel de eficacia en el valle de México, y en Yucatán y Centroamérica la civilización espléndida de los mayas persistía en los pueblos herederos, organizados para el trabajo y la guerra.
    Estas sociedades han dejado numerosos testimonios de su grandeza, a pesar de todo el largo tiempo de la devastación: monumentos religiosos levantados con mayor sabiduría que las pirámides egipcias, eficaces creaciones técnicas para la pelea contra la naturaleza, objetos de arte que delatan un invicto talento. En el museo de Lima pueden verse centenares de cráneos que fueron objeto de trepanaciones y curaciones con placas de oro y plata por parte de los cirujanos incas. Los mayas habían sido grandes astrónomos, habían medido el tiempo y el espacio con precisión asombrosa, y habían descubierto el valor de la cifra cero antes que ningún otro pueblo en la historia. Las acequias y las islas artificiales creadas por los aztecas deslumbraron a Hernán Cortés, aunque no eran de oro.
    La conquista rompió las bases de aquellas civilizaciones. Peores consecuencias que la sangre y el fuego de la guerra tuvo la implantación de una economía minera. Las minas exigían grandes desplazamientos de población y desarticulaban las unidades agrícolas comunitarias; no sólo extinguían vidas innumerables a través del trabajo forzado, sino que además, indirectamente, abatían el sistema colectivo de cultivos. Los indios eran conducidos a los socavones, sometidos a la servidumbre de los encomenderos y obligados a entregar por nada las tierras que obligatoriamente dejaban o descuidaban. En la costa del Pacífico los españoles destruyeron o dejaron extinguir los enormes cultivos de maíz, yuca, frijoles, pallares, maní, papa dulce; el desierto devoró rápidamente grandes extensiones de tierra que habían recibido vida de la red incaica de irrigación. Cuatro siglos y medio después de la conquista sólo quedan rocas y matorrales en el lugar de la mayoría de los caminos que unían el imperio. Aunque las gigantescas obras públicas de los incas fueron, en su mayor parte, borradas por el tiempo o por la mano de los usurpadores, restan aún, dibujadas en la cordillera de los Andes, las interminables terrazas que permitían y todavía permiten cultivar las laderas de las montañas. Un técnico norteamericano 51 estimaba, en 1936, que si en ese año se hubieran construido, con métodos modernos, esas terrazas, hubieran costado unos treinta mil dólares por acre. Las terrazas y los acueductos de irrigación fueron posibles, en aquel imperio que no conocía la rueda, el caballo ni el hierro, merced a la prodigiosa organización y a la perfección técnica lograda a través de una sabia división del trabajo, pero también gracias a la fuerza religiosa que regía la relación del hombre con la tierra que era sagrada y estaba, por lo tanto, siempre viva.
    También habían sido asombrosas las respuestas aztecas al desafío de la naturaleza. En nuestros días, los turistas conocen por «jardines flotantes» las pocas islas sobrevivientes en el lago desecado donde ahora se levanta, sobre las ruinas indígenas, la capital de México. Esas islas habían sido creadas por los aztecas para dar respuesta al problema de la falta de tierras en el lugar elegido para la creación de Tenochtitlán. Los indios habían trasladado grandes masas de barro desde las orillas y habían apresado las nuevas islas de limo entre delgadas paredes de cañas, hasta que las raíces de los árboles les dieron firmeza. Por entre los nuevos espacios de tierra se deslizaban los canales de agua. Sobre estas islas inusitadamente fértiles creció la poderosa capital de los aztecas, con sus amplias avenidas, sus palacios de austera belleza y sus pirámides escalonadas: brotada mágicamente de la laguna, estaba condenada a desaparecer ante los embates de la conquista extranjera. Cuatro siglos demoraría México para alcanzar una población tan numerosa como la que existía en aquellos tiempos.
    Los indígenas eran, como dice Darcy Ribeiro, el combustible del sistema productivo colonial. «Es casi seguro -escribe Sergio Bagú- que a las minas hispanas fueron arrojados centenares de indios escultores, arquitectos, ingenieros y astrónomos confundidos entre la multitud esclava, para realizar un burdo y agotador trabajo de extracción. Para la economía colonial, la habilidad técnica de esos individuos no interesaba. Sólo contaban ellos como trabajadores no calificados». Pero no se perdieron todas las esquirlas de aquellas culturas rotas. La esperanza del renacimiento de la dignidad perdida alumbraría numerosas sublevaciones indígenas. En 1781 Túpac Amaru puso sitio al Cuzco.
    Este cacique mestizo, directo descendiente de los emperadores incas, encabezó el movimiento mesiánico y revolucionario de mayor envergadura. La gran rebelión estalló en la provincia de Tinta. Montado en su caballo blanco, Túpac Amaru entró en la plaza de Tungasuca y al son de tambores y pututus anunció que había condenado a la horca al corregidor real Antonio Juan de Arriaga, y dispuso la prohibición de la mita de Potosí. La provincia de Tinta estaba quedando despoblada a causa del servicio obligatorio en los socavones de plata del cerro rico. Pocos días después, Túpac Amaru expidió un nuevo bando por el que decretaba la libertad de los esclavos. Abolió todos los impuestos y el «repartimiento» de mano de obra indígena en todas sus formas. Los indígenas se sumaban, por millares y millares, a las fuerzas del «padre de todos los pobres y de todos los miserables y desvalidos». Al frente de sus guerrilleros, el caudillo se lanzó sobre el Cuzco. Marchaba predicando arengas: todos los que murieran bajo sus órdenes en esta guerra resucitarían para disfrutar las felicidades y las riquezas de las que habían sido despojados por los invasores. Se sucedieron victorias y derrotas; por fin, traicionado y capturado por uno de sus jefes, Túpac Amaru fue entregado, cargado de cadenas, a los realistas. En su calabozo entró el visitador Areche para exigirle, a cambio de promesas, los nombres de los cómplices de la rebelión. Túpac Amaru le contestó con desprecio: «Aquí no hay más cómplice que tú y yo; tú por opresor, y yo por libertador, merecemos la muerte»52.
    Túpac fue sometido a suplicio, junto con su esposa, sus hijos y sus principales partidarios, en la plaza del Wacaypata, en el Cuzco. Le cortaron la lengua. Ataron sus brazos y sus piernas a cuatro caballos, para descuartizarlo, pero el cuerpo no se partió. Lo decapitaron al pie de la horca. Enviaron la cabeza a Tinta. Uno de sus brazos fue a Tungasuca y el otro a Carabaya. Mandaron una pierna a Santa Rosa y la otra a Livitaca. Le quemaron el torso y arrojaron las cenizas al río Watanay. Se recomendó que fuera extinguida toda su descendencia, hasta el cuarto grado.
    En 1802 otro cacique descendiente de los incas, Astorpilco, recibió la visita de Humboldt. Fue en Cajamarca, en el exacto sitio donde su antepasado, Atahualpa, había visto por primera vez al conquistador Pizarro. El hijo del cacique acompañó al sabio alemán a recorrer las ruinas del pueblo y los escombros del antiguo palacio incaico, y mientras caminaban le hablaba de los fabulosos tesoros escondidos bajo el polvo y las cenizas. «¿No sentís a veces el antojo de cavar en busca de los tesoros para satisfacer vuestras necesidades?», le preguntó Humboldt. Y el joven contestó: «Tal. antojo no nos viene. Mi padre dice que sería pecaminoso. Si tuviéramos las ramas doradas con todos los frutos de oro, los vecinos blancos nos odiarían y nos harían daño»53. El cacique cultivaba un pequeño campo de trigo. Pero eso no bastaba para ponerse a salvo de la codicia ajena. Los usurpadores, ávidos de oro y plata y también de brazos esclavos para trabajar las minas, no demoraron en abalanzarse sobre las tierras cuando los cultivos ofrecieron ganancias tentadoras. El despojo continuó todo a lo largo del tiempo, y en 1969, cuando se anunció la reforma agraria en el Perú, todavía los diarios daban cuenta, frecuentemente, de que los indios de las comunidades rotas de la sierra invadían de tanto en tanto, desplegando sus banderas, las tierras que habían sido robadas a ellos o a sus antepasados, y eran repelidos a balazos por el ejército. Hubo que esperar casi dos siglos desde Túpac Amaru para que el general nacionalista Juan Velasco Alvarado recogiera y aplicara aquella frase del cacique, de resonancias inmortales: «¡Campesino! ¡El patrón ya no comerá más tu pobreza! ».
    Otros héroes que el tiempo se ocupó de rescatar de la derrota fueron los mexicanos Hidalgo y Morelos. Miguel Hidalgo, que había sido hasta los cincuenta años un apacible cura rural, un buen día echó a vuelo las campanas de la iglesia de Dolores llamando a los indios a luchar por su liberación: «¿Queréis empeñaros en el esfuerzo de recuperar, de los odiados españoles, las tierras robadas a vuestros antepasados hace trescientos años?». Levantó el estandarte de la virgen india de Guadalupe, y antes de seis semanas ochenta mil hombres lo seguían, armados con machetes, picas, hondas, arcos y flechas. El cura revolucionario puso fin a los tributos y repartió las tierras de Guadalajara; decretó la libertad de los esclavos; abalanzó sus fuerzas sobre la ciudad de México. Pero fue finalmente ejecutado, al cabo de una derrota militar y, según dicen, dejó al morir un testimonio de apasionado arrepentimiento54. La revolución no demoró en encontrar un nuevo jefe, el sacerdote José María Morelos: «Deben tenerse como enemigos todos los ricos, nobles y empleados de primer orden ... ». Su movimiento -insurgencia indígena y revolución social- llegó a dominar una gran extensión del territorio de México hasta que Morelos fue también derrotado y fusilado. La independencia de México, seis años después, «resultó ser un negocio perfectamente hispánico, entre europeos y gentes nacidas en América... una lucha política dentro de la misma clase reinante»55. El encomendado fue convertido en peón y el encomendero en hacendado56.

LA SEMANA SANTA DE LOS INDIOS TERMINA SIN RESURRECCIÓN


A principios de nuestro siglo, todavía los dueños de los pongos, indios dedicados al servicio doméstico, los ofrecían en alquiler a través de los diarios de La Paz. Hasta la revolución de 1952, que devolvió a los indios bolivianos el pisoteado derecho a la dignidad, los pongos comían las sobras de la comida del perro, a cuyo costado dormían, y se hincaban para dirigir la palabra a cualquier persona de piel blanca. Los indígenas habían sido bestias de carga para llevar a la espalda los equipajes de los conquistadores: las cabalgaduras eran escasas. Pero en nuestros días pueden verse, por todo el altiplano andino, changadores aimaraes y quechuas cargando fardos hasta con los dientes a cambio de un pan duro. La neumoconiosis había sido la primera enfermedad profesional de América; en la actualidad, cuando los mineros bolivianos cumplen treinta y cinco años de edad, ya sus pulmones se niegan a seguir trabajando: el implacable polvo de sílice impregna la piel del minero, le raja la cara y las manos, le aniquila los sentidos del olfato y el sabor, y le conquista los pulmones, los endurece y los mata.
    Los turistas adoran fotografiar a los indígenas del altiplano vestidos con sus ropas típicas. Pero ignoran que la actual vestimenta indígena fue impuesta por Carlos III a fines del siglo XVIII. Los trajes femeninos que los españoles obligaron a usar a las indígenas eran calcados de los vestidos regionales de las labradoras extremeñas, andaluzas y vascas, y otro tanto ocurre con el peinado de las indias, raya al medio, impuesto por el virrey Toledo. No sucede lo mismo, en cambio, con el consumo de coca, que no nació con los españoles; ya existía en tiempos de los incas. La coca se distribuía, sin embargo, con mesura; el gobierno incaico la monopolizaba y sólo permitía su uso con fines rituales o para el duro trabajo en las minas. Los españoles estimularon agudamente el consumo de coca. Era un espléndido negocio. En el siglo XVI se gastaba tanto, en Potosí, en ropa europea para los opresores como en coca para los oprimidos. Cuatrocientos mercaderes españoles vivían, en el Cuzco, del tráfico de coca; en las minas de plata de Potosí entraban anualmente den mil cestos, con un millón de kilos de hojas de coca. La Iglesia extraía impuestos a la droga. El inca Garcilaso de la Vega nos dice, en sus «comentarios reales», que la mayor parte de la renta del obispo y de los canónigos y demás ministros de la iglesia del Cuzco provenía de los diezmos sobre la coca, y que el transporte y la venta de este producto enriquecían a muchos españoles. Con las escasas monedas que obtenían a cambio de su trabajo, los indios compraban hojas de coca en lugar de comida: masticándolas, podían soportar mejor, al precio de abreviar la propia vida, las mortales tareas impuestas. Además de la coca, los indígenas consumían aguardiente, y sus propietarios se quejaban de la propagación de los «vicios maléficos». A esta altura del siglo veinte, los indígenas de Potosí continúan masticando coca para matar el hambre y matarse y siguen quemándose las tripas con alcohol puro. Son las estériles revanchas de los condenados. En las minas bolivianas, los obreros llaman todavía mita a su salario.
    Desterrados en su propia tierra, condenados al éxodo eterno, los indígenas de América Latina fueron empujados hacía las zonas más pobres, las montañas áridas o el fondo de los desiertos, a medida que se extendía la frontera de la civilización dominante. Los indios han padecido y padecen -síntesis del drama de toda América Latina- la maldición de su propia riqueza. Cuando se descubrieron los placeres de oro del río Bluefields, en Nicaragua, los indios carcas fueron rápidamente arrojados lejos de sus tierras en las riberas, y ésta es también la historia de los indios de todos los valles fértiles y los subsuelos ricos del río Bravo al sur. Las matanzas de los indígenas que comenzaron con Colón nunca cesaron. En Uruguay y en la Patagonia argentina, los indios fueron exterminados, el siglo pasado, por tropas que los buscaron y los acorralaron en los bosques o en el desierto, con el fin de que no estorbaran el avance organizado de los latifundios ganaderos57. Los indios yaquis, del estado mexicano de Sonora, fueron sumergidos en un baño de sangre para que sus tierras, ricas en recursos minerales y fértiles para el cultivo, pudieran ser vendidas sin inconvenientes a diversos capitalistas norteamericanos. Los sobrevivientes eran deportados rumbo a las plantaciones de Yucatán. Así, la península de Yucatán se convirtió no sólo en el cementerio de los indígenas mayas que habían sido sus dueños, sino también en la tumba de los indios yaquis, que llegaban desde lejos: a principios de siglo, los cincuenta reyes del henequén disponían de más de den mil esclavos indígenas en sus plantaciones. Pese a su excepcional fortaleza física, raza de gigantes hermosos, dos tercios de los yaquis murieron durante el primer año de trabajo esclavo58. En nuestros días, la fibra de henequén sólo Puede competir con sus sustitutos sintéticos gracias al nivel de vida sumamente bajo de sus obreros. Las cosas han cambiado, es cierto, pero no tanto como se cree, al menos para los indígenas de Yucatán: «Las condiciones de vida de esos trabajadores se asemeja en mucho al trabajo esclavo», dice el profesor Arturo Bonilla Sánchez59. En las pendiente andinas cercanas a Bogotá, el peón indígena está obligado a entregar jornadas gratuitas de trabajo para que el hacendado le permita cultivar, en las noches de claro de luna, su propia parcela: «Los antepasados de este indio cultivaban libremente, sin contraer deudas, el suelo rico de la llanura, que no pertenecía a nadie. ¡Él trabaja gratis para asegurarse el derecho de cultivar la pobre montaña! » 60.
    No se salvan, en nuestros días, ni siquiera los indígenas que viven aislados en el fondo de las selvas. A principios de este siglo, sobrevivían aún doscientas treinta tribus en Brasil; desde entonces han desaparecido noventa, borradas del planeta por obra y gracia de las armas de fuego y los microbios. Violencia y enfermedad, avanzadas de la civilización: el contacto con el hombre blanco continúa siendo, para el indígena, el contacto con la muerte. Las disposiciones legales que desde 1537 protegen a los indios de Brasil se han vuelto contra ellos. De acuerdo con el texto de todas las constituciones brasileñas, son «los primitivos y naturales señores» de las tierras que ocupan. Ocurre que cuanto más ricas resultan esas tierras vírgenes más grave se hace la amenaza que pende sobre sus vidas; la generosidad de la naturaleza los condena al despojo y al crimen. La cacería de indios se ha desatado, en estos últimos años, con furiosa crueldad; la selva más grande del mundo, gigantesco espacio tropical abierto a la leyenda y a la aventura, se ha convertido, simultáneamente, en el escenario de un nuevo sueño americano. En tren de conquista, hombres y empresas de los Estados Unidos se han abalanzado sobre la Amazonia como si fuera un nuevo Far West. Esta invasión norteamericana ha encendido como nunca la codicia de los aventureros brasileños. Los indios mueren sin dejar huellas y las tierras se venden en dólares a los nuevos interesados. El oro y otros minerales cuantiosos, la madera y el caucho, riquezas cuyo valor comercial los nativos ignoran, aparecen vinculadas a los resultados de cada una de las escasas investigaciones que se han realizado. Se sabe que los indígenas han sido ametrallados desde helicópteros y avionetas, que se les ha inoculado el virus de la viruela, que se ha arrojado dinamita sobre sus aldeas y se les ha obsequiado azúcar mezclada con estricnina y sal con arsénico. El propio director del Servicio de Protección a los Indios, designado por la dictadura de Castelo Branco para sanear la administración, fue acusado, con pruebas, de cometer cuarenta y dos tipos diferentes de crímenes contra los indios. El escándalo estalló en 1968.
    La sociedad indígena de nuestros días no existe en el vacío, fuera del marco general de la economía latinoamericana. Es verdad que hay tribus brasileñas todavía encerradas en la selva, comunidades del altiplano aisladas por completo del mundo, reductos de barbarie en la frontera de Venezuela, pero por lo general los indígenas están incorporados al sistema de producción y al mercado de consumo, aunque sea en forma indirecta. Participan, como víctimas, de un orden económico y social donde desempeñan el duro papel de los más explotados entre los explotados. Compran y venden buena parte de las escasas cosas que consumen y producen, en manos de intermediarios poderosos y voraces que cobran mucho y pagan poco; son jornaleros en las plantaciones, la mano de obra más barata, y soldados en las montañas; gastan sus días trabajando para el mercado mundial o peleando por sus vencedores. En países como Guatemala, por ejemplo, constituyen el eje de la vida económica nacional: año tras año, cíclicamente, abandonan sus tierras sagradas, tierras altas, minifundios del tamaño de un cadáver, para brindar doscientos mil brazos a las cosechas del café, el algodón y el azúcar en las tierras bajas. Los contratistas los transportan en camiones, como ganado, y no siempre la necesidad decide: a veces decide el aguardiente. Los contratistas pagan una orquesta de marimba y hacen correr el alcohol fuerte: cuando el indio despierta de la borrachera, ya lo acompañan las deudas. Las pagará trabajando en tierras cálidas que no conoce, de donde regresará al cabo de algunos meses, quizá con algunos centavos en el bolsillo, quizá con tuberculosis o paludismo. El ejército colabora eficazmente en la tarea de convencer a los remisos61. La expropiación de los indígenas -usurpación de sus tierras y de su fuerza de trabajo- ha resultado y resulta simétrica al desprecio racial, que a su vez se alimenta de la objetiva degradación de las civilizaciones rotas por la conquista. Los efectos de la conquista y todo el largo tiempo de la humillación posterior rompieron en pedazos la identidad cultural y social que los indígenas habían alcanzado. Sin embargo, esa identidad triturada es la única que persiste en Guatemala62. Persiste en la tragedia. En semana santa, las procesiones de los herederos de los mayas dan lugar a terribles exhibiciones de masoquismo colectivo. Se arrastran las pesadas cruces, se participa de la flagelación de Jesús paso a paso durante el interminable ascenso del Gólgota; con aullidos de dolor, se convierte Su muerte y Su entierro en el culto de la propia muerte y el propio entierro, la aniquilación de la hermosa vida remota. La semana santa de los indios guatemaltecos termina sin Resurrección.


VILLA RICA DE OURO PRETO: LA POTOSÍ DE ORO

La fiebre del oro, que continúa imponiendo la muerte o la esclavitud a los indígenas de la Amazonia, no es nueva en Brasil; tampoco sus estragos.
    Durante dos siglos a partir del descubrimiento, el suelo de Brasil había negado los metales, tenazmente, a sus propietarios portugueses. La explotación de la madera, el «palo Brasil», cubrió el primer período de colonización de las costas, y pronto se organizaron grandes plantaciones de azúcar en el nordeste. Pero, a diferencia de la América española, Brasil parecía vacío de oro y plata. Los portugueses no habían encontrado allí civilizaciones indígenas de alto nivel de desarrollo y organización, sino tribus salvajes y dispersas. Los aborígenes desconocían los metales; fueron los portugueses quienes tuvieron que descubrir, por su propia cuenta, los sitios en que se habían depositado los aluviones de oro en el vasto territorio que se iba abriendo, a través de la derrota y el exterminio de los indígenas, a su paso de conquista.
    Los bandeirantes63 de la región de Sao Paulo habían atravesado la vasta zona entre la Serra de Mantiqueira y la cabecera del río Sao Francisco, y habían advertido que los lechos y los bancos de varios ríos y riachuelos que por allí corrían contenían trazas de oro aluvial en pequeñas cantidades visibles. La acción milenaria de las lluvias había roído los filones de oro de las rocas y los había depositado en los ríos, en el fondo de los valles y en las depresiones de las montañas. Bajo las capas de arena, tierra o arcilla, el pedregoso subsuelo ofrecía pepitas de oro que era fácil extraer del cascalho de cuarzo; los métodos de extracción se hicieron más complicados a medida que se fueron agotando los depósitos más superficiales. La región de Minas Gerais entró así, impetuosamente, en la historia: la mayor cantidad de oro hasta entonces descubierta en el mundo fue extraída en el menor espacio de tiempo.
    «Aquí el oro era bosque», dice, ahora, el mendigo, y su mirada planea sobre las torres de las iglesias. «Había oro en las veredas, crecía como pasto». Ahora él tiene setenta y cinco años de edad y se considera a sí mismo una tradición de Mariana (Ribeirao do Carmo), la pequeña ciudad minera cercana a Ouro Preto, que se conserva, como Ouro Preto, detenida en el tiempo. «La muerte es cierta, la hora incierta. Cada cual tiene su tiempo marcado», me dice el mendigo. Escupe sobre la escalinata de piedra y sacude la cabeza: «Les sobraba el dinero», cuenta, como si los hubiera visto. «No sabían dónde poner el dinero y por eso hacían una iglesia al lado de la otra».
    En otros tiempos, esta comarca era la más importante del Brasil. Ahora... «Ahora no», me dice el viejo. «Ahora esto no tiene vida ninguna. Aquí no hay jóvenes. Los jóvenes se van». Camina descalzo, a mi lado, a pasos lentos bajo el tibio sol de la tarde: «¿Ve? ahí, en el frente de la iglesia, están el sol y la luna. Eso significa que los esclavos trabajaban día y noche. Este templo fue hecho por los negros; aquél por los blancos. Y aquélla es la casa de Monseñor Alipio, que murió a los noventa y nueve años justos». A lo largo del siglo XVIII, la producción brasileña del codiciado mineral superó el volumen total del oro que España había extraído de sus colonias durante los dos siglos anteriores64. Llovían los aventureros y los cazadores de fortuna. Brasil tenía trescientos mil habitantes en 1700; un siglo después, al cabo de los años del oro, la población se había multiplicado once veces. No menos de trescientos mil portugueses emigraron a Brasil durante el siglo XVIII, «un contingente mayor de población... que el que España aportó a todas sus colonias de América»65. Se estima en unos diez millones el total de negros esclavos introducidos desde Africa, a partir de la conquista de Brasil y hasta la abolición de la esclavitud: si bien no se dispone de cifras exactas para el siglo XVIII, debe tenerse en cuenta que el ciclo del oro absorbió mano de obra esclava en proporciones enormes.
    Salvador de Bahía fue la capital brasileña del próspero ciclo del azúcar en el nordeste, pero la «edad del oro» de Minas Gerais trasladó al sur el eje económico y político del país y convirtió a Río de Janeiro, puerto de la región, en la nueva capital de Brasil a partir de 1763. En el centro dinámico de la flamante economía minera, brotaron las ciudades, campamentos nacidos del boom y bruscamente acrecidos en el vértigo de la riqueza fácil, «santuarios para criminales, vagabundos y malhechores» -según las corteses palabras de una autoridad colonial de la época. La Villa Rica de Ouro Preto había conquistado categoría de ciudad en 1711; nacida de la avalancha de los mineros, era la quintaesencia de la civilización del oro. Simáo Ferreira Machado la describía, veintitrés años después, y decía que el poder de los comerciantes de Ouro Preto excedía incomparablemente al de los más florecientes mercaderes de Lisboa: «Hacia acá, como hacia un puerto, se dirigen y son recogidas en la casa real de la moneda las grandiosas sumas de oro de todas las minas. Aquí viven los hombres mejor educados, tanto los laicos como los eclesiásticos. Este es el asiento de toda la nobleza y la fuerza de los militares. Esta es, en virtud de su posición natural, la cabeza de América íntegra; y por el poder de sus riquezas, es la perla preciosa del Brasil». Otro escritor de la época, Francisco Tavares de Brito, definía en 1732 a Ouro Preto como «la Potosí de oro»66.
    Con frecuencia llegaban a Lisboa quejas y protestas por la vida pecaminosa en Ouro Preto, Sabará, Sáo Joao d'El Rei, Ribeiráo do Carmo y todo el turbulento distrito minero. Las fortunas se hacían y se deshacían en un abrir y cerrar de ojos. El padre Antonil denunciaba que sobraban mineros dispuestos a pagar una fortuna por un negro que tocara bien la trompeta y el doble por una prostituta mulata, «para entregarse con ella a continuos y escandalosos pecados», pero los hombres de sotana no se portaban mejor: de la correspondencia oficial de la época pueden extraerse numerosos testimonios contra los «clérigos maus» que infestaban la región. Se los acusaba de hacer uso de su inmunidad para sacar oro de contrabando dentro de las pequeñas efigies de los santos de madera. En 1705, se afirmaba que no había en Minas Gerais ni un solo cura dispuesto a interesarse en la fe cristiana del pueblo, y seis años después la Corona llegó a prohibir el establecimiento de cualquier orden religiosa en el distrito minero.
    Proliferaban, de todos modos, las hermosas iglesias construidas y decoradas en el original estilo barroco característico de la región. Minas Gerais atraía a los mejores artesanos de la época. Exteriormente, los templos aparecían sobrios, despojados; pero el interior, símbolo del alma divina, resplandecía en el oro puro de los altares, los retablos, los pilares y los paneles en bajorrelieve; no se escatimaban los metales preciosos, para que las iglesias pudieran alcanzar «también las riquezas del Cielo», como aconsejaba el fraile Miguel de Sáo Francisco en 1710. Los servicios religiosos tenían altísimos precios, pero todo era fantásticamente caro en las minas. Como había ocurrido en Potosí, Ouro Preto se lanzaba al derroche de su riqueza súbita. Las procesiones y los espectáculos daban lugar a la exhibición de vestidos y adornos de lujo fulgurante. En 1733 una festividad religiosa duró más de una semana. No sólo se hacían procesiones a pie, a caballo y en triunfales carros de nácar, sedas y oro, con trajes de fantasía y alegorías, sino también torneos ecuestres, corridas de toros y danzas en las calles al son de flautas, gaitas y guitarras67.
    Los mineros despreciaban el cultivo de la tierra y la región padeció epidemias de hambre en plena prosperidad, hacia 1700 y 1713: los millonarios tuvieron que comer gatos, perros, ratas, hormigas, gavilanes. Los esclavos agotaban sus fuerzas y sus días en los lavaderos de oro. «Allí trabajan -escribía Luis Gomes Ferreira-68, allí comen, y a menudo allí tienen que dormir; y como cuando trabajan se bañan en sudor, con sus pies siempre sobre la tierra fría, sobre piedras o en el agua, cuando descansan o comen, sus poros se cierran y se congelan de tal forma que se hacen vulnerables a muchas peligrosas enfermedades, como las muy severas pleuresías, apoplejías, convulsiones, parálisis, neumonías y muchas otras». La enfermedad era una bendición del cielo que aproximaba la muerte. Los capitaes do mato de Minas Gerais cobraban recompensas en oro a cambio de las cabezas cortadas de los esclavos que se fugaban.
    Los esclavos se llamaban «piezas de Indias» cuando eran medidos, pesados y embarcados en Luanda; los que sobrevivían a la travesía del océano se convertían, ya en Brasil, en «las manos y los pies» del amo blanco. Angola exportaba esclavos bantúes y colmillos de elefante a cambio de ropa, bebidas y armas de fuego; pero los mineros de Ouro Preto preferían a los negros que venían de la pequeña playa de Whyc1ah, en la costa de Guinea, porque eran más vigorosos, duraban un poco más y tenían poderes mágicos para descubrir el oro. Cada minero necesitaba, además, por lo menos una amante negra de Whydah para que la suerte lo acompañara en las exploraciones69. La explosión del oro no sólo incremento la importación de esclavos, sino que además absorbió buena parte de la mano de obra negra ocupada en las plantaciones de azúcar y tabaco de otras regiones de Brasil, que quedaron sin brazos. Un decreto real de 1711 prohibió la venta de los esclavos ocupados en tareas agrícolas con destino al servicio en las minas, con la excepción de los que mostraran «perversidad de carácter». Resultaba insaciable el hambre de esclavos de Ouro Preto. Los en casos excepcional negros morían rápidamente, sólo es llegaban a soportar siete años continuos de trabajo. Eso sí: antes de que cruzaran el Atlántico, los Portugueses los bautizaban a todos. Y en Brasil tenían la obligación de asistir a misa, aunque les estaba Prohibido entrar en la capilla mayor o sentarse en los bancos.
    A mediados del siglo XVIII, Ya muchos de los mineros se habían trasladado a la Serra do Frio en busca de diamantes. Las piedras cristales que los cazadores de oro habían arrojado a un costado mientras exploraban los lechos de los ríos habían resultado ser diamantes. Minas Gerais ofrecía oro y diamantes en matrimonio, en proporciones parejas. El floreciente campamento de Tijuco se convirtió en el centro del distrito diamantino, y en él, al igual que en Ouro Preto, los ricos vestían a la última moda europea y se traían desde el otro lado del mar las ropas, las armas y los muebles más lujosos: horas del delirio y el derroche. Una esclava mulata, Francisca da Silva, conquistó su libertad al convertirse en la amante del millonario Joao Fernandes de Oliveira, virtual soberano de Tijuco, y ella, que, era fea y ya tenía dos hijos, se convirtió en la Xica que manda 70. Como nunca había visto el mar y quería tenerlo cerca, su caballero le construyó un gran lago artificial en el que puso un barco con tripulación y todo. Sobre las faldas de la sierra de Sao Francisco levantó para ella un castillo, con un jardín de plantas exóticas y cascadas artificiales; en su honor daba opíparos banquetes regados por los mejores vinos, bailes nocturnos de nunca acabar y funciones de teatro y conciertos. Todavía en 1818, Tijuco festejó a lo grande el casamiento del príncipe de la corte portuguesa. Diez años antes, John Mawe, un inglés que visitó Ouro Preto, se asombró de su pobreza; encontró casas vacías y sin valor, con letreros que las ponían infructuosamente en venta, y comió comida inmunda y escasa 71. Tiempo atrás había estallado la rebelión que coincidió con la crisis en la comarca del oro. José Joaquim da Silva Xavier, «Tiradentes», había sido ahorcado y despedazado, y otros luchadores por la independencia habían partido desde Ouro Preto hacia la cárcel o el exilio.


CONTRIBUCIÓN DEL ORO DE BRASIL AL PROGRESO DE INGLATERRA

El oro había empezado a fluir en el preciso momento en que Portugal firmaba el tratado de Methuen, en 1703, con Inglaterra. Esta fue la coronación de una larga serie de privilegios conseguidos por los comerciantes británicos en Portugal. A cambio de algunas ventajas para sus vinos en el mercado inglés, Portugal abría su propio mercado, y el de sus colonias, a las manufacturas británicas. Dado el desnivel de desarrollo industrial ya por entonces existente, la medida implicaba una condenación a la ruina para las manufacturas locales. No era con vino como se pagarían los tejidos ingleses, sino con oro, con el oro de Brasil, y por el camino quedarían paralíticos los telares de Portugal. Portugal no se limitó a matar en el huevo a su propia industria, sino que, de paso, aniquiló también los gérmenes de cualquier tipo de desarrollo manufacturero en el Brasil. El reino prohibió el funcionamiento de refinerías de azúcar en 1715; en 1729, declaró crimen la apertura de nuevas vías de comunicación en la región minera; en 1785, ordenó incendiar los telares y las hilanderías brasileñas.
    Inglaterra y Holanda, campeonas del contrabando del oro y los esclavos, que amasaron grandes fortunas en el tráfico ilegal de carne negra, atrapaban por medios ilícitos, según se estima, más de la mitad del metal que correspondía al impuesto del «quinto real» que debía recibir, de Brasil, la corona portuguesa. Pero Inglaterra no recurría solamente al comercio prohibido para canalizar el oro brasileño en dirección a Londres. Las vías legales también le pertenecían. El auge del oro, que implicó el flujo de grandes contingentes de población portuguesa hacía Minas Gerais, estimuló agudamente la demanda colonial de productos industriales y proporcionó, a la vez, medios para pagarlos. De la misma manera que la plata de Potosí rebotaba en el suelo de España, el oro de Minas Gerais sólo pasaba en tránsito por Portugal. La metrópoli se convirtió en simple intermediaria. En 1755, el marqués de Pombal, primer ministro portugués, intentó la resurrección de una política proteccionista, pero ya era tarde: denunció que los ingleses habían conquistado Portugal sin los inconvenientes de una conquista, que abastecían las dos terceras partes de sus necesidades y que los agentes británicos eran dueños de la totalidad del comercio portugués. Portugal no producía prácticamente nada y tan ficticia resultaba la riqueza del oro que hasta los esclavos negros que trabajaban las minas de la colonia eran vestidos por los ingleses72.
    Celso Furtado ha hecho notar73 que Inglaterra, que seguía una política clarividente en materia de desarrollo industrial, utilizó el oro de Brasil para pagar importaciones esenciales de otros países y pudo concentrar sus inversiones en el sector manufacturero. Rápidas y eficaces innovaciones tecnológicas pudieron ser aplicadas gracias a esta gentileza histórica de Portugal. El centro financiero de Europa se trasladó de Amsterdam a Londres. Según las fuentes británicas, las entradas de oro brasileño en Londres alcanzaban a cincuenta mil libras por semana en algunos períodos. Sin esta tremenda acumulación de reservas metálicas, Inglaterra no hubiera podido enfrentar, posteriormente, a Napoleón.
    Nada quedó, en suelo brasileño, del impulso dinámico del oro, salvo los templos y las obras de arte. A fines del siglo XVIII, aunque todavía no se habían agotado los diamantes, el país estaba postrado. El ingreso per capita de los tres millones largos de brasileños no superaba los cincuenta dólares anuales al actual poder adquisitivo, según los cálculos de Furtado, y éste era el nivel más bajo de todo el período colonial. Minas Gerais cayó a pique en un abismo de decadencia y ruina. Increíblemente, un autor brasileño, agradece el favor y sostiene que el capital inglés que salió de Minas Gerais «sirvió para la inmensa red bancaria que propició el comercio entre las naciones y tornó posible levantar el nivel de vida de los pueblos capaces de progreso»74. Condenados inflexiblemente a la pobreza en función del progreso ajeno, los pueblos mineros «incapaces» quedaron aislados y tuvieron que resignarse a arrancar sus alimentos de las pobres tierras ya despojadas de metales y piedras preciosas. La agricultura de subsistencia ocupó el lugar de la economía minera 75. En nuestros días, los campos de Minas Gerais son, como los del nordeste, reinos del latifundio y de los «coroneles de hacienda», impertérritos bastiones del atraso. La venta de trabajadores mineiros a las haciendas de otros estados es casi tan frecuente como el tráfico de esclavos que los nordestinos padecen. Franklin de Oliveira recorrió Minas Gerais hace poco tiempo. Encontró casas de palo a pique, pueblitos sin agua ni luz, prostitutas con una edad media de trece años en la ruta al valle de Jequitinhonha, locos y famélicos a la vera de los caminos. Lo cuenta en su reciente libro A tragédia da renovaçao brasileira. Henri Gorceix había dicho, con razón, que Minas Gerais tenía un corazón de oro en un pecho de hierro76 pero la explotación de su fabuloso quadrilátero ferrífero corre por cuenta, en nuestros días, de la Hanna Mining Co. y la Bethlehem Steel, asociadas al efecto: los yacimientos fueron entregados en 1964, al cabo de una siniestra historia. El hierro, en manos extranjeras, no dejará más de lo que el oro dejó.
    Sólo la explosión del talento había quedado como recuerdo del vértigo del oro, por no mencionar los agujeros de las excavaciones y las pequeñas ciudades abandonadas. Portugal no pudo, tampoco, rescatar otra fuerza creadora que no fuera la revolución estética. El convento de Mafra, orgullo de Dom Joáo V, levantó a Portugal de la decadencia artística: en sus carillones de treinta y siete campanas, sus vasos y sus candelabros de oro macizo, centellea todavía el oro de Minas Gerais. Las iglesias de Minas han sido bastante saqueadas y son raros los objetos sacros, de tamaño portátil, que en ellas perduran, pero para siempre quedaron, alzadas sobre las ruinas coloniales, las monumentales obras barrocas, los frontispicios y los púlpitos, los retablos, las tribunas, las figuras humanas, que diseñó, talló o esculpió Antonio Francisco Lisboa, el «Aleijadinho», el «Tullidito», el hijo genial de una esclava y un artesano. Ya agonizaba el siglo XVIII cuando el «Aleijadinho» comenzó a modelar en piedra un conjunto de grandes figuras sagradas, al pie del santuario de Bom Jesus de Matosinhos, en Congonhas do Campo. La euforia del oro era cosa del pasado: la obra se llamaba Los profetas, pero ya no había ninguna gloria por profetizar. Toda la pompa y la alegría se habían desvanecido y no quedaba sitio para ninguna esperanza. El testimonio final, grandioso como un entierro para aquella fugaz civilización del oro nacida para morir, fue dejado a los siglos siguientes por el artista más talentoso de toda la historia de Brasil. El «Aleijadinho», desfigurado y mutilado por la lepra, realizó su obra maestra amarrándose el cincel y el martillo a las manos sin dedos y arrastrándose de rodillas, cada madrugada, rumbo a su taller.
    La leyenda asegura que en la iglesia de Nossa Senhora das Mercés e Misericordia, de Minas Gerais, los mineros muertos celebran todavía misa en las frías noches de lluvia. Cuando el sacerdote se vuelve, alzando las manos desde el altar mayor, se le ven los huesos de la cara.

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1 J.H. Elliott, La España imperial, Barcelona, 1965.
2 L. Capitan y Henri Lorin, El trabajo en América, antes y después de Colón, Buenos Aires, 1948.
3 Daniel Vidart, Ideología y realidad de América, Montevideo, 1968.
4 Luis Nicolau D´Olwer, Cronistas de las culturas precolombinas, México, 1963. El abogado Antonio de León Pinelo dedicó dos tomos enteros a demostrar que el Edén estaba en América. En El Paraíso en el Nuevo Mundo (Madrid, 1656)), incluyó un mapa de América del Sur en el que puede verse, al centro, el jardín del Edén regado por el Amazonas, El Río de la Plata, el Orinoco y el Magdalena. El fruto prohibido era el plátano. El mapa indicaba el lugar excato donde había partido el Arca de Noé, cuando el Diluvio Universal.
5 J. M. Ots Capdequí, El estado español en las Indias, México, 1941.
6 Earl J. Hamilton, American Treasure and the Price Revolution in Spain (1501-1650), Massachusetts, 1934.
7 Gonzalo Fernández de Oviedo, Historia general y natural de las Indias, Madrid, 1959. La interpretación hizo escuela. Me asombra leer, en el último libro del técnico francés René Dumon, Cuba, est-il socialiste?, París, 1970: "Los incendios no fueron totalmente exterminados. Sus genes subsisten en los cromosomas cubanos. Ellos entían una tal aversión por la tensión que exige el trabajo continuo, que algunos se suicidaron antes que aceptar el trabajo forzado..."
8 Guillermo Vázquez Franco, La conquista justificada, Montevideo, 1968, y J. H. Elliott, op.cit.
9 Según los informantes indígenas de fray Bernardino de Sahagún, en el Códice Florentino. Miguel León-Portilla, Visión de los vencidos, México, 1967.
10 Estas asombrosas coincidencias han estimulado la hipótesis de que los dioses de las religiones indígenas habían sido en realidad europeos llegados a estas tierras mucho antes que Colón. Rafael Pineda Yáñez, La isla y Colón, Buenos Aires, 1955.
11 Jacquetta Hawkes, Prehistoria, en la Historia de la Humanidad, de la UNESCO, Buenos Aires, 1966.
12 Miguel León-Portilla, El reverso de la Conquista. Relaciones aztecas, mayas e incas, México, 1964.
13 Miguel León-Portilla, op. cit.
14 Gustavo Adolfo Otero, Vida social en el coloniaje, La Paz, 1958.
15 Autores anónimos de Tatlelolco e informantes de Sahagún, en Miguel León-Portilla, op. cit.
16 Darcy Ribeiro, Las Américas y la civilización, tomo I: La civilización occidental y nosotros. Los pueblos testimonio, Buenos Aires, 1969.
17 Miguel León-Portilla, op. cit.
18 Ibid.
19 Para la reconstrucción del apogeo del Potosí, el autor ha consultado los siguientes testimonios del pasado: Pedro Vicente Cañete y Domínguez, Potosí colonial; guía histórica, geográfica, política, civil y legal del gobierno e intendencia de la provincia de Potosí, La Paz, 1939; Luis Capoche, Relación general de la Villa Imperial de Potosí, Madrid, 1959; y Nicolás de Martínez Arzanz y Vela, Historia de la Villa Imperial de Potosí, Buenos Aires, 1943. Además, las Crónicas Potosinas, de Vicente González Quesada, París, 1890, y La ciudad única, de Jaime Molins, Potosí, 1961.
20 Earl J. Hamilton, op.cit.
21 Ibid.
22 Citado por Gustavo Adolfo Otero, op. cit.
23 J.H. Elliott, op. cit., y Earl J. Hamilton, op. cit.
24 Roland Mousnier, Los siglos XVI y XVII, volumen IV de la Historia general de las civilizaciones, de Maurice Crouzet. Barcelona, 1967.
25 J. Vicens Vives, director, Historia social y económica de España y América, volúmenes II y III, Barcelona, 1957.
26 Jorge Abelardo Ramos, Historia de la nación latinoamericana, Buenos Aires, 1968.
27 J. H. Elliott, op.cit.
28 La especie no se ha extinguido. Abro una revista de Madrid, de fines de 1969, leo: ha muerto doña Teresa Bertrán de Lis y Pidal Gorouski y Chico de Guzmán, duquesa de Albuquerque y marquesa de los Alcañices y de los Balbases, y la llora el viudo duque de Albuquerque, Don Beltrán Alonso Osorio y Díez de Rivera Martos y Figueroa, marqués de Alcañices, de los Balbases, de Cadreita, de Cuéllar, de Cullera, de Montaos, conde de Fuensaldaña, de Grajal, De Huelma, de Ledesma, de la Torre, de Villanueva de Cañedo, de Villahumbrosa, tres veces Grande de España.
29 John Lynch, Administración colonial española,Buenos Aires, 1962.
30 Ernest Mandel, Tratado de economía marxista, México, 1969.
31 Ernest Mandel, La teoría marxista de la acumulación primitiva y la industrialización del Tercer Mundo, revista Amaru, núm. 6, lima, abril-junio de 1968.
32 Paul Baran, Economía política del crecimiento, México 1959.
33 Celso Furtado, La economía latinoamericana desde la conquista ibérica hasta la revolución cubana, Santiago de Chile, 1969, y México, 1969.
34 J. Beujeau-Garnier, L´économie de l´Amerique Latine, París, 1949.
35 Sergio Bagú, Economía de la sociedad colonial. Ensayo de historia comparada de América Latina, Buenos Aires, 1949.
36 Alexander von Humboldt, Ensayo sobre el Reino de la Nueva España, México, 1944.
37 Sergio Bagú, op. cit.
38 André Gunder Frank, Capitalism and Underdevelopment in Latin America, Nueva York, 1967.
39 Álvaro Alonso-Barba, Arte de los metales, Potosí, 1967.
40 Gustavo Adolfo Otero, op. cit.
41 Fernando Carmona, prólogo a Diego López Rosado, Historia y pensamiento económico de México, México, 1968.
42 D. Joseph Rivera Bernárdez, Conde Santiago de la Laguna, Descripción breve de la muy noble y leal ciudad de Zacatecas, en Gabriel Salinas de la Torre, Testimnios de Zacatecas, México, 1946. Además de esta obra y del ensayo de Humboldt, el autor ha consultado: Luis Chávez Orozco, Revolución industrial-Revolución política, Biblioteca del Obrero y Campesiono, México, s. f.; Lucio Marmolejo, Efemérides guanajuatenses, o datos para formar la historia de la ciudad de Guanajuato, Guanajuato, 1883; José María Luis Mora, México y sus revoluciones, México, 1965; y para los datos de la actualidad, La economía del Estado de Zacatecas y La economía del Estado de Guanajuato, de la serie de investigaciones del Sistema de Bancos de Comercio, México, 1968.
43 John Colfier, The Indians of America, Nueva York, 1947.
44 Según Darcy Ribeiro, op. cit., con datos de Henry F. Dobyns, Paul Thompson y otros.
45 Emilio Romero, Historia económica del Perú, Buenos Aires, 1949.
46 Enrique Finot, Nueva historia de Bolivia, Buenos Aires, 1946.
47 Obras citadas.
48 Antonello Gerbi, La disputa del Nuevo Mundo, México, 1960, y Daniel Vidart, op. cit.
49 Lewis Hanke, Estudios sobre fray Bartolomé de Las Casas y sobre la lucha por la justicia en la conquista española de América, Caracas, 1968.
50 J. M. Ots Capdequí, op. cit.
51 Un miembro del Servicio Norteamericano de Conservación de Suelos, según John Collier, op. cit.
52 Daniel Valcárcel, La rebelión de Túpac Amaru, México, 1947.
53 Alexander von Humboldt, Ansichten der Natur, tomo II. Citado en Adolf Meyer-Abich y otros, Alejandro de Humboldt (1769-1969), Bad Godesberg, 1969.
54 Tulio Halperin Donghi, Historia contemporánea de América Latina, Madrid, 1969.
55 Emest Gruening, Mexico and its Heritage, Nueva York, 1928.
56 Alonso Aguilar Monteverde, Dialéctica de la economía mexicana, México, 1968.
57 Los últimos charrúas, que hacia 1832 sobrevivían saqueando novillos en las campiñas salvajes del norte del Uruguay, sufrieron la traición del presidente Fructuoso Rivera. Alejados de la espesura que les daba protección, desmontados y desarmados por las falsas promesas de amistad, fueron abatidos en un paraje llamado la Boca del Tigre: «Los clarines tocaron a degüello -cuenta el escritor Eduardo Acevedo Díaz (diario La Época, 19 de agosto de 1890-. La horda se revolvió desesperada, cayendo uno tras otro sus mocetones bravíos, como toros heridos en la nuca.» Varios caciques murieron. Los pocos indios que pudieron romper el cerco de fuego se vengaron poco después. Perseguidos por el hermano de Rivera, le tendieron una emboscada y lo acribillaron a lanzazos junto con sus soldados. El cacique Sepe «hizo cubrir con algunos nervios del cadáver el extremo de la moharra de su lanza». En la Patagonia argentina, a fines de siglo, los soldados cobraban contra la presentación de cada par de testículos. La novela de David Viñas Los dueños de la tierra (Buenos Aires, 1959) se abre con la cacería de los indios: «Porque matar era como violar a alguien. Algo bueno. Y hasta gustaba: había que correr, se podía gritar, se sudaba y después se sentía hambre... Los disparos se habían ido espaciando. Seguramente había quedado algún cuerpo enhorquetado en uno de esos nidos. Un cuerpo de indio echado hacia atrás, con una mancha negruzca entre los muslos ... »
58 John Kenneth Turner, México bárbaro, México, 1967.
59 Arturo Bonilla Sánchez, Un problema que se agrava: la subocupación rural, en Neolatifundismo, y explotación, De Emiliano Zapata a Anderson Clayton & Co., varios autores, México, 1968.
60 René Dumont, Tierras vivas. Problemas de la reforma agraria en el mundo, México, 1963.
61 Eduardo Galeano, Guatemala, país ocupado, México, 1967.
62 Los mayas quichés creían en un solo dios, practicaban el ayuno, la penitencia, la abstinencia y la confesión; creían en el diluvio y en el fin del mundo: el cristianismo no les aportó grandes novedades. La descomposición religiosa comenzó con la colonia. La religión católica sólo asimiló algunos aspectos mágicos y totémicos de la religión maya, en la tentativa vana de someter la fe indígena a la ideología de los conquistadores. El aplastamiento de la cultura original abrió paso al sincretismo, y así se recogen, por ejemplo, en la actualidad, testimonios de la involución con respecto a aquella evolución alcanzada: «Don Volcán necesita carne humana bien tostadita». Carlos Guzmán Böckler y Jean-Loup Herbert, Guatemala: una interpretación histórico-social, México, 1970.
63 Las bandeiras paulistas eran bandas errantes de organización paramilitar y de fuerza variable. Sus expediciones selva adentro desempeñaron un papel importante en la colonización interior de Brasil.
64 Celso Furtado, op. cit.
65 Celso Furtado, Formación económica del Brasil, México, 1959.
66 C. R. Boxer, The Golden Age of Brazil (1695-1750), California, 1969.
67 Augusto de Lima Júnior, Vila Rica de Ouro Preto. Sintese histórica e descritiva, Belo Horizonte, 1957.
68 C. R. Boxer, op. cit.
69 C. R. Boxer, op. cit.
En Cuba se atribuían propiedades medicinales a las esclavas. Según el testimonio de Esteban Montejo, «había un tipo de enfermedad que recogían los blancos. Era una enfermedad en las venas y en las partes masculinas. Se quitaba con las negras. El que la cogía se acostaba con una negra y se la pasaba. Así se curaban enseguida». Miguel Barnet, Biografía de un cimarrón, Buenos Aires, 1968.
70 Joaquim Felício dos Santos, Memorias do Distrito Diamantino, Río de Janeiro, 1956.
71 Augusto de Lima Júnior, op. cit.
72 Allan K. Manchester, British Preeminence in Brazil. its Rise and Fall, Chapel Hill, Carolina del Norte, 1933.
73 Celso Furtado, op. cit.
74 Augusto de Lima Júnior, op. cit. El autor siente una gran alegría por «la expansión del imperialismo colonizador, que los ignorantes de hoy, movidos por sus maestros moscovitas, califican de crimen».
75 Roberto C. Simonsen, História económica do Brasil (1500- 1820), Sao Paulo, 1962.
76 Eponina Ruas, Ouro Preto. Sua história, seus templos e monumentos, Río de Janeiro, 1950.

El poder es un señor muy distraído

Por privilegio de su impunidad, el poder se da el lujo de vivir en estado de perpetua distracción: se olvida de todo, se equivoca, no sabe lo que dice, ni se da cuenta de lo que hace. Las costumbres del poder se llaman errores o descuidos; pero el sur del mundo paga, con sus muertos por hambre o bala, el precio de las distracciones del norte.

Un zorro suelto en el desierto

Vísperas de Navidad: cohetes y fuegos artificiales en los cielos de occidente. Vísperas del Ramadán: el oriente, en el cielo de Bagdad, bombas y fuegos de guerra. Estados Unidos y Gran Bretaña, fiel servidora que antes fuera ama y señora, han celebrado el fin del 98 mediante la estrepitosa fiesta de la operación Zorro del Desierto. Así, Bill Clinton pudo demostrar que la guerra es la continuación del Kamasutra por otros medios, y Tony Blair pudo revelar, por fin, el enigma de su tercera vía: la tercera vía consiste en matar iraquíes durante tres noches.¿Hospitales bombardeados, muertos civiles? En las guerras, hay errores inevitables, y por eso los muertos civiles han pasado a llamarse «daños colaterales», collateral damages, desde 1991, cuando el anterior arrasamiento de Irak dejó una montaña de cadáveres que la televisión no mostró. Cuando Estados Unidos y Gran Bretaña, los dos mayores fabricantes de armas del mundo, hicieron, al fin del 98, esta nueva exhibición de sus músculos, se olvidaron de avisar a las Naciones Unidas. El descuido no tenía importancia, habida cuenta de que ambas potencias pueden imponer su veto a cualquier resolución que pretenda condenarlas.La paradoja es la normalidad del mundo al revés: la falta de respeto a las Naciones Unidas fue el principal pretexto invocado para justificar los bombardeos de castigo contra Irak, mientras los propios bombardeos se burlaban de las Naciones Unidas y de todas las leyes internacionales vigentes. La incoherencia es la normalidad del lenguaje al revés: otro discurso del disparate, un balbuceo que condenaba al condenador, había acompañado la cruzada del 91: Estados Unidos, que venía de invadir a Panamá, castigaba a Irak porque había invadido a Kuwait.Ahora, hubo también otra coartada: el peligroso Saddam Hussein había almacenado armas nucleares, químicas y biológicas, que amenazaban a los países vecinos. Pero a nadie se le movía un pelo cuando Hussein usaba armas químicas y biológicas contra los iraníes y los kurdos. Y si por eso fuera, Estados Unidos tendría que autobombardearse: concentra la mitad del arsenal mundial de armas nucleares, químicas y biológicas, fabrica la mitad de todas las armas que el mundo compra, tiene el mayor presupuesto militar del planeta y constituyen una comprobado peligro para sus vecinos, a quienes vienen invadiendo, a un ritmo de una invasión por año, desde los inicios de su vida independiente. Y también constituyen un comprobado peligro para sus no vecinos, que ya lo dirían, si hablar pudieran, las víctimas de sus excursiones militares más recientes, contra Sudán, Afganistán y, como ya es habitual, Irak. No hay presidente estadunidense que lo ignore: para subir los índices de popularidad, no hay nada mejor que invadir o bombardear a otros países.

Los papás de la criatura

Poco antes de fin de año, hablando en nombre del gobierno estadunidense, Madeleine Albright reconoció que había sido un error el apoyo de Estados Unidos a las dictaduras latinoamericanas. La detención de Pinochet ocupaba, en esos días, la primera plana de la prensa mundial. ¿Un error? Curiosa manera de nombrar la marca de fábrica. Las guerras se hacen en nombre de la paz, las dictaduras se implantan en nombre de la libertad. Cuando la libertad que de veras importa, que es la libertad del dinero, ya no necesita a los impresentables matarifes de uniforme, el poder se lava las manos y con dos palabras despacha el asunto y cambia de tema. Al fin y al cabo, ¿acaso Henry Kissinger, que inventó a Pinochet, no recibió el premio Nobel de la Paz? Antes de que el juez Garzón cometiera su acto de justicia, que tan escandaloso ha resultado en este mundo acostumbrado a la injusticia, los miles de muertos y torturados por la dictadura de Pinochet eran llamados excesos, y se llamaba milagro chileno a una de las sociedades más desiguales del planeta. El Papa de Roma bendecía al general, a principios del 93, prometiendo para él y su familia «abundante gracia divina», y a principios del 98, hace un rato nomás, el diario liberal The New York Times celebrada el cuarto de siglo del golpe de estado, gracias al cual Chile «ha dejado de ser una república bananera» para convertirse en «la estrella económica de América Latina». A pesar de sus excesos, el modelo Pinochet se difundía como panacea universal.

Los banqueros en Babia

Excesos, errores, descuidos: nadie es perfecto. El 4 de diciembre del 98, mientras doña Madeleine se refería al error del apoyo a las dictaduras latinoamericanas, pavada de error que lleva más de un siglo de sistemáticas carnicerías, otras dos equivocaciones se difundieron desde Washington. Ese día, una comisión de la Cámara de Representantes emitió un informe donde se refería a un descuido: por un descuido, el Citibank había lavado 100 millones de narcodólares, que los traficantes de drogas habían puesto en manos del político mexicano Raúl Salinas. Y ese mismo día, otro informe, otro error: el Banco Mundial criticó públicamente un error de su hermano gemelo, el Fondo Monetario Internacional, cuyas recetas habían agravado la crisis en Tailandia, Indonesia y Corea del Sur. Las recetas del fondo estaban equivocadas, según los técnicos del Banco, a juzgar por sus deprimentes resultados; pero el informe ni siquiera sugería la posibilidad de que pudiera haber algo de equivocado en el hecho de imponer recetas. Ese hecho es un derecho de la dictadura financiera, que ambos organismos ejercen en escala planetaria, y eso está fuera de discusión. Sus tecnócratas recetadores no han aprendido medicina con Hipócrates, ni con Galeno: ellos multiplican las plagas del mundo, aplicando las pócimas enseñadas por las mismas eminencias que habían dictado la política económica del general Pinochet. Y es, por cierto, la dictadura financiera internacional, que gobierna a los gobiernos, la que con sus errores facilita los descuidos de la alta banquería y garantiza impunidad a sus enjuagues. El poder llama errores a la rutina de sus horrores. ¿Una profunda crisis de valores, que el lenguaje revela? Quizá. En todo caso, en el diccionario de este fin de siglo, crisis de valores es el nombre que tiene la caída de las cotizaciones de las acciones en la Bolsa.
Los Magos

Por Eduardo GaleanoGRAN CIRCO GRAN
Pepino el 98
HOY FUNCION HOY

 

 

Durante todo el año 1998, los grandes medios de comunicación, expertos en ilusionismo, hicieron gala de su maestría en las artes del escamoteo. Un día de octubre, perdida al pie de una de las páginas y páginas dedicadas a las funciones de Monica Lewinsky en el Salón Oval, algún diario publicó, bien chiquita, una noticia insignificante: un estudio científico, realizado por tres organizaciones ecologistas internacionales, había llegado a la conclusión de que el planeta ha perdido un tercio de su riqueza natural en el último cuarto de siglo. Llevaría entre cinco y diez millones de años recuperar los animales y las plantas que se han extinguido.No lo escuché por radio, ni lo vi en la tele. El hombre-balaOtra noticia insignificante, que no se leyó, ni se vio, ni se escuchó: el ex presidente Bush confesó que el petróleo fue la causa de la guerra contra Irak. En su libro de memorias (George Bush y Brent Scowcroft, A world transformed, Knopf, Nueva York, 1998), Bush admite lo que siempre había negado. ¿Se desató la Operación Tormenta del Desierto en defensa de la libertad de Kuwait, el indefenso país invadido? Estados Unidos bombardeó Irak, porque no se podía permitir "que un poder regional hostil tuviera de rehén buena parte del suministro mundial de petróleo", aclara Bush, con todas las letras. El gorilaCuando Augusto Pinochet fue atrapado y enjaulado en Londres, por demanda de la Justicia española, se desató en el mundo un gran debate jurídico.Desde que había asaltado el gobierno chileno en 1973, Pinochet había violado todas las leyes de su país, del planeta y del espacio sideral: pero prestigiosos juristas y democráticos presidentes opinaron que sus crímenes debían ser juzgados por la ley de Chile. Cosas de circo: la ley de Chile impide que sus crímenes sean juzgados. Es la ley por él dictada, que para algo era dictador. Los dueños del circoPoco antes, el National Security Archive publicó, en Washington, algunos documentos de la CIA, de la época del presidente Salvador Allende.1970, órdenes del presidente Nixon y de Kissinger al director de la CIA: "¡Salven a Chile! ¡Usen nuestros mejores hombres! ¡No escatimen gastos! ¡Hagan gemir la economía chilena!".Poco después, instrucciones de la CIA al jefe de misión en Santiago: "Es nuestra firme y continua política que Allende sea derribado por un golpe de Estado".Y en 1973, la celebración: "El golpe de Estado ha sido casi perfecto", dice el informe de un oficial de inteligencia. El clownOtro destape, de otro organismo oficial norteamericano. El FBI acaba de revelar su investigación sobre Marx: sobre Groucho Marx.Hace medio siglo, el FBI sospechaba que Groucho Marx podía estar afiliado al Partido Comunista. En las 186 páginas que se han hecho públicas, no se encuentra ni una sola prueba. Ya Groucho había advertido que jamás entraría en ningún club dispuesto a admitir a alguien como él entre sus socios.Otras dieciséis páginas siguen vedadas al público, por razones de inteligencia militar. Ya Groucho había advertido, también, que la expresión "inteligencia militar" contiene una contradicción en sus términos. Los enanosA pesar de la crisis mundial, hay mercados que prosperan. Por ejemplo, el mercado infantil del fútbol profesional.El club Barcelona acaba de pagar 5 millones 300 mil dólares por un jugador de Nigeria, Hauruna Babangida, que tiene 15 años.Babangida es un adulto hecho y derecho, comparado con algunas nuevas estrellas del fútbol argentino. Veinticinco mil dólares pagó un empresario por Gerardo Castro, de 9 años, que jugará en River Plate, y otro empresario anuncia que pagará el doble por Ariel Huguetti, un malabarista de la pelota, que acaba de cumplir 12 años.--Si no tuviéramos problemas económicos, yo no aceptaría los 50 mil dólares --explica el papá de Ariel Huguetti. El malabaristaOtro mercado que prospera es el mercado de la guerra. El Instituto Internacional de Estudios Estratégicos difunde, desde Londres, los más recientes numeritos del negocio: Estados Unidos vende el 45 por ciento de las armas que el mundo compra."La conquista de la paz es el gran desafío que tiene planteada la humanidad, declara el presidente Clinton, que viene de gastar 75 millones de dólares arrojando bombas sobre objetivos civiles en Sudán y Afganistán. Los guardianes del circoLa terapia de las armas parece saludable a muchos ciudadanos. En vísperas de las recientes elecciones brasileñas, inmensos carteles mostraban el caño de una pistola, en los muros de Río de Janeiro, y proclamaban: ¡Pena de muerte, ya! ¡El buen bandido es el bandido muerto! Un ex inspector de policía, llamado Sivuca, convocaba así al electorado. Sivuca fue elegido diputado estadual.En cambio, el diputado mexicano Luis Miguel Ortiz cree que hay que ahorrar balas para castigar al delincuente: propone "que lo colguemos en una plaza pública, y repartamos alfileres, para que todos los ciudadanos piquen sus partes nobles hasta que se muera".  Los trapecistas A veces, en las alturas financieras, los saltos mortales son de veras mortales. Las Bolsas de Valores se han venido abajo, y en la caída perdió 100 mil millones de dólares, en 1998, la empresa de inversiones Long-Term Capital Management. En 1997, dos de sus socios principales, Robert Merton y Myron Scholes, habían ganado el Premio Nobel de Economía. Los contorsionistasLa tempestad amenaza con volar el circo, y los gobiernos del mundo se lanzan al rescate de los banqueros en bancarrota.El gobierno de México quiere convertir en deuda pública los pasivos de los bancos privados en quiebra, por la módica suma de 50 mil millones de dólares. El Japón destina 240 mil millones de dólares, de fondos públicos, al salvataje de los bancos que no pueden cobrar lo que prestaron.Artes de circo: retorciendo prodigiosamente el cuerpo, el capitalismo se convierte, cuando le conviene, en un socialismo al revés. El socialismo no está tan mal, al fin y al cabo, mientras se socialicen las pérdidas. Los fakiresLos nadies, que nada tienen, pagan la cuenta, que así de injusto es el ajuste que los ajusta.Para enseñar Economía a sus alumnos, el profesor Jorge Marchini suele contar una historia. A fines del '94, cuando estalló la penúltima crisis en México, y el "efecto tequila" asustó al mundo, la televisión entrevistó a una mujer que vendía sus pobres chucherías, expuestas en el suelo, frente a la Catedral:--¿Tendrá que pagar México las consecuencias de sus gastos excesivos? --preguntó el periodista.La mujer miró, sorprendida, a la cámara:--¿Hubo una fiesta, en este país? Yo no me había enterado.
 
El ojo del ciclope
Por Eduardo GaleanoPara Osvaldo Soriano y Cacho El Kadri, que se
fueron sin esta alegría
 
 
El cíclope y la globalizaciónLos más fervorosos abogados de la globalización han puesto el grito en el cielo. ¿Qué es esta locura? Cuando Augusto Pinochet, el célebre serial killer, cayó preso en Londres, se desató un escándalo en los círculos latinoamericanos del poder. ¡El senador vitalicio convertido en prisionero vitalicio? No debe haber fronteras para los negocios, Dios libre y guarde, pero sí que debe haberlas para la justicia.
En América latina, el poder es un cíclope. Tiene un solo ojo: ve lo que le conviene, es ciego de todo lo demás. Contempla en éxtasis la globalización del dinero, pero no puede ni ver la globalización de los derechos humanos.
El cíclope y la transiciónPara la inmensa mayoría de la humanidad, Pinochet es, como Drácula, un símbolo universal de costumbres insalubres. En algunos países, llaman Pinochet a los malos cuadros de fútbol, que llenan los estadios para torturar a la gente.
Sin embargo, todo hay que decirlo, a Pinochet no le faltan admiradores. En Chile, y fuera de Chile. Al fin y al cabo, aunque mató a cuatro mil, él fue el papá del milagro económico que convirtió a Chile en uno de los países más exitosos y más injustos del mundo. Vista con un solo ojo, la única transición posible de la dictadura a la democracia, es la transición de una injusticia a otra injusticia.
En Chile, el cíclope llama “mi general” a Augusto Pinochet. Un himno militar, que el ejército chileno canta, exalta sus hazañas, y aunque la lectura nunca ha sido su pasión principal, la biblioteca de la Academia de Guerra lleva su nombre. Hasta el año pasado, y durante un cuarto de siglo, fue fiesta nacional el día del cuartelazo que en 1973 acabó con la vida de Salvador Allende y con la democracia chilena. Y todavía se llama 11 de Setiembre una de las principales avenidas de Santiago.
El cíclope y la impunidadBocas abiertas, ojos bizcos: los presidentes latinoamericanos, reunidos en Portugal, no podían creer la noticia. Pinochet, senador vitalicio de la democracia chilena y criminal prófugo de la justicia española, había sido arrestado por los agentes de Scotland Yard, en su lecho de enfermo de la clínica más cara de Inglaterra, a una cuadra de la embajada de su país.
En Europa estaba ocurriendo, simplemente, lo que debía haber ocurrido en Chile muchos años antes. Noventa y cuatro españoles, o chilenos de origen español, habían sido asesinados en Chile, y el asesino andaba suelto. Un juez español cumplía su trabajo, y otro tanto hacían los policías británicos, que para eso la sociedad les paga.
La detención de Pinochet, un hecho normal, resulta ser una anormalidad inconcebible, desde el punto de vista del único ojo del cíclope. El estupor de los presidentes latinoamericanos ante la noticia, implicaba, de alguna manera, una confesión. Los latinoamericanos estamos acostumbrados a la impunidad del terrorismo de Estado y a la impotencia de la Justicia, habitualmente subordinada, en nuestras tierras, al poder político. El gobierno chileno reivindicó de inmediato la inmunidad diplomática del prisionero: un senador de la patria, en misión especial. ¿Misión especial por hernia de disco, o por tráfico de armas? El gobierno cometió una errata. Donde dijo inmunidad debió decir impunidad. Y otra errata cometió el tribunal inglés que le hizo eco: donde dijo ex jefe de Estado, debió decir dictador jubilado.
El cíclope y la democraciaSegún denuncia, indignado, el cíclope, los procesos que el juez Baltasar Garzón está llevando adelante, contra Pinochet y contra otros carniceros latinoamericanos, están poniendo en peligro “la gobernabilidad democrática de nuestros países”. Una democracia gobernada por el miedo: en el campo de visión del poder, no hay lugar para ninguna otra “gobernabilidad democrática”.
Los presidentes latinoamericanos administran la doble hipoteca que las dictaduras han dejado, en herencia, a las democracias: el pago de sus deudas y el olvido de sus crímenes. Las leyes de impunidad, impuestas en todos los países por mandato de la amenaza militar, han elevado las matanzas de Estado por encima del alcance de la justicia, se ha identificado a la justicia con la venganza, a la memoria con el desorden y a la amnesia con la paz.
El cíclope y la
soberanía
Se escuchan gritos y llantos por la soberanía malherida. ¿Por qué un juez español viene a meter la nariz en nuestros asuntos? Y la policía británica, ¿qué se habrá creído?
Ahora, los devotos de San Augusto Mártir anuncian el boicot contra el whisky escocés, los cigarrillos ingleses y las empresas españolas. Súbitamente convertidos al antiimperialismo, los pinochetistas denuncian a la colonialista España y a la pérfida Albión. Pero, hasta ayer nomás, Pinochet había sido espada de la hispanidad, discípulo de Francisco Franco y soldado de Margaret Thatcher en la guerra de Malvinas.
La versión ciclópea de la dignidad nacional ha sido certeramente expresada por el presidente argentino Carlos Menem, que declaró, después de vender su país a precio de banana:
–Nosotros hemos hecho bien los deberes.
La dignidad nacional consiste en obedecer a la maestra, que dicta sus clases en los pizarrones del Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y otras instituciones educativas.
El cíclope y el territorio¿Adónde vamos a parar? A este paso, ninguno de nuestros asesinos de uniforme podrá hacer turismo fuera del barrio.
Los presidentes latinoamericanos están muy preocupados por la violación del principio de territorialidad de la justicia. Los gobiernos ya no gobiernan, sometidos como están al despotismo planetario de la banquería internacional: pero el cíclope tiene su ojo clavado en los límites del mapa, y por defenderlos suele meterse en guerras contra los vecinos.
Augusto Pinochet, víctima reciente del desborde extraterritorial de la justicia, supo ser uno de los campeones de la extraterritorialidad. El fue uno de los artífices del Plan Cóndor, la internacional del terror que coordinó el trabajo sucio de las dictaduras de la Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Paraguay y Uruguay. Militares y policías se movían, por toda la región, como Perico por su casa, y para ellos no existían las fronteras. Este mercado común latinoamericano, el de la muerte, ha sido el único mercado común que ha funcionado como ejemplar eficacia entre nuestros diversos países. Hasta hace veinte años, se secuestraba gente en cualquier lugar, fuera cual fuese la nacionalidad de los secuestradores y de los secuestrados, y se torturaba y exterminaba mirando a quién pero sin mirar adónde. Así se explica, por ejemplo, que la ciudad de Buenos Aires haya sido, al mismo tiempo, el matadero de miles de argentinos y también de muchos exiliados latinoamericanos de varios países, como el general chileno Carlos Prats, que había sido ministro de Allende, el general Juan José Torres, que había sido presidente de Bolivia, y los parlamentarios uruguayos Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz. También sucumbieron allí muchos ciudadanos españoles e italianos y algunos franceses, suecos, suizos y de otros países: por ellos está actuando, pero no sólo por ellos, la justicia europea.
Pase lo que pase, llegue hasta donde llegue, es de agradecer este golpe de buen viento. Hace años, había anunciado Pablo Neruda: “Algo aparecerá en el aire inmóvil, un solidario sonido en la ventana”.

SILENCIOS

Por Eduardo Galeno

 
 

La música
Una larga mesa de amigos, en el restorán Plataforma, era el refugio de Tom Jobim contra el sol del mediodía y el tumulto de las calles de Río de Janeiro.Aquel mediodía, Tom se sentó aparte. En un rincón, se quedó tomando cerveza con Zé Fernando. Con él compartía el sombrero de paja, que lo usaban salteado, un día uno, al día siguiente el otro, y también compartían algunas cosas más.--No --dijo Tom, cuando alguien se arrimó--. Estoy en una conversa muy importante.Y cuando se acercó otro amigo:--Me vas a disculpar, pero nosotros tenemos mucho que hablar.Y a otro:--Perdón, pero aquí estamos discutiendo un asunto grave.En ese rincón aparte, Tom y Zé Fernando no se dijeron ni una sola palabra. Zé Fernando estaba en un día muy jodido, uno de esos días que habría que arrancar del almanaque y expulsar de la memoria, y Tom lo acompañaba callando cervezas. Así estuvieron, música del silencio, desde el mediodía hasta el fin de la tarde.Ya no había nadie en el restorán cuando se marcharon los dos, caminando despacito.  La cumbre Cada día, día tras día, repetían el viaje. Volvían de la escuela pedaleando, Alon en su bicicleta verde. Tzviki en su bicicleta roja, por el camino entre los árboles, y el sol corría con ellos por detrás del follaje.Al fin de la llanura, donde empezaba la montaña, se tomaban de la mano, Alon, alzado en los pedales, se afirmaba con todo, y el envión lanzaba a Tzviki cuesta arriba. Entonces Tzviki extendía la mano y daba impulso a Alon. Y así iban subiendo. Cada uno creaba un viento que empujaba al otro, y de viento en viento, de mano en mano, llegaban a la cumbre.Llegaban jadeando, cuando ya no daban más. Montados en sus bicicletas, se quedaban un buen rato allí. Sin soltarse las manos, contemplaban los valles de Jerusalén, que se extendían, luminosos, allá abajo, y ninguno decía nada.Han pasado los años. La misma vieja bicicleta verde sigue acompañando a Alon Raab, ahora él vive muy lejos de aquellos parajes, pero pedaleando siente la misma música del viaje en el viento. Y Alon se pregunta qué será de su amigo Tzviki, que nunca más se supo, y qué será de aquella montaña, o cerrito nomás, que allá en la infancia supo ser el pico más alto del mundo.  La casa Había sido albañil desde la infancia. Cuando cumplió dieciocho años, el servicio militar lo obligó a interrumpir el oficio.Lo destinaron a la artillería. En la práctica del tiro de cañón, debía disparar contra una casa vacía, en medio del campo. Le habían enseñado a tomar puntería, y todo lo demás; pero no pudo hacerlo. El había construido muchas casas, y no pudo hacerlo. A los gritos le repitieron la orden, pero no.El quería decir que una casa tiene piernas, hundidas en la tierra, y tiene cara, ojos en las ventanas, boca en la puerta, y tiene en sus adentros el alma que le dejaron quienes la hicieron y la memoria que le dejaron quienes la vivieron. Eso quería decir, pero no lo dijo. Si hubiera dicho eso, lo hubieran fusilado por imbécil. Plantado en posición de firmes, se calló la boca; y fue a parar al calabozo.En un fogón de las sierras argentinas, en rueda de amigos, Carlo Barbaresi cuenta esta historia de su padre. Ocurrió en Italia, en tiempos de Mussolini.  Los solos Lo cazaron en la selva, cuando era muy pichón. A golpes de hacha voltearon el árbol donde tenía su nido. Lo vendieron en la ciudad. Preso en una jaula, entre cuatro paredes pasó toda su vida. Hasta que fue abandonado. Lo recogió la familia Schlenker, que en las cercanías de Quito tiene un refugio para animales tristes. Este guacamayo nunca había visto un pariente. Ahora no se entiende con los demás guacamayos, ni con loro ninguno, ni se entiende con él. Acurrucado en un rincón, tiembla y chilla, se arranca las plumas a picotazos, tiene el pellejo sangrante y desnudo.Pobre bicho, digo. Más solo, imposible. Pero Abdón Ubidia, que me ha llevado al refugio, me presenta al solo más solo del mundo. Es el último aguti paca, o cuy de monte, que pasa las noches caminando en círculos y pasa los días escondido bajo el tronco hueco de un árbol caído. El es el único de su especie que queda vivo. Todos los suyos han sido exterminados. Mientras espera la muerte, no tiene a nadie con quien conversar.  Parte de guerra La hija de don Francisco fue capturada en la sierra de Chuacús. En la madrugada, un oficial del ejército de Guatemala la arrastró hasta la casa de su padre, y encaró a don Francisco:--¿Está bien lo que hacen los guerrilleros?--No --dijo don Francisco--. No está bien.--¿Y qué hay que hacer con ellos?Don Francisco calló.--¿Hay que matarlos?Don Francisco seguía callado, mirando el suelo. Su hija estaba de rodillas, encapuchada, maniatada, con la pistola del oficial clavada en la cabeza.--¿Hay que matarlos? --insistió el oficial.Quizás don Francisco quiso decir: no, pero ninguna palabra le salió de la boca. Y siguió callado, con los ojos clavados en el suelo.

Antes de que la bala volara la cabeza de la muchacha, ella lloró. Bajo la capucha, lloró. Lloró por él.

 

FÚTBOL EN PEDACITOS
Por Eduardo GaleanoCuando acabó el Campeonato Mundial del '94, el césped del estadio de Los Angeles fue vendido en porciones, como una pizza. Cuatro años después, mientras se apagan los clamores de triunfo y los susurros de velorio del Mundial '98, se está vendiendo en trozos el césped de Saint Denis.Este artículo no vende panes de césped, pero ofrece, gratis, algunos pedacitos de fútbol.CampeonesBrasil no pudo ser pentacampeón. Adidas, sí. Desde la Copa del '54 que Adidas ganó cuando ganó Alemania, ésta es la quinta consagración de los seleccionados que representan la marca de las tres barras. Adidas levantó, con Francia, el trofeo mundial de oro macizo y conquistó, con Zinedine Zidane, el premio al mejor jugador del campeonato. La empresa rival, Nike, tuvo que conformarse con el segundo y el cuarto lugar, que obtuvieron sus selecciones de Brasil y Holanda. La estrella de Nike, Ronaldo, no se lució demasiado. Una empresa menor, Lotto, dio el batacazo con la sorprendente Croacia, que entró tercera.Según un reciente estudio científico publicado por el Daily Telegraph de Londres, los hinchas segregan, durante los partidos, casi tanta testosterona como los jugadores. Pero hay que reconocer que también las empresas multinacionales transpiran la camisa como si fuera camiseta.EstrellasLos jugadores de fútbol más famosos son productos que venden productos. En tiempos de Pelé, el jugador jugaba, y eso era todo. En tiempos de Maradona, ya en pleno auge de la televisión y de la publicidad masiva, las cosas habían cambiado. Maradona cobró mucho, y mucho pagó: cobró con las piernas, pagó con el alma. Cuando ya llevaba algunos años en las canchas, la crisis lo rompió, y enfermó gravemente por sobredosis de éxito.El éxito espectacular de Ronaldo le permite facturar mil dólares por hora, incluyendo las horas que duerme. En el Mundial del '98, a los veintipoquitos años de edad, Ronaldo sufrió una crisis temprana: convulsiones, ataque de nervios. Dicen que la presión de Nike lo metió a prepo en la final contra Francia. El hecho es que jugó enfermo, y no pudo exhibir como debía las virtudes del nuevo modelo de botines, el R-9, que Nike estaba lanzando al mercado por medio de sus pies.PreciosAl fin del siglo, los periodistas especializados hablan cada vez menos de las habilidades de los jugadores y cada vez más de sus cotizaciones. Los dirigentes, los empresarios, los contratistas y demás cortadores del bacalao ocupan un espacio creciente en las crónicas futboleras. Antes, los pases se referían al viaje de la pelota de un jugador al otro; ahora, los pases aluden más bien al viaje del jugador de uno a otro club o de un país a otro. ¿Cuánto están rindiendo los famosos en relación con la inversión? Los especialistas nos bombardean con el vocabulario de los tiempos: oferta, compra, opción de compra, venta, cesión en préstamo, valorización, desvalorización. En el Mundial '98, las pantallas de la televisión brindaron espacio a la emoción colectiva, la más colectiva de las emociones, y también fueron vidrieras de exhibición mercantil: hubo alzas y caídas en la bolsa de piernas.AfricanosNjanka, jugador de Camerún, arrancó de atrás, dejó por el camino a toda la población de Austria y clavó el golazo más lindo del Mundial. Pero Camerún no llegó lejos.Cuando Nigeria derrotó, con su fútbol divertido, a la selección española y Paraguay empató, el presidente Aznar comentó que "hasta un nigeriano o un paraguayo pueden ponerte en tu lugar". Después, cuando Nigeria se fue de Francia, un comentarista argentino sentenció: "Son todos albañiles, ninguno usa la cabeza para pensar". La FIFA, que otorga los premios fair play, no jugó limpio con Nigeria: le impidió ser cabeza de serie, aunque el fútbol nigeriano venía de conquistar el trofeo olímpico.Las selecciones del Africa negra se fueron temprano del campeonato Mundial, pero algunos jugadores africanos o nietos de africanos deslumbraron en Holanda, Francia, Brasil y otros equipos. Hubo locutores y comentaristas que los llamaban negritos, aunque nunca llamaron blanquitos a los demás.SudamericanosDe los equipos sudamericanos, el que más me gustó fue Holanda.La selección naranja ofreció un fútbol vistoso, de buen toque y pases cortos, gozador de la pelota. Este estilo sudamericano se debió, en gran medida, al aporte de sus jugadores venidos de América del Sur: descendientes de esclavos, nacidos en Surinam. No había negros entre los diez mil hinchas que viajaron a Francia desde Holanda, pero en la cancha sí que los había. Fue una fiesta verlos: Seedorf, Reiziger, Winter, Bogarde, Kluivert, Davids. Kluivert es sutil como Francescoli, y cabecea como él. Davids, motor del equipo, juega y crea juego: mete pierna y mete líos, porque no acepta que los negros cobren menos que los blancos en los clubes de Holanda.FrancesesEl padre de Zidane fue uno de los albañiles que levantaron el estadio donde su hijo se consagró como el mejor de todos. Zidane es de familia argelina. Thuram, elevado a la categoría de héroe nacional por dos golazos, nació en el Caribe, en la isla Guadalupe, y de allí llegaron a Francia los padres de Henry. Desailly vino de Ghana, Viera de Senegal, Karembeu de Nueva Caledonia. Djorkaeff es de origen ruso y armenio. Trezeguet se crió en Argentina.Eran inmigrantes casi todos los jugadores que vestían la camiseta azul y cantaban La Marsellesa antes de cada partido. Una encuesta, publicada en esos días por Le Figaro Magazine, reveló que la mitad de los franceses quería la expulsión de los inmigrantes, pero el doble discurso racista permite ovacionar a los héroes y maldecir a los demás. El trofeo mundial fue celebrado por una multitud sólo comparable a la que desbordó las calles, hace más de medio siglo, cuando llegó a su fin la ocupación alemana.PecesEl año pasado, un aviso de televisión de Fox Sports exhortaba a mirar fútbol prometiendo: "Sea testigo de cómo el pez grande se come al pez chico". Era una invitación al aburrimiento. Afortunadamente, en el Mundial '98 en más de una ocasión el pez chico se comió al pez grande, con espinas y todo. Eso es lo bueno que tienen, a veces, el fútbol y la vida. 
 

Pierna de obra

No hay trago más mareador que el elixir del poder. Al cabo de una borrachera que ya lleva un cuarto de siglo, João Havelange, monarca del fútbol mundial, niega la evidencia y confunde el delirio con la realidad. El cree que se puede jugar el campeonato mundial del 98 sin Brasil, que es el país que ganó el último mundial, el que más mundiales ha ganado, el único que ha estado en todos y el que juega el fútbol más hermoso del mundo. Havelange también cree que sus órdenes expresan la voluntad divina, que lo ha sentado en el trono del fútbol hasta el fin de los tiempos, y que de la mano de Dios ha recibido las llaves de ese reino. Pelé, Maradona y otros mocitos atrevidos, no tienen por qué meterse: las opiniones de los jugadores se castigan con el desprecio y sus decisiones merecen pena de exilio.

Hace unos días, Havelange amenazó con excluir al Brasil del mundial de Francia si el Congreso brasileño aprueba la ley propuesta por Pelé, ministro de Deportes, con el visto bueno del presidente Cardoso. La ley libera a los jugadores, todavía presos de los clubes, y los hace dueños de sus pases a partir de 1999. Además, establece ligas de árbitros independientes y convierte a los clubes en empresas, con los mismos derechos y obligaciones que las demás empresas. Si la ley se aprueba, acabaría con la esclavitud de los jugadores y la impunidad de los dirigentes, en un país donde abundan los clubes pobres y los dirigentes ricos: Los dirigentes firman contratos millonarios y no dan cuentas a nadie. Si tuvieran que explicar los contratos, mucha gente iría a la cárcel -declaró Pelé. Pelé agregó que la arrogancia de su compatriota Havelange se explica porque teme que salgan a luz las cochinadas de su yerno, Ricardo Teixeira, que preside la Confederación Brasileña de Fútbol. Por notoria paradoja, la belleza del fútbol profesional brasileño es desgraciadamente proporcional a la destreza de sus dirigentes, maestros en el arte de sobornar jueces, mentir balances, vaciar tesorerías, burlar leyes y exprimir jugadores. Un año y medio antes de este escándalo de la ley Pelé, a fines del 95, la revista brasileña Placar entrevistó a Joseph Blatter, brazo derecho de Havelange y cortesano mayor en la corte de la FIFA. El periodista le preguntó su opinión sobre el sindicato internacional de jugadores, que se estaba formando: La Fifa no habla con jugadores respondió Blatter. Los jugadores son empleados de los clubes. Mientras este burócrata emitía su desprecio, ocurría una buena noticia para los atletas y para todos los que creemos en la libertad de trabajo y en los derechos humanos. La Suprema Corte de Luxemburgo, la más alta autoridad jurídica de la Comunidad Europea, se pronunció a favor de la demanda del futbolista belga Jean-Marc Bosman, y en su sentencia estableció que los jugadores europeos quedan libres, una vez vencidos los contratos que los ligan a los clubes. La universalización de esta conquista, libertad para todos en todas partes del mundo, es una de las tareas que se propone llevar adelante el sindicato que ya está funcionando, la Asociación Internacional de Futbolistas Profesionales. Aunque en Europa se rompieron los lazos de servidumbre feudal, en el resto del mundo los jugadores todavía integran los balances como patrimonio de los clubes. A pesar de sus notorios desencuentros con Maradona, que es la cabeza visible del sindicato, Pelé saludó la iniciativa gremial, en una carta que presentía su propia ley, y anunció: "Vamos a formar la mejor selección de todos los tiempos, la selección de los atletas libres". En esos días, el director técnico Pacho Maturana advirtió: "A los jugadores nadie los tiene en cuenta". Y ésa sigue siendo una verdad grande como una casa y vasta como el mundo entero, aunque en Europa exista libertad de contratación. Al fin y al cabo, es precisamente en Europa donde los jugadores están sometidos al más feroz ritmo de trabajo. El fútbol, lucrativa industria del espectáculo, explota a los jugadores hasta la última gota de su jugo. Pero, ¿de qué se quejan? ¿Acaso los jugadores no ganan fortunas? Unos pocos, los elegidos, sí. Aunque tampoco es para tanto: en la última lista de la revista Forbes, donde figuran los cincuenta atletas mejor pagados del mundo en 1996, no hay ni un solo jugador de fútbol. Los que manejan el negocio, los dueños de la pelota, actúan como si los jugadores no existieran. Jamás los escuchan. Los verdaderos protagonistas del espectáculo asisten desde la tribuna, como espectadores, a las decisiones que toman los empresarios y sus burócratas: quiénes juegan, por cuánto, cuándo, dónde y cómo. Designios inescrutables, cuentas secretas. La FIFA modifica los reglamentos, con buen criterio o con criterio dudoso, y discute cambios delirantes, como la ampliación de los arcos, sin que los jugadores puedan nunca decir ni pío. En el mundo actual, todo lo que se mueve y todo lo que está quieto trasmite algún mensaje comercial. Cada jugador de fútbol debe ser una cartelera publicitaria en movimiento, aconsejando al público consumir productos, pero la FIFA prohíbe que los jugadores porten mensajes que aconsejen la solidaridad social, disparate que está expresamente prohibido. Julio Grondona, presidente del fútbol argentino, recordó recientemente la prohibición, cuando algunos jugadores quisieron expresar en la cancha su apoyo a la huelga de los docentes, que ganan sueldos de ayuno perpetuo. Y en abril de este año, la FIFA castigó con una multa al jugador inglés Robbie Fowler, por el delito de inscribir en su camiseta una frase de adhesión a la huelga de los obreros de los puertos. Cuanto más alto es el nivel profesional del fútbol, más abundan los deberes, siempre más numerosos que los derechos: la aceptación de las decisiones ajenas, la disciplina militar, los entrenamientos extenuantes, los viajes incesantes, los partidos que se juegan un día sí y otro también, la obligación de rendir más a cambio de menos, el bombardeo de drogas que queman la juventud pero permiten cumplir a pesar del agotamiento y de las lesiones... Los jugadores, los autores de la fiesta, padecen un atroz ritmo de trabajo, que invita a recordar la respuesta que dio Winston Churchill al periodista que le preguntó cuál era el secreto de su vida tan larga y su salud tan buena. En 1964, Churchill había llegado tan campante a los noventa años: ¿Quiere usted saber cuál es el secreto?  respondió Churchill. El deporte. Jamás lo practiqué.Tomado de:
Brecha, Montevideo, viernes 22 de agosto de 1997.
 

Maradona

Jugó, venció, meó, perdió. El análisis delató efedrina y Maradona acabó de mala manera su Mundial del 94. La efedrina, que no se considera droga estimulante en el deporte profesional de los Estados Unidos y de muchos otros países, está prohibida en las competencias internacionales.
Hubo estupor y escándalo. Los truenos de la condenación moral dejaron sordo al mundo entero, pero mal que bien se hicieron oír algunas voces de apoyo al ídolo caído. Y no sólo en su dolorida y atónita Argentina, sino en lugares tan lejanos como Bangladesh, donde una manifestación numerosa rugió en las calles repudiando a la FIFA y exigiendo el retorno del expulsado. Al fin y al cabo, juzgarlo era fácil, y era fácil condenarlo, pero no resultaba tan fácil olvidar que Maradona venía cometiendo desde hacía años el pecado dc ser el mejor, el delito de denunciar a viva voz las cosas que el poder manda callar y cl crimen de jugar con la zurda, lo cual, según el Pequeño Larousse Ilustrado, significa «con la izquierda» y también significa «al contrario de como se debe hacer».
Diego Armando Maradona nunca había usado estimulantes, en vísperas dc los partidos, para multiplicarse el cuerpo. Es verdad que había estado metido en la cocaína, pero se dopaba en las fiestas tristes, para olvidar o ser olvidado, cuando ya estaba acorralado por la gloria y no podía vivir sin la fama que no lo dejaba vivir. Jugaba mejor que nadie a pesar de la cocaína, y no por ella.
Él estaba agobiado por el peso de su propio personaje. Tenía problemas en la columna vertebral, desde el lejano día en que la multitud había gritado su nombre por primera vez. Maradona llevaba una carga llamada Maradona, que le hacía crujir la espalda. El cuerpo como metáfora: le dolían las piernas, no podía dormir sin pastillas. No había demorado en darse cuenta de que era insoportable la responsabilidad de trabajar de dios en los estadios, pero desde el principio supo que era imposible dejar de hacerlo. «Necesito que me necesiten», confesó, cuando ya llevaba muchos años con el halo sobre la cabeza, sometido a la tiranía del rendimiento sobrehumano, empachado de cortisona y analgésicos y ovaciones, acosado por las exigencias de sus devotos y por el odio de sus ofendidos.
El placer de derribar ídolos es directamente proporcional a la necesidad de tenerlos. En España, cuando Goicoechea le pegó de atrás y sin la pelota y lo dejó fuera de las canchas por varios meses, no faltaron fanáticos que llevaron en andas al culpable de este homicidio premeditado, y en todo el mundo sobraron gentes dispuestas a celebrar la caída del arrogante sudaca intruso en las cumbres, el nuevo rico ése que se había fugado del hambre y se daba el lujo de la insolencia y la fanfarronería.
Después, en Nápoles, Maradona fue santa Maradonna y san Gennaro se convirtió en san Gennarmando. En las calles se vendían imágenes de la divinidad de pantalón corto, iluminada por la corona de la Virgen o envuelta en el manto sagrado del santo que sangra cada seis meses, y también se vendían ataúdes de los clubes del norte de Italia y botellitas con lágrimas de Silvio Berlusconi. Los niños y los perros lucían pelucas de Maradona. Había una pelota bajo el pie de la estatua del Dante y el tritón de la fuente vestía la camiseta azul del club Nápoles. Hacía más de medio siglo que el equipo de la ciudad no ganaba un campeonato, ciudad condenada a las furias del Vesubio y a la derrota eterna en los campos de fútbol, y gracias a Maradona el sur oscuro había logrado, por fin, humillar al norte blanco que lo despreciaba. Copa tras copa, en los estadios italianos y europeos, el club Nápoles vencía, y cada gol era una profanación del orden establecido y una revancha contra la historia. En Milán odiaban al culpable de esta afrenta de los pobres salidos de su lugar, lo llamaban jamón con rulos. Y no sólo en Milán: en el Mundial del 90, la mayoría del público castigaba a Maradona con furiosas silbatinas cada vez que tocaba la pelota, y la derrota argentina ante Alemania fue celebrada como una victoria italiana.
Cuando Maradona dijo que quería irse de Nápoles, hubo quienes le echaron por la ventana muñecos de cera atravesados de alfileres. Prisionero de la ciudad que lo adoraba y de la camorra, la mafia dueña de la ciudad, él ya estaba jugando a contracorazón, a contrapié; y entonces, estalló el escándalo de la cocaína. Maradona se convirtió súbitamente en Maracoca, un delincuente que se había hecho pasar por héroe.
Más tarde, en Buenos Aires, la televisión trasmitió el segundo ajuste de cuentas: detención en vivo y en directo, como si fuera un partido, para deleite de quienes disfrutaron el espectáculo del rey desnudo que la policía se llevaba preso.
«Es un enfermo», dijeron. Dijeron: «Está acabado». El mesías convocado para redimir la maldición histórica de los italianos del sur había sido, también, el vengador de la derrota argentina en la guerra de las Malvinas, mediante un gol tramposo y otro gol fabuloso, que dejó a los ingleses girando como trompos durante algunos años; pero a la hora de la caída, el Pibe de Oro no fue más que un farsante pichicatero y putañero. Maradona había traicionado a los niños y había deshonrado al deporte. Lo dieron por muerto.
Pero el cadáver se levantó de un brinco. Cumplida la penitencia de la cocaína, Maradona fue el bombero de la selección argentina, que estaba quemando sus últimas posibilidades de llegar al Mundial 94. Gracias a Maradona, llegó. Y en el Mundial, Maradona estaba siendo otra vez, como en los viejos tiempos, el mejor de todos, cuando estalló el escándalo de la efedrina.
La máquina del poder se la tenía jurada. Él le cantaba las cuarenta, eso tiene su precio, cl precio se cobra al contado y sin descuentos. Y el propio Maradona regaló la justificación, por su tendencia suicida a servirse en bandeja en boca de sus muchos enemigos y esa irresponsabilidad infantil que lo empuja a precipitarse en cuanta trampa se abre en su camino.
Los mismos periodistas que lo acosan con los micrófonos, lc reprochan su arrogancia y sus rabietas, y lo acusan de hablar demasiado. No les falta razón; pero no es eso lo que no pueden perdonarle: en realidad, no les gusta lo que a veces dice. Este petiso respondón y calentón tiene la costumbre de lanzar golpes hacia arriba. En el 86 y en el 94, en México y en Estados Unidos, denunció a la omnipotente dictadura de la televisión, que estaba obligando a los jugadores a deslomarse al mediodía, achicharrándose al sol, y en mil y una ocasiones más, todo a lo largo de su accidentada carrera, Maradona ha dicho cosas que han sacudido el avispero. Él no ha sido el único jugador desobediente, pero ha sido su voz la que ha dado resonancia universal a las preguntas más insoportables: ¿Por qué no rigen en el fútbol las normas universales del derecho laboral? Si es normal que cualquier artista conozca las utilidades del show que ofrece, ¿por qué los jugadores no pueden conocer las cuentas secretas de la opulenta multinacional del fútbol? Havelange calla, ocupado en otros menesteres, y Joseph Blatter, burócrata de la FIFA que jamás ha pateado una pelota pero anda en limusinas de ocho metros y con chófer negro, se limita a comentar:
—El último astro argentino fue Di Stéfano.
Cuando Maradona fue, por fin, expulsado del Mundial del 94, las canchas de fútbol perdieron a su rebelde más clamoroso. Y también perdieron a un jugador fantástico. Maradona es incontrolable cuando habla, pero mucho más cuando juega: no hay quien pueda prever las diabluras de este inventor de sorpresas, que jamás se repite y que disfruta desconcertando a las computadoras. No es un jugador veloz, torito corto de piernas, pero lleva la pelota cosida al pie y tiene ojos en todo el cuerpo. Sus artes malabares encienden la cancha. El puede resolver un partido disparando un tiro fulminante de espaldas al arco o sirviendo un pase imposible, a lo lejos, cuando está cercado por miles de piernas enemigas; y no hay quien lo pare cuando se lanza a gambetear rivales.
En el frígido fútbol de fin de siglo, que exige ganar y prohibe gozar, este hombre es uno de los pocos que demuestra que la fantasía puede también ser eficaz.

Los pecados de Haití

La democracia haitiana nació hace un ratito. En su breve tiempo de vida, esta criatura hambrienta y enferma no ha recibido más que bofetadas. Estaba recién nacida, en los días de fiesta de 1991, cuando fue asesinada por el cuartelazo del general Raoul Cedras. Tres años más tarde, resucitó. Después de haber puesto y sacado a tantos dictadores militares, Estados Unidos sacó y puso al presidente Jean-Bertrand Aristide, que había sido el primer gobernante electo por voto popular en toda la historia de Haití y que había tenido la loca ocurrencia de querer un país menos injusto.

El voto y el veto

Para borrar las huellas de la participación estadounidense en la dictadura carnicera del general Cedras, los infantes de marina se llevaron 160 mil páginas de los archivos secretos. Aristide regresó encadenado. Le dieron permiso para recuperar el gobierno, pero le prohibieron el poder. Su sucesor, René Préval, obtuvo casi el 90 por ciento de los votos, pero más poder que Préval tiene cualquier mandón de cuarta categoría del Fondo Monetario o del Banco Mundial, aunque el pueblo haitiano no lo haya elegido ni con un voto siquiera.

Más que el voto, puede el veto. Veto a las reformas: cada vez que Préval, o alguno de sus ministros, pide créditos internacionales para dar pan a los hambrientos, letras a los analfabetos o tierra a los campesinos, no recibe respuesta, o le contestan ordenándole: -Recite la lección. Y como el gobierno haitiano no termina de aprender que hay que desmantelar los pocos servicios públicos que quedan, últimos pobres amparos para uno de los pueblos más desamparados del mundo, los profesores dan por perdido el examen.

La coartada demográfica

A fines del año pasado cuatro diputados alemanes visitaron Haití. No bien llegaron, la miseria del pueblo les golpeó los ojos. Entonces el embajador de Alemania les explicó, en Port-au-Prince, cuál es el problema:

-Este es un país superpoblado -dijo-. La mujer haitiana siempre quiere, y el hombre haitiano siempre puede. Y se rió. Los diputados callaron. Esa noche, uno de ellos, Winfried Wolf, consultó las cifras. Y comprobó que Haití es, con El Salvador, el país más superpoblado de las Américas, pero está tan superpoblado como Alemania: tiene casi la misma cantidad de habitantes por quilómetro cuadrado. En sus días en Haití, el diputado Wolf no sólo fue golpeado por la miseria: también fue deslumbrado por la capacidad de belleza de los pintores populares. Y llegó a la conclusión de que Haití está superpoblado... de artistas. En realidad, la coartada demográfica es más o menos reciente. Hasta hace algunos años, las potencias occidentales hablaban más claro.

La tradición racista

Estados Unidos invadió Haití en 1915 y gobernó el país hasta 1934. Se retiró cuando logró sus dos objetivos: cobrar las deudas del City Bank y derogar el artículo constitucional que prohibía vender plantaciones a los extranjeros. Entonces Robert Lansing, secretario de Estado, justificó la larga y feroz ocupación militar explicando que la raza negra es incapaz de gobernarse a sí misma, que tiene "una tendencia inherente a la vida salvaje y una incapacidad física de civilización". Uno de los responsables de la invasión, William Philips, había incubado tiempo antes la sagaz idea: "Este es un pueblo inferior, incapaz de conservar la civilización que habían dejado los franceses".

Haití había sido la perla de la corona, la colonia más rica de Francia: una gran plantación de azúcar, con mano de obra esclava. En El espíritu de las leyes, Montesquieu lo había explicado sin pelos en la lengua: "El azúcar sería demasiado caro si no trabajaran los esclavos en su producción. Dichos esclavos son negros desde los pies hasta la cabeza y tienen la nariz tan aplastada que es casi imposible tenerles lástima. Resulta impensable que Dios, que es un ser muy sabio, haya puesto un alma, y sobre todo un alma buena, en un cuerpo enteramente negro". En cambio, Dios había puesto un látigo en la mano del mayoral. Los esclavos no se distinguían por su voluntad de trabajo. Los negros eran esclavos por naturaleza y vagos también por naturaleza, y la naturaleza, cómplice del orden social, era obra de Dios: el esclavo debía servir al amo y el amo debía castigar al esclavo, que no mostraba el menor entusiasmo a la hora de cumplir con el designio divino. Karl von Linneo, contemporáneo de Montesquieu, había retratado al negro con precisión científica: "Vagabundo, perezoso, negligente, indolente y de costumbres disolutas". Más generosamente, otro contemporáneo, David Hume, había comprobado que el negro "puede desarrollar ciertas habilidades humanas, como el loro que habla algunas palabras".

La humillación imperdonable

En 1803 los negros de Haití propinaron tremenda paliza a las tropas de Napoleón Bonaparte, y Europa no perdonó jamás esta humillación infligida a la raza blanca. Haití fue el primer país libre de las Américas. Estados Unidos había conquistado antes su independencia, pero tenía medio millón de esclavos trabajando en las plantaciones de algodón y de tabaco. Jefferson, que era dueño de esclavos, decía que todos los hombres son iguales, pero también decía que los negros han sido, son y serán inferiores.

La bandera de los libres se alzó sobre las ruinas. La tierra haitiana había sido devastada por el monocultivo del azúcar y arrasada por las calamidades de la guerra contra Francia, y una tercera parte de la población había caído en el combate. Entonces empezó el bloqueo. La nación recién nacida fue condenada a la soledad. Nadie le compraba, nadie le vendía, nadie la reconocía.

El delito de la dignidad

Ni siquiera Simón Bolívar, que tan valiente supo ser, tuvo el coraje de firmar el reconocimiento diplomático del país negro. Bolívar había podido reiniciar su lucha por la independencia americana, cuando ya España lo había derrotado, gracias al apoyo de Haití. El gobierno haitiano le había entregado siete naves y muchas armas y soldados, con la única condición de que Bolívar liberara a los esclavos, una idea que al Libertador no se le había ocurrido. Bolívar cumplió con este compromiso, pero después de su victoria, cuando ya gobernaba la Gran Colombia, dio la espalda al país que lo había salvado. Y cuando convocó a las naciones americanas a la reunión de Panamá, no invitó a Haití pero invitó a Inglaterra.

Estados Unidos reconoció a Haití recién sesenta años después del fin de la guerra de independencia, mientras Etienne Serres, un genio francés de la anatomía, descubría en París que los negros son primitivos porque tienen poca distancia entre el ombligo y el pene. Para entonces, Haití ya estaba en manos de carniceras dictaduras militares, que destinaban los famélicos recursos del país al pago de la deuda francesa: Europa había impuesto a Haití la obligación de pagar a Francia una indemnización gigantesca, a modo de perdón por haber cometido el delito de la dignidad. La historia del acoso contra Haití, que en nuestros días tiene dimensiones de tragedia, es también una historia del racismo en la civilización occidental. 

Tomado de:
Brecha 556, Montevideo, 26 de julio de 1996.

 

Memorias y desmemorias

El presidente Sanguinetti ha olvidado la ley del presidente Sanguinetti que mandaba olvidar pero también mandaba investigar. Y este olvido no es ajeno a la impunidad de algunos jefes militares que hoy por hoy olvidan, tan campantes, su juramento de obediencia al poder civil. Una trampa circular. ¿Hasta cuándo habrá más penas y olvido? ¿No será hora de que nos olvidemos de olvidar? Este artículo nos invita a entrar al tema de las memorias y desmemorias, a través de seis puertas.

Eduardo Galeano

 

La memoria mutilada

Hasta que los leones tengan sus propios historiadores, las historias de cacería seguirán glorificando al cazador.

(Proverbio africano.)

La memoria del poder no recuerda: bendice. Ella justifica la perpetuación del privilegio por derecho de herencia, otorga impunidad a los crímenes de los que mandan y proporciona coartadas a su discurso, que miente con admirable sinceridad.

 La memoria de pocos se impone como memoria de todos. Pero este reflector, que ilumina las cumbres, deja la base en la oscuridad. Los que no son ricos, ni blancos, ni machos, ni militares, rara vez actúan en la historia oficial de América Latina: más bien integran la escenografía, como los extras de Hollywood. Son los invisibles de siempre, que en vano buscan sus caras en este espejo obligatorio. Ellos no están. La memoria del poder sólo escucha las voces que repiten la aburrida letanía de su propia sacralización. "Los que no tienen voz" son los que más voz tienen, pero llevan siglos obligados al silencio, y a veces da la impresión de que se han acostumbrado. El elitismo, el racismo, el machismo y el militarismo, que nos impiden ser, también nos impiden recordar. Se enaniza la memoria colectiva, mutilada de lo mejor de sí, y se pone al servicio de las ceremonias de autoelogio de los mandones que en el mundo son.  

La memoria rota

Que la fortuna se ha hecho titiritera y tan pronto te muestra un país como lo oculta.

(Abú Bakr b. Sárim, poeta de Sevilla, siglo xiii.)

La cultura de consumo, que exige comprar, condena todo lo que vende al desuso inmediato: las cosas envejecen en un parpadeo, para ser reemplazadas por otras cosas de vida fugaz. El shopping center, templo donde se celebran las misas del consumo, es un buen símbolo de los mensajes dominantes en la época nuestra: existe fuera del tiempo y del espacio, sin edad y sin raíz, y no tiene memoria. Y la televisión es el vehículo donde esos mensajes se irradian de la manera más eficaz.

 La tele nos acribilla con imágenes que nacen para ser olvidadas en el acto. Cada imagen sepulta a la imagen anterior y sólo sobrevive hasta la imagen siguiente. Los acontecimientos humanos, convertidos en objetos de consumo, mueren, como las cosas, en el instante en que son usados. Cada noticia está divorciada de las demás noticias, divorciada de su propio pasado y divorciada del pasado de las demás. En la era del zapping, no se sabe si cuanto más nos informamos, más conocemos o más ignoramos.  Los medios de comunicación y los centros de educación no suelen contribuir mucho, que digamos, a la integración de la realidad y su memoria. La cultura de consumo, cultura del desvínculo, nos adiestra para creer que las cosas ocurren porque sí. Incapaz de reconocer sus orígenes, el tiempo presente proyecta el futuro como su propia repetición, mañana es otro nombre de hoy: la organización desigual del mundo, que humilla a la condición humana, pertenece al orden eterno, y la injusticia es una fatalidad que estamos obligados a aceptar o aceptar.  El poder no admite más raíces que las que necesita para proporcionar coartadas a sus crímenes; la impunidad exige la desmemoria. Hay países y personas exitosas y hay países y personas fracasadas, porque la vida es un sistema de recompensas y castigos que premia a los eficientes y castiga a los inútiles. Para que las infamias puedan ser convertidas en hazañas, hay que romper la memoria: la memoria del norte se divorcia de la memoria del sur, la acumulación se desvincula del vaciamiento, la opulencia no tiene nada que ver con el despojo. La memoria rota nos hace creer que la riqueza es inocente de la pobreza y que la desgracia no paga, desde hace siglos o milenios, el precio de la gracia. Y nos hace creer que estamos condenados a la resignación.  

La memoria quemada

Para que el demonio no pueda continuar ejerciendo sus engaños.

(Del arzobispo de Lima, que en 1614 mandó quemar todas las quenas y demás instrumentos musicales de los indios.)

En 1499, en Granada, el arzobispo Cisneros arrojó a las llamas los libros musulmanes, para reducir a cenizas ocho siglos de historia escrita de la cultura islámica en España.  En 1562, en Maní de Yucatán, fray Diego de Landa arrojó a las llamas los libros mayas, para reducir a cenizas ocho siglos de historia escrita de la cultura indígena en América.  En 1888, en Rio de Janeiro, el emperador Pedro II arrojó a las llamas la documentación sobre la esclavitud en Brasil, para reducir a cenizas tres siglos y medio de historia escrita de la infamia negrera.  En 1983, en Buenos Aires, el general Reynaldo Bignone arrojó a las llamas la documentación sobre la guerra sucia de la dictadura militar argentina, para reducir a cenizas ocho años de historia escrita de la infamia carnicera.  En 1995, en la ciudad de Guatemala, el ejército arrojó a las llamas la documentación sobre la guerra sucia de la dictadura militar guatemalteca, para reducir a cenizas cuarenta años de historia escrita de la infamia carnicera.  

La memoria porfiada

¿Dónde estaba yo, antes de estar?

(Pregunta de un niño de cinco años a la madre, según me contó la madre.)

¿La historia se repite? ¿O se repite sólo como penitencia de quienes son incapaces de escucharla? No hay historia muda. Por mucho que la quemen, por mucho que la rompan, por mucho que la mientan, la memoria humana se niega a callarse la boca. El tiempo que fue sigue latiendo, vivo, dentro del tiempo que es, aunque el tiempo que es no lo quiera o no lo sepa.  Los libros y las gentes achicharrados en las hogueras de la Santa Inquisición irradian una obstinada energía, energía de pluralidad y tolerancia, sobre los procesos de cambio de la España de hoy. Las voces de la América precolombina, castigadas voces que hablan de la vida en comunidad y de la comunión con la naturaleza, resuenan muy nuevitas, abriendo brechas en los callejones sin salida de esta América actual. Los brasileños están redescubriendo el más despreciado capítulo de su historia, la resistencia del reino de Palmares, aquel santuario de libertad donde los esclavos negros fugitivos derrotaron a más de cuarenta embestidas militares a lo largo de un siglo, y en esa perdida memoria están empezando a celebrar el más certero símbolo de la dignidad nacional. Los argentinos empiezan a reconocer su mejor símbolo de salud mental en las madres de Plaza de Mayo, que habían sido llamadas locas cuando se negaron a olvidar, y en Guatemala el símbolo de otro país posible ya se llama Rigoberta Menchú, la mujer indígena que desde hace años encabeza el desafío contra la amnesia de los crímenes del terror de Estado.  

La mala memoria

Tenía tan mala memoria que se olvidó de que tenía mala memoria y se acordó de todo.

(Ramón Gómez de la Serna.)

La amnesia, dice el poder, es sana. Desde el punto de vista del poder, no sólo estaban y están locas las madres de sus víctimas, sino que también están locos sus propios instrumentos, los verdugos, cuando no pueden dormir a pata suelta, sin otra molestia que los mosquitos del verano. No es mucha la gente que nace con esa incómoda glándula llamada conciencia, que segrega culpa, pero a veces se da: cuando un oficial del ejército argentino, el capitán Scilingo, reveló que no podía dormir sin lexotanil o borrachera desde que había arrojado al mar a treinta prisioneros vivos, sus superiores le recomendaron tratamiento psiquiátrico, porque se había vuelto loco.

 El gobierno argentino ha enviado a Europa a más de un oficial nazi, aplicando la extradición por crímenes masivos cometidos hace más de medio siglo, al mismo tiempo que otorgaba impunidad, y aplausos, a los oficiales argentinos que habían cometido crímenes masivos hace un rato nomás. La memoria y la justicia, ¿son lujos que los países latinoamericanos no pueden permitirse? ¿Estamos obligados a vivir en estado de perpetua mentira? El poder identifica a la memoria con el desorden y a la justicia con la venganza. En nombre del orden democrático y de la conciliación nacional, se han dictado leyes de impunidad en los países latinoamericanos que vienen de sufrir dictaduras militares. Esas leyes, que entierran el pasado, destierran la justicia.  Cuando en 1989 se realizó en el Uruguay el plebiscito contra la impunidad, la mayoría de la gente cayó en la trampa de la propaganda oficial, que sembró el pánico bombardeando con amenazas a la opinión pública. Lavado de memoria, lavado de cerebro: si se castigaban los crímenes de la gente de uniforme, o si simplemente se abría la posibilidad de que semejante cosa ocurriera, la violencia volvería, se repetiría la historia. El olvido era el precio de la paz.  La experiencia dice todo lo contrario. Para que la historia no se repita, hay que recordarla; la impunidad, que premia al delito, estimula al delincuente. Y cuando el delincuente es el Estado, que viola, roba, tortura y mata sin rendir cuentas a nadie, se emite desde el poder una luz verde que autoriza a la sociedad entera a violar, robar, torturar y matar. Y la democracia paga, a la corta o a la larga, las consecuencias.  La impunidad del poder, hija de la mala memoria, es una de las maestras de la Escuela del Crimen. A esa escuela acuden, hoy por hoy, muchos millones de niños latinoamericanos; y el alumnado crece día a día.  

La memoria viva

Hermanito, me va a disculpar. Yo quisiera ir con usted, pero tengo mucho que hacer.

(En el entierro de Jorge López, en el valle del Bolsón. Palabras de su mejor amigo.)

Cuando está de veras viva, la memoria no contempla la historia, sino que invita a hacerla. Más que en los museos, donde la pobre se aburre, la memoria está en el aire que respiramos. Ella, desde el aire, nos respira.

 Es contradictoria, como nosotros. Nunca está quieta. Con nosotros, cambia. A medida que van pasando los años, y los años nos van cambiando, va cambiando también nuestro recuerdo de lo vivido, lo visto y lo escuchado. Y a menudo ocurre que ponemos en la memoria lo que en ella queremos encontrar, como suele hacer la policía en los allanamientos. La nostalgia, por ejemplo, que tan gustosa es, y que tan generosamente nos brinda el calorcito de su refugio, es también tramposa: ¿Cuántas veces preferimos el pasado que inventamos al presente que nos desafía y al futuro que nos da miedo?  La memoria viva no nació para ancla. Tiene, más bien, vocación de catapulta. Quiere ser puerto de partida, no de llegada. Ella no reniega de la nostalgia, pero prefiere la esperanza, su peligro, su intemperie. Creyeron los griegos que la memoria es hermana del tiempo y de la mar, y no se equivocaron.

Paradojas

Un Cerro Chato. Un Arroyo Seco. Un país que tiene tres millones de críticos de cine y muy pocos creadores de cine. Un país que tiene tres millones de directores técnicos de fútbol y cada vez tiene menos jugadores. Un país que tiene tres canales privados de televisión y los tres trasmiten los mismos partidos y los mismos informativos a la misma hora.

O una ciudad, como Montevideo, que tiene pocos taxis, y los taxis hacen el cambio de turno a la misma hora, también, de modo que la palabra sintaxis ha revelado, Mariano, su origen. Yo te lo quería decir antes de que entráramos, porque me parece importante para la linguística nacional e internacional. ¿De dónde viene la palabra sintaxis, que algunos dicen que viene del griego? Viene de Montevideo, y alude a los problemas del transporte. Entonces, yo digo: éste es un país de paradojas. El Uruguay es el reino de la paradoja. Y a primera vista resulta paradójico el hecho de que un periodista, Samuel Blixen, haya escrito un libro que tiene alto nivel literario. Y que es, además, un libro de historia, aunque él no sea historiador. Y aquí discrepo un poquito con mis dos compañeros presentadores; creo que de algún modo éste es también un libro de historia, un libro muy revelador de lo que es la historia del Uruguay en la segunda mitad del siglo xx. Y no está hecho por un historiador; y está escrito con alto nivel literario, a pesar de que el autor no es escritor. O quizás es escritor y no sabe que lo es, como monsieur Jourdain, el personaje de Molière, hablaba prosa y no sabía que hablaba prosa. Pero yo digo: ¿será ésta una paradoja en el país de Carlos Quijano? ¿O será que el periodismo, entre nosotros, encuentra a veces expresiones que confirman que la calidad literaria no depende del formato en el que se ofrece? Yo creo que el libro de Samuel es un libro muy bien hecho, muy bien armado, muy ilustrativo, con una enorme cantidad de información que se brinda al lector sin abrumarlo, y que tiene por tema central otra paradoja del país de las paradojas: el símbolo de la dignidad civil en Uruguay es un militar, que se llama Liber Seregni. Quizás sea, como la otra, la del periodismo y la literatura, una paradoja nada más que aparente, porque al fin y al cabo es una paradoja puesta al servicio de la superación de otras paradojas que enferman al país. Como por ejemplo, el hecho de que siendo un país que vive del campo, la población rural quepa en un estadio; como por ejemplo el hecho de que siendo un país que tiene más tierras cultivables que el Japón, sea incapaz de dar de comer a una población 40 veces menor que la japonesa; o el de que teniendo, como tenemos, una población cinco veces menor que la holandesa y un territorio cinco veces más extenso, expulsemos a nuestros jóvenes, y los obliguemos a buscar trabajo y destino en otros suelos, bajo otros cielos; y como si fuera poco, después les neguemos el derecho al voto si no tienen la plata y la posibilidad de venir aquí. País de paradojas, digo, que tuvo ley de trabajo de ocho horas antes que Estados Unidos. Y hoy, ¿qué uruguayo puede ganarse la vida trabajando nada más que ocho horas? País de paradojas, que tuvo voto femenino antes que Francia. La mujer uruguaya votó por primera vez 14 años antes de que por primera vez votaran las mujeres en Francia. Y hoy las mujeres tienen en la vida política nacional un valor simbólico: la izquierda, el centro y la derecha, en eso estamos todos más o menos igual, ofrecemos el espectáculo de alguna que otra ministra, alguna que otra legisladora, como el antise-mita presenta, para disculparse, a su amigo judío. País de paradojas, digo, donde los asesinos de Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz pueden pasearse tranquilamente, impunemente, por calles que llevan el nombre de Zelmar Michelini y de Héctor Gutiérrez Ruiz. País de paradojas donde muchos políticos denuncian, en los más airados términos, la ineficiencia del Estado, después de que esos mismos políticos, o por lo menos sus partidos, han hinchado al Estado de parásitos y de burócratas inútiles que ejercen la viveza criolla a costa del país. País de paradojas donde muchos políticos también convocaron al golpe de Estado, y hasta lo hicieron, y después se quejaron de sus propios actos. Un golpe de Estado que no sólo tuvo por víctimas a los civiles, sino también a unos cuantos militares. No sólo al general Liber Seregni, sino a muchos militares a los que yo quiero rendir homenaje esta noche, porque tuvieron y tienen, como el general Seregni, sentido del honor y amor al país. Y por amor al país, amor a esta tierra y a su gente, se negaron a obedecer los dictados de la llamada doctrina de la seguridad nacional, que los obligaba a convertirse en verdugos de su propia tierra y de su propia gente. La verdad es que el libro abunda en historias útiles para entender un poco mejor y en profundidad el proceso de todos esos años que tuvo, que encontró en Seregni un símbolo de dignidad democrática. El libro es de algún modo la historia de un militar que fue considerado traidor por sus pares, cuando sus pares estaban traicionando al país; y que fue degradado por ellos al mismo tiempo que el pueblo lo consagraba, porque en los años del terror él encarnó a un sector importante del ejército nacional, civilista, legalista y respetuoso de la Constitución y de la ley. Yo digo: esa energía y esa voluntad democrática y ese sentido de la dignidad civil, que han convertido a Seregni y a la vida de Seregni en un símbolo nacional, tienen mucho que ver con la voluntad de cambio. Querer al país para cambiarlo; querer al país para que el país pueda ser lo que el país quiso ser en los tiempos lejanos en que fue fundado: una casa de todos y no una cárcel de barrotes invisibles para la mayoría de sus habitantes que viven, de alguna manera, presos de la necesidad o de la desesperanza. Por amor, necesidad de cambiar las cosas a partir de una certeza de amor. Como en un brevísimo poema de un poeta alemán, que leí en estos días y que copié para leérselos a ustedes. El poeta, que se llama Reinner Kuntze, dice que vive en su país encerrado entre paredes. Siente opresivo su país, como muchas veces nosotros sentimos opresivo el nuestro, tal como está organizado, o mal organizado, tan paradójico, tan patas arriba que camina y tan condenado a las rutinas sucesivas, a la mediocridad sin remedio. Muchas veces nosotros también lo sentimos como una especie de prisión. Y este poeta alemán lo dice muy bien, dice: "Encerrado entre estas paredes, entre estas palabras, en esta cárcel, donde -dice- una y otra vez volvería a nacer". Me pareció bellísimo, porque yo soy de los que creen que sí, que como decía Mariano recién, en el 71 nació algo más que un movimiento político, nació de algún modo otro país, otro país que está dentro de éste, que está en la barriga de éste, un país verde que está en la barriga del país gris. Y en aquellos tiempos muy difíciles, cuando el miedo era mucho, y mucha la violencia, en los tiempos en que el Frente nació, el libro recoge una frase que una muchacha escribió en un pizarrón y que me parece estupenda, y que creo que tiene toda la vigencia del mundo. La muchacha escribió: "Mil miedos juntos hacen un solo gran coraje". Y yo creo que éste era el sentido que el Frente tenía cuando nació, y éste es el sentido que el Frente tiene: un solo gran coraje que resulta de la unión de muchos mieditos dispuestos a luchar contra el miedo de ser, contra el miedo de recordar, contra el miedo de cambiar, y que así van formando un solo coraje grande, destinado a hacer posible que el parto por fin ocurra, que ese país generado dentro del otro país pueda por fin dar sus primeros pasos. Cuando volví del exilio vi en la calle Rodó un graffiti de mano anónima, como todos los graffitis, que decía: "Hay un país distinto en algún lugar". Pensé, y lo pienso todavía: sí, hay un país distinto en algún lugar y ese lugar es aquí, y es aquí gracias a las muchas mujeres y a los muchos hombres que tienen en hombres como Seregni su más certero símbolo. Yo le quiero decir a él, como Gerardo: gracias. Y le quiero decir también gracias a Samuel Blixen por habernos ofrecido, de tan linda manera, sus trabajos y sus días.

Palabras en la presentación del libro de Brecha Seregni. La mañana siguiente. Tomado de:
Brecha, Montevideo, viernes 25 de julio de 1997.

Enemigo se busca

Los monstruos de Hollywood

Toda guerra tiene el inconveniente de que exige un enemigo, y de ser posible más de uno. Sin la provocación, la amenaza o la agresión de uno o varios enemigos, espontáneos o fabricados, la guerra resulta poco convincente y la oferta de armas puede enfrentar un dramático problema de contracción de la demanda.

El presupuesto del Pentágono y el negocio de la exportación de armamentos se encontraron de buenas a primeras con una situación peliaguda, un peligroso vacío de enemigo, a partir de 1989. Guerra sí, pero ¿guerra contra quién? El síndrome de la ausencia de enemigo encontró en Hollywood una respuesta terapéutica inmediata. Ya Ronald Reagan había anunciado, lúcido profeta, que había que ganar la guerra en el espacio sideral. Todo el talento y el dinero de Hollywood se consagró a la fabricación de enemigos en las galaxias. Ya no había villanos comunistas que pudieran resultar temibles. Los rusos, que habían trabajado de malos desde la conversión al Bien de los alemanes y de los japoneses, habían perdido de un día para el otro sus largos colmillos y su olor a azufre, y en nuestro planeta Tierra no había otros malvados visibles que fueran dignos de consideración. En busca de enemigo, Hollywood recurrió al peligro de la invasión extraterrestre, que había sido ya tema de cine sin mayor pena ni gloria. Con súbito éxito de taquilla, las pantallas se abocaron de apuro a la tarea de exhibir la feroz amenaza de los marcianos y otros repulsivos extranjeros reptiloides o cucaracháceos, que a veces adoptan forma humana para engañarnos a nosotros, los terrestres, y para reducir, de paso, los costos de filmación. Pero ya el presidente George Bush había advertido, a principios del 91, que no había por qué buscar enemigos en la lejanías siderales. Después de invadir Panamá, y mientras invadía Irak, Bush había dicho: ``El mundo es un lugar peligroso''. Y esta certeza siguió siendo la mejor coartada para justificar, a lo largo de los años y los gobiernos siguientes, el presupuesto de guerra más alto del planeta y la más próspera industria de armamentos.

Una sociedad asustada

La opinión pública de Estados Unidos tiene acceso a la mayor cantidad de información jamás acumulada en la historia de la humanidad. Sin embargo, buena parte de esa opinión pública padece una asombrosa ignorancia acerca de todo lo que ocurre fuera de las fronteras de su país y teme o desprecia todo lo que ignora. Los informativos de la televisión otorgan poco o ningún espacio a las novedades del mundo, como no sea para confirmar que los países extranjeros tienen tendencia al terrorismo y a la ingratitud. Cada acto de rebelión o explosión de violencia, ocurra donde ocurra, se convierte en nueva prueba de que la conspiración internacional prosigue su marcha, alimentada por el odio y la envidia. Poco importa que la guerra fría haya terminado, porque el demonio dispone de un amplio guardarropa y no sólo viste de rojo. Misteriosamente, se llama Ministerio de Defensa el órgano de gobierno que se ocupa de la guerra, y es de Defensa el presupuesto del Pentágono. El nombre constituye un enigma, habida cuenta de que Estados Unidos jamás ha sido invadido por nadie, salvo una fugaz incursión de Pancho Villa, y en cambio tiene la desagradable costumbre de invadir a los demás, a ritmo de un país por año, desde los inicios de su vida independiente.

El fin de la guerra fría, que pudo ser un motivo de preocupación, ya no implica mayores molestias para los manipuladores del miedo. La conspiración internacional --los de afuera son malos y no nos quieren-- brinda explicaciones mágicas a todas las desgracias y también brinda coartadas a la economía de guerra. El problema de la droga, pongamos por caso, es más norteamericano que el pastel de manzanas, norteamericano como tragedia y también como negocio, pero la culpa la tienen Colombia, Bolivia, México, Perú y otros malagradecidos. La opinión pública de Estados Unidos sigue creyéndose amenazada y sigue creyendo que su país tiene el derecho natural de ejercer funciones de policía mundial. El presidente, demócrata o republicano, republicano o demócrata, viaja con sus valijas llenas de catálogos de armas y continúa practicando, sin mayores variantes, una política externa regida por el principio de que los mejores amigos son los que más armas compran. En nombre de la lucha contra el terrorismo, la industria norteamericana de armamentos encuentra sus mejores clientes en los gobiernos terroristas del rey Fahd, en Arabia Saudita, o del general Suharto, en Indonesia, cuya única relación con los derechos humanos consiste en que siempre han hecho todo lo posible por aniquilarlos. La noble industria militar, venta de muerte, exportación de violencia, trabaja y prospera. El sur del planeta sigue ofreciendo mercados firmes y en alza. La siembra universal de la injusticia continúa dando buenas cosechas de agitación social y de odio nacional, regional, local y personal.

Tomado de:
Brecha, Montevideo, viernes 7 de noviembre de 1997.
 

OFICIOS

El tejedor

Eduardo Galeano

Llevaba poco tiempo en la fábrica, cuando una máquina le mordió la mano. Se le había escapado un hilo. Queriendo atraparlo, Héctor fue atrapado.

No escarmentó. Héctor Rodríguez se pasó la vida buscando hilos perdidos, fundando sindicatos, juntando a los dispersos, y arriesgando la mano y todo lo demás en el oficio de tejer lo que el miedo destejía. Creciéndose en el castigo, atravesó el tiempo de las listas negras y los años de la cárcel, y atravesó también las derrotas y las traiciones y los desalientos. Creía en lo que creía contra toda evidencia, y así fue, siguió siendo, hasta el fin de sus días. Eramos muchos. Estábamos esperando en el pórtico del cementerio. Héctor iba a ser enterrado en la colina que se alza sobre la playa del Buceo. Llevábamos allí un largo rato, aquel mediodía gris y de mucho viento, cuando unos obreros del cementerio llegaron trayendo a pulso un féretro sin flores ni dolientes. Y tras ese féretro entraron, en cortejo, algunos de los que estaban esperando a Héctor. ¿Se equivocaron de ataúd? Quién sabe. Era muy de Héctor eso de ofrecer sus amigos al muerto que estaba solo. Aquel no era un domingo cualquiera del año 67. Era un domingo de clásico. El club Santafé definía el campeonato contra el Millonarios, y toda la ciudad de Bogotá estaba en las tribunas del estadio. Fuera del estadio, no había nadie que no fuera paralítico o ciego. Ya el partido estaba terminando en empate, cuando en el minuto 88 un delantero del Santafé, Omar Lorenzo Devanni, cayó en el área, y el árbitro pitó penal. Devanni se levantó, perplejo: aquello era un error, nadie lo había tocado, él había caído porque había tropezado. Los jugadores del Santafé llevaron a Devanni en andas hasta el tiro penal. Entre los tres palos, palos de horca, el arquero aguardaba la ejecución. El estadio rugía, se venía abajo. Y entonces Devanni colocó la pelota sobre el punto blanco, tomó impulso y con todas sus fuerzas disparó muy afuera, bien lejos del arco. --Aquí hay un fanático que siempre trae al padre -me dijo Sixto Martínez. Estábamos en Sevilla, en el estadio. Era un partido aburrido, había criado barba la pelota, pero daba gusto charlar al sol en medio del gentío. --Yo también voy con el viejo -dije-. El es futbolero, como yo. Sixto encendió un cigarrillo, pitó hondo. Se bajó los anteojos, me clavó la mirada: --Este que te digo viene con el padre muerto. Y dejó caer los párpados: --Fue su última voluntad. Domingo a domingo, el hijo traía las cenizas del padre y las sentaba a su lado en la tribuna. El difunto le había pedido, en agonía: --Que no me pierda partido del Betis de mi alma. Y también le había pedido que siguiera pagando, mes a mes, sus cuotas de socio. Al principio, el padre acudía al estadio en envase de vidrio. Una tarde, los porteros le impidieron la entrada, por peligroso. Desde entonces, venía en envase de cartón plastificado.

El sombrerero

Sonó el teléfono, escuché la voz cascada: un error así, no puedo creer, óigame bien, yo no hablo por hablar, que una equivocación vaya y pase pero un error así, cómo es posible, no puedo creer.

Me quedé mudo, con el teléfono pegado a la oreja. Me vi venir lo peor. Yo acababa de publicar un libro sobre fútbol en un país, mi país, que está habitado por doctores en fútbol, eruditos en la historia del fútbol, catedráticos de tácticas y estrategias del fútbol, y cada uno de mis compatriotas sabe de fútbol más de lo que el fútbol sabe de sí mismo. Se me fue el alma a los pies. Yo había cometido alguna pifia de ésas que no tienen remedio. En silencio, cerré los ojos y acepté mi condenación. --El Mundial del 30 -acusó la voz, gastada pero implacable. --Sí -musité.  --Fue en julio.  --¿Y cómo es el tiempo en julio, en Montevideo? --Frío -imploré.  --Muy frío -corrigió la voz, y atacó-: ¡Y usted escribió que en el estadio había un mar de sombreros de paja! -se indignó-. ¡De fieltro! ¡De fieltro, eran! Arrepentido, conseguí balbucear. --Es verdad. Y guardé un bochornoso silencio. La voz bajó de tono, evocó: --Yo estaba allí, aquella tarde. 4 a 2 ganamos, lo estoy viendo. Pero no se lo digo por eso. Se lo digo porque yo soy sombrerero, siempre fui, y muchos de aquellos sombreros... -casi se rompió la voz-: ...sombreros de fieltro... los hice yo.

El navegante

Le cayó muy simpático. Caetano no lo conocía. El muchacho, que andaba por la playa vendiendo cangrejos, lo invitó a dar una vuelta en su barca:

--Me gustaría -dijo Caeta-
no-, pero no puedo. Tengo cosas que hacer. Compras, trámites...
Y en barca fueron. Recorriendo la ciudad por sus orillas, fueron al mercado y al banco y al correo y a todos los lugares donde Caetano debía ir. De cuando en cuando se detenían, por el puro gusto, a contemplar Bahía desde la bahía, y era una fiesta demorarse flotando. Así, Caetano Veloso fue descubriendo una ciudad nueva. El la conocía, y muy mucho, pero no sabía que la conocía de espaldas. Nunca la había andado así, desde lo mojado, desde lo callado. Una ciudad era la ciudad caminada por las calles donde la gente no puede estarse quieta, luces que bailan, colores que gritan, y otra ciudad, muy otra, era la ciudad navegada por las silenciosas aguas donde no hay más alboroto que el de la espuma. Vista desde la barca, Bahía también era una barca, una serena barca disfrazada de tierra loca por lo mucho que le gustan los disfraces. Las calles no morían en la mar: en la mar nacían. En la mar no estaban las afueras de Bahía de San Salvador, sino sus adentros. A la caída de la tarde, la barca devolvió a Caetano a la playa donde lo había recogido. Y entonces Caetano quiso saber cómo se llamaba aquel muchacho que le había revelado la otra ciudad. De pie sobre la barca, el cuerpo negro brillando a la luz del último sol, el muchacho dijo su nombre: --Yo me llamo Marco Polo. Marco Polo Mendes Pereira.  Era un mago del arpa. En los llanos de Colombia, no había fiesta sin él. Para que la fiesta fuera fiesta, Mesé Figueredo tenía que estar allí, con sus dedos bailanderos que alegraban los aires y alborotaban las piernas. Una noche, en algún sendero perdido, lo asaltaron los ladrones. Iba Mesé Figueredo camino de una boda, a lomo de mula, en una mula él, en la otra el arpa, cuando unos ladrones se le echaron encima y lo molieron a golpes. Al día siguiente, alguien lo encontró. Estaba tirado en el camino, un trapo sucio de barro y sangre, más muerto que vivo. Y entonces aquella piltrafa dijo, con un resto de voz: --Se llevaron las mulas. --Y se llevaron el arpa. Y tomó aliento y se rió, echando baba y sangre se rió: --Pero no se llevaron la música.  

El carpintero

Orlando Goicoechea reconoce las maderas por el olor, de qué árboles vienen, qué edad tienen, y oliéndolas sabe si fueron cortadas a tiempo o a destiempo y les adivina los posibles contratiempos.

El es carpintero desde que hacía sus propios juguetes en la azotea de su casa del barrio de Cayo Hueso. Nunca tuvo máquinas ni ayudantes. A mano hace todo lo que hace, y de su mano nacen los mejores muebles de La Habana: mesas para comer celebrando, camas y sillas que te da pena levantarte, armarios donde a la ropa le gusta quedarse. Orlando trabaja desde el amanecer. Y cuando el sol se va de la azotea, se encierra y enciende el video. Al cabo de tantos años de trabajo, Orlando se ha dado el lujo de comprarse un video, y ve una película tras otra. --No sabía que eras loco por el cine -le dice un vecino. Y Orlando le explica que no, que a él el cine ni le va ni le viene, pero gracias al video puede detener las películas para estudiar los muebles.  En la frontera, en Rivera, lo conocí. El estaba llegando o estaba yéndose, que eso nunca se sabía. Tampoco se sabía la edad. Mientras nos bajábamos una botella de vino tinto, me confesó noventa años. Algún añito se sacaba, puede ser. Félix Peyrallo Carbajal no tenía documentos: --Nunca tuve. Por no perderlos -me dijo, mientras encendía un cigarrillo y echaba unos aritos de humo. Sin documentos, y sin más ropa que la que llevaba puesta, había andado de país en país, de pueblo en pueblo, todo a lo largo del siglo y todo a lo ancho del mundo. Don Félix iba dejando, a su paso, relojes de sol. Este raro uruguayo que no era jubilado ni quería serlo, vivía de eso: hacía cuadrantes, relojes sin máquinas, y los ofrecía a las plazas de los pueblos. No por medir el tiempo, costumbre que le parecía un agravio, sino por el puro gusto de revelar los movimientos de la tierra, que se menea como mujer, y por las ganas de adivinar los secretos del cielo. Allí, en Rivera, don Félix se estaba sintiendo muy bien, y eso lo tenía preocupado. Ya la tentación de quedarse le estaba dando la orden de irse: --¡Lo nuevo, lo nuevo, lo nuevo! -chilló, golpeteando la mesa con sus manos de niño. En esa ciudad, él estaba de paso. En todas partes estaba de paso. Don Félix siempre llegaba para partir. Venía de cien países y de doscientos relojes de sol, y se iba cuando se enamoraba, fugitivo del peligro de echar raíz en una mujer, en una casa o en una mesa de café. Para irse, prefería el amanecer. Cuando el sol estaba llegando, él se iba. No bien se abrían las puertas de la estación de autobuses o de trenes, don Félix echaba al mostrador los pocos billetes que había juntado, y mandaba:

--Hasta donde llegue.

Historia del hombre que en el alto cielo amó a una estrella y fue por ella abandonado
Eduardo Galeano


 

Había robos pero no había ladrones en el valle del Cuzco. Los robos ocurrían durante la noche, en el huerto que tenía las mejores papas. El dueño vigilaba, toda la noche pasaba sin cerrar los ojos, pero en algún momento se le caían los párpados y en ese instantito desaparecían las papas dejando agujeros recién escarbados en los surcos. 

Una noche, el hombre mintió. Se acostó a pata suelta, en medio del plantío, y roncando espiaba con un ojo. Y así pasaron las horas, y cuando no mucho faltaba para el amanecer, un violento resplandor lo hizo saltar.  El susto de tanta luz lo dejó ciego.  No eran ladrones: eran ladronas.  A manotazos consiguió atrapar a una. Las demás huyeron en ráfaga hacia el cielo y allá en lo alto quedaron, encendiendo el fin de la noche.  La estrella prisionera prometió devolver todas las papas, y suplicó:  - No me obligues a vivir en la tierra.  Pero él no la soltó. Cubrió con ropa de lana su luminosa desnudez y la encerró en su casa.  Al tiempo tuvieron un hijo que murió al nacer.  Y un atardecer en un descuido, la lumbrera escapó a las alturas. Gracias al cóndor, el hombre subió tras ella.  El hombre e y el cóndor iban envejeciendo en la larga travesía, y tenían siglos de edad cuando el viaje culminó. Pero no bien llegaron, se sumergieron en el lago del tiempo, y nadaron, y emergieron jóvenes.  Y entonces él se lanzó a recorrer la resplandeciente bruma de la Vía Láctea. Y en la peregrinación, reconoció a su estrella. Y le suplicó que lo dejara estar.  En un escondite del cielo, vivieron juntos.  Cada atardecer, ella se iba con sus hermanas, a iluminar la noche del universo. Y cada amanecer volvía, y traía alimentos terrestres que encontraba deslizándose en los graneros del sol y de la luna..  Así fue lo que fue, hasta que ya no fue.  Una mañana la estrella no llegó, y nunca más llegó, y el hombre deambuló por la fría neblina del cielo, hambriento y solo, llamándola a gritos.  El cóndor lo devolvió a la tierra, y en la tierra murió de pena.  Nada alcanzó a contar. De su boca, que no abría ni para comer, no salió palabra. Quizás porque había quedado embobado, estrellado; o quizás porque presentía que aquí en la tierra tomarían su historia por evidente mentira o alucinación de un pobre mortal creyéndose dios en el trono del reino de la noche.  En cuanto a ella, los estrellólogos no coinciden. Hay quien dice que le desenamoró el amor y hay quien dice que no hay por qué llamar amor a lo que fue lástima o curiosidad.  Algunos sostienen que ella echó al hombre porque no quiso verlo morir. Según estos especialistas, las estrellas no entienden nuestra costumbre de vivir nada más que un ratito, y tampoco entienden nuestras ganas locas de subir al cielo: nada saben las estrellas del humano morir, pero sí saben que más allá de la nubes no puede la gente renacer en los hijos que tiene, ni en las papas que planta, ni en los amores que deja.  Otros opinan que fue un adiós obligado. El sol y la luna habrían advertido a la estrella que debía buscarse otra galaxia donde vivir con el intruso. Así, no se podría seguir: en cada pelea conyugal, el hombre envejecía cien años y ella quedaba completamente a oscuras. Es verdad que después, cuando los dos se perdonaban la estupidez de odiarse, él recuperaba el siglo gastado y ella multiplicaba su esplendor; pero la paz del firmamento no podía permitirse aquellos sobresaltos. Y fue entonces, al parecer, que los amos del cielo decidieron renunciar a las papas, que tanto les gustaban, y el camino hacia la tierra fue borrado por siempre jamás.  La estrella se arrepintió de haber obedecido la orden que la condenaba a la soledad. Así lo afirma un estudioso que se ha pasado la vida fotografiando a las estrellas fugaces. El está seguro, y dice tener pruebas,: las estrellas fugaces son todas iguales, por que todas son una. Esa única luz, errante y mojada, es la estrella que una vez conoció el peligro y la fiesta del abrazo humano., y se asustó y huyó y fue perseguida y encontrada. Desde entonces su cuerpo mudo, que por el hombre cantó, supo que había nacido para ser dos o ninguno: y ahora anda volando locamente, a través de la noche, en busca del perdido camino de este mundo.
Liturgia del divino motor
Eduardo Galeano

 Con el dios de cuatro ruedas ocurre lo que suele ocurrir con los dioses: nacen al servicio de la gente, mágicos conjuros contra el miedo y la soledad, y terminan poniendo a la gente a su servicio. La religión del automóvil, con su Vaticano en los Estados Unidos de América, tiene al mundo de rodillas.  Seis, seis, seis  La imagen del Paraíso: cada norteamericano tiene un auto y un arma de fuego. En Estados Unidos se concentra la mayor cantidad de automóviles y también el arsenal más numeroso, los dos negocios básicos de la economía nacional. Seis, seis, seis: de cada seis dólares que gasta el ciudadano medio, uno se consagra al automóvil; de cada seis horas de vida, una se dedica a viajar en auto o a trabajar para pagarlo; y de cada seis empleos, uno está directa o indirectamente relacionado con el automóvil, y otro está directa o indirectamente relacionado con la violencia y sus industrias. Cuanta más gente asesinan los automóviles y las armas, y cuanta más naturaleza arrasan, más crece el Producto Nacional Bruto. Como bien dice el investigador alemán Winfried Wolf, en nuestro tiempo las fuerzas productivas se han convertido en fuerzas destructivas.  ¿Talismanes contra el desamparo o invitaciones al crimen? La venta de autos es simétrica a la venta de armas, y bien podría decirse que forma parte de ella: los accidentes de tránsito matan y hieren cada año más norteamericanos que todos los norteamericanos muertos y heridos a lo largo de la guerra de Vietnam, y el permiso de conducir es el único documento necesario para que cualquiera pueda comprar una metralleta y con ella cocine a balazos a todo el vecindario. El permiso de conducir no sólo se usa para estos menesteres, sino que también es imprescindible para pagar con cheques o cobrarlos, para hacer un trámite o firmar un contrato. En Estados Unidos, el permiso de conducir hace las veces de documento de identidad. Los automóviles otorgan identidad a las personas.  Los aliados de la democracia  El país cuenta con la gasolina más barata del mundo, gracias a los presidentes corruptos, los jeques de lentes negros y los reyes de opereta que se dedican a malvender petróleo, a violar derechos humanos y a comprar armas norteamericanas. Arabia Saudita, pongamos por caso, que figura en los primeros lugares de las estadísticas internacionales por la riqueza de sus ricos, la mortalidad de sus niños y las atrocidades de sus verdugos, es el principal cliente de la industria norteamericana de armamentos. Sin la gasolina barata que proporcionan estos aliados de la democracia, no sería posible el milagro: en Estados Unidos cualquiera puede tene auto, y muchos pueden cambiarlo con frecuencia. Y si el dinero no alcanza para el último modelo, ya se venden aerosoles que dan aroma de nuevo al vejestorio comprado hace tres o cuatro años, el autosario ése.  Dime qué auto tienes y te diré quién eres, y cuánto vales. Esta civilización que adora los automóviles, tiene pánico de la vejez: el automóvil, promesa de juventud eterna, es el único cuerpo que se puede cambiar.  La jaula  A este otro cuerpo, el de cuatro ruedas, se consagra la mayor parte de la publicidad en la televisión, la mayor parte de las horas de conversación y la mayor parte del espacio de las ciudades. El automóvil dispone de restaurantes, donde se alimenta de gasolina y aceite, y a su servicio están las farmacias donde compra remedios, los hospitales donde lo revisan, lo diagnostican y lo curan, los dormitorios donde duerme y los cementerios donde muere.  El promete libertad a las personas, y por algo las autopistas se llaman freeways, caminos libres, y sin embargo actúa como una jaula ambulante. El tiempo de trabajo humano se ha reducido poco o nada, y en cambio año tras año aumenta el tiempo necesario para ir y venir del trabajo, por los atolladeros del tránsito que obligan a avanzar a duras penas y a los codazos. Se vive dentro del automóvil, y él no te suelta. Drive-by shooting: sin salir del auto, a toda velocidad, se puede apretar el gatillo y disparar sin mirar a quién, como se estila ahora en las noches de Los Angeles. Drive-thru teller, drive-in restaurant, drive-in movies: sin salir del auto se puede sacar dinero del banco, cenar hamburguesas y ver una película. Y sin salir del auto se puede contraer matrimonio, drive-in marriage: en Reno, Nevada, el automóvil entra bajo los arcos de flores de plástico, por una ventanilla asoma el testigo y por la otra el pastor, que biblia en mano os declara marido y mujer, y a la salida una funcionaria, provista de alas y de halo, entrega la partida de matrimonio y recibe la propina, que se llama love donation.  El automóvil, cuerpo renovable, tiene más derechos que el cuerpo humano, condenado a la decrepitud. Los Estados Unidos de América han emprendido, en estos últimos años, la guerra santa contra el demonio del tabaco. En las revistas, la publicidad de los cigarrillos está atravesada por obligatorias advertencias a la salud pública. Los anuncios advierten, por ejemplo: El humo del tabaco contiene monóxido de carbono. Pero ningún anuncio de automóviles advierte que mucho más monóxido de carbono contiene el humo de los automóviles. La gente no puede fumar

Eduardo Galeano
Baile de máscaras

 


 

Como conejos se reproducen los nuevos tecnócratas del medio ambiente. Es la tasa de natalidad más alta del mundo: los expertos generan expertos y más expertos, que se ocupan de envolver a la ecología en el papel celofán de la ambigedad. Ellos fabrican el brumoso lenguaje de las exhortaciones al sacrificio de todos en las declaraciones de los gobiernos y en los solemnes acuerdos internacionales que nadie cumple. Estas cataratas de palabras, inundación que amenaza convertirse en una catástrofe ecológica comparable al agujero del ozono, no se desencadenan gratuitamente. El lenguaje oficial ahoga la realidad para otorgar impunidad a la sociedad de consumo, a quienes la imponen por modelo en nombre del desarrollo y a las grandes empresas que le sacan el jugo. La salud del mundo está hecha un asco y estas voces claman, en nombre de la alarma universal: ``Somos todos responsables''. La generalización absuelve: si somos todos responsables, nadie es. 

Un crimen llamado suicidioPero las estadísticas confiesan. Los datos ocultos bajo el palabrerío revelan que el 20 por ciento de la humanidad comete el 80 por ciento de las agresiones contra la naturaleza, crimen que los asesinos llaman suicidio, y es la humanidad entera quien paga las consecuencias de la degradación de la tierra, la intoxicación del aire, el envenenamiento del agua, el enloquecimiento del clima y la dilapidación de los recursos naturales no renovables.  Hace un par de años, la señora Harlem Bruntland, jefe de gobierno de Noruega, pudo comprobar que ``si los 7 mil millones de pobladores del planeta consumieran lo mismo que los países desarrollados de Occidente, harían falta diez planetas como el nuestro para satisfacer todas sus necesidades''. Una experiencia más bien imposible. Pero los gobernantes de los países del sur que prometen el ingreso al Primer Mundo, mágico pasaporte que nos hará a todos ricos y felices, no sólo deberían ser procesados por estafa. No sólo nos están tomando el pelo, no: además, esos gobernantes están cometiendo el delito de apología del crimen. Porque este sistema de vida que se nos ofrece como paraíso, fundado en la explotación del prójimo y en la aniquilación de la naturaleza, es el que nos está enfermando el cuerpo, nos está envenenando el alma y nos está dejando sin mundo.  La divinización del mercado internacional, que nos vende su mitología mientras nos compra cada vez menos y nos paga cada vez peor, permite atiborrar de mágicas chucherías a las grandes ciudades del sur del mundo, drogadas por la religión del consumo, mientras los campos se agotan, se pudren las aguas que los alimentan y una costra seca cubre los desiertos que antes fueron bosques. Hasta los llamados dragones asiáticos, que tanto sonríen para la propaganda, están sangrando por estas heridas: en Corea del Sur, sólo se puede beber un tercio del agua de los ríos; en Taiwan, un tercio del arroz no se puede comer. Extirpación de los tumores del comunismo, implantación del consumismo en escala mundial: la operación ha sido un éxito, pero el paciente se está muriendo.  La ecología neutral, que más bien se parece a la jardinería, se hace cómplice de la injusticia de un mundo donde la comida sana, el agua limpia, el aire puro y el silencio no son ya derechos de todos, sino privilegios de los pocos que pueden pagarlos. ¿Es posible actuar contra la aniquilación de la naturaleza, y al mismo tiempo creer que es natural la impunidad del dinero?El bueno de Al CaponeHace tres años, en Río de Janeiro, una conferencia internacional, la Eco-92, se ocupó de la agonía del planeta. Las empresas gigantes de la industria química, la industria petrolera y la industria automovilística, que son responsables directas de esa agonía, pagaron buena parte de los gastos de la conferencia. Se podrá decir cualquier cosa de Al Capone, pero él era un caballero: el bueno de Al siempre enviaba flores a los velorios de sus víctimas. Y así, aquella llamada Cumbre de la Tierra, agradeció la gentileza: en sus resoluciones, no sólo no condenó a las empresas trasnacionales que producen contaminación y viven de ella, sino que ni siquiera pronunció una sola palabra contra la ilimitada libertad de comercio que hace posible la venta de veneno en escala mundial. Las compañías trasnacionales fueron incluidas por la Eco-92 dentro de la categoría de ``los grupos cuyo papel en los procesos decisorios internacionales debe reforzarse'', de modo que los gigantes de la industria contaminante fueron equiparados a los niños, las mujeres y los grupos indígenas.  La industria química es una de las que se viste de verde, en el gran baile de máscaras del fin del milenio. La angustia ecológica perturba el sueño de los mayores laboratorios del mundo, que para ayudar a la naturaleza están inventando nuevos cultivos biotecnológicos. Pero estos desvelos científicos de los grandes laboratorios no se proponen encontrar plantas más resistentes, que puedan enfrentar las plagas sin ayuda química, sino que buscan nuevas plantas capaces de resistir los plaguicidas y los herbicidas que esos mismos laboratorios producen.  Muchos de esos plaguicidas y herbicidas han sido prohibidos en sus países de origen, como Alemania o Estados Unidos, pero los gigantes alemanes y norteamericanos de la industria química bautizan esos productos con otros nombres y los exportan a los países del sur del mundo, donde los mecanismos de protección de la salud pública han sido desmantelados o son vulnerables al soborno. Pero tampoco los países del norte del mundo están a salvo de las tendencias homicidas y mundicidas de sus propios grandes laboratorios. En su edición del 21 de marzo de 1994, la revista Newsweek informó que en el último medio siglo el esperma masculino se ha reducido a la mitad en los Estados Unidos, al mismo tiempo que se han multiplicado espectacularmente al cáncer de mama y el cáncer de testículo. Según las fuentes científicas consultadas por la revista, la intoxicación química de la tierra y el agua es la principal responsable de estas calamidades. 

Los prisioneros

El Estado, que jamás va preso, asesina por acción y por omisión. Crímenes por acción: a fines del año pasado, la policía militar de Rio de Janeiro reconoció oficialmente que venía matando civiles a un ritmo ocho veces más acelerado que el año anterior, mientras la policía de los suburbios de Buenos Aires cazaba jóvenes como si fueran pajaritos. Crímenes por omisión: al mismo tiempo, cuarenta enfermos del riñón murieron en el pueblo de Caruarú, en el nordeste de Brasil, porque la salud pública les había hecho diálisis con agua contaminada; y en la provincia de Misiones, en el nordeste de la Argentina, el agua potable, contaminada por los plaguicidas, generaba bebés con labios leporinos y deformaciones en la médula espinal.

En la era de la privatizaciones y el mercado libre, el dinero se propone gobernar sin intermediarios. ¿Cuál es la función que se atribuye al Estado? El Estado debe ocuparse de la disciplina de la mano de obra barata, condenada a salarios enanos, y a la represión de las peligrosas legiones de brazos que no encuentran trabajo: un Estado juez y gendarme, y poco más. De los otros servicios públicos, ya se encargará el mercado, y de la pobreza, gente pobre, regiones pobres, ya se ocupará Dios, si la policía no alcanza. La administración pública sólo puede disfrazarse de madre piadosa muy de vez en cuando, atareada como está en consagrar sus menguadas energías a las funciones de vigilancia y castigo. En el proyecto neoliberal, los derechos públicos se reducen a favores del poder, y el poder se ocupa de la salud pública y de la educación pública como si fueran formas de la caridad pública.

El arte de borrar huellas

Mientras tanto, crece la pobreza y crecen las ciudades y crecen los asaltos y las violaciones y los crímenes. "La criminalidad crece mucho más que los recursos para combatirla", reconoce el ministro del Interior del Uruguay. La explosión del delito se ve en las calles, aunque las estadísticas oficiales se hagan las ciegas, y los gobiernos latinoamericanos confiesan, de alguna manera, su impotencia. Pero el poder jamás confiesa que está en guerra contra los pobres que genera, en pleno combate contra las consecuencias de sus propios actos. "La delincuencia crece por culpa del narcotráfico", suelen decir los voceros oficiales, para exonerar de responsabilidad a un sistema que arroja cada vez más pobres a las calles y a las cárceles y que condena cada vez más gente a la desesperanza y la desesperación.

Las cumbres irradian el mal ejemplo de su impunidad. Se castiga abajo lo que se aplaude arriba. El robo chico es delito contra la propiedad, el robo en gran escala es derecho de los propietarios: uno es asunto del Código Penal, el otro pertenece a la órbita de la iniciativa privada. El poder, que elogia al trabajo y a los trabajadores en sus discursos pero los maldice en sus actos, sin pudor alguno recompensa la deshonestidad y la falta de escrúpulos. La respetable tarea tiene por cómplices a los grandes medios de comunicación, que mienten callando casi tanto como mienten diciendo.

¿Denuncias o confesiones?

Y mientras el poder enseña impunidad, esos grandes medios, y sobre todo la televisión, difunden mensajes de violencia y de consumismo obligatorio. Una reciente investigación universitaria reveló que los niños de Buenos Aires ven, cada día, cuarenta escenas de violencia en la pantalla chica. ¿Cuántas escenas de consumismo ven? ¿A cuántos ejemplos de despilfarro y ostentación asisten cada día? ¿Cuántas órdenes de comprar reciben los que poco o nada pueden comprar? ¿Cuántas veces por día se les taladra la cabeza para convencerlos de que quien no compra no existe, y quien no tiene, no es? Paradójicamente, la televisión suele trasmitir discursos que denuncian la plaga de la violencia urbana y exigen mano dura, mientras la misma televisión imparte educación a las nuevas generaciones derramando en cada casa océanos de sangre y de publicidad compulsiva: en este sentido, bien podría decirse que sus propios mensajes están confirmando su eficacia mediante el auge de la delincuencia.

Las fábricas de opinión pública echan leña a la hoguera de la histeria colectiva, y mucho contribuyen a convertir la seguridad pública en obsesión pública. Cada vez tienen más ecos los gritos de alarma que se pronuncian en nombre de la población indefensa ante el acoso del crimen. Se multiplican los asustados, y los asustados pueden ser más peligrosos que el peligro que los asusta. Para acabar con la falta de garantías de los ciudadanos, se exigen leyes que suprimen las garantías que quedan; y para dar más libertad a los policías, se exigen leyes que sacrifican la libertad de todos los demás -incluso en países como el Uruguay, donde las estadísticas confiesan que los policías son, en proporción, los ciudadanos que más delitos cometen. No sólo los vividores de la abundancia se sienten amenazados. También la clase media, y también numerosos sobrevivientes de la escasez: pobres que sufren el asalto de otros pobres más pobres o más desesperados. En sociedades que prefieren el orden a la justicia, hay cada vez más gente que aplaude el sacrificio de la justicia en los altares del orden: hay cada vez más gente convencida de que no hay ley que valga ante la invasión de los fuera de la ley. Hay un clamor creciente por la pena de muerte en la opinión pública de varios países latinoamericanos; y las matanzas de niños por los escuadrones parapoliciales de la muerte en Bogotá, Rio de Janeiro o la ciudad de Guatemala son pública o secretamente aplaudidas por un sector considerable de la sociedad. Se considera normal la tortura del delincuente común, o de quien tenga cara de; y llama la atención el silencio de algunos organismos de derechos humanos, en países donde la policía tiene la costumbre de arrancar confesiones mediante métodos de tortura idénticos a los que las dictaduras militares aplican contra los presos políticos.

Las otras jaulas

Presos: las dictaduras militares ya no están, pero las frágiles democracias latinoamericanas tienen sus cárceles hinchadas de presos. Los presos son pobres, como es natural, porque sólo los pobres van presos en países donde nadie va preso cuando se viene abajo un puente recién inaugurado, cuando se derrumba un banco vaciado por los banqueros o cuando se desploma un edificio construido sin cimientos. Cárceles inmundas, presos como sardinas en lata: en su gran mayoría, son presos sin condena. Muchos, sin proceso siquiera, están ahí no se sabe por qué. Si se compara, el infierno del Dante parece cosa de Disney. Continuamente, estallan motines en estas cárceles que hierven. Entonces las fuerzas del orden cocinan a tiros a los desordenados y de paso matan a todos los que pueden, con lo que se alivia la presión de la superpoblación carcelaria -hasta el próximo motín.

En realidad, bien se podría decir que presos estamos todos, quien más, quien menos. Los que están en las cárceles y los que estamos afuera. ¿Están libres los presos de la necesidad, obligados a vivir para trabajar porque no pueden darse el lujo de trabajar para vivir? ¿Y los presos de la desesperación, que no tienen trabajo ni lo tendrán, condenados a malvivir a los zarpazos? Y los presos del miedo, ¿estamos libres? ¿No estamos todos presos del miedo? Todos enrejados: ya hay plazas públicas rodeadas de rejas en algunas ciudades latinoamericanas, y están enrejadas las casas de todos los que tenemos algo que perder, aunque sea poco, aunque sea nada; yo he visto rejas hasta en algunos ranchos de lata y madera de los suburbios pobres. Los de arriba y los del medio y los de abajo: en sociedades obligadas al sálvese quien pueda, aterrorizadas por los manotazos de sus náufragos, estamos todos presos: los vigilantes y los vigilados, los elegidos y los parias.

Los hechos se burlan de los derechos. Retrato de América Latina al fin del milenio: ésta es una región del mundo que niega a sus niños el derecho de ser niños. Los niños son los más presos entre todos los presos, en esta gran jaula donde se obliga a la gente a devorarse entre sí. El sistema de poder, que no acepta más vínculo que el pánico mutuo, maltrata a los niños. A los niños pobres los trata como si fueran basura. Y a los del medio los tiene atados a la pata del televisor.

En la burbuja del poder

En el océano de los que necesitan, las islas de los que más tienen tienden a convertirse en lujosos campos de concentración, donde los poderosos sólo se encuentran con los poderosos y nunca pueden olvidar, ni por un ratito, que son poderosos. En algunas de las grandes ciudades latinoamericanas, donde los secuestros se han hecho costumbre, los niños ricos crecen encerrados dentro de la burbuja del miedo. Habitan mansiones amuralladas, grandes casas o grupos de casas rodeadas de cercos electrificados y guardias armados, y están día y noche vigilados por los guardaespaldas y por las cámaras de los circuitos cerrados de televisión. Viajan, como el dinero, en autos blindados. No conocen, más que de vista, la ciudad donde viven. Descubren el subterráneo en París o en Nueva York, pero jamás lo usan en San Pablo o en la ciudad de México.

Ellos no viven en la ciudad donde viven. Tienen prohibido ese vasto infierno que acecha su minúsculo cielo privado. Más allá de las fronteras del privilegio, se extiende una región del terror donde la gente es mucha, fea, sucia y peligrosa. En plena era de la globalización, los niños ricos no pertenecen a ningún lugar. Crecen sin raíces, despojados de identidad nacional, y sin más sentido social que la certeza de que la realidad es una amenaza. Tienen por patria las marcas de prestigio universal y por lenguaje los códigos internacionales. Los niños ricos de las ciudades más diversas se parecen en sus costumbres, tanto como entre sí se parecen los shopping centers y los aeropuertos, que están fuera del tiempo y del espacio. Educados en la realidad virtual, los niños ricos se deseducan en la ignorancia de la realidad real, que sólo existe para ser temida o para ser comprada.

Desde que nacen, son entrenados para el consumo y para la fugacidad, y transcurren la infancia comprobando que las máquinas son más dignas de confianza que las personas. Fast food, fast cars, fast life: mientras esperan que llegue la hora del ritual de iniciación, cuando el primer Jaguar o Mercedes les sea regalado, ellos ya se lanzan a toda velocidad a las autopistas cibernéticas, a toda velocidad compiten en las pantallas electrónicas y a toda velocidad devoran imágenes y mercancías haciendo zapping y haciendo shopping.

La pobreza como delito

Muchos antes de que los niños ricos dejen de ser niños y descubran las drogas caras que aturden la soledad y enmascaran el miedo, ya los niños pobres están aspirando pegamento. Mientras los niños ricos juegan a la guerra con balas de rayos láser, ya las balas de plomo acribillan a los niños de la calle. Algunos expertos llaman "niños de escasos recursos" a los que disputan la basura con los buitres en los suburbios de las ciudades. Según las estadísticas, hay setenta millones de niños en estado de pobreza absoluta, y cada vez hay más, en esta América Latina que fabrica pobres y prohíbe la pobreza. Entre todos los rehenes del sistema, ellos son los que peor la pasan. La sociedad los exprime, los vigila, los castiga, a veces los mata: casi nunca los escucha, jamás los comprende.

Nacen con las raíces al aire. Muchos de ellos son hijos de familias campesinas, que han sido brutalmente arrancadas de la tierra y se han desintegrado en la ciudad. Entre la cuna y la sepultura, el hambre o las balas abrevian el viaje. De cada dos niños pobres, uno trabaja, deslomándose a cambio de la comida o poco más: vende chucherías en las calles, es la mano de obra gratuita de los talleres y las cantinas familiares, es la mano de obra más barata de las industrias de exportación, que fabrican zapatillas o camisas para las grandes tiendas del mundo. ¿Y el otro? De cada dos niños pobres, uno sobra. El mercado no lo necesita. No es rentable, ni lo será jamás. Y quien no es rentable, ya se sabe, no tiene derecho a la existencia. El mismo sistema productivo que desprecia a los viejos, expulsa a los niños. Los expulsa, y les teme. Desde el punto de vista del sistema, la vejez es un fracaso, pero la infancia es un peligro.

En muchos países latinoamericanos, la hegemonía del mercado está rompiendo los lazos de solidaridad y está haciendo trizas el tejido social comunitario. ¿Qué destino tienen los dueños de nada en países donde el derecho de propiedad se está convirtiendo en el único derecho sagrado? Los niños pobres son los que más ferozmente sufren la contradicción entre una cultura que manda consumir y una realidad que lo prohíbe. El hambre los obliga a robar o a prostituirse; pero también los obliga la sociedad de consumo, que los insulta ofreciendo lo que niega. Y ellos se vengan lanzándose al asalto. En las calles de las grandes ciudades, se forman bandas de desesperados unidos por la muerte que acecha. Según la organización Human Rights Watch, los grupos parapoliciales matan seis niños por día en Colombia y cuatro por día en Brasil. ¿Y ellas? Hay medio millón de niñas brasileñas que venden el cuerpo, casi tantas como en la India, y en la República Dominicana la próspera industria del turismo ofrece subastas de niñas vírgenes.

El pánico y sus trampas

Entre una punta y la otra, el medio. Entre los que viven prisioneros del desamparo y los que viven prisioneros de la opulencia, están los niños que tienen bastante más que nada, pero mucho menos que todo. Cada vez son menos libres los niños de clase media. Les confisca la libertad, día tras día, la sociedad que sacraliza el orden mientras genera el desorden. En estos tiempos de inestabilidad social, cuando se concentra la riqueza y la pobreza se difunde a ritmo implacable, ¿quién no siente que el piso cruje bajo los pies? La clase media vive en estado de impostura, simulando tener más que lo que tiene, pero nunca le ha resultado tan difícil cumplir con esta abnegada tradición. Está, hoy por hoy, paralizada por el pánico: el pánico de perder el trabajo, el auto, la casa, las cosas, y el pánico de no llegar a tener lo que se debe tener para llegar a ser. Nadie podrá reprocharle mala conducta. La sufrida clase media sigue creyendo en la experiencia como aprendizaje de la obediencia, y con frecuencia defiende todavía al orden establecido como si fuera su dueña, aunque no es más que una inquilina del orden, más que nunca agobiada por el precio del alquiler y el pánico al desalojo.

En el pánico, pánico de vivir, pánico de caer, cría a sus hijos. Atrapados en las trampas del pánico, los niños de clase media están cada vez más condenados a la humillación del encierro perpetuo. En la ciudad del futuro, que ya está siendo presente, los teleniños, vigilados por niñeras electrónicas, contemplarán la calle desde el balcón o la ventana: la calle prohibida por la violencia, o por el pánico a la violencia; la calle donde ocurre el siempre peligroso, y a veces prodigioso, espectáculo de la vida.   

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